Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 23 #3
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Abrió su bolsa, sacó primero la daga envuelta que el Enmascarado le había entregado y después extrajo el doble paño del anillo. Colocó ambos paquetes separados sobre una caja baja y utilizó unas pinzas pequeñas para apartar la tela que cubría el rubí, evitando tocar directamente el metal.

La Presencia reaccionó inmediatamente con una presión violenta que le atravesó el pecho.

Blaid se quedó quieto. —Acabas de pedirme que mate a Aria. Creo que puedo permitirme una pregunta.

La presión aumentó mientras desenvolvía la daga. La hoja no había cambiado desde el bosque.

La acercó al anillo. Aquello que había interpretado tantas veces como rechazo cambió de naturaleza. Por primera vez desde que podía recordar aquella compañía, Blaid percibió algo mucho más simple y mucho menos digno. Miedo. La comprensión le recorrió el cuerpo con más fuerza que cualquier palabra.

—¿Por qué?

No recibió respuesta.

Acercó un poco más ambos objetos y el polvo mineral que había extendido alrededor de la hoja para registrar alteraciones empezó a oscurecerse.

La daga vibró sobre la tela y la Presencia empujó contra él con tanta fuerza que apartar el anillo pareció durante un instante una decisión perfectamente razonable.

Blaid reconoció aquella sensación. La había confundido demasiadas veces con prudencia. —No.

Continuó.

Una línea violácea recorrió la hoja desde la empuñadura hasta la punta y el rubí respondió con un destello azul tan intenso que Blaid tuvo que entrecerrar los ojos.

Después la daga tiró del anillo, no físicamente al principio, sino mediante una succión en el Tejido que Blaid llegó a percibir incluso en la mano derecha, aunque no estuviera tocando ninguno de los objetos.

Era la misma lógica que la Presencia había descrito durante el sueño.

La daga no estaba destinada simplemente a matar a Aria, sino a absorber aquello que pudiera extraer de ella.

Ahora estaba intentando hacer lo mismo con el anillo.

Blaid comprendió demasiado tarde hasta dónde podía llegar la prueba. Intentó separar ambos objetos con las pinzas, pero la hoja vibró con mayor fuerza y el aro comenzó a deslizarse sobre la tela sin que la herramienta consiguiera detenerlo. El miedo de la Presencia se convirtió en pánico.

—No.

Esta vez la palabra salió de Blaid. El anillo tocó la daga.

Lo que siguió no se pareció a una fusión, sino a un mecanismo intentando absorber algo que no podía contener.

El rubí se encendió mientras el aro se volvía blanco por los bordes y una grieta luminosa recorría toda la hoja.

Blaid retrocedió, pero una descarga atravesó las pinzas y alcanzó su mano derecha; los dedos se cerraron por reflejo y el dolor ascendió hasta el codo.

La Presencia gritó dentro de él con una voz que ya no conservaba rastro alguno de Elyndra.

—¡DETENTE!

Blaid soltó las pinzas, pero era demasiado tarde. La daga empezó a doblarse sobre sí misma, no como acero calentado, sino como si hubiera dejado de poder conservar una forma estable; la hoja se hundió por el centro y el metal comenzó a licuarse en hilos oscuros atravesados por luz violácea.

El anillo cedió al mismo tiempo. El aro se deformó, perdió consistencia y terminó fundiéndose con los restos de la hoja, mientras el rubí se desprendía del engaste y caía sobre la tela separado de ambos metales. La luz azul desapareció.

Donde habían estado el anillo y la daga solo quedó una masa irregular de metal ennegrecido.

El rubí quedó separado sobre la tela, intacto. Entonces el vínculo se rompió.

Blaid sintió la pérdida como si algo hubiera arrancado de su interior una cuerda que llevaba años tensada.

El dolor atravesó el pecho, la espalda y la garganta al mismo tiempo, mientras el estómago se contraía y la mano derecha perdía toda fuerza.

Las costillas se cerraron alrededor de la herida como si alguien acabara de golpearlo allí, y Blaid cayó de rodillas antes de comprender que ya no podía sostenerse.

La Presencia intentó hablar, pero no llegó a formar una palabra.

Después desapareció. La ausencia fue tan inmediata que durante unos segundos Blaid no supo interpretarla como silencio.

Apoyó la mano izquierda en el suelo mientras el barco parecía inclinarse alrededor de él, aunque sabía que el movimiento no había cambiado.

Una presión detrás de los ojos le impedía enfocar y el cuerpo alternaba frío y calor con demasiada rapidez.

Sabía que iba a vomitar antes de que el estómago terminara de decidirlo, pero aun así permaneció allí un poco más porque el rubí seguía sobre la tela. Aquello importaba. No sabía por qué, y tampoco tenía ya una razón razonable para ocultarlo. Lo hizo de todas formas.

Buscó el paño donde había guardado el anillo.

Parte del borde estaba chamuscado, pero seguía entero, así que lo extendió con la mano izquierda y utilizó otra esquina del tejido para empujar el rubí hasta el centro sin tocarlo directamente.

La piedra estaba caliente incluso a través de la tela.

La envolvió dos veces y la guardó bajo la ropa.

Solo entonces intentó ponerse en pie. Las piernas no respondieron bien y tuvo que apoyarse en una caja mientras esperaba a que el mareo descendiera.

La ruptura del vínculo empezaba a sentirse menos como la pérdida de una voz y más como descubrir que una parte del cuerpo que siempre había estado allí acababa de ser arrancada.

Subió a cubierta casi a ciegas. El viento le golpeó la cara cuando alcanzó la escotilla, pero no bastó para estabilizarlo; llegó hasta la borda y vomitó.

El esfuerzo tiró de las costillas y provocó una segunda arcada más dolorosa, tras la cual permaneció agarrado a la madera con la mano izquierda mientras la derecha colgaba inútil junto al cuerpo. Alguien se acercó. Paf Paf.

—Blaid.

Él levantó una mano sin volverse.

—No.

Paf Paf se detuvo y esperó hasta que Blaid consiguió respirar sin doblarse.

—¿Mar?

Blaid apoyó la frente contra el antebrazo. —Ojalá.

El goliat tardó antes de preguntar otra vez, y esa paciencia era precisamente una de las razones por las que resultaba tan incómodo mentirle.

—¿Qué pasó?

Blaid contempló el agua. La Presencia ya no estaba y todavía no sabía cómo pensar aquella frase.

—Hice una prueba.

Paf Paf miró la mano derecha. —¿Con qué?

Blaid tardó lo suficiente para que el silencio se volviera perceptible. —Con algo que llevaba.

Paf Paf frunció el ceño. —¿La cuenta?

Ahí estaba la salida. Blaid podría haber dicho que sí y la mentira habría encajado perfectamente con todo lo que los demás sabían. No lo hizo.

—No.

Paf Paf lo miró de frente. —¿Qué?

—No quiero hablar de ello todavía.

—Eso no es bueno.

—No.

La honestidad parcial pareció desconcertarlo más que una evasión.

Paf Paf extendió la mano. —Tu mano.

Blaid se la dejó revisar. La piel estaba enrojecida y varias líneas violáceas descendían desde la palma hacia la muñeca; no parecían una quemadura convencional.

—Aria debe verla.

El nombre produjo una reacción demasiado fuerte.

Blaid levantó la cabeza. —No.

Paf Paf sostuvo su mirada. —Sabe más.

—Está durmiendo.

—Luego.

Blaid dudó antes de asentir. —Luego.

El goliat no se movió.

—¿Algo más?

Había demasiado espacio dentro de la pregunta. Blaid pensó en el sueño, en la falsa Elyndra, en la verdadera voz de la Presencia, en Aria atravesada por una daga que nadie sabía que existía, en el anillo robado y en el rubí oculto bajo la ropa. Podía contarlo.

—Sí —admitió—. Pero todavía no sé cómo decirlo.

Aquello era más verdad de la que había pensado entregar.

Paf Paf lo estudió un momento y terminó asintiendo. —Luego.

Blaid permaneció junto a la borda hasta que el estómago dejó de intentar expulsar algo que ya no tenía.

El amanecer empezó como una claridad gris sobre el agua y la Costa de Vaelmar seguía visible a babor, aunque mucho más lejana que la tarde anterior.

Aria apareció cuando el cielo empezó a adquirir color.

Caminaba mejor que el día anterior, aunque utilizaba una mano para apoyarse cuando el barco se inclinaba más de lo esperado.

Blaid la vio y recordó que unas horas antes había despertado creyendo que probablemente debía matarla.

La idea ya no tenía la misma certeza, pero eso no significaba que hubiera desaparecido.

Ridley apareció poco después y reparó enseguida en la venda nueva de la mano. —¿Eso?

Blaid la levantó ligeramente. —Una mala decisión.

Ridley lo miró. —¿Tuya?

La pregunta llegó con una precisión desagradable.

—Sí.

Ridley esperó algo más.

Blaid no se lo dio. —Paf Paf dice que hiciste una prueba y salió mal.

—Paf Paf está desarrollando una red de información preocupante.

—¿Con qué estabas probando?

—Algo que llevaba.

—Eso ya me lo ha dicho.

Blaid volvió la vista hacia el agua.

Ridley tardó unos segundos. —¿La cuenta?

—No —dijo Blaid.

La respuesta hizo que su expresión cambiara.

—Entonces ¿qué llevas?

Blaid sintió el rubí bajo la ropa. Podía decirlo; el anillo había sido de Ridley y el metal ya no existía, lo que convertía el silencio en algo mucho más difícil de justificar que el propio robo.

—Algo que encontré.

Ridley se enderezó. —¿Cuándo?

—Antes del templo.

—¿Y no lo dijiste?

—No.

—¿Por qué?

Blaid buscó entre las razones que llevaba días utilizando y descubrió que todas sonaban peor cuando debía pronunciarlas.

—Porque quería saber qué era antes de poner otro problema encima de la mesa.

Ridley mantuvo la mirada. —Eso se parece mucho a decidir por nosotros.

Blaid pensó en Aria junto al fuego.

—Sí.

El reconocimiento desconcertó ligeramente a Ridley.

—Entonces enséñamelo.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque ya no existe.

Ridley no respondió inmediatamente. Blaid había previsto enfado; no había previsto el silencio.

—¿Qué has hecho?

—La prueba de la que Paf Paf te ha hablado.

—Blaid.

—Sé cómo suena.

—No creo que lo sepas.

Blaid miró el horizonte. —Probablemente no.

Ridley apoyó las manos sobre la borda y respiró despacio antes de continuar. —¿Era peligroso?

—Sí —respondió Blaid.

—¿Para nosotros?