Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 23 #2
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Siempre aparecían cuando todo parecía perdido y, tras su llegada, la destrucción se detenía.

Eso era lo primero que Blaid comprendía.

Lo segundo llegaba después: las ciudades reconstruidas siguiendo geometrías parecidas, los ejércitos adoptando emblemas casi idénticos y torres negras orientadas hacia cielos distintos.

Especies y pueblos que no compartían nada terminaban reunidos bajo una sola presencia extendida de horizonte a horizonte.

No veía guerra ni hambre, pero tampoco veía elección.

—Los salvé.

La voz llegó desde todas partes.

Blaid contempló una plaza inmensa donde miles de personas permanecían arrodilladas alrededor de una estructura central.

—Eso es una palabra conveniente.

—Viven.

—También los prisioneros.

Las sombras cerraron la imagen y mostraron un mundo reducido a una esfera gris y agrietada, sin una sola luz. Después apareció otro con los océanos evaporados y uno más convertido en fragmentos suspendidos en el vacío.

—Ellos no me escucharon.

Blaid sintió sequedad en la garganta aunque sabía que no respiraba de verdad. —¿Qué quieres de Orvantyr?

Las imágenes desaparecieron.

—Que sobreviva.

—Qué tranquilizador.

—No lo será.

La Presencia pareció acercarse. No adquirió cuerpo; las sombras simplemente se concentraron delante de él hasta sugerir una silueta demasiado grande para pertenecer realmente al lugar.

—Tu mundo ya ha empezado a abrirse.

Blaid pensó en el templo, en la forma suspendida sobre Aria y en los filamentos que habían aparecido después en la nave de la costa.

—Lo interrumpimos.

—Sí.

La respuesta le desagradó porque no discutía algo que ambos sabían.

—Entonces busca a quienes pretendían terminarlo.

—Ya lo has hecho.

La daga apareció suspendida entre las sombras. Blaid la reconoció inmediatamente, no como una copia aproximada, sino como la misma hoja que llevaba envuelta bajo su ropa: la curva, las pequeñas marcas de la empuñadura, la zona oscura próxima al guardamano.

—¿Por eso me la dio?

La Presencia evitó la respuesta directa.

—La tienes porque la necesitarás.

—Eso dijo él.

—Entonces escuchaste.

Blaid observó la hoja. —¿Para qué sirve?

Las sombras cambiaron otra vez y Aria apareció delante de él, no la mujer agotada que dormía sobre el barco, sino la que recordaba de Beregost: erguida, serena, con los dedos manchados de tinta y aquella expresión que hacía parecer sospechosa incluso una pregunta bienvenida. La daga flotaba junto a su pecho.

Blaid comprendió antes de que la voz hablara. —No.

—Ella es la llave que quedó incompleta.

—No.

—Su relación con el Tejido fue preparada. El ritual abrió el camino y vosotros lo cerrasteis antes de que terminara.

La imagen de Aria cambió y volvió a estar sobre la losa del templo.

—La daga completará el trabajo.

Blaid sintió una náusea que todavía no pertenecía a su cuerpo dormido. —Quieres que la mate.

—Quiero que salves a los demás.

—Matándola.

—Una vida.

Blaid soltó una risa sin humor. —Siempre resulta tranquilizador cuando alguien empieza a contar así.

La Presencia no reaccionó a la ironía.

—Has matado antes cuando era necesario.

Dorian apareció entre las sombras y Blaid volvió a ver la espada entrando bajo sus costillas, el peso del cuerpo al caer y la sangre recorriendo el metal.

—No uses eso.

—Lo comprendiste entonces.

—Comprendí que iba a matar a Ridley.

—Y actuaste.

Dorian desapareció y, en su lugar, aparecieron Ridley, Fïrn y Paf Paf muertos de formas distintas: Ridley atravesado por una lanza negra, Fïrn con la garganta abierta, Paf Paf hundido hasta las rodillas en una tierra convertida en ceniza. Después los tres surgieron juntos bajo un cielo partido.

—Si no me ayudas, morirán.

Blaid intentó apartar la mirada, pero las imágenes continuaron. —Eso no es una profecía.

—Es una posibilidad.

—Entonces no la presentes como certeza.

—Tú sabes lo cerca que habéis estado ya.

Aquello era más difícil de rechazar porque contenía verdad.

Beregost, Eltarion, el templo, Velmora y Dorian se sucedieron en su memoria como una colección demasiado larga de instantes en los que unos segundos habían separado una muerte de una supervivencia.

La Presencia dejó que lo recordara antes de mostrarle Beregost, no la ciudad entera, sino una calle concreta: Blaid entre humo y piedra rota, con una espada que todavía no comprendía y aquella sensación de que un camino imposible aparecía donde no debía existir.

—Te saqué de allí.

Blaid sostuvo la imagen. —Me ayudaste.

—Te salvé.

—No sé qué habría ocurrido sin ti.

—Sí lo sabes.

Las sombras ofrecieron otras versiones: Blaid bajo los escombros, atravesado por una hoja, ardiendo junto a una pared.

No sabía si eran futuros evitados, construcciones fabricadas con sus recuerdos o simples amenazas, y ese era precisamente el problema.

La Presencia llevaba años sabiendo qué debía mostrarle para convertir la incertidumbre en deuda.

—Sellaste un vínculo conmigo aquella noche.

Blaid levantó la cabeza. —Yo no sellé nada.

—Aceptaste.

—¿Qué?

—Vivir.

El frío que sintió entonces no pertenecía al sueño.

—Eso no es consentimiento.

—En mundos que se derrumban, pocas cosas llegan con tiempo para ceremonias.

—Conveniente.

—Sobreviviste. Desde entonces te he guiado, te he advertido y te he dado aquello que necesitabas cuando no tenías nada más.

Blaid quiso negarlo y descubrió que no podía hacerlo por completo. Había recibido advertencias útiles, intuiciones correctas e impulsos que le permitieron actuar antes que otros; la manipulación funcionaba mejor cuando incluía verdad.

—¿Por qué Aria?

—Porque su poder ya está unido al umbral.

—Eso sigue sin responder.

—Porque puede abrir aquello que debe abrirse.

—¿Y qué hay al otro lado?

La Presencia guardó silencio.

Blaid sonrió sin humor. —Ahí estamos otra vez.

Las sombras se acercaron.

—No necesitas comprender todo para impedir que tus amigos mueran.

Blaid pensó en Aria junto al fuego admitiendo que había ocultado información porque pretendía protegerlos, y después en Ridley diciéndole que las decisiones debían pertenecer también a quienes fueran a pagar por ellas. La ironía habría sido casi graciosa si no estuvieran hablando de asesinato.

—¿Y si no lo hago?

Las sombras empezaron a cerrarse alrededor de Ridley, Fïrn y Paf Paf.

—Llegará un momento en que no podrás salvarlos.

No dijo que los mataría, porque no necesitaba hacerlo. La amenaza estaba construida para parecer una consecuencia inevitable, y precisamente por eso funcionaba mejor. Blaid volvió a mirar a Aria y a la daga suspendida entre ambos.

—¿Una muerte por tres?

—Una muerte por un mundo.

Ahí estaba la escala capaz de convertir cualquier atrocidad en cálculo.

Pensó en Dorian y en lo que Paf Paf había dicho: algo podía ser necesario y seguir estando mal.

El goliat no había afirmado que lo necesario dejara de serlo por resultar horrible, y durante unos segundos Blaid permitió que esa lógica completara por sí sola el camino que la Presencia había preparado.

Tal vez aquello fuera una decisión espantosa que nadie debería querer tomar y, aun así, necesaria. La Presencia percibió el cambio.

—Tú puedes hacerlo.

Blaid cerró los ojos y, cuando volvió a abrirlos, Aria estaba más cerca. No parecía asustada, lo que resultó peor que cualquier súplica.

—¿Y después?

—Tus amigos tendrán una oportunidad.

—¿De vivir?

—De salvar este mundo.

La respuesta evitaba demasiado. Blaid lo sabía, pero también sabía que ninguna certeza llegaba completa y llevaba demasiados años tomando decisiones con información insuficiente como para fingir lo contrario. La daga descendió hasta la altura de su mano.

—Haz lo que ya sabes hacer.

Matar cuando no quedaba otra opción. Eso era lo que quería que creyera. Y durante demasiado tiempo Blaid lo creyó lo suficiente.

Despertó con la mano izquierda cerrada sobre la manta.

El barco seguía avanzando; una cuerda golpeaba madera en algún lugar próximo y alguien tosía detrás de las cajas.

Permaneció tumbado, intentando averiguar qué parte del sueño seguía dentro de él porque la Presencia la había colocado allí y cuál pertenecía realmente a sus propios pensamientos, pero no consiguió separarlas.

La voz no volvió a hablar porque no necesitaba repetir la orden.

La idea permanecía con una claridad insoportable: matar a Aria.

No sentía deseo de hacerlo, sino deber, y precisamente por eso resultaba mucho más difícil de rechazar.

Se incorporó despacio. Aria dormía arriba y podría acercarse a ella aquella misma noche.

Nadie esperaba que Blaid quisiera hacerle daño; ni siquiera necesitaría elaborar un plan especialmente brillante.

No lo haría todavía, porque antes necesitaba comprobar una cosa.

La idea apareció con una precisión incómodamente parecida a tantas intuiciones alimentadas por la Presencia durante años.

El anillo. Blaid sabía exactamente cómo había terminado en su poder.

Recordaba haberlo sacado del cofre en Eshvar, haberlo envuelto, haber mentido a Ridley diciendo que ya no estaba allí y haber repetido después una versión suficientemente parecida para que nadie preguntara demasiado.

No había lagunas en aquel recuerdo ni podía atribuírselo a nadie.

Desde que tocó el objeto por primera vez, la Presencia había reaccionado contra él.

El Enmascarado había hablado de lo que Blaid llevaba consigo y, ahora que aquella voz le pedía utilizar la daga sobre Aria, quería saber por qué llevaba tanto tiempo incómoda cerca de un objeto que pertenecía a los Der.

Bajó a la parte más profunda de la zona de carga y esperó hasta comprobar que nadie permanecía despierto allí.

La lámpara más próxima ardía baja y el movimiento del barco ocultaba cualquier sonido pequeño.