23
Blaid descubrió aquella noche que el mar tenía demasiadas voces para alguien acostumbrado a convivir con otra dentro de sí.
El ruido no era el problema. El casco crujía con una regularidad que terminaba por desaparecer de la atención, las jarcias protestaban cuando cambiaba el viento y, bajo ambas cosas, el agua golpeaba la madera con una insistencia que acababa convirtiéndose en parte del propio barco.
Había pasos de marineros, conversaciones dichas a media voz, niños incapaces de dormir y refugiados que cambiaban de postura intentando encontrar un espacio imposible sobre una cubierta demasiado llena.
Nada de aquello resultaba extraordinario; lo extraño era que, entre todos esos sonidos, Blaid continuaba pendiente de otro.
La Presencia nunca había hablado de manera constante.
Podían pasar días sin que percibiera más que una presión difícil de separar de sus propios pensamientos; otras veces aparecía como una advertencia, un rechazo o una certeza demasiado nítida para atribuírsela por completo.
Durante años había dejado de preguntarse dónde terminaba él y empezaba aquella compañía porque la pregunta rara vez aportaba algo útil, pero últimamente había vuelto a importar.
Se apoyó contra la borda y contempló cómo Velmora desaparecía detrás de la bruma. La ciudad se había reducido ya a una acumulación de luces débiles y humo extendido sobre la Costa de Vaelmar, mientras el barco de Yoshua se abría hacia aguas más profundas antes de girar rumbo a Neraval.
Los refugiados ocupaban casi toda la cubierta disponible.
Algunos dormían y otros fingían hacerlo; Blaid conocía suficientemente bien la diferencia.
Ridley permanecía cerca de proa hablando con un marinero sobre el rumbo y mirando de vez en cuando hacia popa, como si esperase encontrar al Caballero Negro cabalgando sobre el agua.
Paf Paf estaba sentado junto al acceso a la bodega, donde Tordo y Rodado soportaban la travesía con variedades distintas de hostilidad, y cada vez que el barco cabeceaba dirigía una mirada hacia las piezas desmontadas del carro como si confiara menos en los nudos que en los propios burros.
Fïrn escribía junto al mástil con el cuaderno apoyado sobre las rodillas. Por una vez no parecía intentar registrar cuanto tenía delante, y precisamente por eso Blaid reparó en él. Aria descansaba bajo una lona improvisada. Habían salido de Velmora. Por el momento, Blaid intentó quedarse con eso.
Blaid flexionó despacio la mano derecha.
El índice continuaba respondiendo con un retraso casi imperceptible hasta que necesitaba precisión, momento en que la torpeza reaparecía con puntualidad ofensiva.
Las costillas molestaban menos mientras permaneciera quieto, aunque sabía que bastaría un mal giro para recordarle el combate en el templo.
Paf Paf había revisado ambas lesiones antes de embarcar y Blaid había permitido el examen porque discutir con él exigía más esfuerzo que dejarlo hacer; había aprendido algunas cosas durante las últimas semanas, aunque no todas resultaban útiles.
—Si miras el agua así demasiado tiempo, termina convenciéndote de que eres tú quien se mueve.
Fïrn se había acercado sin que lo oyera.
Blaid giró ligeramente la cabeza. —Estamos en un barco.
—Eso no invalida mi observación.
Blaid miró el cuaderno que llevaba bajo el brazo. —¿Ya has escrito sobre la experiencia de abandonar gente en un muelle?
Los dedos de Fïrn se cerraron un poco sobre la tapa.
—No.
La falta de ligereza hizo que Blaid lo observara con más atención.
—Sorprendente.
—Aria me ha dicho algo parecido.
—Eso es menos sorprendente.
Fïrn se apoyó en la borda a su lado. Durante un rato contempló la costa sin intentar encontrar una frase que la mejorara.
—He pensado en preguntarle el nombre a la mujer.
Blaid supo de quién hablaba: la refugiada cuyo hermano había quedado en Velmora. —¿Y por qué no lo hiciste?
—Porque no sabía si quería saberlo por ella o por mí. Poner nombre a alguien hace que parezca que has hecho algo, como si escribirlo significara haberlo guardado. Quizá solo habría convertido a ese hombre en otra línea.
Blaid volvió la cabeza hacia él. —Tal vez una línea sea más de lo que tendrá de otro modo.
—Eso pensé.
—Y no preguntaste.
—No.
Blaid regresó la mirada al horizonte. —Entonces supongo que estás creciendo.
El bardo sonrió apenas.
—No se lo digas a Aria.
—Jamás arruinaría una relación pedagógica tan estable.
Fïrn estuvo a punto de marcharse, pero antes miró el costado de Blaid.
—¿Te duele?
—Menos que tu preocupación.
—Eso no responde.
—He pasado demasiado tiempo con Paf Paf.
—Se contagia.
Blaid esperó hasta que se alejó. Permaneció todavía un rato junto a la borda, hasta que el frío empezó a atravesarle la ropa y Velmora dejó de ofrecer nada distinguible de la noche, y después bajó a la bodega.
Allí olía a madera mojada, cuerda, aceite, animales y provisiones.
Yoshua había cedido al grupo un rincón separado del resto de los pasajeros por varias cajas que nadie había descargado en Velmora.
No era privacidad, pero proporcionaba oscuridad suficiente y un espacio donde guardar el equipo sin que medio barco tuviera que caminar encima.
Las piezas del carro ocupaban más sitio del que Blaid habría considerado razonable para un vehículo que Paf Paf insistía en llamar práctico.
Cerca estaban las alforjas, las medicinas, algunas armas y varias bolsas personales.
Blaid sabía dónde estaba cada objeto y también dónde se encontraban los dos que nadie más podía incluir en ningún inventario: el anillo de Ridley y la daga que el Enmascarado había dejado a sus pies en el bosque.
La llevaba envuelta desde aquella noche y nunca había permitido que el metal tocara directamente su piel.
Durante el paso por el templo había percibido varias veces su peso bajo la capa, sobre todo cuando el Enmascarado habló de aquello que Blaid había traído consigo, pero nadie había preguntado y él tampoco había ofrecido explicaciones.
Después del ritual, esconderla había resultado todavía más fácil de justificar: parecía relacionada con lo ocurrido y, precisamente por eso, debía examinarla antes de entregarla.
La explicación le había parecido razonable cuando la formuló.
Últimamente desconfiaba cada vez más de ese tipo de razones.
No sacó ninguno de los dos objetos. Extendió una manta junto a las cajas, se tumbó procurando no tirar de las costillas y cerró los ojos convencido de que tardaría mucho en dormirse. El sueño lo encontró antes de que el barco completara el siguiente balanceo.
Al principio no había mar ni bodega, tampoco un suelo reconocible.
Blaid estaba de pie en una extensión sin horizonte donde sombras violáceas se desplazaban unas dentro de otras como telas arrastradas bajo agua.
No formaban niebla ni verdadera oscuridad; cada vez que fijaba la vista sobre una profundidad aparecía otra detrás, y la sensación le resultó demasiado familiar.
Había estado allí antes, no exactamente en aquel lugar, pero sí dentro de aquella clase de presencia.
Durante años, cuando la voz adoptaba una forma que él podía soportar, había utilizado una cadencia serena, una autoridad contenida y una precisión que Blaid había asociado a Elyndra.
Nunca había recibido una presentación clara ni una prueba que justificara aquella identidad; había aceptado insinuaciones, símbolos, coincidencias y el modo en que la Presencia evitaba corregirlo hasta convertir una posibilidad en certeza.
La voz que habló aquella vez no imitaba a nadie. Era más grave de lo esperado y, al mismo tiempo, parecía llegar desde puntos que no compartían la misma distancia. Algunas palabras surgían frente a él y otras detrás de sus pensamientos, sin sexo, edad ni respiración.
—Has empezado a dudar.
Blaid no respondió inmediatamente. La diferencia importaba demasiado. —No eres Elyndra.
Las sombras se desplazaron.
—No.
La respuesta, tan simple, lo irritó más que cualquier explicación.
—Entonces llevas años mintiéndome.
—Te di una forma que podías comprender.
—Eso tiene otro nombre.
—Muchos.
Blaid probó a moverse. Dio varios pasos y las sombras se apartaron sin ofrecer resistencia.
—¿Quién eres?
La Presencia guardó silencio con una intención demasiado clara para confundirse con ignorancia.
—Un nombre no te ayudaría.
—Eso suele decidirlo quien lo recibe.
—Los nombres también son puertas.
Blaid pensó en Mirasol, en la Casa de los Índices, en el templo sin nombre, en el anillo y finalmente en la daga. La Presencia percibió cada asociación y el espacio pareció tensarse alrededor de ellas.
—Has visto demasiado para seguir creyendo que todas las puertas deben abrirse.
—Y tú has dicho demasiado poco para esperar obediencia.
Las sombras se alzaron y el mundo cambió.
Blaid apareció sobre una ciudad que no conocía.
Torres cristalinas ascendían bajo un cielo verde y dos lunas ocupaban posiciones imposibles sobre el horizonte; miles de luces recorrían calles trazadas con una geometría que ninguna ciudad de Orvantyr habría mantenido durante más de una generación.
Algo descendió desde el cielo, aunque Blaid nunca llegó a verlo.
Lo que vio fue la consecuencia: las torres empezaron a quebrarse hacia dentro, una luz blanca recorrió las avenidas y figuras demasiado pequeñas para distinguir rostros huyeron entre edificios que perdían la forma.
La visión cambió antes de que pudiera entenderla.
Un mundo cubierto por bosques azules sustituyó al primero; después llegó otro bajo tres soles, una ciudad construida dentro de un anillo de piedra que rodeaba un mar completo y, finalmente, un continente dividido por una grieta luminosa que ardía desde el subsuelo.
En cada lugar aparecía primero el desastre y después las sombras violáceas, a veces descendiendo del cielo y otras surgiendo de la tierra, del agua o de estructuras construidas por quienes habitaban aquellos mundos.