Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 22 #4
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—¡Detengan la nave!

Yoshua apoyó ambas manos sobre el timón. —No.

La vibración recorrió el casco.

Fïrn la sintió bajo las botas. No era Armonía ni un conjuro convencional; parecía una red de pequeñas alteraciones distribuidas por la madera y las piezas del barco, diseñadas para modificar cómo respondía al agua.

Aria lo observaba con fascinación pese al agotamiento. —¿Quién hizo esto?

Yoshua no apartó la vista del canal. —Gente cara.

La patrullera maniobró y la distancia empezó a reducirse. Ridley tomó el arco.

Yoshua lo vio. —No disparéis primero.

—Si nos cierran…

—He dicho primero.

Blaid se colocó junto a la borda. —¿Y segundo?

Yoshua sonrió. —Ahí improvisamos.

El barco empezó a deslizarse de esa forma que Fïrn ya conocía y seguía sin gustarle.

No aceleró de golpe; simplemente dejó de comportarse como una embarcación del tamaño que tenía.

La proa corrigió varios grados sin viento suficiente y el casco avanzó hacia un espacio que la patrullera parecía convencida de poder cerrar.

Los soldados del otro barco empezaron a gritar. Una bandera descendió.

Aria se acercó al timón. —Un poco más a babor.

—Lo sé.

—Vas tarde.

—Te conozco desde hace media hora y ya quiero desembarcarte.

—Hazlo en Neraval.

Yoshua soltó una risa. La patrullera estaba demasiado cerca. Fïrn distinguía ya las caras de los soldados. Uno levantó una ballesta. Ridley tensó el arco.

Fïrn sintió el miedo extendiéndose por la cubierta, no solo el suyo: decenas de personas apretadas detrás, niños, ancianos y viajeros sin armas que apenas comprendían qué estaba haciendo el barco y sabían únicamente que otra nave intentaba cerrarles la salida.

Aquel miedo podía convertirse en pánico. Eso sí podía tocarlo.

Apoyó una mano sobre el laúd y buscó una estructura que no negara la emoción, sino que le diera un lugar útil.

El miedo les decía que se agarraran, que protegieran a los niños y que no corrieran hacia la borda.

Fïrn encontró el ritmo del trabajo de la tripulación —tirar, esperar, soltar, respirar— y construyó alrededor de él una secuencia sencilla.

Los marineros fueron los primeros en encontrarla. Después algunos refugiados.

La cubierta dejó de comportarse como una multitud aterrada y empezó a funcionar como un espacio donde cada persona intentaba no impedir el movimiento de la siguiente. Yoshua lo miró una vez y no dijo nada.

La patrullera pasó junto a ellos demasiado cerca. Un marinero de la Luz Púlida intentó enganchar una cuerda a la borda y Paf Paf la apartó con el mango del mazo antes de que prendiera. El ballestero disparó. Ridley levantó el escudo.

La saeta golpeó metal y una luminiscencia azul recorrió el borde. Fïrn lo vio. Aria también. No tuvieron tiempo de hablar.

Blaid cortó una segunda cuerda lanzada desde la patrullera y Yoshua giró el timón. El barco escapó del ángulo de intercepción y encontró el canal entre las torres. Detrás seguían gritando órdenes. Más allá, en el muelle, la multitud permanecía atrapada. Fïrn miró. Se arrepintió en cuanto miró.

Vio al hombre que se había quedado abajo. Seguía prácticamente en el mismo sitio. Su hermana estaba en cubierta y también miraba. El barco se alejaba.

Fïrn sintió cómo el ritmo que había creado empezaba a romperse porque muchos de los pasajeros estaban comprendiendo lo mismo al mismo tiempo: ya no podían regresar aunque la gente a la que amaban siguiera allí. Dejó de tocar. La Armonía no podía arreglar aquello. Y no debía intentarlo.

La salida de la bahía los recibió con un mar más duro y viento lateral. Las velas terminaron de abrirse y el sistema oculto de Yoshua redujo gradualmente su empuje hasta permitir que el barco volviera a comportarse de una forma menos inquietante.

Velmora empezó a empequeñecerse detrás de ellos. Las tres columnas de humo seguían elevándose y una cuarta había aparecido cerca del barrio alto. Ridley continuaba mirando al jinete.

La distancia convertía ya al Caballero Negro en una figura pequeña, aunque todavía podía distinguirse porque seguía inmóvil sobre el muelle, observándolos.

Fïrn se colocó a su lado. —No nos ha seguido.

Ridley bajó lentamente el arco. —No necesitaba hacerlo.

—¿Por qué?

Ridley tardó en responder. —No lo sé.

Fïrn aceptó la respuesta.

Blaid se apoyó contra la borda. Paf Paf estaba comprobando el estado de Aria mientras Yoshua hablaba con Tavia sobre rumbo, viento y peso.

A su alrededor, los pasajeros empezaban a sentarse donde podían; alguien lloraba, alguien rezaba y un niño preguntaba cuándo volverían. Nadie supo qué responderle.

Fïrn sacó el cuaderno y abrió la página donde había escrito: No subirán todos.

Debajo quedaba espacio. Podía preguntar a la mujer el nombre de su hermano y escribirlo para que al menos una parte de él llegara con ellos hasta Neraval. Fïrn no lo hizo.

Cerró el cuaderno y se sentó junto a la borda mientras Velmora desaparecía poco a poco detrás de la bruma de la Costa de Vaelmar. Por primera vez en mucho tiempo, prefirió recordar algo antes de escribirlo.