Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 22 #3
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Fïrn guardó el cuaderno dentro de la capa. —¿Qué hago entonces?

Aria miró hacia la multitud. —Lo que puedas.

Fïrn supo que aquella respuesta no sería suficiente. Probablemente ninguna lo sería. Fïrn ayudó a una mujer mayor a subir la pasarela, después a un niño y finalmente transportó una bolsa que pesaba demasiado para alguien de su tamaño, consiguiendo no quejarse durante casi veinte pasos.

El puerto cambió mientras trabajaban. Primero llegaron rumores desde las terrazas altas y después campanas que no eran todavía alarmas generales, sino llamadas de control que los habitantes de Velmora reconocían y que hicieron cambiar de dirección a comerciantes y marineros.

Yoshua levantó la cabeza. —Eso no me gusta.

Una joven de la tripulación llegó corriendo por el muelle.

—Han cerrado la calle de los Cordeleros.

Yoshua miró hacia el este. —¿Puertas?

—No —respondió la muchacha.

La muchacha respiró.

—Todavía.

Fïrn oyó la palabra otra vez.

Ridley se acercó. —¿Zarpamos?

—En cuanto vuelva Tavia.

—¿Quién?

—Mi hija.

Fïrn miró a Yoshua.

—¿De verdad hija?

—¿Importa?

Fïrn pensó en todo lo que habían aprendido últimamente sobre nombres, familias, filiaciones y respuestas demasiado rápidas.

—Cada vez menos.

La espera duró unos diez minutos y pareció mucho más larga. La gente del puerto había empezado a mirar hacia las calles en vez de hacia los barcos, y algunos capitanes soltaron amarras antes de terminar de cargar. Yoshua no. Permanecía junto a la borda observando la entrada del muelle.

Tavia apareció corriendo entre la multitud. Tendría unos veinte años, llevaba el cabello oscuro recogido detrás de la cabeza y compartía con Yoshua la expresión de quien había aprendido a hacer cuentas mientras se movía. El capitán le tendió una mano para subir.

—¿Cuántos?

—Dos columnas. Una hacia los almacenes y otra al puerto.

Ridley se tensó. —¿Luz Púlida?

Tavia lo miró. —¿Quién si no?

Fïrn oyó entonces los primeros gritos desde las calles.

Los primeros gritos no eran de pánico, sino órdenes. Fïrn prefirió eso menos que el pánico.

Yoshua se volvió hacia la tripulación. —Terminamos.

Varios marineros empezaron a retirar la pasarela. Una mujer gritó desde el muelle.

—¡Esperad!

Llevaba un niño en brazos. Yoshua cerró los ojos un instante y Fïrn vio la decisión antes de escucharla.

—Una más.

El marinero de la pasarela lo miró.

—Padre…

—Una —repitió Yoshua.

La mujer corrió y consiguió subir. Después un hombre intentó seguirla.

Yoshua extendió un brazo. —No.

—¡Es mi hermano!

La mujer gritó desde la cubierta. Fïrn no entendió si confirmaba la relación o si intentaba convencer al capitán.

El hombre puso un pie sobre la pasarela y dos marineros lo detuvieron.

Durante unos segundos, todo el puerto pareció reducirse a aquel cuerpo intentando avanzar y cuatro manos empujándolo hacia atrás.

Fïrn sintió miedo a su alrededor, desesperación, vergüenza y rabia. La Armonía apareció casi por reflejo y le mostró dónde podía tocar: podía reforzar la duda del hombre durante un instante, convertir el miedo en bloqueo y facilitar que retiraran la pasarela. Fïrn no lo hizo.

Después de Mirasol y del templo, la diferencia entre acompañar una emoción y utilizarla para obtener obediencia importaba demasiado. Se acercó.

—Hay otro barco en el muelle sur.

El hombre lo miró como si quisiera golpearlo.

—Está lleno.

—Este también.

—¡Ella está ahí!

Fïrn miró a la mujer. Lloraba.

—Lo sé.

La frase no ayudó. Tampoco había otra que pudiera arreglarlo.

Yoshua tomó la decisión. —Quitad la pasarela.

Los marineros obedecieron. El hombre quedó en el muelle mientras su hermana gritaba su nombre desde cubierta. Fïrn no lo escribió. Las campanas cambiaron de ritmo.

Ridley subió a cubierta. —Ya están aquí.

Fïrn miró hacia las calles.

La primera formación de la Luz Púlida apareció bajo los soportales del puerto. No corrían; avanzaban con soldados en armaduras claras y ribetes dorados, funcionarios detrás y dos hombres portando instrumentos que Fïrn reconoció como detectores o inhibidores del Tejido. Había algo peor detrás.

Paf Paf lo vio primero. —Jinete.

Ridley dejó de respirar durante un instante.

El hombre apareció entre los soldados montado sobre un caballo oscuro. Armadura negra, capa pesada y la misma postura que habían visto antes.

Fïrn miró a Ridley. La expresión de Ridley bastó para que Fïrn entendiera.

—Es él —dijo el guerrero.

Ridley no dijo Solrrak. Fïrn agradeció el silencio.

El Caballero Negro avanzó hacia el puerto sin mostrar prisa. Yoshua subió al timón y empezó a ordenar las maniobras de salida; la tripulación se movió con una precisión nacida de hacer las mismas cosas demasiadas veces bajo presión. Paf Paf ayudó a liberar una cuerda.

Blaid cortó otra cuando el nudo se atascó. Ridley permaneció junto a la borda mirando al jinete.

Fïrn se acercó. —No puedes quedarte ahí.

—Lo sé.

Ridley no se movió. El Caballero Negro giró ligeramente la cabeza. Incluso desde aquella distancia, Fïrn tuvo la impresión de que estaba mirando directamente hacia ellos. Después hizo un gesto con la mano. Era pequeño, funcional y familiar. Ridley lo reconoció. El cambio en su cara bastó.

—Otra vez.

Fïrn sabía a qué se refería. La maniobra de Solrrak.

La misma maniobra, aprendida por otro. Ridley llevaba días obligándose a recordar la distinción: una postura no era un hermano, una técnica no era una identidad y reconocer algo no significaba entender por qué estaba allí. El barco empezó a separarse del muelle.

Entonces una patrullera de la Luz Púlida apareció desde el lado oriental de la bahía. Era pequeña, rápida y lo bastante ancha para bloquear el paso entre las dos torres que protegían la salida.

Yoshua la vio. —Claro.

Tavia miró hacia él. —¿Canal sur?

—Demasiado bajo.

—¿Entonces?

Yoshua sonrió. —Hacemos lo que hacemos.

Fïrn recordó el primer viaje: la vibración del casco, el movimiento sin vela ni remo y aquella parte de la embarcación que Yoshua nunca había explicado. La tripulación empezó a modificar tres cabos que desaparecían bajo cubierta.

Aria se incorporó. —Eso es un sistema de arrastre de Tejido.

Yoshua la miró. —Me ofende que lo digas tan alto.

—Está mal calibrado.

El contrabandista se quedó inmóvil.

—Ahora sí me has ofendido.

Aria señaló hacia proa. —La línea izquierda está compensando demasiado.

Tavia miró a Yoshua.

—Tiene razón.

—Traición.

La patrullera levantó una bandera y una voz amplificada atravesó el agua.