Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 22 #2
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Después empezaban los detalles. Un puesto vacío conservaba mercancía expuesta sin vendedor.

Una casa estaba marcada con pintura blanca.

Dos hombres de la Luz Púlida hablaban con el propietario de una taberna mientras nadie ocupaba las mesas exteriores.

Varias personas esperaban junto a una pared con documentos entre las manos y un carro cargado con muebles avanzaba hacia la salida.

Velmora no estaba tomada. La estaban aprendiendo.

La idea le resultó desagradable a Fïrn porque explicaba mejor lo que veía que cualquier palabra relacionada con conquista.

Una ciudad podía resistir a un ejército y, sin embargo, quedarse indefensa ante alguien que supiera qué nombres preguntar, qué registros copiar y qué puertas empezar a señalar.

Descendieron hacia el puerto por calles cada vez más estrechas.

Allí el olor a sal se mezclaba con pescado, brea, sudor, cuerda mojada y humo de carbón.

Los edificios eran más altos y los pisos superiores avanzaban sobre la calle para ganar espacio, creando corredores donde la luz llegaba fragmentada entre toldos y balcones.

Fïrn quiso detenerse varias veces porque había demasiado que mirar.

En una esquina, una mujer vendía tiras de madera grabadas con nombres de barcos hundidos; en otra, un hombre reparaba mapas sobre una mesa inclinada y cobraba por añadir rutas que probablemente no existían.

Sobre algunas puertas colgaban campanas parecidas a las que habían visto en las casas de la costa, aunque las cuerdas utilizaban colores distintos.

Paf Paf observaba otras cosas. —Ese muro se está abriendo.

Fïrn miró. No había reparado en la grieta.

—Tu percepción del mundo es profundamente poco romántica.

—Se cae.

—Precisamente.

Aria caminaba cada vez más despacio.

Ridley lo vio. —Puerto y descanso.

Ella asintió sin energía suficiente para discutir. Llegaron a una plaza donde el flujo de personas se dividía hacia tres muelles principales y allí la situación dejó de poder ocultarse detrás de la rutina. La gente que abandonaba la ciudad ya no era un rumor, sino una multitud.

Nadie corría, pero había demasiadas maletas, demasiados niños y demasiadas personas intentando hablar con capitanes cuyos barcos tenían menos espacio del necesario.

Un hombre levantaba una bolsa de monedas por encima de la cabeza mientras gritaba el nombre de otro puerto; una mujer discutía con un marinero porque pretendía embarcar a cuatro hijos pagando dos plazas.

Dos ancianos permanecían sentados sobre un baúl sin hablar.

Había gente intentando comprar espacio, gente intentando venderlo y gente que simplemente esperaba.

Fïrn abrió el cuaderno y escribió: No subirán todos. Esta vez sí.

Ridley leyó por encima de su hombro. —Guarda eso.

Fïrn cerró el cuaderno. —No cambia porque no lo escriba.

—No.

Ridley miró el puerto. —Pero ahora necesito que mires.

Fïrn guardó la pluma. Le molestó porque Ridley tenía razón.

Buscaron a Yoshua. No resultó difícil. Su nombre apareció en tres discusiones distintas antes de que encontraran ninguno de sus barcos.

—O’Fighter no acepta más.

—O’Fighter zarpa esta noche.

—O’Fighter está cobrando el doble.

—O’Fighter no cobra a familias.

—O’Fighter no lleva niños.

Las versiones eran incompatibles.

Fïrn sonrió por primera vez desde el puesto de control. —Está aquí.

Blaid lo miró. —¿Porque nadie se pone de acuerdo?

—Exactamente.

Encontraron uno de sus barcos en el muelle occidental.

Fïrn lo reconoció antes de ver al capitán: el casco de madera oscura conservaba aquella apariencia improbable que recordaba del viaje anterior, demasiado silenciosa cuando estaba quieta y demasiado limpia en la línea de agua para una embarcación que trabajaba tanto.

Habían cambiado parte de las velas y reparado el costado de babor, pero seguía existiendo algo en su construcción que hacía que el ojo tardase un momento más de lo normal en decidir cómo debía comportarse. Tordo rebuznó.

Paf Paf miró al animal. —Lo recuerda.

Rodado lo imitó con menos convencimiento.

Fïrn acarició el hocico del primero. —O detestan los barcos.

—También —dijo Paf Paf.

Yoshua apareció sobre la pasarela mientras discutía con dos hombres.

No había cambiado demasiado. Seguía vistiendo una capa elegida para soportar lluvia, viento y conversaciones incómodas y llevaba el cabello recogido de una forma que sugería haber renunciado a pelear con él hacía años.

Terminó la discusión señalando otro muelle.

Los hombres se marcharon. Entonces los vio.

Su expresión pasó primero por reconocimiento y después por cálculo.

—Mis queridos desastres.

Fïrn sonrió. —También nos alegra verte.

—Eso demuestra falta de criterio.

Yoshua miró a Ridley, Paf Paf, Blaid y Fïrn, y finalmente se detuvo en Aria. La cortesía desapareció.

—Eso sí es nuevo.

Fïrn respondió antes de pensar. —La encontramos.

Aria lo miró. —Me encontraron.

Yoshua inclinó ligeramente la cabeza. —Yoshua O’Fighter.

—Aria Veyran.

—He oído el nombre.

—Eso rara vez mejora una presentación.

Yoshua sonrió. —Nos entenderemos.

Ridley fue directo. —Necesitamos llegar a Neraval.

Yoshua dejó de sonreír. —Claro que sí.

—¿Puedes llevarnos?

El contrabandista miró primero el barco y después el puerto.

—Puedo llevaros a muchos sitios. La pregunta es qué estáis dispuestos a pagar por uno al que ahora mismo media Costa de Vaelmar parece querer llegar.

Fïrn frunció el ceño. —¿Por qué Neraval?

—Porque sigue admitiendo barcos, porque no ha cerrado sus archivos y porque la Luz Púlida todavía tiene menos amigos allí de los que desearía.

Aria observó el muelle. —¿Cuándo zarpa?

Yoshua la miró. —Antes del anochecer.

—Eso es muy pronto.

—Eso es por lo que sigo vivo.

Ridley señaló la multitud. —¿Cuánta gente llevas?

El contrabandista no respondió inmediatamente.

Yoshua tardó lo suficiente en responder. —Demasiada.

Fïrn miró el barco. —¿Y cuánta cabe?

—Menos.

Paf Paf observó a las familias que esperaban. —Entonces algunos se quedan.

Yoshua sostuvo su mirada. —Sí.

Yoshua no intentó suavizarlo.

Ridley regresó a lo práctico. —¿Hay sitio para seis, dos burros y un carro?

Yoshua miró primero a Tordo, después a Rodado y por último al vehículo. —El precio acaba de empeorar.

Paf Paf negó. —No.

El contrabandista sonrió.

—Lo recordaba.

Blaid apoyó una mano sobre el lateral del carro. —Puede desmontarse parcialmente.

Paf Paf lo miró. —No.

—Acabas de rechazar dos negociaciones distintas con la misma palabra.

—Funciona.

Fïrn levantó una mano. —Podemos discutir el futuro del carro después de salvar nuestras vidas.

Yoshua recorrió el conjunto con la mirada. —Subid. Encontraremos una forma.

Ridley no se movió. —¿A cambio?

—Vuestro buen recuerdo.

Blaid soltó aire. —Eso ya lo cobraste la última vez.

—Entonces veis que soy un hombre de tarifas constantes.

Ridley mantuvo la mirada.

Yoshua terminó cediendo. —Ayudad a embarcar. Mi gente está haciendo tres trabajos a la vez y ese carro no va a entrar entero sin sacar otra cosa.

Paf Paf ya se estaba moviendo.

Fïrn tardó un poco más. —¿Eso paga seis, dos burros y un carro?

—Depende de cómo trabajen los burros.

Tordo intentó morder una cuerda.

Yoshua asintió. —Prometedor.

Durante la hora siguiente, Fïrn dejó de ser bardo, investigador y cronista para convertirse en una persona que llevaba equipaje de un sitio a otro.

Le sorprendió cuánto lo agotaba. Paf Paf podía mover un baúl y una caja al mismo tiempo sin alterar demasiado la respiración; Ridley organizaba pasajeros para que no bloquearan la pasarela, y Blaid trabajaba con una eficacia que parecía incompatible con sus costillas, aunque evitaba cualquier carga que exigiera demasiado de la mano derecha. Aria intentó ayudar.

Yoshua la detuvo. —Tú siéntate.

Ella lo miró.

—Puedo trabajar.

—Eso me han dicho muchas personas justo antes de desmayarse en mi cubierta.

—No voy a desmayarme.

—Magnífico. Hazlo sentada.

Aria abrió la boca.

Paf Paf apareció detrás. —Siéntate.

Ella miró primero al goliat y después a Yoshua.

—No me gusta que os pongáis de acuerdo.

—A mí me ocurre continuamente —dijo Fïrn mientras pasaba con una caja.

El carro resultó ser el mayor problema material.

No cabía en la zona de carga sin sacrificar demasiado espacio, de modo que Paf Paf terminó aceptando desmontar las ruedas y parte del tiro después de comprobar personalmente cómo se guardarían las piezas.

Yoshua hizo retirar dos barriles de mercancía y una caja de herramientas para abrir un hueco junto a la zona donde quedarían Tordo y Rodado.

Aun así, el problema real no eran los objetos, sino la gente.

Yoshua tenía espacio para más pasajeros, pero cada nueva persona exigía retirar peso de otra parte, redistribuir agua y calcular comida para varios días.

Sacaron piezas de metal cuyo propósito Fïrn nunca llegó a conocer y reordenaron parte de la carga. Ni siquiera así bastaba.

Una familia esperaba junto a la pasarela: padre, madre y dos niños. Yoshua habló con uno de sus marineros. El hombre negó. El capitán miró la cubierta y volvió a negar. La madre comprendió antes de que nadie pronunciara nada.

Fïrn lo vio. —Pueden ocupar nuestro espacio.

Ridley estaba detrás. —No.

Fïrn se volvió. —Podemos quedarnos de pie.

—No es eso.

—Entonces ¿qué?

Ridley señaló el barco. —Peso.

Fïrn miró a Yoshua. El contrabandista asintió.

—No son cuatro cuerpos. Son comida, agua y espacio durante varios días.

La mujer podía oírlo. Que la mujer pudiera oírlo volvía cada palabra más cruel. Fïrn buscó algo que decir y no encontró nada útil.

La familia se alejó hacia otro muelle. Abrió el cuaderno. No escribió. Lo cerró de nuevo. Aria lo observaba desde la caja donde Yoshua había conseguido obligarla a sentarse.

—No puedes convertirlos a todos en una página.

—No intento…

—Sí.

Fïrn levantó la mirada.

Aria bajó la voz. —Y tampoco puedes salvarlos a todos para no tener que escribirlos.

Aquello dolió porque funcionaba en dos direcciones.