22
La primera gente que huía de Velmora apareció antes de que pudieran ver la ciudad.
Fïrn llevaba casi una hora observando las columnas de humo que se levantaban al norte cuando encontraron a una familia avanzando en sentido contrario.
Eran seis: una mujer joven cargaba a una niña dormida, un hombre sostenía sobre el hombro una vara de la que colgaban dos fardos y tres muchachos arrastraban un carro pequeño cargado con mantas, ollas y una jaula vacía.
Ninguno parecía haber corrido, pero todos caminaban con la constancia de quienes habían aprendido que detenerse demasiado podía convertirse en una decisión.
Ridley se apartó para dejarles sitio y esperó hasta que el hombre estuvo cerca. —¿Velmora?
El viajero redujo el paso sin llegar a detenerse.
—Sigue ahí.
—¿La Luz Púlida?
Aquello sí hizo que lo mirara.
—También.
La mujer acomodó el peso de la niña y continuó andando. Uno de los muchachos se quedó mirando a Aria durante un instante, más por curiosidad que por miedo, antes de recibir un gesto de su padre para que siguiera. Fïrn sacó el cuaderno por costumbre, aunque no llegó a abrirlo.
Ridley continuó preguntando. —¿Han cerrado las puertas?
—No. Todavía no.
—¿El puerto?
—Abierto. También todavía.
El hombre miró hacia las columnas de humo.
—Han tomado el barrio alto y parte de los almacenes del este. Dicen que buscan gente relacionada con el Tejido, pero también están revisando registros de entrada, propiedades y gremios. Si vuestro nombre aparece donde no debe, os hacen preguntas. Si no aparece, también.
—¿Combates?
El hombre negó.
—No una guerra. No todavía.
Aquella forma de responder se parecía demasiado a muchas otras que habían oído desde Eshvar. Fïrn terminó abriendo el cuaderno, aunque no copió la explicación del viajero; escribió una sola palabra. Todavía. Cuando levantó la vista, la familia ya se alejaba hacia el sur.
Paf Paf observó el carro hasta que desapareció detrás de una curva. —Llevan poco.
Aria siguió la misma dirección desde el vehículo. —Lo que podían mover.
Blaid caminaba con la capa cerrada sobre el costado. —O lo que tuvieron tiempo de decidir que importaba.
Fïrn guardó el cuaderno. La diferencia entre ambas cosas le pareció demasiado importante para convertirla en una frase rápida.
A medida que se acercaban a Velmora, los grupos aumentaron.
Primero fueron familias aisladas; después aparecieron carros mayores, animales de carga y gente que caminaba en pequeños conjuntos sin otra relación visible que compartir la dirección contraria a la ciudad.
Algunos hablaban mientras avanzaban y otros guardaban un silencio tan organizado que parecía una manera de conservar fuerzas.
Fïrn escuchaba porque las conversaciones llegaban solas cuando demasiadas personas recorrían la misma ruta.
Una mujer aseguraba que habían detenido a tres miembros del gremio de tintoreros porque uno de ellos tenía un hermano hechicero.
Un pescador decía que la Luz Púlida estaba comprando información en lugar de exigirla.
Otro hombre juraba que habían encontrado un sótano lleno de artefactos arcanos bajo una casa del barrio del Faro, y un anciano le respondió que aquel sótano llevaba veinte años sirviendo para guardar vino.
Las historias se superponían sin llegar a formar una verdad única. Fïrn anotó algunas.
Aria lo vio desde el carro. —No escribas todo.
Él levantó la mirada.
—Todavía no sé qué importa.
—Precisamente.
—Eso contradice bastantes años de enseñanza.
—Has aprendido cosas desde entonces.
—Algunas sin permiso.
—Las peores suelen ser así.
El camino descendió entre colinas y el mar apareció de nuevo, esta vez mucho más cerca.
Más allá de los acantilados de la Costa de Vaelmar se veían embarcaciones que avanzaban paralelas al litoral: unas pequeñas y rápidas, otras lo bastante grandes para transportar mercancía y pasajeros entre puertos.
Velmora empezó a mostrarse por partes. Primero aparecieron las torres.
No eran grandes fortalezas, sino estructuras bajas levantadas en los extremos de dos promontorios que protegían una bahía profunda.
Entre ellas, la ciudad descendía por terrazas hacia el agua: tejados oscuros, muros de piedra gris, almacenes largos junto al puerto y calles construidas siguiendo la pendiente en vez de cualquier geometría limpia.
Fïrn distinguió humo en tres zonas. Una columna nacía del barrio alto y las otras dos aparecían más cerca del agua.
Ninguna parecía un incendio descontrolado.
Que los incendios parecieran contenidos no resultaba tranquilizador.
A cierta distancia de las primeras casas encontraron un puesto improvisado de la Luz Púlida.
No era una muralla ni una barricada completa; habían cruzado dos carros a ambos lados del camino para obligar a los viajeros a reducir la marcha y, bajo un toldo blanco, un funcionario escribía en un libro grueso mientras cuatro soldados revisaban documentos y cargas.
Ridley disminuyó el paso. —No sacamos armas.
Blaid lo miró. —Una pena. Siempre mejora la burocracia.
—Blaid.
—No sacaré armas.
Paf Paf tomó las riendas de Tordo y Rodado. Aria intentó bajar del carro antes de llegar al puesto y Ridley se acercó para ayudarla; Fïrn hizo lo mismo.
—No tienes que…
—Sí.
No discutió. Aquello seguía preocupándolo más que sus protestas.
Había demasiada gente esperando, así que el puesto funcionaba con una eficacia aproximada.
Los soldados revisaban nombre, destino, procedencia y carga; algunos viajeros pasaban en menos de un minuto, mientras otros eran apartados hacia una zona lateral donde esperaban junto a sus pertenencias.
Cuando llegó su turno, el funcionario levantó la vista.
—Procedencia.
Ridley respondió: —Sur.
El hombre esperó.
Ridley no añadió nada. —Eso no es una procedencia.
—Es de donde venimos.
El funcionario soltó un suspiro que indicaba haber sobrevivido a conversaciones semejantes desde el amanecer.
—Último asentamiento registrado.
Blaid intervino antes de que Ridley decidiera convertir aquello en una disputa.
—Camino de Helmar.
El funcionario buscó el nombre en una lista. No lo encontró.
—No figura.
—El camino parece soportarlo con dignidad.
Fïrn vio a Ridley cerrar los ojos un instante. El funcionario miró a Blaid.
—Nombre.
—Blaid.
—Completo.
La pausa fue mínima.
—Blaid de Caria.
La pluma se detuvo. Fïrn lo vio. Ridley también. El funcionario revisó otra hoja y tardó demasiado para tratarse de una comprobación rutinaria. Blaid permaneció inmóvil, con esa quietud suya que a veces parecía paciencia y otras veces una manera de negar al mundo el placer de verlo preocupado.
—¿Problema?
—No.
El hombre siguió buscando. Fïrn notó que Aria se había colocado ligeramente detrás de Paf Paf. La pluma regresó al papel.
—Destino.
—Velmora —respondió Ridley.
El funcionario levantó la cabeza.
—Motivo.
—Puerto.
—Eso tampoco es un motivo.
Blaid sonrió apenas. —Empiezo a apreciar la coherencia del sistema.
Ridley habló antes de que pudiera continuar. —Transporte hacia el norte.
—¿Comercial?
—Si encontramos barco.
El funcionario recorrió sus caras y se detuvo en Aria.
—¿Está herida?
—Recuperándome —respondió ella.
—¿De qué?
—De estar herida.
Fïrn convirtió una risa en tos. El hombre la miró con una expresión cansada.
—Nombre.
Hubo un instante de silencio demasiado perceptible.
—Aria Veyran.
El funcionario anotó. No buscó el nombre. Eso resultó casi peor. Cuando llegó el turno de Fïrn, el hombre consultó otra columna.
—Profesión.
—Bardo.
—¿Licencia?
Fïrn lo miró. —¿Para ser bardo?
—Para ejercer magia musical.
—No he dicho que ejerza magia musical.
El funcionario levantó la pluma.
—¿La ejerces?
Ridley habló desde un lado. —Toca.
—No te he preguntado a ti.
Fïrn sonrió. —Toco.
—¿Armonía?
La sonrisa desapareció. El término había surgido con demasiada naturalidad, como una categoría administrativa que aquella gente esperaba encontrar en un formulario.
—A veces.
El funcionario escribió algo.
—En Velmora está restringido cualquier uso del Tejido, Armonía ritual o manifestación no autorizada del Numen dentro de los distritos portuarios y comerciales. Las infracciones se remiten a supervisión doctrinal.
Blaid ladeó la cabeza. —Qué acogedor.
El soldado más próximo lo miró.
Ridley decidió terminar la conversación. —¿Podemos pasar?
El funcionario cerró el libro.
—Podéis pasar.
Fïrn no volvió a respirar con normalidad hasta que dejaron atrás el puesto. Esperó unos cincuenta pasos antes de hablar.
—Sabían qué preguntar.
Aria caminaba despacio junto al carro. —La Luz Púlida lleva años aprendiendo vocabulario.
—En Eltarion necesitaban pruebas. Aquí preguntan directamente por Armonía.
—Porque ya no intentan solo encontrar delitos —dijo Blaid—. Intentan clasificar posibilidades.
Paf Paf miró hacia atrás. —No nos han parado.
Ridley siguió andando. —Todavía.
Fïrn pensó en la palabra que había escrito y no volvió a abrir el cuaderno.
Las primeras calles de Velmora estaban llenas de una normalidad que parecía empeñada en ignorar cuanto ocurría unas terrazas más arriba.
Había vendedores de pescado, carros entrando y saliendo de almacenes, niños transportando cestas y marineros discutiendo por el precio de una reparación.
A primera vista, cualquiera habría podido pensar que la ciudad atravesaba un día de mercado especialmente tenso.