21 #4
Quedaba una forma. No avanzaba. Se había retirado hacia el punto donde apareció la primera y permanecía casi plana contra la pared. Paf Paf dio un paso y la criatura se movió, pero no hacia él.
Se orientó hacia Blaid. El tiefling lo vio y su mano izquierda fue hacia el interior de la capa. La criatura reaccionó. Paf Paf se detuvo. Blaid también.
Aquella forma parecía concentrada en un punto concreto de su costado, ignorando tanto a Ridley como a los demás. Blaid retiró la mano y la criatura se lanzó.
Ridley intentó interceptarla con el escudo, pero cambió de dirección antes de tocarlo y siguió hacia el tiefling.
Paf Paf golpeó el suelo junto a sus pies; la piedra bajo las tablas devolvió una vibración seca y Fïrn, todavía arrodillado, encontró el sonido para sostenerla con una nota. La criatura adquirió forma.
Paf Paf vio entonces algo que no había distinguido en las demás: filamentos finos y negros, tensos, semejantes a los que habían descendido de la manifestación suspendida sobre Aria durante el ritual.
—Ahora.
Blaid atacó, Ridley golpeó con el escudo desde el lateral y Paf Paf descargó el mazo inmediatamente después. La forma se contrajo y desapareció.
Esta vez quedó algo sobre el suelo. Un filamento oscuro, no más largo que un dedo, permaneció entre las tablas durante varios segundos antes de empezar a encogerse.
Fïrn se acercó con cautela. —No lo toques.
Paf Paf no tenía intención de hacerlo.
Aria se apoyó en la pared para observarlo. —Se parece al ritual.
Ridley volvió hacia ella. —¿Lo reconoces?
—Reconozco la forma. No sé qué es.
Paf Paf miró a Blaid. El tiefling permanecía demasiado quieto.
—Te buscaba.
Blaid siguió observando el lugar donde la criatura había desaparecido. —Eso parecía.
—¿Qué llevas?
La pregunta no contenía acusación porque Paf Paf todavía no tenía una razón concreta para acusarlo de nada.
Blaid levantó la vista. —La cuenta.
Blaid no había mentido. Todos sabían que la llevaba.
Fïrn consiguió incorporarse. —¿Reaccionó?
Blaid tardó apenas un instante. —No lo sé.
Paf Paf observó la mano izquierda, todavía demasiado cerca del interior de la capa. —Mírala.
Blaid sacó la cuenta negra envuelta en tela. El objeto estaba frío y no mostraba brillo ni ningún cambio aparente. Fïrn se acercó sin tocarlo y Aria observó desde la pared.
—Guárdala.
Blaid volvió a envolverla.
Paf Paf no insistió. Todavía no tenía una razón concreta para hacerlo. Blaid, en cambio, sabía exactamente qué más llevaba bajo la capa.
Bajo la misma capa, separado de la cuenta por apenas unos centímetros y dos envolturas de tela, el anillo que había ocultado a Ridley seguía envuelto. La Presencia había reaccionado durante toda la pelea y Blaid había hecho un esfuerzo consciente por no distinguir exactamente a qué.
La nave quedó impregnada de un olor metálico que antes no estaba allí, mezclado con humedad y madera vieja.
Ridley salió a comprobar el exterior y no encontró huellas ni señales de alguien acercándose desde el camino, mientras Fïrn recogía el filamento oscuro con dos astillas y lo guardaba dentro de un pequeño recipiente sin tocarlo.
Aria volvió a tumbarse. El pequeño uso del Tejido le había costado más de lo que quería admitir: la respiración tardó en regularizarse y necesitó varios minutos antes de poder incorporarse sobre un codo.
Paf Paf se sentó cerca. —No más magia.
Ella mantuvo los ojos cerrados.
—No planeaba otra invasión.
—Magia.
Aria abrió un ojo. —Tampoco.
El resto de la noche pasó sin otro ataque, aunque ninguno durmió demasiado.
Al amanecer, la lluvia había limpiado el cielo y el mar reflejaba una luz gris clara. Paf Paf salió antes que los demás y recorrió la ensenada mientras Isa’ak y Elis’eo comían bajo el alero.
Encontró una marca en la arena húmeda que no parecía una huella, sino el rastro de algo arrastrado desde las proximidades de la nave hasta la orilla. La línea continuaba varios metros y desaparecía donde empezaba el agua.
Ridley llegó detrás. —¿De anoche?
Paf Paf asintió. —Parece.
Fïrn apareció con el cuaderno ya en la mano. —Propongo que cualquier misterio nuevo espere a después del desayuno.
Blaid salió poco después, vestido para viajar y con la capa cerrada sobre el costado. Aria tardó más.
Cuando estuvieron listos, Paf Paf subió al promontorio para comprobar el camino antes de enganchar otra vez a Isa’ak y Elis’eo. Desde allí veía mucho más al norte.
La pista continuaba sobre los acantilados y desaparecía tras varias colinas, pero más allá, casi confundidas con la bruma, tres columnas oscuras ascendían hacia el cielo.
Ridley llegó a su lado. —Humo.
Fïrn subió después. —¿Velmora?
Aria necesitó ayuda para alcanzar la parte alta. Cuando vio las columnas permaneció unos segundos en silencio antes de asentir.
—Sí.
Ridley ajustó la correa del escudo. —¿Cuánto?
—Si el camino sigue abierto, un día.
Paf Paf contempló el humo. No era suficiente para una ciudad entera ardiendo, pero era demasiado para cocinas. Recogió el mazo y bajó hacia los animales mientras los demás empezaban a preparar el carro. Nadie discutió el siguiente paso.