Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 21 #2
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Aria pidió bajar del carro y Ridley la ayudó. Se acercó lo suficiente para observar la pintura sin tocarla.

—No es una señal que conozca.

Blaid examinó otra en la vivienda contigua. —¿Inspección?

—Puede —admitió Blaid.

Ridley señaló una tercera. —O desalojo.

No tenían forma de saberlo. Dentro de una de las casas encontraron una mesa, dos sillas, un armario vacío y poco más.

No había sangre ni muebles rotos; alguien había retirado casi todo lo útil y dejado únicamente objetos demasiado corrientes para compensar el peso.

En una pared habían escrito un número con pintura oscura.

Fïrn lo anotó. —¿Registro?

Ridley observó la habitación. —Puede ser.

Paf Paf abrió un cajón. Quedaban tres cucharas, una cuerda corta y una medalla de cobre con forma de pez. La dejó donde estaba.

—Se fueron preparados.

Ridley miró el número. —O les dieron tiempo.

Fïrn encontró una taza rota detrás del hogar. —No parece una evacuación violenta.

Blaid apoyó una mano en el marco de la puerta. —La gente puede marcharse por miedo sin necesidad de que alguien rompa nada.

Aria lo miró. —Y la Luz Púlida ha aprendido que una ciudad vaciada por decisión de sus habitantes cuesta menos que una ciudad tomada.

Nadie discutió aquello. Tampoco permanecieron mucho tiempo.

A partir de esa aldea empezaron a encontrar más tránsito en sentido contrario.

Primero fueron huellas; después apareció un carro que descendía hacia el sur con tres mujeres, dos niños y un hombre demasiado mayor para sostener bien las riendas.

Ridley se apartó para dejarles paso. —¿Velmora?

El conductor tiró ligeramente de las riendas.

—Si vais allí, llegáis tarde o demasiado pronto.

Fïrn frunció el ceño. —No parece haber mucho espacio entre ambas cosas.

—Depende de lo que queráis.

El hombre miró a Aria y después las armas.

—La Luz Púlida ha cerrado el barrio alto y está registrando casas cerca de los almacenes. El puerto sigue abierto, pero cada día sale más gente y entra menos.

Ridley señaló hacia el norte. —¿Combates?

—No que yo haya visto. Detenciones, sí. Incendios, dos. Dicen que eran casas de hechiceros.

Aria sostuvo su mirada. —¿Y tú qué crees?

El hombre soltó aire.

—Que una casa arde igual aunque quien viva dentro no sepa hacer magia.

No añadió nada. Siguieron hacia el norte.

Paf Paf observó cómo el carro se alejaba. Llevaba casi todo lo que una familia podía perder sin dejar de moverse: mantas, ollas, dos cajas, un saco de grano y una jaula vacía.

Fïrn también lo miraba. —Velmora aún no está cayendo.

Ridley continuó andando. —Todavía.

Durante el resto de la tarde cruzaron con más gente, siempre en grupos pequeños.

Los relatos coincidían lo suficiente para resultar preocupantes: controles nuevos, almacenes inspeccionados, funcionarios de la Luz Púlida entrando en barrios donde hasta hacía poco solo había autoridad municipal y rumores de que determinadas familias estaban siendo interrogadas por nombres relacionados con antiguos gremios del Tejido.

Nadie hablaba de una ciudad tomada. A Paf Paf le inquietaba más precisamente por eso.

La amenaza crecía dentro de una normalidad que seguía funcionando: mercados abiertos, barcos entrando y saliendo, gente pagando impuestos y discutiendo por el precio del pescado mientras otros empezaban a marcharse.

Paf Paf entendía mejor ese peligro que un ejército quemando calles. Una muralla rota permitía señalar un enemigo; una ciudad que continuaba trabajando mientras cambiaba quién podía entrar en determinadas casas resultaba mucho más difícil de medir.

Al final de la tarde, Aria empezó a inclinarse demasiado contra el lateral del carro y Ridley decidió detenerse antes de que pudiera fingir que no ocurría nada.

—Buscamos sitio.

Aria levantó la cabeza. —Podemos continuar.

Paf Paf la miró. —No.

—Una hora.

—No.

Fïrn levantó una mano. —Voy a hacer algo que seguramente lamentaré y ponerme de su parte.

—No necesitas anunciarlo.

—Me ayuda a aceptar el sacrificio.

Blaid observó el cielo. —Además va a llover.

Paf Paf había llegado a la misma conclusión varios minutos antes. El viento giraba desde el suroeste, las nubes se compactaban sobre el mar y la humedad había aumentado lo suficiente para que las telas empezaran a notarse frías sobre la piel.

Encontraron refugio en una pequeña ensenada donde el camino descendía hacia un antiguo embarcadero.

La construcción principal no era exactamente una casa, sino una nave baja utilizada quizá para guardar redes, herramientas o mercancía antes de subirla a la ruta.

Conservaba tres paredes sólidas, la mayor parte del techo y una plataforma elevada de madera que evitaba la humedad.

Paf Paf inspeccionó las vigas. Una estaba podrida en el extremo y otra se había combado, pero el muro orientado al mar seguía firme y el tejado podía aguantar una noche si la tormenta no empeoraba demasiado.

—Sirve.

Ridley observó la plataforma. —¿Para todos?

—Sí.

—Eso ha sonado casi alegre.

—No llueve dentro.

Ridley miró el agujero de un extremo del techo. —Todavía.

Paf Paf dejó el mazo cerca de la entrada y empezó a buscar tablones para reforzar la zona más débil.

Isa’ak y Elis’eo quedaron bajo un alero lateral donde tenían suficiente protección contra el viento; Fïrn y Blaid despejaron un espacio para Aria mientras Ridley recorría el promontorio y comprobaba los accesos.

Cuando terminó de asegurar una tabla, Paf Paf se sentó unos segundos. El hombro llevaba todo el día recordándole que seguía herido, no con dolor agudo sino mediante una presión profunda que aparecía al levantar peso o extender demasiado el brazo y tardaba después en desaparecer.

Aria lo vio. —Déjame mirar.

—Tú descansa.

—Eso no responde.

Paf Paf levantó ligeramente el brazo. —Funciona.

—Una puerta rota también funciona hasta que deja de hacerlo.

Fïrn estaba extendiendo una manta. —Debo admitir que eso suena mucho a Paf Paf.

Aria lo ignoró. Paf Paf acabó sentándose porque discutir requería más energía que dejarla hacer. Ella palpó el hombro con cuidado, moviendo primero el brazo y después la articulación sin forzarla.

—No está peor.

—Bien.

—Tampoco está bien. Necesita tiempo.

Paf Paf miró el hombro como si pudiera negociar con él. —Tengo.

Aria tardó un instante en retirar la mano. —Eso pensábamos todos.

Paf Paf no encontró nada que responder.

Ridley regresó poco antes de que empezara la lluvia. Había encontrado dos rutas hacia el norte: la principal continuaba junto a la costa y otra subía hacia zonas de pasto antes de regresar a los acantilados. Ambas mostraban huellas recientes.

—Mañana tomamos la baja. Si hay gente saliendo de Velmora, quiero verla antes de llegar.

Blaid estaba sentado junto a una pared limpiando la espada. —Una estrategia basada en acercarnos a la multitud.

—Una estrategia basada en saber qué ocurre.

—Mucho más respetable.

Fïrn removía algo dentro de una olla pequeña. —¿Y si Yoshua no está en Velmora?

Ridley se volvió hacia él. —Primero llegamos. Después buscamos.

Aria abrió los ojos desde la manta. —Si sigue trabajando en la costa, sabrá que algo está cambiando antes que muchos comerciantes legales.

Blaid apoyó la espada sobre las rodillas. —La ilegalidad tiene esa ventaja: presta atención cuando las autoridades empiezan a moverse.

Paf Paf miró hacia la entrada mientras las primeras gotas golpeaban el suelo. —Mañana lo sabremos.

Fïrn le dedicó una mirada. —Admiro tu capacidad para convertir cualquier incertidumbre en una frase que significa esperar.

—Porque hay que esperar.

—Precisamente.

La noche llegó con la tormenta. No era una galerna, aunque el viento bastaba para empujar agua bajo el alero y hacer crujir las tablas viejas del embarcadero.

Paf Paf reforzó una parte del techo con una lona y utilizó una cuerda para asegurarla desde dentro; Ridley lo ayudó a tensarla mientras Blaid sostenía una de las esquinas.

—¿Siempre sabes cuándo va a llover? —preguntó Fïrn.

Paf Paf terminó el nudo. —No.

—Eso perjudica la leyenda.

—Ahora sí lo sabía.

—La recupera parcialmente.

Aria negó desde la manta. —Nunca aprenderás.

Fïrn sonrió. —No estaría aquí si aprendiera demasiado deprisa.

Comieron cuando el tejado dejó de ser una preocupación inmediata.

La sopa era sencilla y el pan empezaba a endurecerse, pero nadie se quejó.

Tampoco repitieron la conversación de la noche anterior: Aria ya había explicado por qué quería llegar a Aster, qué esperaba encontrar y qué no podía prometerles, y volver sobre ello habría transformado una decisión tomada en exposición.

Fïrn se limitó a abrir el cuaderno. —Velmora, barco, Neraval.

Paf Paf asintió. —Sí.

—Me gusta cuando los planes caben en una línea.

Ridley lo miró. —No te acostumbres.

La conversación fue apagándose a medida que la lluvia aumentaba. Aria terminó dormida en la plataforma antes que los demás y Blaid no tardó demasiado en recostarse después de cambiar otra vez el vendaje de las costillas. Paf Paf tomó la primera guardia.

La tormenta fue perdiendo fuerza durante las horas siguientes y el mar empezó a escucharse con más claridad entre ráfagas. Cada ola golpeaba las rocas bajo el promontorio y dejaba después un intervalo distinto, más largo o más corto según la fuerza con que regresara el agua.

Blaid apareció a su lado al cabo de un rato. —Ridley dice que Fïrn hará la segunda conmigo.

Paf Paf miró su costado. —Fïrn.

—Eso ha dicho Ridley.

—Tú duermes.

Blaid apoyó un hombro contra el marco de la puerta. —Qué despliegue argumentativo.

Paf Paf continuó mirando la lluvia. —Estás herido.

—Todos estamos heridos.

—Tú más.

Blaid sonrió. —Me consuela tu precisión.

El tiefling permaneció allí unos minutos, lo suficiente para demostrar que no pensaba marcharse solo porque se lo recomendaran.

—¿Dorian habría vuelto una tercera vez? —preguntó finalmente.

Paf Paf giró la cabeza.

Blaid continuaba mirando hacia fuera. —Está muerto.

—Sí.

—Entonces no.

—No era exactamente la pregunta.

Paf Paf pensó antes de responder. —Creo que sí.

Blaid asintió despacio. —Yo también.