21
Paf Paf supo que habían dejado atrás el Bosque de Serpiente antes de que los árboles terminaran de desaparecer, porque el aire cambió mucho antes que el paisaje.
Durante días había respirado humedad encerrada, madera mojada, resina y hojas que se pudrían sobre otras hojas.
Aquella mañana, en cambio, cada ráfaga traía algo más áspero que se quedaba en los labios y hacía que Isa’ak levantara las orejas con una atención que Elis’eo empezó a imitar poco después. Al tercer soplo reconoció la sal.
Todavía no podían ver el mar. El terreno seguía cubierto de barro, raíces y charcas, pero el olor atravesaba las Marismas de Helmar y se mezclaba con el de los juncos, el agua estancada y una vegetación cada vez más baja.
Paf Paf caminaba delante del carro siguiendo las piedras hundidas del Camino de Helmar, una vía demasiado irregular para llamarla calzada y demasiado persistente para ser solo un sendero.
Aparecía bajo la hierba durante una docena de pasos, desaparecía entre raíces o barro y volvía a surgir allí donde alguien había reparado un borde con tablas, cascotes o piedras arrancadas de construcciones mucho más antiguas.
Aquello le gustaba porque tenía sentido.
Quien utilizaba aquel camino no esperaba que durase por sí solo; lo arreglaba cuando dejaba de servir.
Ridley avanzaba algo más atrás, atento a las laderas y a los huecos entre árboles.
Fïrn caminaba junto al lateral del carro y conseguía durante intervalos cada vez más largos no preguntar a Aria cómo se encontraba.
Ella viajaba entre mantas, apoyada contra una caja protegida con tela, y no había protestado demasiado cuando decidieron que no podía permitirse una jornada entera a pie.
Para Paf Paf, aquella ausencia de quejas era peor señal que una protesta abierta.
Aria discutía cuando tenía energía. Cuando aceptaba algo razonable demasiado deprisa, normalmente significaba que ya había gastado demasiada.
Blaid cerraba la marcha más tieso de lo habitual y con la capa dispuesta de manera que ocultaba la venda de las costillas.
La mano derecha continuaba dándole problemas; Paf Paf lo había visto cambiar dos veces un objeto de mano para no depender de los dedos afectados, aunque el tiefling seguía actuando como si aquello fuera una molestia administrativa capaz de resolverse ignorándola con suficiente elegancia.
Nadie había vuelto a hablar de Dorian desde el último campamento.
Paf Paf no tenía prisa por descubrir cuánto podía exigirle todavía el hombro.
Habían enterrado a los muertos como habían podido, apartado las armas de quienes seguían vivos y enviado a los supervivientes hacia el este con provisiones suficientes para alcanzar otra ruta.
Dorian había regresado porque temía más aquello que lo esperaba detrás que a quienes tenía delante, y ese miedo había terminado llevándolo exactamente al lugar que parecía haber querido evitar.
Paf Paf dejó la observación ahí. El camino descendió durante buena parte de la mañana hasta una zona donde los árboles empezaron a abrirse.
Los helechos cedieron terreno a juncos, el suelo perdió firmeza y aparecieron canales estrechos cuya superficie parecía inmóvil incluso cuando el viento agitaba la vegetación.
Paf Paf hundió una rama junto a una de las piedras del camino. La madera entró casi hasta la mitad antes de encontrar resistencia.
Ridley observó. —¿Peor?
—Más blando.
—Eso parece peor.
—Solo si pisas fuera.
Fïrn miró hacia ambos lados. —Agradezco la precisión. Me tranquiliza saber que el terreno es perfectamente seguro siempre que no cometamos el pequeño error de tocarlo.
Blaid respondió desde atrás sin molestarse en elevar demasiado la voz. —En defensa de Paf Paf, esa es una descripción razonablemente exacta de muchas ciudades.
Fïrn volvió la cabeza. —No voy a preguntarte cuáles.
—Eso demuestra crecimiento.
Paf Paf dejó que siguieran mientras buscaba la línea de vegetación que indicaba terreno algo más alto.
Las rutas antiguas bordeaban las marismas por una razón y no tenía intención de convertir la mañana en una prueba de cuánto podían hundirse las ruedas antes de que Isa’ak y Elis’eo empezaran a odiarlos de verdad.
Aria señaló desde el carro hacia una franja seca apenas visible entre los juncos. —Por allí. Si sigue siendo el camino que recuerdo, debería girar al norte antes de subir.
Fïrn levantó la cabeza. —¿Has pasado por aquí?
—Hace años.
—¿Cuántos?
Aria lo miró. —Los suficientes para que el camino tenga derecho a haber cambiado y tú para haber aprendido que no todas las preguntas necesitan una respuesta inmediata.
Fïrn consideró aquello. —Estoy recuperando hábitos.
—Nunca los perdiste.
Paf Paf encontró un tramo de piedra firme y guio el carro hacia él.
A medida que avanzaban, la vegetación descendía en altura y el cielo empezaba a ocupar más espacio; el viento llegaba con menos obstáculos y empujaba el olor a sal con suficiente fuerza para que incluso Ridley terminara reparando en él.
Cerca del mediodía alcanzaron la primera elevación y el mar apareció de golpe, aunque llevaba horas anunciándose.
Desde la loma se extendía una superficie gris azulada que ocupaba todo el sur y buena parte del oeste, interrumpida por acantilados, ensenadas profundas y promontorios donde se levantaban torres de vigilancia.
Algunas seguían en uso; otras se habían reducido a muros que años de viento habían ido redondeando.
Paf Paf había visto grandes lagos de montaña y ríos desbordados, pero ninguno producía aquella impresión de espacio sin medida. No había una orilla enfrente ni una línea de árboles con la que calcular distancia, solo agua hasta el punto donde el cielo empezaba a parecer lo mismo.
Fïrn permaneció quieto unos segundos. —Ahora entiendo por qué la gente escribe canciones sobre el mar.
Paf Paf olió el aire. —Huele a pescado.
Blaid pasó a su lado. —Y ya tenemos estribillo.
Aria contemplaba la costa sin el asombro de los demás. Sus ojos recorrían los cabos con una atención práctica, buscando construcciones, caminos y formas que reconociera de otro viaje.
Ridley señaló hacia el noroeste. —¿Velmora?
—Todavía no. Está detrás de esos farallones y bastante más lejos de lo que parece desde aquí. Si el camino sigue transitable y no encontramos puestos cerrados, podríamos verla mañana por la tarde.
—¿Y si dejamos la costa?
—Ganamos algo de distancia y perdemos información. Las rutas interiores atraviesan zonas más vigiladas y no sabemos hasta dónde ha extendido la Luz Púlida sus controles.
Ridley miró hacia el litoral. —Entonces seguimos por aquí.
El Camino de Helmar terminó poco después en una pista más ancha que recorría las colinas paralela al mar.
Allí había señales recientes de tránsito: rodadas, excrementos de caballo, cenizas junto a una piedra plana y una herradura perdida que Paf Paf recogió antes de comprobar que estaba demasiado deformada para servir. Tocó la ceniza.
—De ayer.
Ridley recorrió el terreno con la mirada. —¿Mucha gente?
Paf Paf estudió las marcas. —Un carro. Dos caballos. Quizá tres personas.
Fïrn se agachó junto a los restos del fuego y encontró una espina de pescado, dos cáscaras de nuez y una cuerda corta quemada por un extremo.
—No parece que huyeran.
Paf Paf negó. Aquello no demostraba que la costa estuviera tranquila, pero significaba que alguien había considerado razonable detenerse allí durante la noche anterior. Después de las últimas semanas, le parecía información suficiente.
Avanzaron durante varias horas y la Costa de Vaelmar se fue mostrando por fragmentos.
Había tramos donde los acantilados caían casi verticales y obligaban al camino a alejarse del mar, mientras que pequeñas bahías dejaban ver embarcaderos de madera, barcas varadas y casas bajas protegidas detrás de muros de piedra.
Los campos eran pequeños y estaban cercados con roca seca.
Algunas parcelas conservaban hileras de árboles inclinados por años de viento; otras parecían abandonadas desde hacía tiempo y habían sido recuperadas por matorral duro.
Paf Paf empezó a distinguir también la manera en que la gente de la costa construía para perder poco cuando llegaran las tormentas: techos bajos, paredes gruesas, puertas protegidas en pequeños huecos y casi ninguna ventana grande orientada al mar.
Los establos se apoyaban contra las casas y los pozos estaban protegidos por cercados de piedra que servían también para romper el viento.
Eso tenía sentido. Fïrn miraba otras cosas.
Se fijaba en las placas de madera sobre las puertas, en pequeños amuletos hechos con espinas de pescado, en cuerdas con nudos distintos y en las campanas que algunas casas colgaban bajo el alero.
—¿Esas son para tormentas?
Aria siguió su mirada. —Algunas. Otras indican que una casa acepta viajeros durante una galerna.
—¿Cómo se distingue?
—Por la cuerda.
Fïrn ya buscaba el cuaderno. —¿Qué cuerda?
Aria sonrió apenas. —Ahora sí puedes preguntar.
La primera aldea tenía gente, aunque nadie salió a recibirlos.
Dos chimeneas humeaban y alguien los observó desde detrás de una cortina antes de retirarse cuando Ridley giró la cabeza, pero las puertas permanecieron cerradas y los pocos animales visibles estaban recogidos detrás de cercados. La segunda estaba vacía.
Paf Paf lo supo antes de llegar al centro porque una oveja caminaba sola por la calle mordisqueando hierba junto a una pared y nadie había recogido un cubo caído cerca del pozo. Las marcas de ruedas en la plaza eran recientes y varias casas tenían las puertas abiertas.
Ridley levantó una mano. —Despacio.
Entraron sin separarse demasiado.
En la primera pared apareció una marca blanca: un círculo abierto por la parte inferior atravesado por una línea dorada. Paf Paf reconocía los colores, pero no el signo.
Fïrn lo copió. —Luz Púlida.