Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 20 #3
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Aria sabía que habían existido estructuras destinadas a controlar quién o qué podía atravesar determinados límites. Durante mucho tiempo habían considerado que se trataba de mecanismos arcanos antiguos, reliquias de épocas en las que la magia y la custodia se organizaban de otra manera.

Blaid ladeó la cabeza. —Y estabais equivocados.

Aria no discutió. —Estábamos incompletos.

—Una forma elegante de decirlo.

—Es una costumbre profesional.

Fïrn habría sonreído cualquier otra noche. No lo hizo.

—¿Y el símbolo del ojo?

Aria permaneció callada unos segundos. —Encontramos referencias a símbolos parecidos.

Blaid sintió la Presencia agitarse apenas bajo el pecho. No reaccionaba a un nombre, porque Aria no había pronunciado ninguno, sino a la dirección que tomaba la conversación.

Fïrn insistió. —¿Sabes quién lo usa?

Aria negó lentamente. —No con una certeza que esté dispuesta a convertir en respuesta.

La frustración apareció en el rostro de Fïrn, pero no la convirtió en protesta. Había una diferencia real entre que Aria ocultara información y que admitiera no poder sostenerla todavía.

Ridley intervino antes de que la conversación girara otra vez alrededor del símbolo. —¿Por qué no nos dijiste antes de Beregost que estabas investigando algo de esto?

Aria levantó los ojos.

Blaid vio que aquella pregunta pesaba más que Neraval o el templo. —Porque no sabía qué parte era real.

La mandíbula de Ridley se endureció.

—Eso no suele impedirte advertir de un peligro.

—No.

—Entonces.

Aria dejó la taza junto al fuego. —Porque creía que podía manteneros fuera.

Fïrn la miró como si hubiese utilizado una palabra conocida en un contexto imposible.

Aria continuó sin defenderse. Eran jóvenes. Ridley tenía la guardia, Paf Paf su familia, Blaid sus estudios y Fïrn, en opinión de Aria, habría abierto cualquier puerta que le hubieran dicho que no tocara.

Fïrn consideró protestar y no encontró argumentos. —Así que decidí que no necesitabais saberlo.

Ridley apoyó las manos sobre las rodillas. —Eso no era decisión tuya.

—Lo sé.

Aria no añadió ninguna justificación. Miró entonces a Blaid.

—Después seguí haciéndolo.

Él levantó una ceja.

—Eso reduce bastante la posibilidad de que fuera un accidente.

—Nunca he dicho que lo fuera.

El fuego crujió entre ellos. Blaid sintió el paquete oculto bajo la capa sin necesidad de tocarlo.

Aria estaba describiendo con palabras mucho más limpias aquello que él llevaba días haciendo: ocultar información porque creía tener mejores razones, decidir qué podían saber los demás y llamar protección a conservar el control.

La Presencia permaneció quieta. Blaid habría preferido que reaccionara.

Aria habló después de los meses que siguieron a Beregost: investigaciones fragmentarias, movimientos entre las islas y el continente, mensajes que dejaron de llegar, personas que empezaron a desaparecer y decisiones tomadas con información incompleta.

Se negó a dar nombres cuando no podía garantizar que quienes los llevaban siguieran vivos y tampoco convirtió sospechas en hechos solo porque ahora encajaran mejor con lo ocurrido.

Fïrn escuchó hasta que una pregunta dejó de permitirle permanecer callado. —¿Cuándo te capturaron?

Aria miró las llamas. —No ocurrió de una vez.

Blaid prestó más atención. —Explícalo.

La siguieron durante semanas, quizá meses. Al principio Aria creyó que buscaban documentos; después, que pretendían averiguar qué contactos conservaba. Cuando comprendió que era a ella a quien necesitaban, ya había cometido suficientes errores para facilitarles el trabajo.

Fïrn se tensó. —¿Qué errores?

Aria sostuvo su mirada. —Ese dato todavía no puedo dártelo completo.

Blaid vio la reacción de Fïrn. Lo que vio no fue enfado, sino dolor.

Aria también. —No porque quiera administrarte la verdad otra vez. Hay partes que todavía no comprendo y otras que implican a gente cuya situación desconozco.

Fïrn sostuvo su mirada. —Entonces di eso.

Aria asintió. —Eso.

Fïrn aceptó la respuesta sin fingir que era suficiente.

Paf Paf habló desde la piedra. —¿Aster sabe que estás viva?

—No lo sé.

—¿Saben que ibas a volver?

Aria tardó un poco más. —Esperaban noticias.

—No es lo mismo.

—No.

Paf Paf aceptó la respuesta.

Ridley miró hacia la oscuridad del bosque. —¿Debemos ir allí?

Aria no contestó inmediatamente.

Blaid la observó con especial atención porque reconocía la vieja costumbre: saber qué quería que hicieran y decidir cuánto revelar para llevarlos en esa dirección.

Aria respiró despacio antes de responder. —Yo quiero ir.

Ridley volvió la cabeza. —Eso tampoco responde.

—No.

Aria juntó las manos sobre la manta. —Creo que allí hay información que necesitamos sobre los sistemas de custodia, las cosas que encontramos en el templo y quizá sobre lo ocurrido en Beregost. También creo que llegar hasta la Torre puede exponeros a personas y decisiones que todavía no conocemos.

Fïrn se inclinó hacia delante. —¿Nos dejarán entrar?

—No puedo garantizarlo.

—¿Te dejarán entrar a ti?

Aria miró el fuego. —Tampoco.

Blaid sonrió apenas. —Por fin un destino sencillo.

Ridley ignoró el comentario. —Entonces iremos porque decidamos ir.

Aria levantó la mirada. —Sí.

Nadie respondió de inmediato.

Fïrn apoyó los brazos sobre las rodillas. —¿Y tus errores?

Ella lo miró.

—No voy a pediros que los olvidéis.

—No te ha preguntado eso —dijo Ridley.

Aria guardó silencio unos segundos. —No puedo pediros que confiéis en mí como antes.

Ridley sostuvo su mirada. —No pidas. Dinos lo que sabes, dinos cuando no lo sabes y deja que decidamos qué hacemos con ello.

Aria no respondió enseguida. Al final asintió.

Paf Paf removió una brasa con una rama. —Eso sirve.

Fïrn miró hacia Ridley.

—Sorprendentemente bien formulado.

—Cállate.

—Ya está. Todo vuelve a la normalidad.

La tensión bajó un poco, sin desaparecer.

Más tarde, cuando Aria ya dormía dentro del carro y Ridley compartía la primera guardia con Paf Paf, Blaid se alejó unos pasos del fuego para limpiar la espada.

La sangre de Dorian había entrado cerca de la guarda y tuvo que trabajar con un paño húmedo y la mano izquierda porque la derecha seguía fallándole en los movimientos pequeños.

Fïrn apareció con dos tazas. —No sabía que bebías infusiones.

—No las bebo.

—Esta noche sí.

Blaid aceptó una y Fïrn se sentó sobre una raíz. Pasaron un rato sin hablar mientras el tiefling trabajaba sobre la hoja.

—Dorian habría vuelto otra vez —dijo Blaid finalmente.

Fïrn miró su taza. —Probablemente.

—Eso no es una respuesta especialmente útil.

—No intentaba que lo fuera.

Blaid pasó el paño por el acero. —Lo maté.

Fïrn levantó la mirada. —Sí.

—Ridley podía haberlo hecho antes.

—También —dijo Fïrn.

Blaid se detuvo. —Y decidimos que dejarlo ir era mejor.

—Lo era.

Aquello consiguió que frunciera el ceño.

—Ha vuelto y han muerto dos personas. Entonces quizá no lo era.

Fïrn sostuvo la taza entre las manos. —No creo que las decisiones funcionen así. Lo dejamos marchar porque todavía podía marcharse. Hoy volvió y atacó. Son dos momentos distintos.

Blaid continuó limpiando la espada. La explicación era razonable, y Blaid se descubrió examinándola como si también pudiera esconder algo.

Bajo la capa, el anillo permanecía envuelto y separado de la cuenta negra. La Presencia estaba tranquila.

Blaid pensó en todo lo que Aria acababa de admitir: información escondida por protección, decisiones tomadas en nombre de otros y razones suficientemente buenas para callar hasta que ya no lo eran. Apartó la mirada hacia el carro.

Fïrn siguió la dirección. —¿Qué?

—Nada.

La respuesta salió demasiado deprisa.

Fïrn lo observó, pero Blaid bebió la infusión antes de que pudiera insistir. La infusión sabía a corteza mojada.

—¿Qué has puesto aquí?

—No tengo ni idea. Paf Paf dijo que servía para dormir.

—Paf Paf no debería participar en bebidas.

—Él tampoco bebe esto.

—Naturalmente.

Fïrn se levantó y regresó hacia el fuego. Blaid permaneció solo.

Había pasado buena parte del día pensando que Dorian regresaba porque no sabía cómo abandonar una deuda. Ahora tenía otra imagen mucho más incómoda: Aria junto al fuego explicando que había ocultado información para protegerlos hasta convertir la protección en una forma de decidir por ellos.

Introdujo la mano bajo la capa y se detuvo antes de tocar el envoltorio del anillo. La Presencia reaccionó inmediatamente, no con una orden ni una palabra, sino con aquella mezcla de rechazo y atención que conseguía que conservar el objeto pareciera siempre un poco más prudente que devolverlo.

Blaid retiró la mano. No pensaba entregárselo a Ridley aquella noche. Seguía teniendo razones para conservarlo. Lo que ya no podía ignorar era cuánto se parecían a las que Aria acababa de admitir frente al fuego.