20 #2
Blaid atacó entonces al hombre que tenía delante con más decisión. La espada buscó la muñeca, obligó al mercenario a abrir la defensa y terminó apoyada contra su garganta.
—Suelta.
El hombre miró hacia Dorian.
Blaid presionó apenas. —Él ha elegido. Tú todavía no.
La espada cayó al suelo.
Blaid lo apartó de una patada y giró hacia Ridley.
Dorian había conseguido empujarlo contra la pared de roca; Paf Paf seguía ocupado con el tercer mercenario, que ya había recuperado el aire y utilizaba una lanza corta para impedir que el goliat se acercara demasiado, mientras el ballestero recargaba.
Fïrn cambió de nota. —¡Ridley, abajo!
Ridley obedeció y el segundo virote pasó por donde había estado su cabeza.
Blaid vio la escena completa en un solo golpe de vista: el ballestero intentando recuperar el arma, Dorian girando otra vez hacia Ridley, el mercenario desarmado detrás y Aria inmóvil bajo la lona del carro.
La mano derecha le falló cuando intentó cambiar el agarre, así que utilizó la izquierda.
Dorian lanzó otro golpe. Ridley lo bloqueó.
Blaid entró por detrás. El mercenario debió de oírlo porque empezó a girar, pero demasiado tarde. La espada de Blaid entró por debajo de las costillas y salió por delante.
Dorian quedó inmóvil. Blaid no dijo nada. La hoja salió con más resistencia de la que esperaba y el mercenario cayó primero sobre una rodilla y después sobre ambas. Ridley lo sostuvo por el hombro antes de que golpeara el suelo. Dorian intentó respirar una vez. La segunda no llegó.
El combate tardó unos segundos más en terminar.
El ballestero bajó el arma al verlo caer y levantó las manos; el mercenario que Blaid había desarmado ya estaba de rodillas, pero el hombre de la lanza continuó peleando, quizá porque no había visto a Dorian o porque todavía no había decidido qué significaba aquello.
Paf Paf intentó apartar el arma. La lanza cambió de dirección y la punta entró bajo el borde de su protección, rozando la parte alta del brazo lesionado. El goliat reaccionó con el cuerpo antes que con la intención y el mazo golpeó de lado. El mercenario cayó y no volvió a levantarse.
El silencio fue apareciendo conforme todos entendieron que ya no quedaba nadie intentando atacar. Fïrn dejó morir la nota y Paf Paf se arrodilló junto al hombre que acababa de golpear, buscó pulso y mantuvo los dedos allí algo más de lo necesario.
—Muerto.
Ridley seguía junto a Dorian.
Blaid limpió la espada en la hierba y notó que la mano izquierda le temblaba. No era por el esfuerzo. El mercenario desarmado miraba el cadáver de Dorian.
—Os dije que no.
Nadie respondió.
El ballestero descendió de la elevación con las manos visibles y dejó el arma en el suelo.
—No quiero morir aquí.
Ridley levantó la cabeza. La frase encontró un lugar incómodo. —Entonces no hagas nada estúpido.
—No pensaba hacerlo.
Blaid miró hacia Dorian. Dorian probablemente tampoco había pensado que estaba eligiendo morir.
Paf Paf recogió las armas de los supervivientes mientras Ridley comprobaba que ninguno escondiera otro cuchillo. Fïrn se acercó después de asegurarse de que Aria continuaba bien.
—¿Qué hacemos con ellos?
Ridley miró primero a Paf Paf y después a Blaid. La pregunta era deliberada, y Blaid entendió enseguida lo que había cambiado. En Eshvar, Ridley habría decidido. Ahora estaba preguntando.
—No podemos llevarlos —dijo Blaid.
—No —respondió Paf Paf.
Fïrn miró a los dos mercenarios. —Tampoco podemos dejarlos atados a unas horas de cualquier cosa que viva en este bosque.
Ridley asintió. —Se van al este.
El ballestero frunció el ceño.
—Eso nos devuelve hacia el templo.
—No exactamente. Hay una bifurcación a medio día. Tomad la calzada y seguid hacia el Arvennor.
Paf Paf abrió una de las bolsas del carro y sacó comida suficiente para una jornada, además de dos odres pequeños.
Fïrn lo observó. —Eso es bastante generoso.
—No.
Paf Paf entregó las provisiones. —Es suficiente.
Blaid estudió la reacción de ambos. No parecían agradecidos. Parecían confundidos. Quizá fuera mejor.
Ridley señaló las armas apiladas. —Esas se quedan.
—¿Y si encontramos algo? —preguntó el hombre desarmado.
Paf Paf recuperó uno de los cuchillos pequeños y se lo tendió después de pensarlo. —Para comida.
Blaid levantó una ceja. —O una defensa extraordinariamente optimista.
El hombre guardó el cuchillo.
—No vamos a volver.
Blaid lo miró. —Eso dijo Dorian.
El mercenario sostuvo su mirada unos segundos.
—No somos Dorian.
Blaid dejó ahí la conversación.
Los dejaron marchar y esperaron hasta perderlos entre los árboles antes de dedicar el resto de la tarde a algo para lo que ninguno tenía energía: enterrar a los muertos.
No pudieron cavar demasiado porque el suelo estaba lleno de raíces y piedra, de modo que Paf Paf eligió una depresión natural apartada del sendero y trabajaron entre todos con la pala corta del carro, el mazo para romper terreno y las manos cuando no quedaba otra cosa. Dorian fue el primero.
Blaid ayudó a trasladarlo y volvió a sorprenderse de lo poco que pesaba un cuerpo una vez desaparecía todo aquello que lo había convertido en alguien capaz de hablar, amenazar, decidir y equivocarse.
Ridley retiró la espada y cualquier objeto que pudiera identificar al mercenario con facilidad. No encontró órdenes, contratos ni cartas; únicamente monedas, una piedra lisa perforada para llevarla al cuello y un trozo de cuerda roja anudada dos veces alrededor de la muñeca.
Fïrn la miró. —¿Algún símbolo?
Blaid negó. —Una cuerda.
Paf Paf cubrió el rostro de Dorian con parte de su propia capa. No dijeron nada sobre él. El segundo cadáver recibió el mismo trato.
Cuando terminaron, el sol estaba demasiado bajo para intentar avanzar mucho más. Encontraron una zona elevada a menos de una hora, protegida por raíces grandes y con espacio justo para colocar el carro sin bloquear el paso, y montaron el campamento casi sin hablar.
Paf Paf atendió primero el nuevo corte del brazo y después revisó el hombro.
Ridley limpió la herida superficial bajo la mandíbula.
Blaid cambió otra vez el vendaje de las costillas, aunque en esta ocasión necesitó que Fïrn terminara el nudo porque la mano derecha dejó de responder a mitad del intento.
Fïrn terminó el nudo sin comentarlo, y Blaid prefirió no agradecerle el silencio.
Aria permanecía junto al fuego envuelta en una manta. Había presenciado casi todo el enfrentamiento desde el carro y nadie le preguntó qué pensaba de ello. Cuando terminaron de comer, fue ella quien habló.
—No puedo seguir posponiéndolo.
Fïrn levantó la mirada, Ridley dejó la taza y Paf Paf terminó de apretar una pieza de la rueda antes de acercarse. Blaid permaneció donde estaba, con la espalda contra una raíz y suficiente distancia del fuego para que nadie distinguiera con claridad el pequeño bulto oculto bajo la capa.
Aria miró a los cuatro. —No voy a contaros todo esta noche.
Fïrn respiró por la nariz. —Has recuperado tu estilo con una eficacia admirable.
Ella aceptó el golpe.
—Pero voy a contaros lo que necesitáis para decidir si queréis seguir conmigo.
Ridley se inclinó ligeramente hacia delante. —Eso ya es mejor.
Aria sostuvo la taza entre ambas manos antes de empezar.
—Cuando Beregost cayó, yo no salí por la misma ruta que vosotros.
La torre tenía procedimientos de evacuación preparados para situaciones concretas.
No estaban pensados para una ciudad sitiada ni para sacar a todos los que estuvieran dentro; eran rutas destinadas a unas pocas personas, documentos y determinados objetos si la estructura principal quedaba comprometida.
Fïrn la observaba sin escribir y eso consiguió que Aria se detuviera.
—Puedes tomar notas.
—Después.
Ella asintió y continuó.
El traslado la había llevado mucho más lejos de lo previsto.
Parte del sistema estaba dañado y otras personas habían intentado utilizarlo al mismo tiempo; no sabía cuántas rutas se abrieron aquella noche ni cuántas consiguieron terminar en algún sitio reconocible.
Ridley no preguntó por Solrrak. Blaid vio el esfuerzo.
Aria también. —Yo aparecí en unas islas frente a Neraval.
Fïrn conocía ya el nombre por los registros de Eshvar. —La Torre de Aster.
—Sí.
La respuesta resultó más pesada de lo necesario.
Paf Paf se sentó sobre una piedra. —¿Es una torre?
Aria lo miró. —Varias cosas se llaman así, pero sí. Hay una torre.
Fïrn sonrió apenas. —Agradezco la precisión.
—He tenido malos alumnos.
—Uno especialmente persistente.
—Ese era el problema.
La desviación alivió apenas la conversación, lo suficiente para que Aria continuara sin que cada frase pareciera una confesión.
No describió Aster como si pretendiera resumir una institución entera, sino que explicó únicamente lo necesario: allí se conservaban fondos, testimonios y estudios que otras instituciones habían destruido, perdido o decidido no reconocer.
Parte de aquel conocimiento permanecía protegido porque existían formas de magia y fenómenos que no podían estudiarse de manera abierta sin atraer a quienes deseaban controlarlos.
Fïrn empezó a ordenar las palabras. —Memoria.
—Entre otras cosas.
—Identidad.
Aria lo miró. —Sí.
Blaid pensó en la Casa de los Índices, en procedencia, custodia y reconocimiento. —Acceso.
Aria tardó apenas un instante. —También.
Ridley apoyó los antebrazos sobre las rodillas. —¿Por eso te querían?
—En parte.
—No me gusta esa respuesta.
—A mí tampoco.
Aria miró el fuego. —Después de Beregost intenté comprender qué había ocurrido.
No solo quién había atacado la ciudad, sino por qué determinadas cosas parecían interesar a la Luz Púlida, a otros grupos y a personas que ni siquiera sabíamos que estaban observando.
Encontramos referencias antiguas a mecanismos que trataban identidad, memoria, procedencia y acceso como partes de una misma estructura.
Fïrn pensó en el templo. —Como lo que encontramos hoy.
—Parecido. No puedo afirmar que sea lo mismo.
—¿Sabías que existía?
—No ese lugar.
La respuesta fue inmediata.