20
Dorian volvió a la mañana siguiente, menos de una hora después de que levantaran el campamento.
Blaid lo supo por Paf Paf, aunque el goliat no pronunció su nombre.
Llevaban algo menos de una hora avanzando hacia el oeste cuando levantó una mano y detuvo el carro en una zona donde el sendero se estrechaba entre dos elevaciones cubiertas de helechos.
Tordo obedeció después de un tirón leve y Rodado necesitó otro antes de quedarse quieto.
Paf Paf dejó las riendas sobre el pescante y se agachó junto al borde del camino.
—Han pasado.
Ridley miró el barro. —¿Cuántos?
—Cuatro.
Blaid siguió la dirección de las huellas. Venían del norte, cortaban el sendero y desaparecían hacia una zona donde los árboles crecían más juntos, de modo que no parecían las marcas de gente que los siguiera desde lejos, sino las de quienes habían tomado un atajo para ganarles terreno.
—Nos están adelantando.
Ridley volvió la vista hacia el carro. Aria permanecía sentada bajo la lona lateral, apoyada contra una caja de provisiones; había recuperado algo de color desde que salieron del templo, aunque eso significaba únicamente que ya no parecía a punto de desvanecerse cada vez que cerraba los ojos.
Fïrn estaba junto a ella con una taza entre las manos.
—¿Dorian?
Ridley asintió. Aria no preguntó quién era, porque lo había visto marcharse pocas horas antes. Blaid observó de nuevo las huellas. Dorian había tenido seis hombres contando consigo mismo durante el primer encuentro y ahora Paf Paf distinguía cuatro.
—Algunos han decidido que el trabajo no compensaba.
—Los sensatos —dijo Fïrn.
Ridley no sonrió. —O los que tenían otra cosa que hacer.
Blaid miró hacia la vegetación. Si pretendieran sorprenderlos, dejar un cruce tan evidente resultaba una torpeza extraña.
—Quizá quieren que sepamos que están aquí.
—Eso exige una confianza en nuestro talento de rastreo que me halaga.
Paf Paf se incorporó. —Quieren adelantarse.
Ridley entendió la intención enseguida. —Cerrar el camino.
Blaid calculó la anchura del paso y después el terreno.
Con el carro no podían apartarse demasiado sin arriesgar una rueda, pero abandonarlo significaba renunciar a la única forma razonable de transportar a Aria durante más de unos minutos.
Dorian lo sabía o, al menos, lo había comprendido al verlos salir del templo.
Ridley no tardó mucho en decidir. —Seguimos. Pero despacio.
Fïrn miró hacia los árboles. —Eso suena casi como si quisieras darle tiempo para preparar algo.
—Quiero verlo antes de que él decida cuándo empieza.
Paf Paf retomó las riendas y Blaid caminó detrás del carro con la mano izquierda cerca de la espada.
La derecha seguía siendo fiable hasta que dejaba de serlo: en tareas simples podía olvidarse del problema durante minutos enteros, pero en cuanto necesitaba una corrección pequeña o mantener tensión sobre los dedos, el retraso regresaba.
El corte de las costillas tampoco ayudaba, aunque ninguna de aquellas lesiones habría sido especialmente preocupante si Dorian conservaba el criterio mostrado durante el primer encuentro.
Blaid sospechaba que Dorian había vuelto porque ya no confiaba en el mismo cálculo que lo había hecho retirarse.
Encontraron a los mercenarios donde el sendero descendía hacia un cauce poco profundo.
Dorian estaba en mitad del paso y había elegido bien el terreno: dos grandes raíces y una pared baja de roca reducían el espacio hasta impedir que el carro pudiera rodearlos sin hundirse en barro blando.
Dos hombres permanecían detrás de él y un tercero ocupaba la elevación de la derecha con una ballesta.
Esta vez Dorian había elegido el terreno para impedirles pasar.
Ridley detuvo al grupo fuera del alcance cómodo de un disparo. —Te dimos una opción.
Dorian llevaba la misma capa y la misma espada, pero algo había cambiado desde la primera vez.
Ya no examinaba al grupo buscando quién podía ser convencido ni cuánto costaría enfrentarse a ellos; parecía un hombre que hubiera repetido el mismo cálculo demasiadas veces y encontrado que todas las respuestas eran malas.
—Lo sé.
—Y la aceptaste.
—También.
—Entonces sigue aceptándola.
Dorian miró hacia el carro. —No puedo.
Aria sostuvo su mirada desde debajo de la lona. —¿Qué ocurre si vuelves sin mí?
El mercenario cerró la boca. Ridley ya se lo había preguntado antes, pero esta vez el silencio tenía otro peso.
Blaid avanzó hasta quedar junto a él. —Tus otros hombres sí pudieron marcharse.
Dorian lo miró. —No todos tenemos las mismas deudas.
—Las deudas suelen mejorar cuando uno deja de añadir cadáveres.
—Algunas no.
Blaid conocía bien aquella clase de frase: era lo bastante vaga para evitar una confesión y lo bastante verdadera para impedir que sonara a excusa.
—¿Quién te ha contratado?
—Ya sabes que no voy a responder.
—Entonces seguimos teniendo el mismo problema.
Dorian negó lentamente. —No. Antes podía volver y decir que no había tenido una oportunidad razonable.
Fïrn habló desde el carro. —Y ahora has decidido que morir cuenta como una oportunidad razonable.
Uno de los mercenarios miró hacia Dorian. La grieta seguía allí y Blaid la reconoció sin necesidad de buscarla.
—Todavía puedes marcharte.
Dorian soltó una risa pequeña. —Tú también lo crees.
—¿Debería sorprenderme?
—No. Lo que debería sorprenderte es que siga aquí.
Eso era cierto. Dorian no quería aquella pelea y sus hombres tampoco.
El ballestero mantenía el arma preparada, pero no apuntaba directamente a nadie, mientras que el hombre más próximo tenía el peso retrasado sobre los talones, dispuesto antes a retroceder que a atacar.
Solo Dorian parecía haber decidido que avanzar y huir eran ya la misma cosa.
Ridley bajó apenas el escudo. —Puedes venir con nosotros.
Blaid volvió la cabeza hacia él y Dorian hizo lo mismo.
Ridley continuó antes de que ninguno interrumpiera. —Si el problema es volver con quien te contrató, no vuelvas.
El mercenario lo observó durante varios segundos.
—¿Y hacer qué?
—No me importa.
—Eso se nota.
—No estoy ofreciéndote una vida nueva. Te estoy diciendo que esta no tiene por qué terminar aquí.
Fïrn permaneció inmóvil y Blaid comprendió entonces que Ridley no hablaba solo con el hombre que tenía delante.
Había un soldado arrodillado bajo la Casa de los Índices dentro de aquellas palabras, alguien a quien ya no podía ofrecer ninguna alternativa porque había decidido demasiado pronto que no existía.
Ridley todavía podía ofrecer una alternativa.
Dorian miró primero a Aria y después a sus hombres. Por un momento pareció cansado más que peligroso.
—No entiendes a quién le debo esto.
Ridley no elevó la voz. —Entonces explícalo.
—No puedo.
—Eso no significa que tengas que atacarnos.
Dorian apretó la mandíbula. Desde la loma, el ballestero habló sin abandonar su posición. —Dorian.
El mercenario levantó una mano.
—No.
—Ya hicimos bastante.
—He dicho que no.
Blaid percibió el cambio antes de que nadie sacara un arma. No fue magia ni instinto sobrenatural; simplemente llevaba demasiado tiempo observando gente que intentaba convencerse de algo para no reconocer el momento en que dejaban de discutir con los demás.
Dorian ya no parecía discutir con ellos, sino con la posibilidad de marcharse. Cada respuesta lo alejaba un poco más de ella.
—Déjalo —dijo Blaid.
Ridley lo miró. —¿Qué?
—No va a irse.
Dorian desenvainó y Ridley levantó el escudo en el mismo movimiento.
—¡Atrás!
La ballesta disparó. El virote golpeó el borde de metal y salió desviado hacia los helechos mientras Paf Paf tiraba de las riendas para hacer retroceder a los animales y Fïrn bajaba la lona del carro sobre Aria antes de situarse junto al lateral abierto.
Dorian cargó directamente contra Ridley. No combatía como el soldado de la Casa: tenía menos disciplina formal y más experiencia práctica, usaba los desniveles, obligaba al escudo a girar y atacaba las piernas cuando Ridley esperaba un golpe alto.
Blaid entró por el flanco, pero el mercenario que acompañaba a Dorian se interpuso. Era el mismo hombre que había protestado durante la primera confrontación, aquel que había dicho que no les pagaban para aquello, y la duda seguía visible en la forma en que atacó.
Blaid desvió la hoja sin contraatacar. —Todavía puedes parar.
El hombre retrocedió medio paso.
—Díselo a él.
—Estoy ocupado.
A la izquierda, Paf Paf había abandonado el carro después de bloquear una rueda con una piedra.
El tercer mercenario intentó aprovechar la distancia para avanzar hacia Aria y recibió el mango del mazo contra el pecho antes de recorrer la mitad del camino.
El golpe lo lanzó al barro, pero Paf Paf no lo remató.
Fïrn sostenía una nota baja, casi enterrada bajo el ruido del combate.
Blaid la reconoció como una búsqueda más que como un ataque: el bardo intentaba encontrar miedo o duda, algo que ya existiera y pudiera utilizar sin imponerlo.
No necesitaba buscar demasiado, porque todos aquellos hombres tenían miedo y Dorian más que ninguno.
El problema era que el miedo de Dorian no lo hacía huir; lo empujaba hacia Aria.
Ridley bloqueó otra estocada y golpeó con el borde del escudo contra el hombro del mercenario.
—¡Basta!
Dorian perdió el equilibrio, recuperó la posición y volvió a entrar.
Ridley tuvo una apertura clara y no la utilizó para matar.
Blaid vio que Ridley dejaba pasar la apertura.
Dorian también. El mercenario lanzó una estocada baja, encontró el borde del escudo y giró la muñeca para convertir el rebote en una línea hacia el cuello.
Ridley consiguió apartarse, aunque no del todo, y la hoja le abrió una herida superficial bajo la mandíbula.
Algo cambió en Blaid. No fue la Presencia, al menos no al principio, sino una irritación limpia y humana: Ridley estaba intentando mantener abierta una salida que Dorian utilizaba únicamente para acercarse un poco más a Aria.