19 #3
Engancharon de nuevo a Isa’ak y Elis’eo y abandonaron la derivación evitando durante la primera hora regresar al Camino Roto. Paf Paf condujo el carro por terreno más incómodo, buscando pasos donde las ruedas no dejaran una marca demasiado evidente.
Ridley caminaba cerca del lateral abierto para alcanzar a Aria si lo necesitaba.
Ella insistía en sostenerse por sí misma cada vez que una inclinación desplazaba el vehículo.
Blaid cerraba la marcha, demasiado cansado para ocultar del todo la forma en que protegía las costillas, mientras Fïrn alternaba la vigilancia del bosque con miradas hacia el interior del carro cada vez que creía que nadie lo observaba.
El sol empezaba a inclinarse cuando Paf Paf encontró una depresión protegida por grandes raíces y una pared baja de roca.
No era un buen campamento: tenía una sola salida cómoda y el terreno retenía humedad, pero era el primer punto en bastante distancia donde podían ocultar el fuego y mantener el carro fuera de la vista de cualquiera que siguiera la senda. Ridley aceptó.
Paf Paf colocó el vehículo atravesado parcialmente sobre la entrada más estrecha, de modo que lonas y cajas sirvieran también como barrera. Isa’ak y Elis’eo quedaron sujetos dentro del mismo refugio con espacio suficiente para moverse sin golpear las ruedas.
Prepararon una hoguera pequeña, más útil para cocinar y secar vendas que para calentarse. Blaid insistió en revisar el perímetro hasta que Ridley terminó señalando el vendaje oscuro del costado.
—Siéntate.
—No necesito permiso.
—No te lo estoy dando.
Blaid lo miró.
Ridley volvió a señalar la herida. —Necesitas una venda.
—Tu capacidad para convertir cualquier sustantivo en una orden sigue desarrollándose.
—Venda.
Paf Paf se sentó junto a él y empezó a preparar agua limpia. —Yo.
Blaid suspiró. —La democracia ha muerto.
Fïrn estaba removiendo una olla. —No recuerdo que hubiera estado invitada.
Paf Paf retiró el vendaje anterior. El corte no era profundo, pero el enfrentamiento con el Enmascarado había vuelto a abrir buena parte del borde y la piel alrededor estaba irritada.
—Limpio primero.
Blaid observó el frasco de alcohol. —Me había hecho ilusiones sobre tu concepto de misericordia.
—No.
—Eso temía.
La primera pasada consiguió que el tiefling cerrara los ojos y dejara de hablar durante varios segundos.
Fïrn miró desde la olla. —Ha funcionado extraordinariamente bien.
Blaid abrió un ojo. —Te odio con precisión renovada.
Mientras Paf Paf atendía la herida, Ridley preparó una de las cataplasmas para el hombro del goliat y la dejó a su lado sin comentario. Paf Paf la vio, terminó de vendar a Blaid y se la aplicó después.
Aria permanecía junto al fuego, envuelta en una manta y con ambas manos alrededor de una taza de agua caliente. El temblor había disminuido, aunque reaparecía cuando levantaba el recipiente.
Fïrn preparó una sopa con parte de las provisiones del carro. Ridley decidió no investigar demasiado qué había dentro; olía suficientemente bien y, después del día que llevaban, aquel era un criterio aceptable.
Nadie obligó a Aria a hablar. Fïrn estuvo a punto de preguntarle algo varias veces y siempre se detuvo antes. La primera Aria no pareció advertirlo; a la tercera, levantó la mirada.
—Puedes preguntar.
Fïrn sostuvo la cuchara sobre la olla. —Puedo esperar.
Ella lo observó unos instantes.
—Eso sí que no lo había visto.
—Estoy creciendo muchísimo hoy.
—No exageres.
Fïrn sonrió y volvió a la sopa. Ridley agradeció que ninguno intentara convertir el regreso de Aria en un interrogatorio.
Llevaban demasiadas preguntas y algunas habían esperado meses.
Unas horas más no iban a empeorarlas tanto como una respuesta obtenida de alguien que apenas podía sostener una taza.
Cuando terminaron de comer, Aria apoyó la cabeza contra la manta enrollada detrás de ella.
—Mañana hablaremos.
Fïrn dejó el cuenco. —¿Eso es una promesa?
—Es una amenaza si sigues mirándome así.
—Me sirve.
Ridley observó el bosque. —Si tenemos mañana tranquilo.
Blaid estaba recostado contra una raíz. —Dorian parece decidido a volverlo improbable.
Aria abrió los ojos. —No sabe marcharse.
—Sabe —respondió Blaid—. Ese es el problema.
Paf Paf dejó una taza junto al fuego. —Tiene miedo.
Ridley volvió hacia él. —También nosotros.
—No igual.
Nadie le pidió que explicara la diferencia.
Ridley repartió las guardias. Paf Paf haría la primera con él; después despertarían a Fïrn y Blaid, aunque este último debía acostarse en cuanto la herida volviera a sangrar. Blaid abrió la boca.
Ridley levantó una mano. —No.
—Ni siquiera sabes qué iba a decir.
—Sí.
—Eso resulta ofensivo.
—Duerme.
Blaid decidió que todavía le quedaba suficiente orgullo para no obedecer inmediatamente, pero acabó recostándose. Ridley se alejó del fuego con Paf Paf.
El bosque se volvía más grande cuando todos los demás dejaban de caminar. Durante el día estaba hecho de obstáculos, caminos, desniveles y decisiones; de noche, cuando uno debía esperar sin moverse, recuperaba cada sonido que la marcha había ocultado.
Permanecieron un rato en silencio. Paf Paf vigilaba el sector oriental y Ridley la senda por donde habían llegado. El goliat fue quien habló primero.
—Hiciste bien.
Ridley sabía a qué se refería. —Dorian puede volver mañana.
—También podía venir otro si lo matabas.
—Probablemente.
Paf Paf apoyó una mano sobre el mazo. —Entonces hiciste bien.
Ridley mantuvo la mirada sobre los árboles. —No siempre basta con hacer lo mejor entre cosas malas.
—No.
La respuesta llegó sin discusión.
Ridley pensó otra vez en Eshvar: el soldado arrodillado, la oferta de Paf Paf de cargar con aquella decisión y la necesidad absurda que él había sentido de asumirla porque la orden había sido suya.
—Hoy había otra opción.
Paf Paf tardó unos segundos. —Sí.
—Allí también.
—Sí.
No intentó suavizarlo.
Ridley agradeció eso. —No quiero volver a decidir que algo es necesario solo porque tengo miedo de lo que pueda pasar si no lo hago.
Paf Paf continuó mirando el bosque. —Entonces pregunta.
Ridley volvió hacia él. —¿A quién?
—A nosotros.
La propuesta de Paf Paf era sencilla. Por eso Ridley no encontró una objeción inmediata. Ridley miró hacia el campamento. Fïrn había terminado por sentarse cerca de Aria, aunque ninguno hablaba. Blaid estaba recostado de espaldas al fuego y Ridley no podía saber si dormía.
—Debería haberlo hecho en Eshvar.
Paf Paf no respondió inmediatamente. —Sí.
Ridley dejó salir el aire despacio. En aquella palabra no había perdón ni condena. Ridley entendió que tendría que aprender a llevarlo.
Un crujido llegó desde la distancia y ambos interrumpieron la conversación. Esperaron varios segundos con las armas preparadas, pero ninguna figura apareció entre los árboles y el bosque fue recuperando poco a poco sus sonidos.
Ridley volvió a mirar hacia el sendero. Dorian seguiría pensando en ellos y, sobre todo, seguiría pensando en la persona ante la que tendría que regresar con las manos vacías.
—Va a volver.
Paf Paf ajustó el agarre sobre el mazo. —Entonces la próxima vez también decidiremos.
Ridley permaneció observando los árboles mientras el fuego descendía detrás de ellos y las pocas conversaciones del campamento terminaban apagándose.
No sabía si Dorian regresaría antes del amanecer, si quien lo había contratado enviaría a otros o si tendrían tiempo suficiente para abandonar el Bosque de Serpiente antes de que cualquiera de aquellas posibilidades se convirtiera en problema.
Esta vez dejó que las posibilidades siguieran siendo posibilidades hasta que alguna exigiera una decisión.