19 #2
Aria observó la conversación y estuvo a punto de sonreír.
Ridley abrió las lonas mientras Paf Paf comprobaba los arneses.
Las cajas permanecían cerradas, las medicinas estaban secas y no había señales de que nadie hubiera registrado el vehículo.
Eso no eliminaba la posibilidad de que alguien hubiese pasado y decidido esperar más adelante, pero les devolvía una ventaja que no habían tenido dentro: podían mover a Aria sin obligarla a caminar.
Paf Paf preparó un espacio entre las cajas, colocando primero una manta doblada y después otra para permitir que se sentara con las piernas extendidas.
Aria lo vio. —No pienso viajar tumbada en un carro.
Ridley siguió ajustando la correa del escudo. —Bien. Sentada.
—Puedo caminar.
—También puedes discutir desde el carro.
Fïrn retrocedió discretamente. Blaid hizo lo mismo.
Paf Paf no. —Sube.
Aria lo miró. —¿Tú también?
—Sí.
Ella observó a los tres durante unos segundos y después señaló a Ridley.
—Esto es culpa tuya.
—Acepto responsabilidades selectivamente.
—Eso explica muchas cosas.
Paf Paf la ayudó a subir. Aria protestó cuando intentó levantarla demasiado, así que terminó apoyándose en el borde mientras Ridley la sujetaba por el antebrazo. Una vez sentada entre las mantas, cerró los ojos durante varios segundos y no volvió a decir que podía caminar.
Ridley estaba cubriendo parte del carro con una lona cuando vio una rama regresar lentamente a su posición.
La rama no podía haber vuelto a su sitio por el viento.
Levantó el puño. La conversación se cortó de inmediato.
Blaid llevó una mano hacia la espada, Paf Paf se colocó junto a los animales dejando el carro detrás de su cuerpo y Fïrn ajustó la posición del laúd sin preguntar.
El primer hombre apareció entre dos troncos a unos veinte pasos.
Un segundo lo hizo más arriba y después un tercero.
No vestían igual ni mostraban emblemas que permitieran relacionarlos con una organización concreta, aunque todos llevaban armas y se movían como gente acostumbrada a trabajar junta.
No cerraron por completo el paso, pero ocuparon suficientes ángulos para que intentar marcharse dejara de ser sencillo. Ridley contó cinco.
El sexto apareció después. Tenía barba corta, una cicatriz junto a la boca y una capa oscura bastante gastada.
Llevaba una espada larga al costado, aunque la mano no descansaba sobre la empuñadura.
Su expresión buscaba parecer relajada, pero Ridley vio cómo los ojos recorrían el grupo siguiendo el orden habitual de quien calcula amenazas: primero él, después Paf Paf, Blaid y Fïrn. Por último Aria. Allí se detuvo.
—Vaya.
Ridley adelantó el escudo medio palmo. —¿Nos conocemos?
El hombre acomodó la correa que le cruzaba el pecho.
—No personalmente.
—Entonces empieza por tu nombre.
—Dorian.
—¿Apellido?
El mercenario sonrió apenas.
—Nunca ha mejorado una negociación.
Blaid se desplazó ligeramente hacia la izquierda para conseguir una visión mejor del resto.
—Eso presupone que estamos negociando.
Dorian lo miró. —Todo el mundo negocia hasta que alguien hace algo caro.
Ridley volvió a contar. Cinco hombres además de Dorian, aunque no podía saber si había más ocultos entre los árboles. Paf Paf estaba haciendo el mismo cálculo; movió ligeramente el mentón hacia la derecha.
Aria permanecía sentada en el carro con una mano aferrada a la manta.
Dorian volvió a mirarla. —Ella viene conmigo.
Fïrn dejó de moverse.
Ridley respondió antes de que la tensión pudiera subir otro peldaño. —No.
Dorian suspiró. —No esperaba un sí, pero habría sido agradable.
—Puedes seguir andando.
—Eso también sería agradable.
Nadie se movió. El mercenario recorrió la ropa chamuscada, la sangre seca, el polvo adherido a las botas y el vendaje oscuro bajo la capa de Blaid.
—Habéis tenido un día complicado.
—Y empieza a empeorar —dijo Blaid.
Dorian mostró algo parecido a una sonrisa. —Tú debes de ser el encantador.
—A ratos.
Ridley estudió a los otros hombres mientras hablaban.
Dos parecían incómodos, uno mantenía la mano demasiado cerca de la empuñadura y otro no dejaba de calcular la distancia hasta Paf Paf.
No se movían como fanáticos. Ridley los reconoció como mercenarios.
Y los mercenarios podían valorar el precio de una pelea.
—¿Quién te manda? —preguntó Ridley.
El cambio en Dorian fue pequeño, pero suficiente para que dejara de parecer divertido.
—No importa.
Fïrn ladeó la cabeza. —Cada vez que alguien utiliza esa frase acabamos descubriendo que importa muchísimo.
Dorian ignoró el comentario.
Ridley insistió. —¿Quién?
—Alguien que paga.
—Eso tampoco es respuesta.
—Es toda la que necesitas.
Aria habló desde el carro. —No.
Su voz seguía débil, pero Dorian la miró de inmediato.
—Tú sí sabes quién.
El mercenario inclinó ligeramente la cabeza.
—Puede.
—¿Te mandó por mí?
Dorian tardó lo suficiente para que Ridley conociera la respuesta antes de oírla.
—Sí.
Fïrn apretó los dedos sobre el borde del laúd. —¿Viva?
Dorian lo miró. —Viva.
La exigencia de entregarla viva complicaba todavía más cualquier salida.
Ridley desplazó un poco más el escudo. —Entonces vas a decepcionar a alguien.
Dorian dejó escapar el aire lentamente. —No quiero mataros.
—Buen comienzo.
—No lo estropees.
Blaid avanzó un paso. Ridley le dedicó una mirada de advertencia, pero el tiefling no parecía dispuesto a atacar. Parecía cansado, herido y demasiado sereno.
—Tienes seis hombres —dijo Blaid—. Uno lleva desde que habéis aparecido preguntándose si puede correr más rápido de lo que Paf Paf puede alcanzarlo.
Dos están calculando si el pago justifica enfrentarse a Ridley y tú has mirado el camino de vuelta más veces que a la mujer por la que supuestamente has venido.
Uno de los mercenarios cambió el peso de una pierna. Dorian lo oyó.
Blaid también. —¿Pretendes asustarme?
—No. Pretendo ahorrarte una mala decisión.
Ridley observó al tiefling con atención. No sabía si había alguna presión sutil del Tejido en aquellas palabras o simplemente la precisión con que Blaid sabía encontrar grietas en la gente. Después de todo lo ocurrido, no le gustaba no poder distinguirlo.
Dorian apretó la mandíbula. —Aparta.
Blaid siguió donde estaba. —Puedes marcharte con tus hombres, tus armas y una versión suficientemente ambigua de lo ocurrido como para intentar cobrar parte del trabajo. Si continúas, descubrirás cuánto cuesta completarlo.
—No conoces a quien me paga.
—No.
—Entonces no sabes qué me estás ofreciendo.
Blaid sostuvo su mirada. —Seguir respirando.
Dorian soltó una risa seca. —Crees que eso siempre cuenta como oferta.
Aquella frase modificó algo. Ridley dejó de observar a los hombres y se concentró en Dorian, que no parecía temerlos a ellos tanto como temía regresar sin haber cumplido. Aria bajó ligeramente la vista.
Ridley lo vio. —¿Lo conoces?
Ella negó.
—No.
Aria respondió de inmediato y Dorian no la contradijo. Ridley guardó el detalle. No parecía tener una relación personal con Aria, sino ser un hombre contratado para encontrarla.
Ridley volvió hacia él. —¿Qué te pasa si vuelves sin ella?
Dorian no respondió. El silencio de Dorian respondió por él.
—Eso pensaba.
El mercenario apretó la correa de la espada.
—No puedes ayudarme con eso.
—No lo sé.
—Yo sí.
Blaid ladeó la cabeza. —Entonces quizá el verdadero problema no esté delante de ti.
Dorian lo miró y durante un instante Ridley creyó que sacaría el arma. La tensión recorrió también a sus hombres, pero nadie dio el primer paso. Uno de ellos habló desde la derecha.
—Dorian.
El mercenario no apartó los ojos de Blaid.
—Calla.
—No hemos cobrado para esto.
La frase ensanchó una grieta que ya estaba allí. Ridley podía verla. Fïrn también, aunque esta vez no utilizó la Armonía. Fïrn dejó la Armonía quieta; no hacía falta.
Dorian miró a sus hombres y después a Aria. No había codicia en su expresión, sino una preocupación más oscura que empezaba a parecer desesperación. Ridley bajó apenas el escudo. No era confianza; era mostrar que todavía existía un camino que no pasaba por la violencia.
—Hoy puedes marcharte.
Dorian volvió a mirarlo. —¿Y mañana?
—Eso dependerá de ti.
—No.
La respuesta fue tan automática que Ridley comprendió algo más. Dorian no creía tener un mañana que pudiera elegir con libertad.
Blaid habló antes de que insistiera. —Baja las armas y vete.
Dorian sostuvo su mirada unos segundos antes de volver hacia sus hombres. —Bajadlas.
Dos obedecieron inmediatamente. Los demás tardaron algo más, pero acabaron apartando las manos de las empuñaduras. Ridley no relajó la postura. Dorian miró una última vez hacia Aria.
—No os van a dejar llegar muy lejos.
Ella sostuvo su mirada.
—¿Quiénes?
El mercenario sonrió sin humor.
—Si pudiera responder a eso y seguir siendo útil, hoy estaría teniendo una conversación distinta.
Fïrn inclinó ligeramente la cabeza. —No eres especialmente útil en esta.
Dorian lo miró. —No me has visto trabajando.
—Espero conservar esa ventaja.
El mercenario retrocedió un paso y sus hombres empezaron a imitarlo.
Blaid esperó hasta que casi habían alcanzado los árboles. —Dorian.
El hombre se detuvo.
—Si vuelves, intenta traer una razón mejor.
Dorian permaneció unos segundos en silencio. —Eso es precisamente lo que me preocupa.
No explicó nada más.
Se internaron entre los árboles. Ridley mantuvo el escudo preparado hasta dejar de escuchar sus pasos. Solo entonces permitió que el brazo descendiera.
Paf Paf observó el bosque por donde habían desaparecido. —Volverá.
Blaid ajustó la capa sobre la herida. —Sí.
Fïrn se pasó una mano por el cabello. —¿Porque es muy persistente o porque parece temernos bastante menos que a la persona que lo contrató?
Ridley miró la senda vacía. —Lo segundo.
Aria continuaba observando el mismo punto. —Tenemos que alejarnos de aquí.
Nadie discutió la necesidad de alejarse.