19
Salir del templo resultó bastante más difícil que entrar.
Las trampas seguían en los mismos lugares y los corredores no habían adquirido peligros nuevos, pero ahora debían recorrerlos con Aria entre ellos y cada tramo obligaba a medir la velocidad según lo que pudiera soportar.
Ridley caminaba a su lado, atento a la presión con que se aferraba a su antebrazo y al modo en que la pierna derecha empezaba a responder con un retraso casi imperceptible.
Ella no se quejaba ni pedía detenerse; se limitaba a acortar un poco más cada paso y a distribuir el peso con demasiado cuidado, como hacen quienes saben que el cuerpo está cerca de dejar de obedecer pero todavía no quieren admitirlo.
Fïrn permanecía al otro lado fingiendo prestar al camino una atención que no engañaba a nadie.
Llevaba el laúd pegado al pecho y los cuadernos protegidos bajo la capa, aunque Ridley estaba seguro de que habría soltado cualquiera de las dos cosas en cuanto Aria perdiera el equilibrio.
Paf Paf avanzaba unos pasos por delante, leyendo el suelo y comprobando que los mecanismos cruzados durante el descenso continuaran donde los habían dejado.
Blaid cerraba el grupo con una mano cerca de la espada y la herida de las costillas abierta de nuevo bajo la ropa.
Caminaba algo más rígido de lo habitual, pero Ridley no sabía cuánto correspondía al corte y cuánto a todo lo ocurrido con el Enmascarado.
El lugar parecía distinto durante el ascenso.
Las salas que al entrar habían exigido atención por su función antigua se habían reducido a obstáculos que debían superar con rapidez: corredores del viejo templo, dependencias añadidas después, plataformas utilizadas para transferencias, puertas y cámaras cuyo significado seguía siendo importante, pero podía esperar.
Ridley se sorprendió pensando que el complejo había crecido desde que encontraron a Aria, aunque sabía que lo único que había cambiado era la medida con que calculaba las distancias. Al llegar al osario, ella tropezó.
Ridley la sujetó antes de que la rodilla tocara el suelo. —Paramos.
Aria intentó recuperar la vertical. —No.
—No te he preguntado.
—Desde que me has encontrado estás desarrollando esa costumbre.
—Me está funcionando.
Fïrn la miraba con una preocupación tan visible que ni siquiera intentó ocultarla. —Podemos descansar un momento. Los huesos no parecen tener intención de levantarse otra vez.
Aria respiró despacio. —No necesito descansar.
Paf Paf se volvió desde la salida del osario y observó primero su postura y después sus piernas.
—Sí.
Aria le dirigió una mirada que habría bastado para silenciar a muchos alumnos.
Paf Paf no era uno de ellos. —Te tiemblan las rodillas.
—Eso no significa que…
—Significa que te tiemblan las rodillas.
Fïrn se llevó una mano a la boca para esconder una sonrisa. Aria lo vio.
—Tú tampoco ayudes.
—Estoy siendo extraordinariamente discreto.
Ridley señaló al goliat. —Déjale.
—No quiero que me cargue.
Paf Paf se agachó delante de ella de todas formas. —No vas a caminar hasta la salida.
—Eso puedo decidirlo yo.
—No si te caes antes.
Durante unos segundos, Aria pareció valorar si la dignidad merecía una discusión más larga. Acabó apoyando un brazo sobre los hombros de Paf Paf con una resignación muy cercana al enfado, y él se incorporó despacio para no tirar de las muñecas heridas.
Fïrn ladeó la cabeza. —No lo llamaría cargar. Digamos que es transporte asistido con consentimiento obtenido mediante argumentos cuestionables.
Aria cerró los ojos. —Tu humor ha empeorado mucho.
—Llevo meses sin supervisión.
Aquello consiguió arrancarle una expresión que no llegó a ser sonrisa, aunque se acercó lo suficiente para que Ridley sintiera algo parecido al alivio.
No necesitaba que Aria estuviera bien. Necesitaba pruebas de que seguía siendo ella.
Continuaron. Ridley encontró más difícil ignorar a Blaid cuanto más ascendían.
El tiefling caminaba detrás, algo encorvado para proteger las costillas, y la mano derecha seguía fallándole cuando debía realizar movimientos demasiado precisos.
Nada de aquello preocupaba a Ridley tanto como su reacción ante el Enmascarado.
Aquel hombre lo conocía. O conocía algo sobre él.
Había dicho que Blaid había llevado algo hasta el templo y, más tarde, que había tomado algo que no le pertenecía.
La explicación más sencilla seguía siendo la cuenta negra recuperada en Eltarion.
Blaid la llevaba consigo y ya sabían que aquel objeto producía reacciones que ninguno entendía.
Sencilla no significaba segura. Ridley había aprendido demasiado sobre respuestas sencillas durante las últimas semanas. No preguntó todavía.
Cuando alcanzaron el puesto de guardia encontraron a los dos hombres donde los habían dejado.
El ballestero había recuperado la consciencia y permanecía sentado contra una pared con las manos atadas a la espalda, mientras su compañero respiraba con dificultad junto a la mesa.
El primero levantó la mirada al verlos. Pasó de Ridley a Paf Paf y terminó mirando a Aria. La sorpresa duró apenas un instante.
Ridley la vio. —La conoces.
El hombre apartó la vista.
—No.
—Has tardado demasiado en responder.
—He visto a una mujer herida.
Fïrn se detuvo junto a la puerta. —Y has decidido estudiar el suelo justo después. Es una reacción interesante.
El guardia apretó la mandíbula. Ridley se agachó para comprobar las ligaduras más por precaución que por desconfianza hacia los nudos de Paf Paf. Seguían firmes.
—¿Cuándo llega el relevo?
El hombre guardó silencio.
Blaid entró en su campo de visión. —Existe una posibilidad razonable de que responder acelere nuestra salida. Eso también aumenta tus opciones de que alguien llegue a desatarte antes de que empieces a odiarnos de verdad.
—Van a venir.
—Eso ya lo sabemos.
—Entonces corred.
No había burla. Ridley lo observó un momento. El hombre no intentaba intimidarlos; parecía limitarse a señalar algo que consideraba evidente. Aquello era bastante más útil que una amenaza.
—Nos vamos.
Paf Paf siguió hacia el corredor con Aria y Fïrn fue detrás. Blaid los acompañó, aunque antes de cruzar la puerta miró al prisionero una última vez.
Ridley permaneció unos segundos más. —No intentéis seguirnos cuando os liberen.
El guardia movió ligeramente las manos atadas.
—Con esto será difícil.
—Me tranquiliza que coincidamos en algo.
Los dejaron vivos. Ridley no sintió alivio ni orgullo.
Solo registró la diferencia. Durante el resto del ascenso, el recuerdo de Eshvar apareció varias veces sin que lo buscara: el soldado arrodillado, la espada, el silencio posterior y aquella certeza tan firme de que no había alternativa.
Había empezado a desconfiar de las decisiones que llegaban acompañadas de demasiada certeza.
Quizá eso fuera algo. La galería de las lanzas les llevó más tiempo que al entrar porque Paf Paf tenía que cruzarla sin exigir demasiado al hombro mientras ayudaban a Aria a salvar el desnivel.
Ridley activó primero el mecanismo desde una distancia segura y esperó a que las armas salieran antes de guiarlos uno a uno durante el intervalo que ya conocían.
Conforme ascendían, el templo parecía menos una ruina y más una estructura que habían abandonado a medias.
No habían entendido ni la mitad de lo que contenía, tampoco quién había borrado sus símbolos originales, qué relación existía entre aquellos restos y el ojo repetido en los objetos de los ocupantes o cuánto tiempo llevaba utilizándose como escondite. No podían quedarse a averiguarlo.
Cuando alcanzaron la explanada exterior, Paf Paf dejó a Aria sentada sobre una de las antiguas plataformas de piedra.
Ella aceptó sin discutir. Aquello preocupó a Ridley más que todas las protestas anteriores.
Fïrn le ofreció agua y Aria bebió despacio mientras Ridley vigilaba el arco de entrada y el bosque que se extendía más allá.
—¿Puedes seguir andando?
Aria apoyó el odre sobre una rodilla. —Sí.
—¿Cuánto?
Pensó la respuesta.
—Hasta que deje de poder.
—Eso no es una medida útil.
—Es la única que tengo.
Ridley iba a insistir, pero Fïrn abrió la boca y Aria levantó una mano antes de que pronunciara nada.
—Tú tampoco.
El bardo cerró la boca.
Ridley lo miró. —Eso sí que no lo había visto.
Fïrn suspiró. —Estoy ejerciendo una disciplina admirable.
—Parece sufrimiento.
—Lo es.
Aria terminó de beber y le devolvió el odre. —Gracias.
Fïrn se quedó inmóvil un instante. Ridley decidió no señalarlo.
Salieron al bosque cerca del mediodía. El aire olía a resina húmeda, tierra removida y hojas que empezaban a secarse en las ramas altas. Después de tantas horas bajo piedra, incluso aquella luz filtrada parecía excesiva.
El refugio donde habían dejado el carro seguía intacto.
Isa’ak fue el primero en oírlos. Avanzó hasta donde permitía la cuerda y resopló con suficiente indignación para dejar claro que consideraba inadmisible el abandono.
Elis’eo levantó la cabeza poco después y produjo un rebuzno más corto, como si hubiera decidido que el reproche de su compañero cubría ya la parte administrativa.
Paf Paf se acercó a ambos. —Ya.
Fïrn comprobó los cubos. —Creo que exigen explicaciones.
—Tienen agua.
—Una respuesta materialista a un problema emocional.
Paf Paf lo miró. —Son burros.
—Precisamente. Saben guardar rencor.