Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 18 #4
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El hombre lo miró y su expresión cambió apenas.

—Tú.

Blaid endureció la voz.

—Prueba otra vez.

—Ya estás dentro.

Paf Paf lo alcanzó antes de que pudiera manipular la puerta y lo apartó sujetándolo por el brazo. El hombre intentó sacar un cuchillo, pero Blaid le golpeó la muñeca con la empuñadura y el arma cayó. Fïrn se acercó.

—¿Qué queríais de Aria?

El prisionero lo miró.

—Lo que recuerda.

Por primera vez, el sacerdote había dado una respuesta concreta. Fïrn habría preferido casi cualquiera de las anteriores.

—¿Qué recuerdos?

—Los que abren.

—¿Qué abren?

El hombre volvió a sonreír.

—Pregúntale.

Blaid redujo ligeramente la distancia.

—¿Quién os dio la orden?

—Él ve.

—Eso no es un nombre.

—No necesita uno.

Fïrn pensó en Mirasol, en los nombres que fallaban, en los testimonios, reconocimientos y custodias. Después pensó en el ojo raspado de las paredes y en la forma que acababa de intentar cruzar sobre Aria. No dijo nada. El prisionero volvió a moverse y Paf Paf apretó la sujeción.

—Quieto.

—No importa.

Fïrn empezaba a odiar aquella expresión.

—Últimamente todo el mundo dice eso antes de hacer algo estúpido.

El hombre mordió algo.

Blaid intentó sujetarle la mandíbula, pero ya era tarde.

El cuerpo se tensó contra las manos de Paf Paf y una espuma oscura apareció en la comisura de los labios.

El goliat lo sostuvo para impedir que se golpeara contra la piedra mientras Fïrn buscaba inútilmente alguna forma de intervenir.

El aire dejó de entrar. Paf Paf comprobó el cuello.

Blaid abrió con cuidado la boca y encontró un fragmento roto entre los dientes.

—Veneno.

Fïrn se quedó mirando el cuerpo.

—Podríamos haberlo evitado.

—Solo si hubiéramos sabido antes que llevaba veneno escondido en la boca.

—Eso no mejora demasiado la sensación.

—No pretendía hacerlo.

Paf Paf miró hacia la escalera.

—Cinco minutos.

Blaid volvió hacia las mesas.

—Entonces usemos los que quedan.

Registraron la cámara sin intentar comprenderlo todo.

Encontraron recipientes con las mismas flores dulces vistas en Mirasol, piezas de piedra blanca atravesadas por incisiones negras y varios mapas pequeños del Bosque de Serpiente.

Uno mostraba círculos unidos por líneas a otros enclaves sin nombre, y Fïrn creyó reconocer la posición aproximada de Mirasol entre algunos de ellos, aunque no tuvo tiempo para comprobarlo. Guardó el mapa.

En otra mesa encontraron un sello metálico que conservaba únicamente parte del símbolo: un arco superior y otro inferior alrededor de un centro raspado.

La forma recordaba al ojo de las paredes, pero alguien había destruido precisamente la zona que habría permitido identificarlo con claridad. Fïrn lo envolvió.

—Otro.

Blaid observó el sello.

—El mismo empeño en no dejarlo entero.

—Eso también es información.

Junto a él había un pequeño libro cuyas páginas parecían vacías hasta que Fïrn lo inclinó respecto a la lámpara. La sombra proyectada por las hojas no correspondía con ninguna dirección razonable.

—No me gusta.

Blaid se acercó.

—Excelente argumento.

—¿Lo llevamos?

—Por supuesto.

—Eso contradice el argumento.

—La investigación exige sacrificios.

Fïrn lo envolvió sin abrirlo.

En una mesa separada encontraron varios estuches estrechos, algunos vacíos y otros llenos de instrumental cuya función no pudieron determinar allí. Había pinzas, pequeñas piezas de metal grabado y recipientes revestidos por dentro con una sustancia oscura que Fïrn decidió no tocar.

Blaid se detuvo ante uno de los estuches abiertos durante algo más de lo necesario. Fïrn lo observó.

—¿Reconoces algo?

—No.

La respuesta fue rápida, aunque no tanto como para resultar falsa por sí sola. Blaid cerró el estuche y pasó a la mesa siguiente.

Fïrn anotó únicamente: Instrumental ritual o técnico no identificado. No manipular sin examen posterior. El tiempo se les acababa. Fïrn levantó una ceja.

—¿Quién decide cuándo lo sabemos?

—Podemos formar un comité más tarde.

Paf Paf ya estaba junto a la escalera.

—Arriba.

Regresaron al ábside.

Ridley había ayudado a Aria a sentarse contra la base rota de la losa y le había dado agua. Ella sostenía el recipiente con ambas manos, aunque el temblor seguía siendo visible. Fïrn se arrodilló a su lado.

—Encontramos mapas, fichas parecidas a las de Mirasol, más símbolos raspados, un libro que no pienso abrir aquí y un sacerdote que decidió colaborar solo lo suficiente para empeorar las preguntas.

Aria abrió los ojos.

—¿Mapas de qué?

—Del bosque, sobre todo. Hay varios puntos conectados y quizá uno corresponda a Mirasol, pero necesito comprobarlo antes de afirmarlo.

Ella asintió.

—Fuera.

Fïrn miró hacia el corredor.

—Era exactamente mi propuesta.

Blaid regresó desde el lateral y ajustó la capa antes de acercarse.

Fïrn reparó en el movimiento porque llevaba haciéndolo de manera intermitente desde que habían entrado en el templo, como si protegiera la herida de las costillas o algún objeto guardado demasiado cerca del cuerpo.

No encontró motivo suficiente para preguntar. Ridley se incorporó.

—¿Puedes caminar?

Aria movió primero un pie y después el otro, comprobando las piernas antes de intentar ponerse en pie.

—Puedo probar.

Paf Paf se agachó junto a ella.

—No hace falta.

Ella lo miró.

—No quiero que me cargues.

—No he preguntado.

—Sigues siendo insoportable.

—Sí.

La respuesta devolvió a Fïrn, por un instante, a Beregost. Tuvo que mirar hacia el laúd.

Ridley ayudó a Aria a incorporarse. Las piernas le fallaron en el primer intento y Paf Paf la sostuvo por el brazo sin levantarla del suelo. Ella respiró varias veces hasta recuperar algo de equilibrio.

—Otra vez.

En el segundo intento consiguió mantenerse y dar un paso. Blaid miró hacia el acceso.

—Conviene irnos antes de descubrir cuánta gente falta por volver.

Ridley asintió.

Cuando alcanzaron la entrada del ábside, Aria se detuvo y volvió la cabeza hacia la losa fracturada. No miró los cuerpos ni las velas, sino el lugar donde había estado aquello suspendido. Ridley siguió su atención.

—¿Lo hemos destruido?

Aria tardó en responder.

—No.

Fïrn miró las líneas apagadas.

—¿Entonces qué hicimos?

Aria se apoyó algo más en Ridley.

—Impedir que terminara de cruzar.

Blaid ajustó la capa sobre el costado, demasiado cerca del lugar donde Fïrn había visto moverse su mano durante el ritual.

—¿Puede volver?

Aria reanudó la marcha.

—Si encontramos tiempo para hablar antes de que lo intente, será un buen día.

Fïrn miró una vez hacia atrás. El antiguo ojo raspado seguía sobre el ábside.

Debajo, la losa estaba rota. No sabía todavía si ambos pertenecían a la misma historia. Después siguió a los demás.