Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 18 #3
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No sabía si serviría. No fingió saberlo.

Aria inspiró de manera irregular y volvió a hacerlo varios segundos después.

Fïrn adaptó la música a ella en lugar de intentar que ella se adaptara a la música.

Ahí cambió su forma de intervenir. La Armonía dejó de combatir el ritual con las reglas que el ritual imponía y empezó a sostener una referencia distinta: una respiración humana, imperfecta y obstinada que no tenía ninguna obligación de encajar.

Paf Paf comprendió sin necesitar la explicación.

—¿Ahora?

Fïrn escuchó cómo la tercera unión absorbía parte de la tensión perdida por las anteriores.

—Espera —dijo Fïrn.

El sacerdote más viejo abandonó el canto y recuperó la daga caída.

Ridley fue hacia él, pero uno de los mastines consiguió reconstruirse entre ambos y lo obligó a bajar el escudo. El hombre levantó la hoja sobre Aria.

Fïrn intentó alcanzar su concentración con la Armonía, pero la distancia y el caos apenas le permitieron rozar la emoción. No llegaba con suficiente fuerza. Aria abrió los ojos. Miró la daga. Flexionó dos dedos.

El Tejido respondió con una desviación mínima, insignificante comparada con cuanto ocurría a su alrededor, pero suficiente para desplazar la muñeca del sacerdote un palmo hacia fuera.

Ridley llegó antes de que pudiera corregir. Golpeó el antebrazo con el escudo y la daga salió despedida.

Fïrn sintió una alegría tan absurda que estuvo a punto de perder su propia nota. Incluso atada, exhausta y medio consumida por el ritual, Aria seguía encontrando errores ajenos y corrigiéndolos.

—Tercera.

Paf Paf cambió de posición. El hombro ya no le permitía fingir que no dolía, de modo que distribuyó el peso y buscó el punto donde el metal nuevo descansaba sobre la piedra antigua.

—Yo rompo.

Fïrn mantuvo la respiración de Aria como referencia. Paf Paf golpeó.

La primera fractura atravesó parte de la base, pero el soporte no cedió por completo. La presencia descendió de golpe y tensó los filamentos que llegaban hasta la piedra.

Aria se arqueó contra las correas. Paf Paf preparó un segundo impacto sobre la grieta. El mazo cayó. La piedra cedió.

Durante un instante Fïrn oyó todas las notas posibles de una misma frase a la vez: voces que acababan de callar, melodías que no recordaba haber aprendido, el latido de Aria, palabras de su diario todavía no escritas y una risa que podía pertenecerle a él o a alguien que algún día aprendiera a utilizar su boca.

Aquello suspendido sobre el altar pareció orientarse hacia ellos.

Fïrn sintió que algo intentaba reconocerlo.

No observarlo ni comprenderlo, sino colocarlo dentro de una categoría que no estaba hecha para seres humanos.

La Armonía se llenó de conexiones demasiado rápidas, explicaciones para cada duda y relaciones perfectas entre todos los sonidos, recuerdos y pensamientos.

Durante una fracción de segundo, todo encajó. Y precisamente por eso supo que no debía confiar. Cerró la mano sobre las cuerdas. Dejó de tocar.

Paf Paf cayó de rodillas junto a la losa. Ridley miró su propio brazo como si durante un instante hubiera dejado de pertenecerle y Blaid clavó la espada en el suelo para mantenerse erguido. El Enmascarado no cayó. La máscara se volvió hacia Blaid.

Fïrn no escuchó ninguna voz, aunque el tiefling reaccionó como si algo hubiese hablado dentro de él. Los ojos se le abrieron apenas y la mano izquierda empezó a deslizarse hacia el interior de la capa.

Se detuvo antes de llegar. Fïrn no podía saber qué llevaba allí. Solo vio que Blaid había elegido no tocarlo. Paf Paf levantó la cabeza.

—Fïrn.

El nombre tardó demasiado en volver a significar algo.

—Estoy —respondió Fïrn.

—Haz algo útil.

Aquello bastó para devolverle una dirección.

Fïrn buscó a Aria. Seguía respirando fuera del compás y se aferró a esa irregularidad como a una cuerda: una mujer respirando pese a todo, Paf Paf intentando levantarse, Ridley agarrado al escudo aunque acabara de desconocer su propio brazo y Blaid negándose a completar un gesto cuya razón los demás ignoraban. A eso podía aferrarse. Volvió a tocar.

La secuencia era sencilla y deliberadamente imperfecta, adaptada a la respiración de Aria.

El sacerdote joven empezó a llorar junto a una columna, no por miedo sino por alivio.

Para él, el ritual había terminado antes que para los demás, y Fïrn dejó que aquella emoción existiera sin utilizarla.

La presencia perdió otro punto de apoyo.

Paf Paf consiguió ponerse en pie y volvió a estudiar la base.

—¿Otra vez?

Fïrn negó.

—No al centro. Quedan líneas activas.

El goliat siguió una de las conexiones hasta una ranura lateral y golpeó la primera.

Ridley comprendió lo que hacía y utilizó el borde del escudo contra una segunda pieza de cobre incrustada en piedra.

El impacto produjo otro destello azul. La línea se apagó.

La tercera quedaba junto al Enmascarado. Blaid y él la vieron al mismo tiempo.

El hombre de la máscara movió la lanza para protegerla, pero Blaid no intentó superar su guardia. Esperó la trayectoria y la desvió apenas lo suficiente para que la propia punta golpeara la pieza que pretendía defender.

El metal se partió. El Enmascarado quedó inmóvil. Blaid sonrió, con la sangre empapando de nuevo el costado.

—Gracias.

Aquello suspendido sobre Aria emitió algo que Fïrn sintió en los dientes más que en los oídos. Todas las velas de la sala se inclinaron en la misma dirección aunque no había viento; los mastines perdieron forma y las líneas negras empezaron a apagarse desde los extremos hacia la losa.

Durante un instante, la abertura flotante se pareció demasiado a un ojo verdadero. Después dejó de coincidir con la sala.

Los filamentos se soltaron de la piedra y Aria cayó contra la losa con todo su peso, mientras la presencia se replegaba sin estallar ni arder. Solo dejó sobre el altar un polvo frío y un olor metálico parecido al del agua después de pasar sobre una hoja. Fïrn dejó morir la última nota.

Ridley ya estaba cortando las correas de Aria cuando el silencio empezó a asentarse. Paf Paf necesitó apoyarse en el mazo antes de caminar y Blaid miró hacia el lugar donde había estado el Enmascarado.

Ya no estaba. No hubo humo ni destello ni una puerta que explicara la desaparición. Ninguno recordaba un movimiento que justificara cómo había abandonado el ábside. Ridley levantó la cabeza.

—¿Dónde ha ido?

Blaid negó.

—No lo sé.

La respuesta llegó demasiado deprisa.

Fïrn decidió guardar aquel detalle para después y se arrodilló junto a Aria.

Ridley había retirado las sujeciones de las muñecas, aunque todavía no se atrevía a moverla demasiado.

Las correas habían dejado marcas profundas en la piel y una línea roja descendía desde el corte del brazo hasta perderse bajo la manga.

—Aria, soy yo.

Paf Paf se acercó por el otro lado y comprobó su respiración sin moverla más de lo necesario.

—Respira.

—Ya lo sé.

—Entonces deja de preguntarlo con la cara.

Fïrn habría encontrado una respuesta en cualquier otro momento. No encontró ninguna.

Aria abrió los ojos y tardó varios segundos en enfocar su rostro. La comisura de la boca se movió apenas.

—Has afinado peor.

Fïrn soltó una risa que se rompió a mitad de camino.

—Llevo meses practicando.

—Se nota.

Tuvo que apartar la mirada. Ridley terminó de cortar la última correa.

—No intentes levantarte.

Aria volvió a cerrar los ojos.

—No pensaba hacerlo.

Blaid regresó desde el lateral con la herida del costado abierta y la ropa oscurecida por sangre. Paf Paf lo vio de inmediato.

—Eso necesita venda.

—Empiezo a considerar tu preocupación una amenaza.

Fïrn apoyó una mano cerca del hombro de Aria sin tocarla.

—¿Puedes decirnos qué te estaban haciendo?

Ella abrió los ojos.

—Ahora no.

La respuesta era tan exactamente suya que Fïrn sintió otra oleada de alivio. Ridley señaló los restos del ritual.

—¿Seguimos en peligro?

Aria miró la losa rota y necesitó varios segundos para enfocar.

—Sí. Uno huyó.

Ridley repasó los cuerpos. Habían visto caer o quedar incapacitados a cinco encapuchados. No al sexto.

Blaid señaló una cortina oscura situada detrás de la losa. El borde inferior se movía ligeramente y, al acercarse, descubrieron una abertura estrecha oculta en la pared. Ridley miró primero a Aria.

—Paf Paf se queda.

El goliat negó.

—Tú. Te conoce. Tienes escudo. Yo bajo.

Ridley frunció el ceño. Aria abrió un ojo.

—Tiene razón.

—No estás en condiciones de votar.

—Nunca me ha detenido.

Ridley soltó aire por la nariz.

—Cinco minutos.

Blaid apartó la cortina.

—Eso parece optimista.

—Cinco.

Fïrn empezó a levantarse y Aria lo miró.

—Tú también.

—No pienso dejar que esos dos interpreten documentos solos.

—Eso sí sería irresponsable.

Fïrn sonrió. Esta vez la sonrisa consiguió mantenerse. Bajaron los tres.

La escalera era mucho más estrecha que la parte antigua del templo y mostraba marcas recientes de herramienta allí donde alguien había picado piedra para ganar espacio. Fïrn escuchó antes de alcanzar el fondo y distinguió unos pasos irregulares más adelante. Blaid levantó una mano.

—Va herido.

Paf Paf señaló una mancha fresca en el muro.

—Bastante.

La cámara inferior no tenía nada de ceremonial. Había mesas, armarios, cajas abiertas y una acumulación de instrumentos cuyo uso Fïrn prefirió no interpretar demasiado deprisa; algunos parecían médicos y otros compartían la apariencia sin ofrecer la misma intención.

El encapuchado huido estaba junto a una segunda puerta, con una mano apoyada en el costado y la otra intentando accionar el cierre. Blaid levantó la espada.

—Apártate.

El hombre se volvió. Era más joven de lo que Fïrn había supuesto y tenía sangre en los labios.

—No entendéis lo que habéis hecho.

Paf Paf avanzó medio paso.

—Aléjate de la puerta.

—Lo habéis abierto.

Fïrn miró a Blaid.

—¿Qué hemos abierto?

El sacerdote soltó una risa que terminó en tos.

—Creéis que lo habéis detenido porque ya no podéis verlo.

Blaid mantuvo la espada firme.

—¿Qué intentabais conseguir con ella?