Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 18 #2
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Fïrn dejó caer una mano sobre las cuerdas.

No necesitaba imponerse por volumen; la Armonía nunca había dependido de eso.

Rozó una nota apenas audible y escuchó cómo el miedo del sacerdote joven reaccionaba al patrón que ya conocía.

Añadió una segunda entrada, colocada justo antes de la nota que el muchacho debía aportar.

La respiración se le adelantó medio instante.

Otra voz intentó corregirlo. Fïrn modificó el intervalo antes de que la corrección terminara y el cantor empezó a perseguir una estabilidad que ya esperaba perder.

No dominaba su voluntad. Había conseguido algo más sencillo: que el joven escuchara su propio miedo cada vez que intentaba recuperar el compás.

La siguiente entrada llegó tarde. La estructura vaciló.

La forma suspendida sobre Aria se contrajo de golpe y el Enmascarado volvió la cabeza hacia la galería. Fïrn abandonó el escondite.

—Habría preparado una entrada mejor si hubieseis avisado.

Ridley salió detrás antes de que nadie pudiera responder.

El escudo golpeó al primer encapuchado en el pecho y lo apartó de la losa. Paf Paf descendió hacia la base con el mazo preparado, aunque sin buscar todavía un cuerpo al que golpear, mientras Blaid cruzaba por el flanco derecho directamente hacia la máscara de hueso.

Fïrn permaneció arriba unos segundos más. Tres voces continuaban sosteniendo parte del patrón. El sacerdote joven lo miró. Fïrn encontró todavía miedo.

—Ahora ya sabes que puedes fallar.

La siguiente entrada del muchacho llegó tarde y la estructura se deformó algo más.

Uno de los mastines levantó la cabeza y abandonó la apariencia relativamente estable que había mantenido hasta entonces. El cuerpo se alargó hacia Fïrn, las patas tocaron piedra en momentos distintos a sus sombras y las fauces parecieron abrirse en dos profundidades a la vez.

Ridley consiguió interponerse. El escudo recibió el impacto con un golpe que no sonó a carne ni a metal. Una luminiscencia azul recorrió brevemente el borde y la criatura salió despedida hacia un lateral. Fïrn vio el destello. Ridley también.

—Luego.

No había tiempo para otra cosa.

El segundo mastín fue hacia Paf Paf. El goliat esperó hasta que la criatura apoyó peso para saltar y descargó el mazo contra el lugar donde las patas delanteras parecían más sólidas.

Durante un instante encontró resistencia; después el arma atravesó parte del cuerpo porque la forma se desplazó de una manera incompatible con el movimiento anterior. Paf Paf retrocedió.

—No pesa bien.

Fïrn habría respondido en cualquier otra situación. Se guardó la respuesta.

Ridley había alcanzado al sacerdote de la daga. El hombre intentó utilizar a Aria como obstáculo y lo obligó a contener la primera estocada, pero Ridley cambió el ángulo y golpeó la muñeca con el canto del escudo. La daga cayó sobre la piedra.

Aria abrió los ojos y miró hacia él. Fïrn no oyó si Ridley pronunció su nombre.

Al otro lado del ábside, el Enmascarado levantó la lanza cuando Blaid ya estaba delante.

El primer intercambio fue demasiado rápido para seguirlo por completo: la punta descendió hacia el hombro del tiefling; Blaid cedió en lugar de bloquearla, desvió el asta con la espada y buscó el hueco que debería haber aparecido junto al brazo contrario.

No llegó a existir. La máscara se inclinó.

—Lo trajiste.

Blaid se detuvo apenas una fracción. Fïrn lo vio.

—¿Qué has traído?

—Ocúpate de tu música.

Blaid atacó antes de que pudiera insistir.

Fïrn tuvo que volver al ritual. Dos sacerdotes sostenían todavía la secuencia completa y un tercero corría hacia una de las líneas negras, quizá para corregir manualmente aquello que estaba fallando. Buscó otra emoción.

La encontró en el cantor de mayor edad. No era miedo, sino orgullo: una convicción rígida de que mantener la secuencia resultaba más importante que sobrevivir.

Fïrn introdujo una nota ligeramente desviada del intervalo que el hombre esperaba y aguardó.

El cantor corrigió. Fïrn volvió a cambiar.

La segunda corrección llegó más agresiva.

A la tercera variación, el hombre ya no cantaba para el ritual, sino contra Fïrn, demasiado preocupado por demostrar que aquel intruso no podría sacarlo del tono.

El orgullo hizo el resto. La última voz quedó sola.

La vibración bajo el suelo disminuyó. Aria soltó un sonido áspero.

Fïrn sintió alivio durante apenas un instante porque la forma suspendida reaccionó a la pérdida de las voces descendiendo hacia ella.

—No.

Paf Paf seguía junto a la base, observando las conexiones en vez de atacar.

—Cuando bajas el canto, esto tira más de ella.

Fïrn vio cómo una parte de la estructura compensaba la pérdida aumentando la tensión sobre las líneas.

—Entonces no puedo detenerlo de golpe.

Ridley bloqueó a otro sacerdote y miró hacia ellos.

—¿Qué necesitamos?

Paf Paf señaló tres piezas metálicas incrustadas alrededor de la base.

—Esto lleva el pulso.

Fïrn siguió las conexiones.

—¿Puedes separarlas?

—Sí.

—¿Sin dañarla?

Paf Paf miró a Aria.

—No sé.

La incertidumbre fue peor que cualquier grito.

Fïrn se acercó hasta el borde de la losa y vio que los labios de Aria volvían a moverse.

—…Fïrn…

Todo lo que había mantenido ordenado durante meses quiso romperse de golpe. No podía permitirlo mientras ella siguiera atada a aquella piedra.

—Estoy aquí.

Aria consiguió enfocarlo.

Durante un instante Fïrn no vio a la mujer exhausta delante de él, sino a la erudita de Beregost capaz de convertir un error de tres letras en una hora de lección sin elevar la voz.

—No cantes… con ellos.

Fïrn dejó escapar una risa sin alegría.

—Pensaba decepcionarlos.

Aria cerró de nuevo los ojos. Fïrn se aferró a esa respuesta. Fïrn volvió hacia Paf Paf.

—Hazlo por partes. Si cortamos todo de golpe, puede caer sobre ella.

El goliat estudió las tres uniones.

—Una. Después otra.

—Sí.

—¿La tercera?

Fïrn escuchó la vibración restante.

—Cuando te lo diga.

Ridley derribó a otro enemigo y retrocedió hasta quedar cerca de la losa.

—¿Cuánto necesitas?

—Lo suficiente.

Ridley lo miró mal.

—Esa respuesta está empeorando.

El primer mastín volvió a incorporarse. La zona donde el escudo había impactado parecía menos estable y su sombra tardaba demasiado en acompañar los movimientos.

Corrió hacia Ridley y chocó otra vez contra la protección.

Esta vez el destello azul fue más claro.

Fïrn percibió además una resonancia breve en la sala, como si el golpe hubiese encontrado algo capaz de responder dentro de la piedra.

Ridley siguió luchando sin intentar comprenderlo.

Al otro lado, Blaid y el Enmascarado habían desplazado su duelo varios pasos.

La lanza se movía con una precisión irritante y cada vez que Blaid encontraba una abertura, la punta ya modificaba su trayectoria para cerrarla.

Blaid dejó de buscar una victoria inmediata. Empezó a aprender.

—No sabes para quién abres —dijo el Enmascarado.

Blaid corrigió el ángulo de su espada.

—Tú no sabes cuándo callar.

—Lo sabes mejor de lo que crees.

La lanza giró y Blaid retrocedió demasiado tarde.

La mano derecha falló al recuperar la espada y la punta rozó la herida de las costillas, oscureciendo otra vez la tela.

Fïrn percibió dolor y rabia, ambos auténticos, junto a algo más difícil de clasificar.

Una certeza demasiado limpia. No tuvo tiempo de perseguirla.

El segundo mastín cambió de objetivo y fue hacia Fïrn.

Paf Paf interceptó la trayectoria, aunque esta vez no intentó golpear directamente al cuerpo.

Descargó el mazo contra la piedra delante de la criatura y la vibración deformó su silueta; durante un instante dejó de parecer un animal y reveló una estructura de líneas oscuras unidas por una luz grisácea. Fïrn escuchó cómo reaccionaba.

—Otra vez. Al suelo.

Paf Paf repitió el golpe y Fïrn encontró la vibración para reforzarla con una nota. La criatura no tenía emoción, pero la sala tenía ritmo y eso bastó para que la forma se dispersara como un reflejo agitado. Paf Paf contempló el resultado.

—Eso pesa mejor.

Fïrn señaló la losa.

—Primera unión.

Paf Paf buscó un ángulo que no obligara a su hombro derecho a soportar todo el esfuerzo y descargó el mazo sobre el soporte. El primer golpe deformó el metal y modificó inmediatamente la vibración. Aria se arqueó. Fïrn ajustó la música a su respiración.

—Otra vez.

El segundo golpe hizo ceder la pieza. Una de las líneas perdió intensidad y aquello suspendido sobre Aria se contrajo con violencia.

El sacerdote que aún cantaba dejó escapar una palabra y Fïrn encontró miedo en él por primera vez.

No necesitó amplificarlo. Le bastó con impedir que volviera a esconderlo bajo la disciplina de la secuencia. La voz empezó a temblar.

—Segunda.

Paf Paf rodeó la losa. Uno de los sacerdotes heridos intentó agarrarlo por la pierna y Ridley lo apartó con el escudo sin obligar al goliat a cambiar de objetivo.

—Sigue.

Paf Paf encontró la segunda unión. El Enmascarado giró hacia él. Por primera vez dejó de concentrarse únicamente en Blaid.

—No.

La lanza salió hacia Paf Paf, pero Blaid interceptó el asta y consiguió desviarla lo suficiente para que la punta pasara junto al hombro del goliat.

—Tus modales empeoran —dijo Blaid.

La máscara volvió hacia él.

—Los tuyos terminaron cuando tomaste lo que no era tuyo.

Fïrn oyó la frase. Ridley también. La cuenta negra era una explicación inmediata. Fïrn vio que Blaid no ofrecía ninguna.

Paf Paf golpeó la segunda unión. El metal resistió, así que cambió ligeramente el ángulo y volvió a hacerlo.

Esta vez apareció una grieta en la base y parte de la vibración empezó a escapar de forma irregular.

Aria gritó. No fue fuerte. Eso lo hizo peor.

Fïrn sostuvo la Armonía sin entrar en su miedo ni en su dolor.

Buscó únicamente la respiración, algo que continuara perteneciendo a Aria y no al mecanismo.

—Escúchame. No sigas el canto. Respira donde puedas.