Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 18
52%

18

—Aria.

El nombre salió de Fïrn con menos voz de la que había utilizado para pronunciar muchas cosas mucho menos importantes.

Ridley todavía mantenía un brazo extendido delante de él, aunque ya no hacía falta sujetarlo.

El primer impulso de correr hacia la losa había desaparecido en cuanto Fïrn comprendió la disposición de la cámara y vio las líneas oscuras que recorrían el suelo desde las paredes hasta el centro.

Aria estaba a poco más de veinte pasos, pero aquella distancia importaba menos que todo cuanto la unía a la piedra.

La había imaginado muerta demasiadas veces para aceptar sin más que verla respirar bastara para tranquilizarlo.

Tenía el cabello apelmazado por sudor y suciedad, el rostro mucho más delgado de lo que Fïrn recordaba y las manos sujetas a ambos lados de la losa.

Una correa cruzaba su cintura y otra inmovilizaba las piernas por debajo de las rodillas.

Aria siempre había resultado difícil de reducir a un solo rasgo: estaba la armonía de aquel cuerpo esbelto y proporcionado, pero también la firmeza del rostro, la atención de los ojos y una manera de ocupar el espacio que hacía que la gente reparara en ella antes de saber por qué.

El cautiverio había castigado todo aquello sin borrarlo.

Cada vez que el canto alcanzaba determinados intervalos, los párpados se le tensaban y un estremecimiento leve recorría el cuerpo.

Fïrn tuvo que obligarse a separar lo que veía de aquello que deseaba encontrar.

Aria respiraba. Por el momento, Fïrn se obligó a quedarse con ese hecho.

Alrededor de la losa había seis figuras encapuchadas.

Cuatro sostenían el canto, una trabajaba junto a un recipiente oscuro y la última permanecía a los pies de Aria con una daga curva apoyada entre ambas manos.

Cerca de las gradas se movían dos criaturas bajas que desde la galería habían parecido perros, pero allí resultaban mucho más difíciles de entender: la forma de sus cuerpos cambiaba según el ángulo, y sus sombras seguían los movimientos con un retraso que ninguna vela podía explicar.

Más atrás esperaba el hombre de la máscara de hueso.

Fïrn percibió que Blaid dejaba de respirar durante un instante.

Fue apenas una pausa, demasiado breve quizá para Ridley o Paf Paf, pero él llevaba meses escuchando las respiraciones de sus compañeros durante combates, huidas y vigilias.

Aquello no se parecía al miedo corriente.

Fïrn guardó el detalle. No podía averiguarlo entonces.

Sobre Aria flotaba aquello. Llamarlo ojo era una simplificación útil y una descripción falsa.

Había una membrana que recordaba a un párpado, una abertura central que sugería una pupila sin llegar a serlo y varios filamentos que descendían hacia la losa, pero ninguna de aquellas partes conservaba tamaño o profundidad durante demasiado tiempo.

Cuando Fïrn concentraba la vista en el borde, el centro parecía alejarse; cuando intentaba percibir el conjunto, tenía la impresión de que una parte se encontraba dentro de la piedra y otra en un lugar que la cámara apenas conseguía rozar.

La semejanza con los símbolos mutilados del templo resultaba imposible de ignorar y, al mismo tiempo, insuficiente para explicar nada.

Fïrn no sintió allí una conciencia semejante a la del semielfo de burdeos que habían encontrado en el camino, ni una emoción sobre la que la Armonía pudiera apoyarse.

Lo que percibió era más elemental: una necesidad desnuda y tan ajena a las relaciones humanas que tardó varios segundos en aceptar la palabra que acudió a su mente.

Hambre. Los encapuchados repitieron la secuencia.

Fïrn prestó atención al patrón en lugar de intentar comprender las palabras.

Las cuatro voces principales no cantaban exactamente al unísono: estaban distribuidas en intervalos que se sostenían unos a otros hasta formar una vibración más estable que cualquiera de ellas por separado.

Cuando la quinta figura vertió parte del contenido del recipiente sobre una ranura abierta en la losa, el líquido desapareció entre las líneas oscuras y Aria se arqueó ligeramente, intentando cerrar los dedos sobre una piedra que no podía agarrar. Ridley acercó la boca al oído de Fïrn.

—¿Qué están haciendo?

La respuesta más sencilla era sacrificio. Hacía unos meses quizá la habría aceptado porque encajaba con lo que veía. Después de Mirasol, Eshvar y demasiadas conclusiones cómodas que habían terminado siendo falsas o incompletas, Fïrn prefirió escuchar otra repetición. Y otra.

—No están cantándole a esa cosa.

Blaid apenas movió la cabeza.

—¿Entonces a qué?

Paf Paf ya había apoyado una mano sobre la piedra de la galería.

Durante el descenso había percibido el mismo comportamiento y allí parecía sentirlo con más claridad: el canto entraba en la sala, las líneas lo recogían y la losa devolvía una vibración distinta, como si la parte antigua del templo funcionara como una enorme caja de resonancia. Fïrn siguió el recorrido.

—Al lugar.

—La piedra responde —añadió Paf Paf.

Ridley miró las líneas que convergían bajo la losa.

—¿Y Aria?

Fïrn tardó antes de contestar.

—Está en medio de todo.

No podía afirmar más, aunque la estructura empezaba a resultarle desagradablemente comprensible.

Aquello no era una canción ceremonial añadida al rito, sino un mecanismo dependiente de relaciones concretas entre voces, respiraciones, piedra y algo más que todavía no conseguía separar.

La Armonía reconocía la lógica aunque él no entendiera el propósito.

Eso significaba que podía romperla. Lo que todavía no sabía era qué más se rompería al hacerlo.

Fïrn siguió escuchando y reparó en que la respiración de Aria quedaba siempre fuera del compás.

Cada vez que el agotamiento la acercaba al ritmo impuesto por los cantores, una de las líneas alrededor de la losa parecía oscurecerse y el objeto suspendido sobre ella descendía una fracción.

No estaban esperando únicamente que las voces coincidieran. Esperaban algo de Aria.

—Necesito otro ciclo.

Ridley lo miró con una impaciencia que no llegó a convertirse en protesta.

—Uno.

Fïrn asintió, pero el hombre de la daga levantó la hoja antes de que terminara la secuencia y Ridley desplazó el peso hacia delante. Fïrn le sujetó el brazo.

—Todavía no.

—Está levantando un cuchillo.

—Y si entramos sin saber qué sostiene esto, podemos terminar nosotros el ritual.

La frase le resultó insoportable porque podía ser cierta. Ridley apretó la mandíbula y se quedó.

El encapuchado apoyó la punta de la daga sobre el brazo de Aria sin cortar todavía y pronunció una frase que Fïrn no comprendió por completo.

Reconoció algunas raíces semejantes a las aparecidas en los registros del antiguo sistema de custodia: entrega, paso, reconocimiento.

Nada suficiente para reconstruir el sentido.

Entonces habló el Enmascarado. No necesitó elevar la voz para imponerse al canto.

—Todavía resiste.

Aria abrió los ojos oscuros. Fïrn estuvo a punto de perder toda capacidad de análisis.

Ella no miró a quienes la rodeaban, sino a un punto situado por encima de todos ellos, como si intentara enfocar algo mucho más lejano que el techo.

Los labios se movieron, aunque ningún sonido alcanzó la galería. El hombre de la daga respondió:

—La marca no acepta.

Ridley se tensó.

—¿Qué marca?

Fïrn negó. No lo sabía. El Enmascarado avanzó un paso.

—Aceptará.

Aquello suspendido sobre la losa se plegó hacia dentro y las líneas del suelo respondieron con una vibración grave que Fïrn sintió a través de las botas. Aria intentó apartarse, aunque las correas apenas permitieron que moviera los hombros.

Fïrn recordó las dependencias superiores: lugares donde personas y objetos habían sido separados, registrados, comprobados y autorizados antes de seguir adelante.

Después recordó la función de Mirasol, los testimonios, las filiaciones y las fichas destinadas a demostrar que una persona era quien decía ser.

El templo era anterior a todo aquello, pero alguien había construido aquellas dependencias en torno a él por alguna razón.

—No están intentando matarla.

Ridley volvió la cara hacia él con una expresión que exigía que corrigiera la frase. Fïrn lo hizo.

—No solo eso. Quieren que el lugar haga algo con ella.

Blaid no apartaba la mirada de la losa.

—¿Qué?

Paf Paf retiró lentamente la mano de la piedra.

—¿Recibirla?

Fïrn pensó en la sangre, la respiración y el lenguaje que había conseguido reconocer.

—Reconocerla. O reconocer algo que lleva.

Ridley miró a Aria.

—¿La están usando como una llave?

Fïrn respiró.

—Puede ser —dijo Fïrn.

Esta vez la palabra no le pareció cobardía.

El sacerdote presionó la daga y abrió una línea roja sobre el brazo de Aria. La sangre descendió hasta la piedra y desapareció en una de las ranuras.

Fïrn escuchó entonces un fallo diminuto, no en la voz de uno de los cantores, sino en su respiración.

Era el más joven. Había perdido el control durante apenas un instante al ver la sangre tocar la losa y, aunque recuperó la nota de inmediato, la Armonía ya había encontrado la emoción.

Miedo. No a ellos. Al resultado. Ese miedo sí podía utilizarlo.

—En el próximo cambio rompo el compás. Cuando intenten corregirlo, entráis.

Ridley asintió.

—¿Quién hace qué?

—Tú llegas hasta Aria y apartas al de la daga. Paf Paf, necesito que observes la losa antes de golpear nada. Si la piedra forma parte del mecanismo, romperla sin entenderla puede ser peor.

El goliat confirmó con un gesto. Blaid seguía mirando al Enmascarado. Ridley siguió su atención.

—Él es tuyo.

La reacción del tiefling fue mínima, pero Fïrn estaba ya seguro de que había algo anterior entre ambos. No era momento de preguntar. El canto regresó al principio de la secuencia.