17 #5
Blaid evitó una hoja. —Excelente momento para confirmarlo.
Fïrn dejó de buscar lo imposible. Cambió el ritmo y utilizó la música como señal para los vivos: una nota corta para la izquierda, dos golpes secos si algo se movía detrás.
Eso sí funcionaba. Paf Paf rompió una cadera, giró el mazo y utilizó el retroceso para desarticular un brazo.
No necesitaba pensar en dolor ni miedo porque aquellas cosas no sentían ninguno de los dos.
Solo importaban peso, equilibrio y uniones.
Eran problemas sencillos, aunque eso no los hacía menos peligrosos.
Uno apareció detrás de Ridley desde un hueco lateral. Fïrn marcó dos golpes sobre la caja del laúd y Ridley se agachó a tiempo para que Blaid cortara la articulación del cuello. El cráneo cayó, pero el cuerpo avanzó todavía dos pasos hasta que Paf Paf lo aplastó contra el suelo.
La pelea duró menos de lo que habría parecido por el ruido. Cuando el último esqueleto dejó de moverse, el osario había perdido parte de su orden y el polvo flotaba bajo la luz como humo seco.
Fïrn respiraba deprisa. —Prefería cuando la gente insultaba de vuelta.
Ridley miró los huesos. —¿Esto estaba aquí antes?
—Los huesos, sí —dijo Fïrn—. Lo que los mueve…
No terminó. Paf Paf se agachó junto a uno de los restos. Entre las costillas había una marca negra parecida a las líneas que habían visto en zonas modificadas del templo, aunque mucho más tenue.
Blaid la observó. —Eso es reciente.
—Entonces los han despertado ellos —dijo Ridley.
Fïrn negó. —O lo que estén haciendo más abajo afecta algo que ya existía.
Paf Paf señaló la mancha. —No sabemos.
El bardo asintió.
—No sabemos.
Encontraron la salida detrás de los estantes del fondo. Un arco estrecho comunicaba con una escalera descendente y, desde allí, el aire traía un olor que Paf Paf reconoció antes de conseguir situarlo. Era dulce de una manera que no encajaba con aquella piedra.
Fïrn se detuvo. —Flores.
Paf Paf recordó Mirasol: el establo, las piedras blancas y el pilón.
Ridley también. —Las mismas.
—Parecidas —corrigió Fïrn automáticamente, aunque su voz había perdido algo de seguridad.
Descendieron. Al principio solo escucharon sus propios pasos. Después apareció una vibración tan tenue que Paf Paf la confundió con agua circulando bajo la roca. Conforme bajaban descubrió que tenía ritmo.
Fïrn fue el primero en detenerse. —Eso es canto.
Ridley bajó aún más la voz. —¿Cuántos?
Fïrn escuchó. —No puedo separarlos todavía.
Blaid miró hacia abajo. —Entonces estamos cerca.
Las huellas de la comitiva seguían allí: cuatro personas cargando, dos libres. En un rellano, Paf Paf encontró otra gota de sangre y una marca alargada producida por algo que había rozado la pared. Continuaron con más cuidado.
La escalera desembocó en una galería que ya no conservaba nada de las dependencias posteriores.
Los muros pertenecían al núcleo más antiguo del templo.
Relieves casi borrados se repetían a ambos lados: figuras enfrentadas, puertas, manos extendidas hacia una forma central que alguien había destruido en casi todas las escenas.
En uno de los paneles, la raspadura no había eliminado por completo el dibujo.
Quedaba una curva superior, otra inferior y un espacio ovalado en el centro.
Paf Paf reconoció la forma antes que nadie.
Fïrn acercó la luz. —Otra vez.
Ridley observó la piedra. —¿El ojo?
—Lo parece —respondió Fïrn—. No puedo decir qué había alrededor.
Blaid no apartó la vista. En varios relieves, algo había atravesado originalmente la figura central o el círculo que la rodeaba, pero los golpes habían destruido precisamente esas zonas y no quedaba suficiente para reconstruirlas.
Fïrn hizo un calco rápido. —Quien borró esto sabía qué partes necesitaba eliminar.
Paf Paf miró hacia la escalera. El canto había ganado volumen.
No era una melodía hermosa ni parecía buscar serlo.
Varias voces repetían una secuencia de sonidos mientras otra, más grave, sostenía intervalos largos.
Cada repetición parecía coincidir con una vibración leve bajo las botas.
Paf Paf se agachó y apoyó la palma sobre la piedra. La sintió.
—El suelo responde.
Fïrn hizo lo mismo. —No al sonido solo.
Blaid miró las líneas antiguas talladas cerca del borde. —Están usando el templo.
Ridley volvió la cabeza. —¿Para qué?
Fïrn negó. —Todavía no lo sé.
A medida que se acercaban aparecían modificaciones nuevas: surcos oscuros trazados sobre los relieves antiguos, pequeñas piezas metálicas insertadas entre bloques y cordones tensados de una pared a otra. No eran reparaciones. Formaban una red.
Fïrn observó cómo una de las líneas negras atravesaba una representación de puerta. —No han montado esto aquí por casualidad.
Ridley siguió la dirección. —¿Lo utilizan como conductor?
—Puede.
Paf Paf volvió a apoyar la mano sobre una losa. El pulso llegaba desde delante y se distribuía por las juntas.
—La piedra lleva el golpe.
Paf Paf no sabía explicar la magia implicada. Solo podía sentir que cada vibración entraba por un punto y se repartía por las juntas, como el golpe de un mazo transmitido a través de una pared demasiado grande para moverse.
Fïrn entendió la implicación. —El templo forma parte de lo que están haciendo.
Blaid añadió: —O fue construido para responder a algo parecido.
Fïrn miró hacia él. —Eso último todavía no podemos saberlo.
Blaid aceptó la corrección.
El canto cambió. Una de las voces subió de tono y la vibración bajo el suelo se volvió más fuerte.
Fïrn cerró los ojos. —Hay alguien respirando fuera del compás.
Ridley lo miró. —¿Qué significa?
—Que no todos los sonidos pertenecen a quienes cantan.
Nadie preguntó más. Avanzaron.
El corredor terminó en una puerta abierta de piedra que daba a una galería semicircular, ligeramente elevada. Desde allí podían mirar hacia un espacio mayor sin entrar directamente. Ridley levantó el puño antes de que nadie cruzara el umbral. Paf Paf se situó junto a él.
La cámara ocupaba el ábside del antiguo templo, alta y mucho más amplia de lo que los corredores permitían imaginar.
Parte de los relieves habían sido cubiertos por telas oscuras, mientras que otros mostraban todavía las mismas zonas raspadas que habían encontrado durante el descenso.
En el centro de la pared curva, por encima de donde antaño debió de alzarse una imagen o emblema, quedaba una marca ovalada rodeada por un círculo incompleto.
Otra vez el ojo. No intacto. No lo bastante claro para saber qué había significado.
Solo lo bastante persistente para que alguien hubiese intentado destruirlo varias veces sin conseguir eliminarlo del todo.
Decenas de velas ocupaban escalones, nichos y soportes metálicos. La cera descendía por la piedra en capas recientes.
En el centro se alzaba una losa. Paf Paf tardó poco en comprender que no pertenecía a la función original del templo.
Era demasiado baja, demasiado ancha y conservaba en los laterales ranuras y marcas parecidas a aquellas plataformas de control que habían visto en las dependencias posteriores.
Alguien la había trasladado o reutilizado, elevándola sobre una base reciente y conectando sus bordes con las líneas negras que recorrían la cámara.
Alrededor había seis figuras encapuchadas.
Cuatro cantaban, una sostenía un recipiente oscuro y la última tenía una daga curva apoyada sobre ambas manos.
Dos formas bajas se movían junto a los escalones.
Paf Paf tardó en comprender que pretendían parecer perros.
Sus cuerpos no mantenían siempre la misma profundidad y las sombras se desplazaban con un retraso que no correspondía a las velas.
Más atrás esperaba una figura alta con máscara de hueso y una lanza estrecha apoyada contra el suelo.
Paf Paf sintió que Blaid se quedaba inmóvil a su lado. No lo miró.
Sobre la losa flotaba algo que el ojo intentaba ordenar sin conseguirlo.
Tenía membranas húmedas, filamentos demasiado finos y una abertura central que recordaba a un párpado mal formado.
A ratos parecía pequeño, apenas mayor que un puño; un instante después ocupaba más espacio sin haber crecido.
Los filamentos descendían hacia la piedra y desaparecían en las líneas oscuras.
No miraba a nadie. Parecía estar buscando dentro de algo.
Paf Paf siguió las líneas hasta la figura tendida sobre la losa.
Una mujer. Tenía las muñecas sujetas a ambos lados y una banda cruzándole la cintura.
El cabello negro, muy largo y ondulado aunque ahora estuviera apelmazado por el sudor, caía sobre un hombro y se extendía contra la piedra.
Bajo la suciedad asomaban restos de una túnica azul medio oscuro, rasgada en varios puntos.
La piel, de tono cálido, parecía demasiado pálida bajo la luz de las velas.
Respiraba con dificultad, fuera del ritmo del canto.
Fïrn avanzó medio paso. Ridley extendió un brazo para detenerlo.
El bardo no pareció notarlo. La mujer movió ligeramente la cabeza y la luz alcanzó por fin su rostro.
Fïrn dejó de respirar. —Aria.