Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 17 #4
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El hombre escupió sangre al suelo.

Blaid se acuclilló frente a él. —Te recomiendo responder mientras las preguntas sigan siendo sencillas.

—No sabéis dónde estáis.

Fïrn se aproximó. —Hace una hora era cierto. Ahora es una afirmación discutible.

Ridley señaló el corredor que descendía. —¿Qué hay abajo?

La sonrisa del prisionero no parecía valentía. Era la expresión de alguien convencido de saber algo que hacía inútil cualquier amenaza.

—Llegáis tarde.

Paf Paf vio cómo la mandíbula de Ridley se tensaba.

—¿Tarde para qué?

El hombre cerró la boca.

Blaid miró al ballestero inconsciente. —Tenemos una segunda opinión.

Ridley negó. —Átalos.

Paf Paf utilizó correas del propio puesto y revisó los nudos hasta quedar seguro de que no se liberarían deprisa.

Al registrarlos encontraron cuchillos, monedas, una llave y pequeñas piezas de madera marcadas con líneas curvas alrededor de un centro ovalado.

Fïrn sostuvo una. El dibujo era más limpio que el de la pared, pero también estaba incompleto.

Alguien había raspado deliberadamente parte de la superficie y la madera mostraba una incisión más reciente atravesando lo que debería haber ocupado el centro.

Ridley se acercó. —Otra vez.

Fïrn comparó la pieza con el calco que acababa de hacer. —La misma forma básica.

Blaid la tomó para examinarla. —Más próxima a un ojo.

Fïrn asintió con cautela. —Sí. Pero sigue faltando parte del símbolo.

Paf Paf miró la pieza. —Lo borran incluso cuando lo usan.

Nadie respondió. La mutilación del emblema inquietó a Fïrn más que un símbolo intacto.

Un signo secreto aún podía servir para reconocerse; uno que sus propios portadores raspaban incluso en sus fichas sugería que ocultar su identidad importaba también dentro del escondite.

Fïrn anotó: Misma iconografía incompleta en la arquitectura y entre los guardias actuales.

Motivo ocular probable. Nombre desconocido.

Ridley revisó el puesto mientras discutían.

Sobre una balda encontró varias tiras de tela negra, un rollo de cuerda y un cuenco con cera todavía blanda. Paf Paf fue hacia el corredor.

El suelo mostraba muchas más huellas de las que esperaba. Se agachó y siguió varias marcas superpuestas hasta distinguir seis patrones, quizá más. Cuatro aparecían acompañados por depresiones repetidas a ambos lados del paso.

Ridley se acercó. —¿Qué tienes?

—Carga.

Fïrn miró el suelo. —¿Qué clase?

Paf Paf siguió las huellas unos metros. Cuatro personas habían caminado más despacio, con los pasos ligeramente abiertos y profundos; las otras se movían libres.

—Cuatro cargaban. Dos no.

Ridley entendió. —¿Una caja?

Paf Paf negó después de mirar las marcas laterales. —Algo en tela o parihuela. Se movía.

Fïrn dejó de escribir. —¿Un cuerpo?

Paf Paf no respondió enseguida. Podía ser una persona y también otra cosa de peso semejante. Un poco más abajo encontró una gota seca junto a una de las pisadas. La tocó con la punta de un dedo y la olió.

—Sangre.

Ridley levantó la cabeza hacia el pasillo. El prisionero del puesto seguía sonriendo.

—¿Cuánto hace? —preguntó Blaid.

Paf Paf observó la gota. —Poco.

Ridley tomó la decisión antes de expresarla. —Seguimos.

A partir de aquel punto avanzaron con otra velocidad.

Ya no tenía sentido detenerse ante cada sala; podían volver si salían con tiempo suficiente.

Paf Paf seguía leyendo el suelo, pero buscaba huellas y mecanismos recientes antes que usos antiguos.

El rastro de la comitiva descendía. Atravesaron dos puertas modernas y una sala donde se acumulaban mantas, recipientes de aceite y varias cajas cerradas.

Fïrn quiso detenerse ante un sello de cera azul, pero Ridley negó con la cabeza y el bardo aceptó sin discutir.

Más abajo, la arquitectura terminó de cambiar.

La parte administrativa quedó atrás. Las paredes dejaron de ser perfectamente rectas y los techos ganaron altura; desaparecieron las plataformas, canales y ranuras diseñadas para clasificar cargas.

La piedra se volvió más oscura, los bloques mayores y el trazado empezó a responder a un eje central.

A ambos lados aparecieron nichos profundos y relieves erosionados que mostraban figuras humanas de perfil, algunas con las manos cruzadas sobre el pecho y otras inclinadas hacia una forma central que había sido destruida.

Fïrn redujo el paso. —Esto es el templo.

Blaid observó uno de los nichos. —Y es anterior a todo lo de arriba.

Paf Paf examinó la unión entre ambas construcciones. La parte administrativa no había sido levantada encima por accidente: un corredor bien terminado conectaba directamente las dependencias posteriores con aquella zona mucho más antigua.

—Construyeron hacia esto.

Fïrn pasó una mano cerca de la pared sin tocarla. —Entonces el templo ya importaba antes de que utilizaran el lugar para transferencias.

Ridley iluminó un relieve. La figura central había sido destruida con más violencia que las demás.

No quedaba rostro ni cuerpo reconocible, solo un hueco profundo rodeado por líneas curvas.

Cerca del borde superior sobrevivía una pequeña forma ovalada.

Paf Paf la observó. Ojo. Otra vez. No dijo nada.

El rastro reciente continuaba hacia abajo.

Encontraron una segunda trampa donde la estructura antigua había sido modificada.

Paf Paf vio primero el cambio en las juntas: una franja completa del suelo estaba formada por piedras más limpias y, en las paredes, varios huecos originales se conectaban ahora mediante tubos recientes. Levantó una mano.

—Esperad.

Blaid se acercó. —¿Presión otra vez?

—No.

Paf Paf siguió el mecanismo hasta una compuerta lateral y varios conductos. En el fondo había restos endurecidos de una sustancia más antigua y, encima, un olor mucho más fácil de reconocer. Aceite.

—Antes hacía otra cosa —dijo.

Fïrn se inclinó. —¿Qué?

—No sé.

Blaid señaló una conexión reciente. —Ahora hace fuego.

Alguien había aprovechado una antigua compuerta de aislamiento y alimentado los conductos con aceite.

Ridley miró la longitud del tramo. —¿Podemos anularlo?

Blaid estudió el cierre. —Quizá.

Paf Paf negó. Había marcas frescas al otro lado. La comitiva había pasado sin activar nada.

—Saben cruzar.

Fïrn examinó el suelo. —¿Secuencia?

Paf Paf volvió hacia las primeras piedras. Dos estaban pulidas por pasos frecuentes y una tercera apenas presentaba desgaste.

—Pisan donde toca.

Pasaron varios minutos reconstruyendo el recorrido. No era un acertijo para visitantes, sino el resultado de evitar piezas concretas del mecanismo. Paf Paf marcó con pequeños trozos de cuerda los puntos seguros.

Blaid fue primero. —Si explota, deseo que quede constancia de que protesté.

—No has protestado —dijo Fïrn.

—Estoy haciéndolo ahora.

Atravesó. Ridley lo siguió y Fïrn pasó tercero.

Paf Paf quedó al final. Al apoyar el último pie notó que una de las piedras descendía más de lo previsto.

El mecanismo respondió. Una compuerta golpeó detrás de él y los orificios de la pared expulsaron fuego.

El corredor se llenó de calor mientras Paf Paf bajaba la cabeza y avanzaba; Ridley volvió hacia él con el escudo levantado y las llamas golpearon metal y piedra con suficiente fuerza para chamuscar tela y barba antes de que el guerrero consiguiera agarrarlo y tirar de él hasta el otro lado.

El fuego se extinguió casi tan rápido como había aparecido.

Fïrn se tocó una ceja. —Creo que sigo teniendo dos.

Blaid olió su propia manga. —Yo he perdido dignidad en cantidades difíciles de calcular.

Paf Paf comprobó el hombro. El tirón había despertado la lesión, pero todavía tenía fuerza en los dedos.

Ridley lo miró. —¿Puedes seguir?

—Sí.

El pasillo posterior estaba cubierto de hollín antiguo y reciente. A un lado había una pared que Paf Paf habría ignorado si Fïrn no hubiese golpeado accidentalmente con el mango del laúd. El sonido fue distinto.

Blaid se volvió. —Otra vez.

Fïrn golpeó con más cuidado. La piedra no devolvió el mismo eco.

Ridley buscó una junta. —Falso.

Paf Paf encontró un punto donde la pared cedía y, al empujar entre los tres, apareció detrás un espacio bajo y largo lleno de huesos colocados en hileras. No había ataúdes; los restos se apilaban sobre estantes excavados y en pequeños montones organizados por tamaño.

Fïrn permaneció en la entrada. —Osario.

Paf Paf miró las filas. Algunos huesos tenían siglos. Otros no.

Ridley vio lo mismo. —¿Entramos?

Blaid estaba examinando el muro opuesto. —El corredor continúa detrás.

No había otra salida visible. Paf Paf avanzó primero.

Los huesos crujieron bajo una corriente de aire que no debería haber existido allí y algo cambió en la disposición del espacio. No fue un sonido concreto, sino una diferencia que el cuerpo reconoció antes que la cabeza. Una de las calaveras que miraba hacia el muro ya no miraba hacia el muro.

Fïrn siguió su atención. —Paf…

La mandíbula descendió. El resto del esqueleto se incorporó.

A su alrededor empezaron a moverse otros.

No había respiración, gruñidos ni voces; solo hueso contra piedra y articulaciones sostenidas por algo que no estaba hecho de músculo.

Ridley desenvainó y Paf Paf adelantó el mazo.

El primero llegó con los brazos extendidos y una hoja oxidada atrapada entre los dedos.

Paf Paf golpeó el esternón de lado, buscando romper la estructura antes que empujarla.

Las costillas cedieron y el cuerpo cayó desmontándose sobre las losas mientras otros dos salían de los estantes.

Ridley partió una pierna antes de que uno pudiera completar el paso y terminó el movimiento con el borde del escudo contra el cráneo.

Blaid empleó menos fuerza: dejaba avanzar a las figuras, desviaba sus trayectorias y cortaba articulaciones donde el hueso ofrecía menos resistencia.

Fïrn rasgueó una nota y esperó. Su expresión cambió.

—No hay nada.

Paf Paf derribó otro esqueleto. —¿Qué?

—Emoción. No encuentro nada a lo que agarrarme.