17 #3
Nadie intentó decidir todavía qué significaba aquello.
No tenían pruebas suficientes para hacerlo.
Fïrn copió la forma incompleta en el diario y escribió debajo: Símbolo original deliberadamente destruido.
Posible motivo ocular. No identificado. Blaid tardó un poco más de lo habitual en apartar la vista.
Paf Paf lo notó. No encontró una razón útil para preguntar. Continuaron.
Las salas siguientes confirmaron que la parte que acababan de recorrer era más nueva que aquello construido alrededor.
Algunas paredes seguían el trazado práctico del antiguo control de cargas, pero otras terminaban contra muros mucho más grandes y oscuros que no respetaban la geometría de las dependencias.
En una estancia parcialmente derrumbada apareció por primera vez algo que no podía confundirse con infraestructura administrativa.
Una hilera de nichos altos recorría el muro oriental.
Cada uno estaba coronado por una pequeña bóveda y, aunque las figuras del interior habían sido arrancadas, aún quedaban pies de piedra sobre las peanas y restos de manos unidas frente al pecho.
En el suelo había fragmentos de rostros sin rasgos, destruidos a golpes.
Fïrn recorrió la sala despacio. —Esto era religioso.
Ridley levantó la vista hacia las bóvedas. —¿Un santuario?
—Más grande.
Blaid observó el eje de la estancia, que continuaba hacia una puerta profunda alineada con los nichos.
—Templo.
Paf Paf miró los restos de las figuras. No había nombre. Ninguna inscripción conservada. Solo huecos donde había habido imágenes y piedra deliberadamente herida allí donde alguien había decidido que un símbolo no debía sobrevivir.
Fïrn examinó una peana. Las letras habían sido raspadas hasta convertirlas en surcos. —No puedo identificar el culto.
—¿Por el tiempo? —preguntó Ridley.
Fïrn negó. —Por alguien.
Ridley no insistió. La parte administrativa había sido levantada después, acomodándose alrededor del templo y utilizando sus accesos, corredores y cámaras más profundas.
Quien hubiera construido las salas de control no había elegido aquella colina por comodidad.
El edificio posterior se había acomodado alrededor de algo que ya existía.
Después, alguien había dedicado tiempo a borrar su identidad.
Paf Paf volvió a pensar en el símbolo incompleto del ojo. No lo dijo.
Más adelante encontraron la primera trampa interior. Una franja completa del suelo estaba formada por piedras más limpias y varias piezas metálicas asomaban en la pared a una altura irregular. Paf Paf levantó una mano antes de que Ridley avanzara.
—Centro no.
Blaid se agachó junto al borde. —Placa de presión.
Fïrn observó las paredes. —¿Fuego?
Paf Paf buscó las salidas del mecanismo y encontró varias hendiduras rectangulares disimuladas entre los bloques.
—Lanzas.
Ridley examinó los laterales. —¿Se puede rodear?
Paf Paf negó. Las franjas junto al muro eran demasiado estrechas y obligaban a apoyar al menos un pie sobre la zona central.
Blaid siguió con la vista una pequeña varilla. —Puedo inmovilizar la transmisión.
—Con la izquierda —dijo Paf Paf.
—Soy consciente de mis manos.
—A veces no.
Blaid lo miró. Fïrn disimuló una sonrisa. El tiefling terminó trabajando desde una abertura junto al suelo y consiguió fijar una de las barras con una pieza de metal.
—No puedo garantizar que sea la única.
Ridley cruzó los brazos. —Eso inspira confianza.
—Si quieres, puedo mentir.
Paf Paf sacó una cuerda, ató una piedra grande y la lanzó sobre las losas centrales. La placa descendió y cuatro lanzas atravesaron el corredor con fuerza suficiente para arrancar fragmentos de la pared opuesta. Una quedó vibrando varios segundos antes de replegarse.
Blaid miró el mecanismo que creía haber bloqueado. —Había otra transmisión.
Paf Paf señaló una segunda ranura. —Sí.
—Podrías intentar parecer menos satisfecho.
Esperaron a que las lanzas se retrajeran y midieron cuánto tardaba el sistema en recuperar posición.
Podían cruzar si lo activaban antes con la cuerda y pasaban de uno en uno durante el intervalo.
Ridley fue primero. Fïrn cruzó después con el laúd bien sujeto al cuerpo y Blaid lo siguió sin apartar los ojos de los orificios.
Paf Paf quedó último, accionó otra vez la placa y atravesó el pasillo mientras las lanzas permanecían extendidas.
El hombro le recordó su existencia al impulsarse al final, pero la molestia cedió en cuanto dejó de cargar peso sobre él.
Al otro lado encontraron la base del mecanismo parcialmente expuesta. Paf Paf había esperado una trampa añadida desde cero; la estructura mostraba algo distinto. Piezas antiguas de una compuerta o cierre habían sido reutilizadas y conectadas a varillas mucho más recientes.
Blaid lo comprendió al mismo tiempo. —No instalaron un mecanismo nuevo. Transformaron uno que ya estaba.
Paf Paf asintió.
Ridley observó la pared. —Entonces conocen el lugar.
—Lo bastante para saber qué conservar y qué convertir en arma —dijo Fïrn.
Fïrn lo anotó.
Los restos humanos aparecieron poco después.
Tres cuerpos llevaban años allí, aunque no tantos como el templo.
Conservaban fragmentos de botas, correas y ropa endurecida por la humedad.
Uno estaba sentado contra una pared, otro había quedado bajo un banco y el tercero permanecía junto a una puerta lateral como si hubiese intentado alcanzarla antes de morir.
Ridley se acercó con cuidado. —¿De cuándo?
Paf Paf examinó el cuero. —Años.
Fïrn estudió los huesos sin tocarlos. —No hay cortes evidentes en los dos primeros.
Blaid señaló una marca oscura en el cráneo del tercero. —Ese quizá tuvo peor suerte.
Paf Paf recorrió el suelo, pero la humedad había borrado demasiado como para reconstruir nada.
Cerca de la mano de uno de los cadáveres había una pequeña pieza de madera.
Fïrn la recogió. El símbolo tallado difería del posible ojo.
Formaba una figura cerrada atravesada por tres líneas, demasiado gastada para interpretarla.
—¿Antiguo?
Paf Paf comparó la madera con los restos de ropa. —Como ellos.
Fïrn guardó la pieza por separado. —Entonces no se la atribuyo a quienes usan esto ahora.
—Bien.
Fïrn levantó las cejas. —Otra felicitación.
Blaid suspiró. —Está perdiendo facultades.
El alivio duró hasta la habitación siguiente.
Alguien la había convertido en puesto de guardia. Había una mesa de madera reciente, dos lámparas de aceite, una manta enrollada y restos de comida. Una hoja protegida con cera colgaba de la pared. Fïrn la leyó mientras Paf Paf examinaba el pan y una pieza de fruta cortada.
—Cuatro nombres. Horas. Parece una distribución de turnos.
Paf Paf tocó la corteza. —Hoy.
Ridley cambió de postura inmediatamente.
Fïrn siguió repasando el documento. —Las dos últimas franjas están vacías. Podrían no haberlas rellenado todavía o corresponder a un relevo que no ha llegado.
Ridley miró hacia el corredor descendente. —Entonces dejamos de registrar cada habitación.
Nadie discutió. El lugar empezó a cambiar a partir de allí.
Los muros seguían siendo antiguos, pero aparecían tablones recientes, cerraduras modernas y lámparas colocadas a intervalos regulares.
Las telas oscuras que cubrían algunos relieves no tenían polvo; las cuerdas estaban tensas y el aceite de varias lámparas seguía caliente.
A esas alturas resultaba difícil seguir llamándolo un templo abandonado. Funcionaba como un escondite en uso.
El primer sonido llegó antes que el primer enemigo: metal rozando cuero, seguido por una frase demasiado baja para entenderla.
Ridley se pegó al muro y Paf Paf ocupó el centro del pasillo, donde su tamaño le permitía cerrar buena parte del acceso.
Dos hombres aparecieron desde una galería lateral.
Vestían cuero reforzado y máscaras de tela que cubrían la mitad inferior del rostro; uno llevaba espada corta y el otro una ballesta ligera.
El ballestero vio a Ridley y disparó sin advertencia.
El virote golpeó la pared cuando Ridley se apartó y, desde ese momento, el corredor dejó poco espacio para decisiones largas. Paf Paf interceptó al espadachín con el mango del mazo y lo obligó a retroceder sin convertir el primer golpe en una muerte.
—¡Vivos! —ordenó Ridley.
Paf Paf habría preferido recibir aquella instrucción un poco antes.
Blaid intentó entrar por el flanco, pero el hombre de la espada era bueno y leyó el primer amago.
Obligó al tiefling a girar con rapidez; la herida de las costillas tiró lo suficiente para que perdiera posición y el adversario lo vio.
Paf Paf también. Introdujo el mango entre ambos y desvió la siguiente estocada.
Blaid recuperó el equilibrio. —Gracias.
—Después.
Fïrn permanecía atrás, atento a algo que los demás no podían escuchar.
Paf Paf conocía ya aquella expresión: no buscaba una nota, sino una emoción a la que pudiera enganchar la Armonía sin inventarla.
El espadachín mantenía demasiado control.
El ballestero no. Ridley lo obligaba a recargar mientras retrocedía y la urgencia hacía que sus manos fueran cada vez menos precisas.
Fïrn rasgueó dos notas y se apoyó en aquella inseguridad ya presente.
—Más rápido. Seguro que así mejoras.
El hombre aceleró. La cuerda se deslizó entre los dedos y Ridley aprovechó el fallo para alcanzarlo con el pomo.
Cayó inconsciente. Fïrn dejó morir la resonancia y un zumbido breve le ocupó el oído izquierdo; no era suficiente para detenerlo, pero sí para recordarle que la Armonía seguía cobrando cada intervención.
El espadachín intentó replegarse hacia una puerta lateral, pero Blaid cerró el paso y Paf Paf golpeó el suelo justo delante de sus pies, obligándolo a corregir la zancada.
Ridley entró por detrás y utilizó el escudo para derribarlo.
Paf Paf le quitó el arma antes de que pudiera recuperar aire.
Ridley se agachó. —¿Quién eres?