Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 17 #2
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17 #2

Blaid lo vio. —Lo has felicitado.

—No.

—Has asentido.

—Asentir no es felicitar.

—Para ti roza el afecto.

Fïrn sonrió mientras guardaba el calco.

La explanada permitía comprender mejor la escala de lo que había existido allí.

Bajo raíces y musgo quedaban zonas reforzadas para soportar peso, restos de dos edificios laterales y parejas de pilares bajos que probablemente habían sostenido alguna cubierta.

Una línea de piedras más pequeñas recorría el borde oriental formando una canalización que todavía llevaba parte del agua de lluvia hacia el barranco.

Paf Paf caminó despacio, intentando reconstruir el uso antes que la forma.

Los carros podían entrar, detenerse bajo una cubierta y descargar sin bloquear el paso.

Las personas tendrían espacio para esperar junto al arco.

El muro de roca al fondo no era una frontera natural, porque la calzada terminaba justo delante de él.

—Aquí llegaban muchas cosas —dijo Ridley.

Paf Paf señaló las plataformas. —Y esperaban.

Fïrn recorrió los pilares. —Lo que encontraban aquí no era solo una parada.

Blaid miró el muro de roca. —Era una entrada.

Paf Paf avanzó hacia el centro y retiró el pie antes de completar el paso. Había sentido un movimiento mínimo bajo la bota, apenas un descenso de la losa, pero demasiado uniforme para ser piedra suelta. Se acuclilló, apartó barro de la junta y dejó visible una pieza metálica casi sin corrosión.

Ridley se acercó. —¿Qué?

—Esto no es antiguo.

Blaid se quedó en el borde. —¿Trampa?

Paf Paf buscó antes de responder. Encontró una segunda pieza y después una tercera, todas conectadas bajo la losa y orientadas hacia uno de los muros.

—Sí.

Fïrn observó la posición. —Está donde se detendría el carro.

Paf Paf asintió. Aquello era peor que encontrar una defensa en un paso estrecho: estaba diseñado para aprovechar el comportamiento normal de quien conociera la instalación.

Entrar, detenerse donde siempre se había detenido y esperar.

Blaid siguió el recorrido del mecanismo hasta una abertura pequeña en el muro.

Dentro había conductos y una varilla de transmisión mucho más reciente que la piedra. Acercó la cara.

—Aceite.

Paf Paf comprobó el olor y encontró, en una grieta protegida de la lluvia, restos de ceniza y una mancha negra bajo uno de los orificios.

—Lo han usado.

Ridley miró la losa. —¿Para quemar a quien entra?

—O a quien sale —dijo Blaid.

Nadie desarrolló la idea.

La puerta excavada en la roca estaba reforzada con bandas metálicas y encajada directamente en la pared. El mecanismo original parecía pensado para resistir presión desde ambos lados, aunque la cerradura había sido sustituida hacía relativamente poco.

Blaid contempló el cierre. —Por fin una parte del viaje que justifica mi educación.

Paf Paf señaló la cerradura. —No rompas nada.

Blaid apoyó una mano en el pecho. —Me ofendes.

—En Eshvar pateaste una puerta.

El tiefling tardó un instante.

Fïrn frunció el ceño. —¿Cuándo?

Paf Paf intentó situar la imagen y no pudo. Recordaba a Blaid frente a puertas, cerraduras y barrotes; recordaba golpes, carreras y huidas. La patada, en cambio, se negaba a ocupar un momento concreto.

—Otra puerta —dijo finalmente.

Blaid sonrió apenas. —Me tranquiliza descubrir que incluso tu memoria improvisa.

Paf Paf no respondió, aunque la pequeña equivocación siguió molestándolo mientras Blaid se arrodillaba para trabajar.

La mano derecha del tiefling funcionaba suficientemente bien para sostener una herramienta, pero fallaba cuando necesitaba mantener tensión durante demasiado tiempo.

Después de dos intentos cambió a la izquierda sin esperar comentario.

Paf Paf seguía mirándolo. —No —murmuró Blaid.

—No he dicho nada.

—Lo estás haciendo con mucha claridad.

La cerradura cedió después de varios minutos, pero la puerta se desplazó apenas un palmo antes de quedar bloqueada.

A través de la abertura, Paf Paf distinguió una barra metálica apoyada desde dentro.

Entre él y Ridley consiguieron ganar algo más de espacio empujando con el hombro izquierdo, y Blaid introdujo el brazo para levantar el bloqueo.

Cuando la puerta terminó de abrirse salió un aire frío y húmedo cargado con olores que no pertenecían todos a una construcción cerrada: aceite, cera, madera mojada y restos de algo vegetal quemado. Ridley desenvainó. Paf Paf ajustó las manos alrededor del mazo y entraron.

El primer corredor descendía suavemente bajo la elevación.

Las paredes estaban mejor conservadas que el exterior y mostraban una regularidad suficiente para distinguir enseguida cualquier modificación posterior.

A ambos lados aparecían pequeños nichos, algunos acompañados por hendiduras verticales, y en varios quedaban restos oscuros de antiguos soportes.

Fïrn acercó la luz a uno. —Lámparas.

Blaid miró más adelante. —Todavía las usan.

Había luz al fondo, poca, pero suficiente para confirmar que alguien mantenía velas o lámparas encendidas.

Ridley avanzó primero mientras Paf Paf se mantenía lo bastante cerca para cubrirle el costado.

Blaid caminaba detrás, atento a paredes y suelo; Fïrn cerraba el grupo con el cuaderno guardado y una mano cerca del laúd.

El corredor desembocó en una sala alargada dividida por columnas bajas.

Había bancos de piedra junto a las paredes y varias plataformas rectangulares en el centro, todas demasiado bajas para ser mesas cómodas.

Cerca del extremo opuesto, cuatro huecos cuadrados marcaban el lugar donde alguna vez había estado fijado un mueble.

Paf Paf pasó una mano por uno de los bancos.

El desgaste se concentraba en el borde, donde muchas piernas habían rozado la piedra durante años.

Fïrn entendió lo mismo. —Esperaban aquí.

Ridley señaló las plataformas. —¿Y eso?

Paf Paf se acercó a una. Tenía dos ranuras paralelas y restos metálicos en uno de los extremos.

—Carga.

Blaid recorrió la distribución desde la entrada. —Personas junto al muro, objetos en el centro y alguien registrando delante.

Fïrn levantó la mirada hacia los huecos cuadrados. —Una mesa.

—Probablemente.

Ridley recorrió la estancia. —Entonces las dependencias posteriores servían para controlar lo que entraba.

Fïrn asintió. —O para decidir qué podía seguir avanzando.

No intentaron poner nombre a aquella parte del complejo. La función se entendía mejor que su historia.

En una de las paredes, Fïrn encontró restos de inscripción debajo de una capa de suciedad. Trabajó con luz lateral para no tocar más de lo necesario y consiguió recuperar fragmentos de varias palabras.

—Aquí podría decir procedencia. Esto otro quizá sea testimonio. Al final hay algo que empieza como entreg…

Ridley se acercó. —¿Como Mirasol?

—No puedo decir eso. Se parece a categorías que vimos allí, pero pueden significar muchas cosas.

Paf Paf observaba la sala mientras ellos hablaban.

La separación de espacios le interesaba más que las palabras.

Había un recorrido obligado: entrar por un punto, dejar la carga en otro y esperar hasta que alguien decidiera qué ocurría después.

La disposición se parecía demasiado a una administración para ser casual.

Al menos, hasta donde podían demostrarlo.

La estancia siguiente estaba parcialmente hundida. Una raíz gruesa había atravesado la bóveda y desplazado varios bloques, pero entre los escombros aparecían señales de uso reciente: trozos de cuerda cortada, restos de embalaje, paja y manchas de cera azul. Blaid recogió un fragmento.

Ridley reconoció el color. —Transferencias Extraordinarias.

Fïrn examinó otra gota adherida a una caja. —Compatible con la misma mezcla.

—Compatible —repitió Ridley.

—Me niego a regalarte una certeza solo porque te guste más.

Paf Paf ya estaba junto a la caja. La madera era mucho más reciente que el edificio y una de las paredes se había partido hacia fuera. En el interior había arañazos profundos y una correa roída hasta dejar apenas unas fibras.

Ridley se inclinó. —¿Persona?

—Pequeña.

Fïrn observó las marcas. —¿Animal?

Paf Paf señaló los arañazos. —Uñas. También dientes.

Blaid contempló el interior. —Algo vivo y muy poco satisfecho con el transporte.

—Eso sí podemos afirmarlo —dijo Fïrn.

Junto a la caja había otras dos cerradas y, sobre la pared, una sucesión de marcas antiguas casi borradas.

No eran letras. El relieve había sido golpeado y raspado con intención suficiente para destruir la mayor parte de las figuras, y en algunos puntos alguien había utilizado una herramienta distinta para profundizar precisamente donde antes había estado el centro del diseño.

Fïrn levantó la lámpara. —Esto no es desgaste.

Ridley se acercó. La pared conservaba apenas curvas fragmentarias alrededor de una zona ovalada, cruzadas por arañazos de cincel. Por debajo, dos líneas supervivientes se curvaban hacia extremos opuestos antes de desaparecer bajo una raspadura posterior.

Paf Paf inclinó la cabeza. —Ojo.

Fïrn no respondió enseguida. Movió la luz. Visto desde otro ángulo, la impresión desaparecía. Desde un poco más abajo, las líneas volvían a sugerir la forma de un ojo encerrado dentro de algo circular. No quedaba suficiente para reconstruir el símbolo completo. La destrucción parecía deliberada.

—Puede haber sido uno —dijo al fin—. Alguien se aseguró de que ya no pudiéramos saberlo bien.

Ridley observó los golpes. —¿Antiguo?

Blaid se acercó sin tocar la pared. —El relieve sí. Las raspaduras no todas.

Había zonas envejecidas y otras donde la piedra rota mostraba un color ligeramente distinto.

Paf Paf miró las cajas recientes. —Siguen borrándolo.