Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 17
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Paf Paf desconfiaba de los caminos que desaparecían sin motivo.

Un sendero podía perderse porque dejaba de ser necesario, porque una crecida se hubiese llevado parte de la ladera o porque nadie quisiera seguir gastando esfuerzo en mantenerlo.

También podía quedar enterrado bajo raíces y barro durante generaciones, pero incluso entonces la piedra conservaba alguna explicación de para qué había servido.

El Camino Roto llevaba demasiadas horas diciéndoles que no estaba muerto.

A veces se hundía bajo la tierra hasta que solo quedaba visible el borde de una losa; otras reaparecía entero durante veinte o treinta pasos, con los antiguos desagües todavía inclinados en la dirección correcta y grandes bloques laterales impidiendo que el suelo se deslizara hacia las zonas pantanosas.

Allí donde una raíz había levantado el firme, alguien había rellenado el hueco con grava más reciente, y en dos puntos habían reforzado las cunetas con madera que no podía tener más de unos pocos años.

El mantenimiento era escaso para un camino vivo, pero excesivo para una ruina olvidada.

El carro les permitió comprobarlo mejor.

Tordo y Rodado avanzaban sin demasiadas dificultades mientras la calzada mantenía su anchura y las ruedas encontraban una superficie más firme bajo el barro.

Paf Paf caminaba casi siempre junto a los animales, atento tanto a las piedras como al tiro.

Habían comprado un carro útil, no uno indestructible, y prefería descubrir una raíz levantada antes de que el eje lo hiciera por él.

A la mañana siguiente, después de una noche húmeda y sin incidentes junto al Camino Roto, la calzada llevaba ya varias horas bajo sus botas cuando se dividió.

El trazado principal continuaba hacia el sur aprovechando una franja de terreno más elevada, mientras que una segunda vía descendía por la izquierda entre helechos y raíces.

Estaba tan cubierta de vegetación que Ridley avanzó varios pasos antes de advertir que Paf Paf había detenido a los burros.

—¿Qué has visto?

Paf Paf apartó los helechos con el mango del mazo.

Bajo ellos aparecieron dos franjas estrechas de piedra casi paralelas, separadas por tierra compactada y hojas húmedas.

Las raíces habían deformado parte del trazado, aunque todavía podían reconocerse los hundimientos producidos por ruedas que habían repetido la misma entrada muchas veces.

—Carros.

Fïrn sacó el cuaderno y repasó las notas de Eshvar mientras Blaid se acercaba sin pisar la derivación.

—Los registros situaban el destino de aquellas transferencias antes de que la ruta volviera a acercarse al Arvennor. Si utilizaban esta calzada, debería de estar por esta zona.

Ridley miró hacia abajo. —Si utilizaban esta calzada.

Fïrn alzó los ojos. —Empiezo a apreciar mucho tus aportaciones.

—Entonces aprende de ellas.

Paf Paf dejó que discutieran mientras examinaba el terreno.

Las rodadas antiguas servían para entender el camino, pero encima había señales más útiles: una huella cuyo borde de barro seguía firme, otra deformada por un resbalón y varias hojas arrancadas de una raíz a la altura de una bota.

Un poco más abajo encontró una marca distinta, estrecha y alargada, quizá producida por el extremo de una carga o de un bastón.

Ridley siguió su mirada. —¿Recientes?

—Unos días —dijo Paf Paf.

Blaid observó las pisadas. —¿Cuánta gente?

—Más de una —respondió Paf Paf.

—Eso elimina la posibilidad de un ermitaño extraordinariamente activo.

Paf Paf negó. —Puede ser el mismo grupo varias veces.

Fïrn guardó el cuaderno. —O varios grupos.

—También —admitió Paf Paf.

Ridley se volvió hacia el carro. Tordo mordisqueaba una rama baja mientras Rodado intentaba alcanzar la misma desde el otro lado sin admitir que aquello constituía una competición.

—¿Entra?

Paf Paf estudió la pendiente antes de responder.

Desde arriba parecía razonable, pero las raíces reducían el espacio entre las antiguas rodadas y había puntos donde un carro tendría que girar sobre piedra húmeda con una rueda casi fuera del firme.

Podían obligarlo a bajar. Sacarlo deprisa sería otra cosa.

—No.

Ridley asintió.

Buscaron un lugar donde dejar a los animales y encontraron los restos de una pequeña estructura a pocos minutos de la bifurcación.

Quizá había sido un cobertizo o refugio de viajeros: conservaba parte de un tejado bajo y una pared gruesa orientada hacia el norte.

El interior estaba seco, el suelo no mostraba pisadas recientes y las ramas permitían ocultar buena parte del vehículo desde la calzada.

Paf Paf recorrió primero el perímetro, comprobó el estado de los árboles cercanos y eligió dos raíces anchas donde las cuerdas no pudieran enredarse.

Dejó agua suficiente para varias horas, apartó del alcance de los burros una mata que no reconocía y comprobó dos veces el freno del carro antes de aceptar que no iba a marcharse solo.

Fïrn contempló los odres. —Eso es mucha agua.

—Puede tardar.

—¿Quién?

Paf Paf señaló vagamente hacia abajo.

Fïrn siguió el gesto. —Ah. Nosotros.

Blaid dejó parte de su carga bajo la lona. —Conviene celebrar que ha decidido incluirnos en la planificación.

Ridley repartió lo que llevarían consigo.

Dejaron mantas, grano, buena parte de la comida y todo aquello que solo serviría para estorbar en un espacio estrecho; conservaron cuerda, vendas, agua, una selección de medicinas, herramientas, armas y los papeles que Fïrn se negó a abandonar.

Blaid mantuvo la cuenta negra oculta bajo la capa.

Paf Paf no prestó atención al gesto. El tiefling siempre elegía qué cosas llevaba cerca del cuerpo y cuáles dejaba en una bolsa.

Lo que sí comprobó fue su propio hombro derecho antes de colocarse el mazo.

El dolor seguía allí, aunque ya no se parecía al de Beregost. Había perdido intensidad y ganado precisión: sabía qué movimiento lo despertaba, hasta dónde podía levantar el brazo y cuánto peso podía sostener antes de que la molestia empezara a descender hacia el codo.

No le gustaba convivir con una herida, pero conocía la diferencia entre una herramienta dañada y una herramienta inútil.

El hombro todavía le servía, y por ahora eso bastaba.

Entraron por la derivación. El descenso era más pronunciado de lo que parecía desde arriba y los obligó a caminar despacio durante los primeros tramos.

Conforme avanzaban, la vegetación dejaba a la vista partes de una infraestructura difíciles de apreciar desde la calzada principal: canaletas profundas, pequeños muros de contención, zonas rellenadas con grava y piedras colocadas para impedir que el agua cruzara las rodadas.

Ridley bajaba sin cojear, pero evitaba alargar demasiado la zancada cuando el terreno tiraba del muslo herido. Fïrn acabó caminando detrás de Paf Paf.

—¿Todo esto es original?

El goliat señaló con el mazo un muro que cortaba una pequeña pendiente.

—Eso no.

—¿Por qué?

—Piedra distinta. Mortero distinto.

Fïrn se acercó. —Ahora que lo dices parece evidente.

—Ahora que te lo ha dicho —añadió Blaid.

—La pedagogía sería más agradable sin ti.

Paf Paf pasó los dedos por una junta. El mortero había envejecido lo suficiente para endurecerse y agrietarse, pero no presentaba la erosión del resto del camino. Las raíces más pequeñas lo rodeaban en vez de atravesarlo.

Ridley se agachó a su lado. —¿Cuánto?

—Años. No siglos.

Blaid miró hacia la senda que descendía. —Entonces siguieron utilizando esto mucho después de que la ruta desapareciera de los mapas.

Fïrn abrió el cuaderno. —O desapareció de los mapas precisamente porque alguien quería seguir utilizándola.

Ridley volvió hacia él. —Eso es una interpretación.

Fïrn dejó la pluma suspendida un instante y terminó anotándolo en otra línea. —Y la dejaré comportarse como tal.

Más abajo aparecieron marcas practicadas en algunos árboles a una altura constante, siempre en el lado que miraba al sendero. Eran cortes viejos hechos con herramienta, y en varios puntos la vegetación había sido podada para conservar un paso suficientemente ancho.

Paf Paf midió la distancia con la vista. —Carga alta.

—¿Carros cubiertos? —preguntó Ridley.

—O cajas.

Blaid levantó la cabeza hacia las ramas. —Quienquiera que usara esto no improvisaba el transporte.

Fïrn volvió a sacar el cuaderno. —¿Puedo escribir eso o también es una interpretación peligrosa?

—Puedes escribir que hay marcas —dijo Ridley—. Después escribes lo que crees.

Fïrn lo miró con sorpresa fingida. —Eso ha sonado casi razonable.

—No te acostumbres.

La primera estructura completa apareció tras un recodo.

Un arco bajo de piedra gris ocupaba el espacio entre dos muros casi cubiertos por vegetación.

No tenía ornamentación ni inscripción visible, pero la anchura dejaba claro que estaba pensado para el paso de carros.

Las antiguas hojas habían desaparecido y solo quedaban las ranuras donde habían encajado, además de dos cavidades rectangulares situadas en las jambas a una altura cómoda para una persona.

Ridley observó el conjunto. —¿Control?

Paf Paf no respondió de inmediato. Siguió con la mirada los dos carriles de piedra que atravesaban el arco.

Al otro lado se abrían hacia una explanada, pero antes había una plataforma lateral, lo bastante ancha para varias personas y elevada apenas un palmo sobre el firme.

Señaló primero las rodadas y después la plataforma.

—Carro entra. Se detiene. Alguien espera ahí.

Fïrn miró las cavidades de las jambas. —¿Para mostrar algo?

—Puede.

Blaid rozó el borde de una sin introducir los dedos. —Sello, placa, ficha… cualquier objeto que necesitara colocarse a una altura visible.

Fïrn sacó uno de los calcos realizados en Mirasol. —Las fichas de reconocimiento no caben.

Paf Paf apenas tuvo que comparar. —No.

—Pero la función podría parecerse.

Ridley cruzó los brazos. —Podría.

Fïrn hizo una pequeña marca junto a la anotación. —Hipótesis.

Paf Paf asintió.