Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 16 #4
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La hoja era corta y ligeramente curva, más oscura cerca de la empuñadura, donde varias incisiones diminutas desaparecían bajo una tira de cuero ennegrecido.

Blaid no reconoció los símbolos y tampoco percibió un efecto mágico evidente, aunque la Presencia reaccionó dentro de él con una atención súbita que le desagradó precisamente porque no iba acompañada de ninguna explicación.

—¿Qué es? —preguntó.

—Algo que necesitarás si decides continuar.

Blaid no bajó la espada. —Acabas de dedicar bastante tiempo a explicarme que no debo continuar.

—Y no has escuchado.

—Eso no convierte un cuchillo anónimo en un argumento mejor.

La máscara permaneció inmóvil. —Déjalo aquí, entonces.

La respuesta consiguió que Blaid mirara otra vez la daga.

—¿Para qué sirve?

—Todavía no lo sabes.

—Esa era la parte que pretendía corregir.

El Enmascarado no respondió. Blaid sintió de nuevo aquella expectación difícil de separar de la Presencia, como si algo dentro de él hubiese reconocido una pregunta mucho antes de que pudiera reconocer la respuesta.

—¿Quién la hizo?

Silencio.

—¿A quién pertenecía?

Nada. Blaid sonrió sin humor.

—Admiro la constancia de tu inutilidad.

Una ráfaga agitó las ramas altas y dejó caer agua acumulada desde las copas. Blaid cerró los ojos apenas un instante para evitar una gota.

Cuando volvió a mirar, el espacio entre los árboles estaba vacío. No había visto al Enmascarado marcharse.

Permaneció unos segundos en el mismo sitio, escuchando, antes de acercarse al objeto. No lo tocó directamente. Utilizó la punta de la espada para terminar de apartar la tela y examinó la hoja bajo la escasa luz del campamento.

No reconoció el metal. Las marcas de la empuñadura tampoco correspondían a ningún sistema arcano que recordara y la Presencia seguía atenta de una manera que hacía difícil ignorarla.

Eso constituía una razón excelente para dejar la daga donde estaba.

También una razón excelente para llevársela.

Blaid se agachó, cerró de nuevo el paño alrededor del arma y la recogió evitando tocar el metal con la piel.

La guardó bajo la capa, separada del resto del equipo.

Cuando volvió hacia el campamento se detuvo antes de alcanzar el carro.

Ridley le había pedido expresamente que despertara al grupo si ocurría algo extraño.

Una aparición enmascarada que conocía su nombre, sabía adónde se dirigían y acababa de entregarle un arma desconocida cumplía aquella definición con una generosidad difícil de discutir.

Blaid empezó a construir las razones para guardar silencio de todas formas.

La advertencia no aportaba nada que pudieran comprobar.

El hombre se había negado a dar un nombre, una función o una explicación útil, y despertar a todos solo añadiría otra amenaza imposible de medir a una lista que ya era demasiado larga.

Eso fue lo que se dijo. La explicación resultaba razonable.

Demasiado razonable. No despertó a nadie.

Cuando Fïrn apareció para relevarlo, llevaba el cabello aplastado de un lado y una expresión de profundo resentimiento hacia la madrugada.

—¿Algo?

Blaid sintió el peso pequeño de la daga bajo la capa. Miró hacia los árboles. —Nada que haya dejado huellas.

Fïrn bostezó. —Eso es sospechosamente específico.

—Es tarde.

—También es una respuesta sospechosamente mala.

Blaid señaló las brasas. —Había animales.

—Siempre hay animales.

—Entonces ya tenemos explicación.

Fïrn lo observó unos segundos, pero el cansancio terminó venciendo a la curiosidad. —Duerme.

Blaid obedeció sin mencionar al Enmascarado. Tampoco mencionó la daga.

Al amanecer de la segunda jornada, la niebla cubría la calzada hasta la altura de los tobillos.

Paf Paf encontró las brasas casi muertas y las reavivó lo justo para calentar agua mientras desmontaban el campamento.

La noche húmeda había dejado las lonas cubiertas de pequeñas gotas y el goliat comprobó primero las cajas de medicinas, después las ruedas del carro y por último las patas de ambos animales. Ridley revisó la dirección con Fïrn.

Blaid ajustó su equipo. El corte de las costillas empezaba a cerrar, aunque la piel tiraba cada vez que levantaba el brazo.

El paquete del anillo seguía donde lo había guardado; no tuvo que tocarlo para comprobarlo porque la Presencia llevaba horas recordándole su proximidad.

Ridley habló antes de que pudiera pensarlo demasiado.

—¿Listo?

Blaid dejó caer la mano. —Siempre.

Paf Paf resopló. —Mentira.

—Qué agradable empezar el día rodeado de confianza.

Fïrn guardó el mapa improvisado. —Podemos incluirlo en la próxima garantía.

Retomaron el Camino Roto. Con luz suficiente, la calzada reveló más de lo que habían visto la víspera.

Había viejos desagües tallados entre los bloques, pequeñas plataformas laterales y bases de piedra donde alguna vez debieron levantarse postes o estructuras de madera.

Paf Paf detuvo el carro ante una de ellas.

—Carga.

Ridley miró alrededor. —¿Un almacén?

—O control.

Fïrn abrió el diario. —¿Por qué?

El goliat señaló el suelo. —Aquí esperaban carros. Allí pesaban.

Blaid observó el trazado. Una depresión rectangular aparecía junto al borde de la vía. —Podría haber habido una báscula.

Ridley miró hacia el bosque. —Entonces esto no era solo un camino.

Fïrn escribió. —Custodia, traslado de materiales…

Blaid lo miró. —No concluyas todavía.

Fïrn levantó la vista. —No lo estaba haciendo.

—Excelente. El mundo mejora.

Continuaron.

El bosque empezó a cerrarse de verdad durante la tarde. No hubo un punto exacto en que pudieran afirmar que habían cruzado una frontera; simplemente los troncos crecieron más juntos, la luz se fragmentó entre las copas y la humedad dejó de abandonar la piel.

Aparecieron serpientes talladas en ramas bajas, distintas de las del puesto.

Algunas estaban tan erosionadas que apenas conservaban forma, mientras que otras parecían recientes y llevaban pequeñas cuentas de hueso o fragmentos de metal verde.

Fïrn alargó una mano hacia una. Paf Paf habló sin mirarlo.

—No —dijo Paf Paf.

El bardo retiró los dedos. —Solo quería verla.

—Ya la ves.

Blaid sonrió. —La investigación rigurosa encuentra otro límite.

Más adelante vieron señales de vida menos rituales: cortes recientes en la corteza para extraer resina, una cuerda vieja tendida entre dos troncos, restos de un pequeño refugio y huellas de botas que se apartaban de la calzada antes de regresar varias decenas de pasos después.

Las huellas bastaban para demostrar que el bosque no estaba vacío, aunque sus habitantes evitaran la calzada.

Paf Paf se detuvo junto a un poste bajo del que colgaban tres huesos pequeños. Ridley frunció el ceño.

—¿Otra advertencia?

Blaid examinó el nudo. —Seguramente.

—¿De qué?

—Han decidido conservar la parte interesante.

Paf Paf observó el barro al otro lado. —Pasa gente.

—¿Reciente?

—Sí.

Fïrn abrió el diario. —Tránsito reciente por una ruta que casi ha desaparecido de los mapas…

Se quedó un momento mirando el papel. Blaid reparó en ello.

—¿Qué?

—Nada. Pensaba si el lugar al que vamos habrá tenido alguna vez un nombre que podamos encontrar.

Blaid recordó la máscara. Podía contarles lo ocurrido entonces. No lo hizo.

El sonido del agua apareció cerca del mediodía, aunque esta vez no pertenecía al Arvennor. Era un cauce secundario, rápido y estrecho, que atravesaba la calzada mediante una conducción de piedra todavía funcional. Fïrn se agachó.

—Esto sigue trabajando después de siglos.

Paf Paf examinó las juntas. —Alguien lo repara.

Blaid se acercó. Había mortero nuevo entre dos bloques, no de aquella semana, pero tampoco antiguo. Ridley también lo vio.

—Entonces alguien no solo usa el camino.

Fïrn terminó la idea. —Lo mantiene.

Aquella observación cambió el tono del resto de la marcha.

Hasta entonces habían seguido restos de una infraestructura medio muerta; ahora sabían que alguien la conservaba, no lo suficiente para devolverla a los mapas ni para impedir que el bosque avanzara sobre ella, pero sí para mantener funcionales las partes que todavía necesitaba.

La calzada giró alrededor de una elevación baja y empezó a descender. Paf Paf se adelantó con el carro, buscando las zonas donde las raíces podían obligarlos a descargar, mientras Blaid caminaba algo más atrás.

No había hablado del enmascarado ni de la advertencia. Los otros seguían creyendo que el anillo estaba perdido. Guardaba ya tres silencios distintos y todavía podía justificar cada uno por separado. Empezaba a preocuparle la facilidad con que podía hacerlo.