Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 16 #3
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Fïrn apoyó los codos sobre las rodillas. —Tal vez no tenga que cambiar nada hoy.

Ridley lo miró. —¿Tú qué piensas?

Fïrn tardó más de lo habitual. —Pienso que llevo demasiadas horas escuchando miedo, orgullo y vergüenza de otros como para estar seguro de cuáles son míos.

Aquello eliminó cualquier posibilidad de una respuesta sencilla. Blaid miró al bardo. Tenía el rostro más cansado que aquella mañana.

—Cuando el hombre huyó —continuó Fïrn— sentí su miedo y después su vergüenza. Cuando Blaid lo alcanzó, desaparecieron de golpe. No sé explicar todavía qué parte de aquello se quedó conmigo.

Ridley bajó la mirada. —No deberías haber tenido que hacerlo.

—Tú tampoco.

—No es lo mismo.

Fïrn pensó. —No. Pero tampoco porque una cosa sea limpia y la otra no.

Blaid encontró aquella frase desagradablemente adecuada. Seguía mintiéndoles. Llevaba el anillo bajo la ropa mientras discutían sobre decisiones comprensibles que no se convertían por ello en decisiones correctas. Paf Paf removió las brasas con un palo.

—Mañana seguimos.

Ridley asintió y nadie intentó convertir la conversación en una conclusión.

Más tarde repartieron las guardias. Ridley haría la primera, Blaid la segunda, Fïrn la tercera y Paf Paf se levantaría antes del amanecer.

—Puedo hacer la segunda —dijo el goliat.

Ridley negó. —Tu hombro necesita descansar.

—Tu cabeza también.

Fïrn tosió para ocultar una risa. Ridley lo miró. —Blaid hace la segunda.

—Cobarde —murmuró Fïrn.

—Tú haces la tercera.

—Retiro lo dicho.

Blaid comió el último trozo de pan sin intervenir.

Le convenía la segunda guardia. Tendría silencio, podría comprobar el borde del campamento y averiguar si alguien utilizaba la vieja calzada después de medianoche.

También podría pensar sin tres personas observándolo.

Reconoció esa razón en cuanto apareció y decidió no examinarla demasiado.

Ridley lo despertó varias horas después.

—Nada. Un zorro, dos veces.

Blaid se incorporó. —¿El mismo?

Ridley pensó. —Espero que sí.

El campamento se había convertido en una colección de volúmenes oscuros bajo el toldo y alrededor del carro.

Isa’ak dormía cerca de una rueda; Elis’eo, al otro lado, parecía considerar importante mantener cierta distancia incluso durante el descanso.

Paf Paf permanecía junto a ambos y Fïrn estaba envuelto en una manta con un brazo fuera y el diario debajo del codo.

Blaid pensó en apartarle el cuaderno antes de que lo deformara y decidió que había cierta justicia en dejarlo así. Ridley recogió su manta.

—Despiértame si ocurre algo raro.

—Esa suele ser la función de una guardia.

—Blaid.

—Sí.

Ridley lo observó durante un momento. —Si pasa algo extraño, no decidas tú solo si merece la pena despertarnos.

Aquello consiguió que Blaid lo mirara. Ridley ya se estaba tumbando.

—Qué concepto tan poco elegante tienes de mí.

—Te conozco.

—Eso es discutible.

Ridley no respondió. Blaid se alejó varios pasos de las brasas.

Durante la primera media hora no ocurrió nada.

El bosque no estaba silencioso, y eso resultaba casi tranquilizador: insectos entre las hojas, movimientos pequeños sobre la tierra húmeda y un ave nocturna que repetía una llamada de dos notas desde algún punto hacia el sur.

Empezó a separar los sonidos como acostumbraba.

Una rama cedía bajo poco peso, el agua corría más allá de la calzada y algo pequeño rozaba una raíz.

Ninguno de aquellos ruidos se acercaba. Cambió de postura para aliviar el costado.

El paquete bajo la capa se desplazó y la Presencia reaccionó.

Esta vez no fue dolor ni aquella aversión inmediata que había sentido en el refugio, sino una atención súbita, una tensión que le atravesó el pecho y lo hizo mirar hacia los árboles antes de saber por qué.

Blaid permaneció quieto. No había desaparecido ningún sonido.

El ave seguía llamando y los insectos continuaban trabajando bajo la hojarasca, pero la sensación de estar solo había terminado. Desenvainó sin hacer ruido.

—Puedes salir.

Nadie respondió. Esperó.

—O puedes quedarte ahí mientras despierto al goliat. Tiene una relación bastante sencilla con desconocidos que observan desde los árboles.

Una figura se separó lentamente de la zona oscura entre dos troncos.

Blaid no pudo precisar cuándo había llegado ni si realmente había estado escondida allí.

Una capa larga absorbía demasiado bien el resplandor escaso de las brasas y una máscara de hueso pálido ocultaba el rostro, trabajada de forma que las cavidades de los ojos parecían más profundas de lo necesario.

Junto al cuerpo distinguió algo largo, quizá una vara o una lanza. Blaid levantó la espada.

—Así está mejor.

La figura se detuvo a varios pasos. —Blaid de Caria.

La voz no era grave ni aguda. El oído intentaba calcular de dónde procedía y parecía recibir una distancia distinta con cada palabra. Blaid no respondió a su nombre.

—Has elegido una manera poco saludable de presentarte.

La máscara permaneció inmóvil. —El lugar al que vais debe permanecer cerrado.

Blaid sintió una irritación casi familiar, no miedo, sino la certeza de que otra persona poseía información que él no tenía.

—Eso reduce muy poco las posibilidades. Venimos de Eshvar.

—Sabes a qué lugar me refiero.

—No.

La mentira era deliberada. Quería obligarlo a describirlo. La figura no cooperó.

—Habéis encontrado un camino que otros dejaron enterrado. Si llegáis hasta el final, lo que hay allí sabrá que existís.

Blaid sostuvo la espada. —Una amenaza mediocre.

—Una advertencia.

—Las amenazas suelen llamarse así cuando quieren parecer respetables.

El enmascarado inclinó ligeramente la cabeza.

Entonces Blaid percibió algo debajo de las palabras.

No era una voz dentro de su mente; eso habría sabido reconocerlo.

Se parecía más a la sensación que precede a recordar algo: una dirección sin contenido, una expectativa que invitaba a completar por sí mismo aquello que faltaba.

Pensó en las antiguas custodias, en la persona viva vinculada a Beregost y en las transferencias que terminaban en aquella parte del bosque.

Después pensó en el anillo. La Presencia se tensó y Blaid sintió el paquete bajo la ropa con una claridad absurda. La figura no podía verlo, al menos no de una forma ordinaria.

—¿Quién eres?

—No importa.

—Suele importar cuando alguien conoce mi nombre.

—El tuyo estaba escrito antes de que aprendieras a usarlo.

Blaid sonrió sin humor. —Eso es suficientemente pretencioso para ser religión.

La figura no reaccionó. —Retroceded.

—No.

La negativa salió con demasiada facilidad y, durante un instante, Blaid sintió algo parecido a satisfacción sin estar seguro de que la emoción hubiese empezado en él. El enmascarado avanzó un paso. Blaid levantó la punta del arma.

—Otro y los despierto.

La figura se detuvo. —No pongáis las manos sobre lo que guardan allí.

Blaid frunció el ceño. —¿Qué guardan?

Silencio.

—¿A quién?

Nada. La irritación de Blaid creció.

—Si pretendías convencernos, podrías haber traído información.

—Ya tienes suficiente.

La mano derecha se cerró demasiado fuerte alrededor de la empuñadura y el dolor atravesó los dedos. La máscara pareció observarlo.

—No sabes lo que llevas contigo.

Blaid dejó de respirar durante un instante.

La frase admitía demasiadas interpretaciones.

La cuenta negra era la más evidente: procedía de Beregost, había reaccionado a los mecanismos de la Casa y otras iguales circulaban por rutas que terminaban precisamente en aquella zona.

Pero llevaba otra cosa. Algo que los demás creían perdido. La Presencia volvió a tensarse.

—Eso podría aplicarse a demasiadas cosas.

—Sí.

La sencillez de la respuesta resultó peor que una amenaza. Blaid pensó primero en la cuenta porque necesitaba hacerlo.

—¿La cuenta?

La figura guardó silencio. Por primera vez creyó percibir un cambio en su postura, aunque podía haber sido únicamente la tela moviéndose.

—¿Eso querías? ¿Que pensara en ella?

—Quiero que recuerdes que todavía puedes elegir.

Blaid sintió desprecio. —Todo el mundo que quiere que elija empieza explicándome cuál es la elección correcta.

La máscara siguió observándolo. —No entréis.

—¿Dónde?

La figura no respondió. Blaid esperó. —¿Es un puesto? ¿Una fortaleza? ¿Un depósito?

Nada. Eso, por sí solo, le dijo algo. Aquella persona no quería proporcionarle un nombre porque quizá el lugar ya no lo tuviera.

—¿Qué era antes?

La máscara inclinó apenas la cabeza. —Algo que debió dejar de utilizarse hace mucho tiempo.

—Eso sigue siendo deliberadamente inútil.

—Es suficiente.

Blaid pensó en los caminos reparados y en las transferencias recientes. —No para quienes siguen llevándole cosas.

La figura no reaccionó, pero el silencio cambió. Blaid lo notó. —Así que sí.

—No sabes quién utiliza ese camino.

—Tú pareces saberlo.

—Sé lo suficiente para no seguirlo.

—Y, sin embargo, estás aquí.

Por primera vez, la respuesta tardó.

—Para que vosotros no lo hagáis.

Blaid avanzó medio paso. La figura no retrocedió. —Eso empieza a parecerme una razón excelente para continuar.

La máscara lo observó durante varios segundos y el gesto siguiente, una leve inclinación de cabeza, pareció casi humano.

—Eso es lo que temía.

La figura no se marchó inmediatamente. Llevó una mano bajo la capa y Blaid levantó la espada, esperando un arma, pero lo que apareció fue un paquete estrecho envuelto en una tela oscura.

El Enmascarado lo sostuvo un instante antes de dejarlo caer sobre la tierra húmeda entre ambos.

Parte del envoltorio se abrió al golpear una raíz y dejó visible un tramo de metal. Una daga.