Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 16 #2
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El curtidor no respondió. Blaid observó aquel intercambio. —¿Y adónde lleva?

El hombre regresó al trabajo. —Depende de cuánto quede en pie.

Ridley frunció el ceño. —En Eshvar encontramos referencias a un enclave utilizado para transferencias.

—Eshvar escribe nombres sobre cosas que aquí nadie necesita nombrar.

Aquello hizo que Fïrn dejara de escribir.

—¿Conoces el lugar?

El curtidor mantuvo la atención sobre la correa. —Conozco el camino.

—No es lo mismo.

—No.

Ridley probó otra vez. —¿Hace cuánto no vas?

—Yo no voy.

—¿Quién sí?

El hombre tardó demasiado. —Gente que tiene razones.

Fïrn había cerrado el diario. —¿Qué clase de razones?

La mujer entregó a Blaid una bolsa de pan. —Las que uno no cuenta en un puente.

Después de eso, nadie insistió.

Cuando estaban a punto de marcharse, una muchacha salió del edificio trasero con un hatillo preparado para viaje. La mujer de la ventana tomó una de las serpientes de madera y se la ató a la mochila. Fïrn volvió a mirar.

—¿Para que el camino sepa volver?

La mujer asintió. —Si hace falta.

La muchacha puso los ojos en blanco. —Mi madre cree demasiadas cosas.

—Tu madre ha vuelto siempre.

La joven no replicó. Blaid guardó la escena. No sabía si se trataba de superstición, costumbre o una advertencia nacida de algo que los habitantes del lugar habían aprendido a base de perder gente. En el Bosque de Serpiente sospechó que la diferencia quizá no importara demasiado. Continuaron.

El terreno cambió durante las horas siguientes.

Los pequeños bosques empezaron a unirse hasta cubrir ambos lados del camino y los sauces dieron paso a robles de tronco oscuro, fresnos y árboles que Blaid no reconocía, con raíces expuestas y hojas anchas capaces de conservar agua mucho después de terminada la lluvia.

El aire se volvió más pesado sin que hiciera suficiente calor para justificarlo.

La humedad parecía instalarse entre la ropa y la piel, mientras cada cauce pequeño arrastraba agua parduzca entre helechos que crecían casi hasta la cintura.

El carro los obligaba a prestar atención a cosas que antes habrían ignorado.

Paf Paf bajaba de vez en cuando para comprobar el suelo delante de una zona embarrada, Ridley apartaba ramas demasiado bajas y Fïrn había descubierto que Elis’eo respondía mejor a las indicaciones si se las daba el goliat y peor si él intentaba convertirlas en canción.

—Es un crítico severo —dijo después del tercer intento.

—Es un burro —respondió Ridley.

—No son categorías incompatibles.

A última hora de la tarde alcanzaron el Arvennor.

El curso ancho y oscuro bastaba para explicar por qué los mapas lo utilizaban como referencia.

La corriente se dividía alrededor de pequeños bancos de grava y ramas acumuladas, cambiando de dirección con una facilidad que convertía las orillas en algo provisional.

El puente había sobrevivido solo a medias.

Dos pilares de piedra seguían firmes, pero la sección central había sido rehecha con tablones de distintas edades y grosores, mientras que una de las barandillas había sido sustituida por una cuerda tensada entre postes.

Paf Paf detuvo el carro antes de la primera tabla. Ridley examinó la estructura.

—No cabe.

—El carro sí.

Ridley lo miró. —No he preguntado si cabe.

Paf Paf se agachó junto al inicio del puente y golpeó varias tablas con los nudillos. Después estudió los pilares, el refuerzo central y las marcas de ruedas.

—Vacío, sí.

Ridley miró a los dos burros. —¿Y ellos?

—Uno cada vez.

Fïrn observó el agua. —Esta empieza a parecer una tarde entretenida.

Tardaron mucho más de lo previsto en cruzar.

Primero descargaron el carro y transportaron gran parte del equipo a mano.

Después Blaid y Ridley lo empujaron vacío mientras Paf Paf controlaba las ruedas y Fïrn mantenía una cuerda desde la orilla contraria.

La estructura protestó, pero aguantó. Isa’ak cruzó después con el profundo resentimiento de quien consideraba que el río debía haber sido informado de su llegada y no había tomado medidas.

Elis’eo resultó peor y se detuvo en mitad del puente. Fïrn tiró suavemente de la cuerda.

—Vamos. Una demostración de confianza.

El animal no se movió. Paf Paf le tocó el cuello.

—No le mientas.

Fïrn lo miró. —¿En qué he mentido?

Elis’eo avanzó un paso. Blaid sostenía el carro desde la otra orilla.

—No es confianza. Es resignación.

Isa’ak rebuznó.

—Y crítica —añadió Fïrn.

Al otro lado encontraron los restos de un puesto junto al camino.

No quedaban paredes enteras, solo una base de piedra y dos bloques con ranuras donde alguna vez debieron encajar vigas.

Cerca de la curva había un pedestal roto cuya superficie conservaba una forma rectangular. Ridley pasó una mano por ella.

—Había una placa.

Blaid estudió los agujeros. —La retiraron.

—¿Cuándo?

—No recientemente.

Paf Paf caminó alrededor del lugar. —Aquí paraban carros.

Fïrn abrió el diario. —¿Cómo lo sabes?

—Suelo más hundido. Drenaje. Piedra reforzada junto a la curva.

Ridley observó el camino que continuaba bajo los árboles. —Entonces esta ruta movía carga de verdad.

Fïrn escribió. —Encaja con los registros.

Blaid miró el pedestal vacío. —También encaja con cualquier administración suficientemente antigua.

Fïrn levantó la pluma. —Sí.

Aquello era precisamente lo que Blaid quería escuchar.

No necesitaban convertir cada piedra en una profecía, aunque cuanto más avanzaban más difícil resultaba pensar en aquella zona como un rincón olvidado sin importancia.

Había existido infraestructura: caminos, puestos, drenajes, lugares donde detener carros y estructuras capaces de soportar peso durante años.

Algo había circulado por allí con suficiente frecuencia para justificarlo y después había desaparecido de los mapas modernos.

El Camino Roto empezó poco después del río.

No había ningún cartel. El sendero de tierra comenzó simplemente a apoyarse sobre bloques de piedra demasiado anchos y regulares para ser naturales.

Al principio aparecían aislados entre raíces y barro; más adelante, la vegetación se abría lo suficiente para mostrar tramos enteros de una antigua calzada. Paf Paf midió la anchura con pasos.

—Dos carros.

Ridley miró los bordes. —¿En paralelo?

—Si uno esperaba.

Blaid se agachó junto a una cuneta antigua que todavía conservaba suficiente inclinación para evacuar agua. —Esto no era una ruta secundaria.

Fïrn observó alrededor. —Y nadie mantiene ya el puente.

—Oficialmente, quizá nadie necesita hacerlo —dijo Blaid.

Ridley entendió. —Pero alguien sigue usando la ruta.

Habían visto huellas. No muchas, pero suficientes: botas, herraduras y marcas estrechas de ruedas recientes sobre la tierra acumulada entre las piedras. El carro que ellos llevaban no era el primero que pasaba por allí desde hacía años.

Los registros de Eshvar los habían enviado hacia aquella zona, pero no hacia una ruina completamente abandonada. Quienquiera que siguiera utilizando el viejo camino lo hacía lejos de las rutas modernas y sin ningún interés en devolverle un nombre reconocible.

Al anochecer encontraron un lugar utilizado por viajeros bajo una encina enorme.

Dos raíces formaban una barrera natural contra el viento y quedaban restos de varios fuegos, junto con tres palos clavados en el suelo para sostener lonas.

Paf Paf inspeccionó las huellas mientras Ridley observaba la calzada.

—Está demasiado cerca del camino.

—Por eso lo usan.

—También por eso puede encontrarnos cualquiera.

Paf Paf señaló el suelo. —Dos grupos esta semana. Ninguno anoche.

Blaid miró las marcas. —¿Y cómo sabes que no fue un hombre muy inquieto?

—Pesos distintos.

—Naturalmente.

Fïrn dejó el equipo junto a una raíz. —Algún día aprenderemos a no preguntar.

Montaron el toldo antes de perder la luz. El carro quedó entre la encina y el camino, con las lonas cerrando dos laterales para que las cajas y las medicinas no recogieran humedad durante la noche.

Paf Paf revisó el hombro antes de cenar y aceptó, sin entusiasmo, que Fïrn le ayudara con una cataplasma.

—¿Aprieto?

—No.

Fïrn aflojó la venda. —¿Así?

—Más.

—Eso contradice la primera respuesta.

Paf Paf movió ligeramente el brazo. —No.

—Me alegra comprobar que las medicinas no han alterado tu estilo conversacional.

Ridley se ocupó después del muslo. La herida de Eltarion había cerrado, pero la zona seguía endurecida y algunas jornadas largas devolvían un dolor profundo que le modificaba el paso aunque insistiera en ignorarlo.

Blaid limpió por su cuenta el corte de las costillas y cambió la venda.

Nadie dijo que aquellas compras habían sido necesarias.

No hacía falta. Comieron pan oscuro, carne seca y parte de las verduras adquiridas en el puesto del puente.

Durante un rato hablaron de asuntos pequeños: dónde conseguirían agua al día siguiente, cuánto grano quedaba para los dos animales y si el carro podría seguir siendo útil cuando la calzada empezara a estrecharse.

Fue Ridley quien terminó llevando la conversación hacia aquello que todos habían evitado.

—El hombre de la Casa se rindió.

Fïrn dejó de masticar y Paf Paf mantuvo los ojos sobre el fuego. Blaid esperó. Ridley tenía la mirada fija en las brasas.

—Podría haberlo atado.

Nadie contestó inmediatamente. Blaid fue el primero. —Habrían encontrado al resto.

—Ya lo sé.

—Entonces no estás preguntando si había otra opción.

Ridley levantó la mirada. —¿Y qué estoy preguntando?

Blaid pensó antes de responder. —Si entender por qué lo hiciste significa que estuvo bien.

Paf Paf habló sin apartar los ojos del fuego. —No.

Ridley se volvió hacia él. El goliat sostuvo su mirada. —Que fuera necesario no significa que esté bien.

El silencio posterior no resultó incómodo. Pesaba de otra manera. Ridley se frotó el pulgar contra la palma.

—Tú te ofreciste.

—Sí.

—¿Lo habrías hecho?

Paf Paf tardó unos segundos. —Sí.

—¿Y eso qué cambia?

—Nada.

Ridley soltó una risa breve, sin humor. —Fantástico.