16
Eshvar desapareció despacio. Durante las primeras horas siguió apareciendo cada vez que el camino ganaba altura: terrazas claras sobre la ladera, tejados superpuestos y, más arriba, la masa recta de la Casa de los Índices dominando una ciudad que había dedicado generaciones a impedir que las cosas importantes desaparecieran sin dejar constancia.
Blaid evitó pensar demasiado en la ironía.
Ridley no miraba hacia atrás. Desde que Blaid le había dicho que el anillo ya no estaba en el refugio caminaba con una rigidez distinta a la que mostraba después de un combate.
No era exactamente rabia; Blaid conocía bien su rabia porque casi siempre terminaba convertida en una acción práctica.
Aquello se parecía más a la incomodidad de quien ha cometido un error y todavía no encuentra dónde corregirlo.
Y, sin embargo, el error no era de Ridley.
El anillo viajaba a pocos dedos del pecho de Blaid, envuelto en dos capas de tela y guardado en un bolsillo interior separado de la cuenta negra.
No necesitaba tocarlo para saber que seguía allí.
Cada vez que el carro se inclinaba o la capa cambiaba de posición, el paquete rozaba la ropa y la Presencia reaccionaba con una tensión inmediata que cedía en cuanto lo recolocaba.
No había palabras ni una instrucción sencilla que pudiera rechazar.
Solo sensaciones capaces de convertirse en razones si les daba suficiente tiempo, de modo que procuraba no concedérselo.
El carro avanzaba con menos problemas de los que Paf Paf había pronosticado y más de los que Fïrn consideraba razonables.
Isa’ak y Elis’eo habían establecido una convivencia basada en ignorarse salvo cuando alguno recibía comida antes que el otro, momento en que surgía entre ambos una rivalidad feroz y completamente silenciosa.
Paf Paf había reorganizado las alforjas dos veces y la carga del carro otras tres.
La última modificación consistió en desplazar una caja de medicinas menos de un palmo hacia la izquierda. Fïrn lo vio.
—Eso no puede haber cambiado nada.
—Sí.
—¿Qué?
—Ahora pesa mejor.
Fïrn observó el carro como si esperara que las ruedas confirmaran la afirmación. —Algún día voy a descubrir que toda tu filosofía consiste en mover cosas unos centímetros.
Paf Paf comprobó la tensión de una correa. —Si hace falta.
Ridley no participó.
El camino agrícola se estrechó conforme dejaron atrás los últimos campos dependientes de Eshvar.
Los muros de piedra que separaban las parcelas perdieron altura hasta quedar reducidos a alineaciones de cantos, y la cebada cedió terreno a pastos húmedos, sauces dispersos y pequeñas zanjas donde el agua permanecía incluso después de varios días sin lluvia.
Blaid llevaba suficiente tiempo viajando con ellos para reconocer una conversación pendiente y también lo bastante para saber que ninguno quería empezarla. Fïrn acabó haciéndolo.
—Hay una posibilidad incómoda.
Ridley continuó andando junto al carro. —Últimamente tienes muchas.
—Es una época fértil.
Paf Paf caminaba junto al tiro, atento a las ruedas. —Dila.
Fïrn reajustó la correa del laúd. —Quizá el anillo no desapareció por lo que es.
Blaid mantuvo la mirada en el camino. Ridley volvió la cabeza. —Explícate.
—Estamos suponiendo que quien lo tomó sabía que era importante. Puede que solo quisiera quitarnos algo que nosotros considerábamos importante.
—El falso Kirel preguntó por él.
—Sí.
—Y murió hablando de él.
Fïrn hizo una pequeña mueca. —Creemos que hablaba de él.
Ridley redujo el paso y Blaid intervino antes de que la conversación se encerrara sobre sí misma. —La distinción es correcta.
Ridley lo miró. —No ayuda.
—No era mi objetivo.
La mentira estaba debajo de aquellas palabras y no en ellas, lo que a Blaid le pareció bastante peor.
Durante unos metros solo se oyeron las ruedas sobre tierra húmeda, el tintineo de los arneses y el paso irregular de Isa’ak cuando decidía que alguna piedra merecía ser evitada con especial dramatismo. Fïrn retomó la idea.
—Lo único que digo es que debemos separar hechos de interpretaciones. Sabemos que el cambiaformas mostró interés por el anillo. Sabemos que alguien registró el refugio. No sabemos que ambas cosas formen parte del mismo plan.
Ridley se detuvo. —¿Quieres llegar a alguna conclusión?
Fïrn negó. —Precisamente intento no llegar demasiado rápido a una.
Paf Paf continuó varios pasos antes de advertir que los demás se habían quedado atrás. Tiró suavemente de las riendas para detener el carro.
—El anillo sigue perdido aunque discutáis mejor.
Blaid apartó la mirada mientras Ridley dejaba escapar una sonrisa breve.
—Gracias.
—De nada.
Paf Paf volvió a poner en marcha a los animales. Fïrn esperó a que Ridley retomara el paso antes de añadir:
—Podemos buscarlo después.
—Si queda algo que buscar.
Blaid sintió el peso del paquete bajo la capa y mantuvo la boca cerrada.
La Presencia tampoco reaccionó, como si aquella conversación no tuviera nada que ver con ella, y esa indiferencia resultó casi tan irritante como lo contrario.
Dejó que los demás se adelantaran ligeramente mientras comprobaba por tercera vez en aquella tarde que nadie mantuviera una distancia constante detrás de ellos.
No vio jinetes, polvo de carros ni señales de patrulla; solo campos cada vez más húmedos, pequeños bosques que empezaban a tocarse unos con otros y una calzada secundaria que el abandono estaba devolviendo poco a poco a la tierra.
Algo tiró de su costado cuando respiró demasiado hondo.
El corte recibido bajo la Casa empezaba a cerrar, pero todavía protestaba con cada giro brusco, y la mano derecha continuaba respondiendo con un retraso pequeño, suficiente para que las tareas finas siguieran siendo irritantes.
Habían aplicado una de las cataplasmas compradas en Eshvar antes de salir.
Olía a resina, vinagre y una raíz amarga que Paf Paf no había sabido identificar, aunque el boticario había asegurado que podía reducir inflamaciones.
Fïrn había preguntado si jurarlo la hacía más eficaz. Paf Paf había respondido que no.
Blaid desconfiaba de las cosas que funcionaban casi bien; las personas le habían enseñado a hacerlo.
A media tarde llegaron a una bifurcación marcada por un mojón inclinado.
La piedra estaba hundida hasta casi la mitad y cubierta por liquen.
Paf Paf detuvo el carro, limpió parte de la superficie con la bota y descubrió una serpiente tallada alrededor de una línea vertical.
Debajo quedaban tres marcas que quizá habían sido letras antes de que la lluvia decidiera intervenir. Fïrn sacó el diario.
—¿Frontera?
Blaid se acercó. —No oficial.
Ridley miró alrededor. —¿Cómo lo sabes?
—Porque una frontera oficial tendría una oficina, dos funcionarios y cuatro maneras distintas de cobrar por cruzarla.
Fïrn miró hacia Eshvar, ya convertida en una mancha distante. —Te has adaptado muy deprisa.
Blaid señaló el mojón. —Esto parece otra cosa. Una señal de camino, quizá. O una costumbre.
Paf Paf pasó los dedos por la piedra. —Mucha gente la toca.
Blaid vio entonces el desgaste alrededor del relieve. La superficie era más lisa a la altura de una mano. Fïrn se inclinó.
—¿Protección?
Ridley se encogió de hombros. —Superstición.
—No son incompatibles.
Paf Paf recogió una piedra pequeña de la cuneta, la colocó encima del mojón y regresó al carro. Blaid lo observó.
—¿Eso qué significa?
—Que había piedras.
—Naturalmente.
—Ahora hay una más.
Fïrn sonrió. —La teología de Paf Paf continúa desarrollándose.
El goliat tomó las riendas. —No era para un dios.
La respuesta terminó con la broma.
A menos de una hora del mojón encontraron un puesto donde el camino cruzaba un afluente estrecho.
No era una aldea, apenas tres edificios levantados alrededor de un puente de madera y una explanada embarrada donde podían descansar carros.
Una mujer vendía pan oscuro, sal, cuerda y pequeños paquetes de hojas secas desde una ventana abierta; junto a ella, un hombre curtía correas bajo un cobertizo mientras dos perros dormían demasiado cerca del fuego.
Nadie parecía sorprendido de ver viajeros, aunque tampoco especialmente contento. Ridley señaló el puente.
—¿Camino al Arvennor?
El curtidor siguió trabajando. —Si no ha vuelto a comerse la orilla.
Ridley esperó. —¿Eso significa sí?
El hombre levantó los ojos. —Significa que el camino sigue ahí. El río decide el resto.
Fïrn dejó escapar un sonido de aprobación. Blaid lo miró. —No empieces.
—No he dicho nada.
—Lo has pensado con volumen.
La mujer de la ventana tenía colgadas varias serpientes pequeñas talladas en madera. Algunas estaban ennegrecidas por humo y otras llevaban un hilo rojo alrededor del cuello. Fïrn se acercó.
—¿Las vendes?
—Algunas.
—¿Y las otras?
—Ya tienen dueño.
Fïrn examinó una de las piezas sin tocarla. —¿Sirven para algo?
La mujer lo estudió unos segundos, quizá intentando decidir si se burlaba. —Para recordar el camino.
—¿A quien la lleva?
—Al camino.
Fïrn abrió la boca y Blaid se interpuso antes de que empezara una investigación. —Necesitamos comida para dos días.
La mujer miró el carro. —Tres si el goliat come como los otros.
Paf Paf estaba comprobando el enganche de Elis’eo. —No.
La mujer lo miró. —¿No comes?
—Como más.
Blaid pagó antes de que Fïrn pudiera reírse.
Mientras preparaban las provisiones, Ridley preguntó por la antigua ruta que habían encontrado en los registros de Eshvar.
—Buscamos un camino viejo hacia la parte norte del bosque. Por allí movían cargamentos hace años.
El curtidor dejó de trabajar apenas un instante. —Hay muchos caminos viejos.
—Este cruzaba el Arvennor y después seguía hacia el sur.
El hombre terminó de tensar una correa antes de responder. —Entonces buscáis la calzada.
Fïrn sacó el diario. —¿Tiene nombre?
—Ahora la llaman Camino Roto.
La mujer de la ventana lo corrigió sin mirarlo. —Antes tenía otro.
—Todo tenía otro nombre antes.
—Algunas cosas lo conservan.