15 #3
Paf Paf volvió hacia el carro.
—Se ha ido.
Ridley apretó la mandíbula.
—Lo sé.
—Entonces seguimos.
El guerrero permaneció unos segundos mirando hacia las terrazas superiores.
Blaid conocía aquella resistencia: Ridley quería hacer algo porque hacer algo siempre resultaba mejor que abandonar una pieza importante sin respuesta.
Esta vez Blaid podría haberle dado una respuesta.
Eligió no hacerlo. Fïrn dejó las telas en el carro.
—Si deja un rastro, intentaremos encontrarlo.
Ridley soltó aire.
—Eso no sirve de mucho.
—No intentaba que sirviera.
Aquello pareció llegar mejor que cualquier consuelo.
Paf Paf terminó de enganchar a Tordo y Rodado mientras Blaid ayudaba a fijar las telas. Habían comprado dos piezas gruesas de lona encerada, una para cubrir la carga y otra capaz de cerrar parcialmente los laterales del carro si necesitaban protegerse de la lluvia o de miradas demasiado curiosas.
Las demás compras ocupaban dos cajas pequeñas. Blaid levantó la tapa de una.
—¿Habéis asaltado una botica?
—No —respondió Paf Paf—. Pagamos.
Dentro había rollos de venda limpia, agujas, hilo encerado, jabón fuerte, dos frascos de alcohol para limpiar heridas, ungüento para golpes y articulaciones, varias cataplasmas secas que podían humedecerse durante el camino, además de pequeñas bolsas de sales y preparados simples para fiebre, dolor y problemas de estómago. Ridley señaló el costado de Blaid.
—Empieza por ti.
—Estoy conmovido por el interés.
—Estás sangrando otra vez.
Blaid miró la tela. Una mancha oscura había reaparecido junto a las costillas.
—Eso explica parte de mi creciente pesimismo.
Paf Paf señaló una bolsa distinta.
—También para el muslo de Ridley. Y mi hombro.
Fïrn levantó otra.
—Y esto.
Blaid la abrió.
—¿Qué es?
—El boticario dijo que sirve para inflamaciones.
Paf Paf negó.
—Dijo que puede servir.
Fïrn lo miró.
—¿Vas a corregirme también a mí ahora?
—Sí.
—Magnífico. La precisión se ha convertido en una enfermedad contagiosa.
Ridley empezó a colocar las compras bajo la lona.
—¿Comida?
—Para varios días —respondió Fïrn—. Y agua suficiente para no tener que beber del primer charco que Paf Paf considere sospechoso.
—Todos los charcos son sospechosos —dijo el goliat.
Blaid apoyó una mano en el borde del carro.
Aquello cambiaba más de lo que parecía. Hasta entonces habían viajado cargando lo imprescindible y confiando en conseguir el resto por el camino.
Un segundo animal, un carro y suministros médicos significaban admitir que la ruta podía alargarse, que las heridas no iban a desaparecer por cortesía y que quizá tendrían que transportar algo —o a alguien— que todavía no tenían.
Pensó en la custodia viva procedente de Beregost. No dijo nada.
La puerta occidental tenía menos tráfico que la principal, aunque funcionaba con la misma meticulosidad. Dos guardias revisaban carros al azar mientras un funcionario registraba a quienes abandonaban la ciudad. El nuevo carro les creó un problema inesperado.
—Propiedad —dijo el funcionario.
Ridley presentó el recibo. El hombre lo revisó.
—Dos animales.
—Sí.
—Solo consta uno a vuestra entrada.
Fïrn señaló a Rodado.
—Hemos ampliado la familia.
El funcionario levantó los ojos.
—Nombre.
—Rodado.
Hubo una pausa.
—¿Con apóstrofo?
Fïrn pareció ofendido por la pregunta.
—Por supuesto.
Blaid miró hacia otro lado. Paf Paf no reaccionó. El funcionario consultó de nuevo los documentos.
—Tordo. Rodado. Un carro de cuatro ruedas. Dos lonas. Equipaje personal. ¿Mercancía?
—No —respondió Ridley.
—Motivo de salida.
—Continuamos viaje.
—Destino.
Ridley no quería dejar escrito Bosque de Serpiente. Fïrn respondió:
—Costa de Vaelmar.
No era mentira. El funcionario lo anotó.
—Ruta prevista.
—Occidental hasta el Arvennor —dijo Ridley—. Después dependerá del estado de los caminos.
Aquello sí satisfizo al hombre. Marcó el documento y les hizo un gesto para continuar.
Blaid caminó junto al carro mientras atravesaban la puerta. El paquete del anillo seguía inmóvil bajo su ropa. No necesitaba tocarlo para ser consciente de él.
Durante la hora siguiente siguieron la vía principal hasta que Paf Paf encontró un camino agrícola que descendía entre campos de cebada y después recuperaba dirección oeste.
No era más rápido, pero ofrecía buena visibilidad y suficientes cruces como para comprobar si alguien mantenía la misma distancia detrás. Ridley aceptó el desvío.
El carro avanzaba mejor de lo que Blaid había esperado.
Paf Paf había repartido el peso entre ambos animales y las lonas ocultaban buena parte de la carga.
Tordo parecía considerar al nuevo compañero una afrenta personal; Rodado, por su parte, había decidido que la mejor respuesta consistía en ignorarlo. Fïrn caminaba cerca del pescante.
—Creo que se llevarán bien.
—¿Por qué? —preguntó Blaid.
—Se detestan de una forma compatible.
Paf Paf comprobó el tiro.
—Andan recto.
Fïrn señaló a los animales.
—Exactamente.
Ridley llevaba un rato sin participar en la conversación. Blaid sabía por qué.
Lo había visto rozarse varias veces el dedo donde había llevado el anillo en Mirasol, como si una parte de su cuerpo siguiera esperando encontrar allí la presión del metal. Blaid sintió culpa.
La examinó con el mismo cuidado con que habría estudiado una inscripción dudosa. Era una emoción perfectamente suya. Al menos eso creyó. La Presencia no hizo nada. Aquello lo irritó más que cualquier impulso.
Cuando el camino ganó altura, Eshvar apareció una última vez detrás de ellos como una sucesión de terrazas claras bajo la tarde.
Desde aquella distancia la Casa de los Índices apenas podía distinguirse entre los edificios superiores.
Una ciudad dedicada a registrar procedencias, custodias, nombres y propietarios.
Ridley creía que alguien le había robado una de las pocas pistas que tenía sobre su familia. Blaid sabía dónde estaba.
Metió una mano bajo la capa sin llegar a tocar el paquete y la presión de la Presencia regresó inmediatamente, leve pero inequívoca.
No decía guárdalo, escóndelo ni ninguna otra frase que Blaid pudiera rechazar como una orden.
Solo conseguía que devolver el anillo a Ridley pareciera prematuro y conservarlo un poco más se llenara de razones razonables.
Blaid retiró la mano. Aquello debía preocuparle. Lo sabía.
También sabía que el anillo hacía algo con Ridley que ninguno comprendía y algo con él —o con la Presencia— que tampoco comprendían.
Hasta descubrir al menos cuál de aquellas relaciones era más peligrosa, devolvérselo le parecía una mala decisión.
Esa era su conclusión. Necesitaba que siguiera siendo suya.
Delante, Paf Paf llamó a los dos burros para corregir el tiro del carro. Tordo obedeció con desgana y Rodado lo siguió. Ridley caminaba junto a ellos. Blaid permaneció unos pasos atrás.
Habían salido de Eshvar con comida, medicinas, un carro, dos animales y más información de la que tenían al entrar. El inventario parecía sencillo.
Al cambiar el carro de rodera, el segundo paquete oculto bajo la ropa de Blaid golpeó suavemente contra su pecho.