Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 15 #2
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Acercó la mano hasta dejar los dedos a varios centímetros del anillo.

La sensación aumentó. No era exactamente dolor; se parecía más a la certeza corporal que precede a tocar algo demasiado caliente, aunque el metal no desprendía calor y el rubí permanecía inmóvil sobre el fondo del cofre.

Retiró la mano. La presión disminuyó. Volvió a acercarla.

Regresó. Blaid observó el anillo mientras enumeraba las posibilidades sin permitir que ninguna se transformara todavía en respuesta.

Podía reaccionar a la cuenta negra, a él, a algún residuo de la red de Eltarion o a una propiedad vinculada a Ridley y los Der que todavía no comprendían.

También podía ocurrir que ninguna de aquellas explicaciones fuese correcta.

La última posibilidad permaneció con más facilidad que las otras. No porque fuera mejor. Porque la Presencia pareció asentarse cuando la pensó. Blaid se quedó inmóvil. Aquello sí le desagradó.

—No.

No iba a permitir que una sensación sin nombre se convirtiera en argumento solo porque coincidiera con la conclusión que más cómodo le resultaba adoptar.

Miró la cuenta negra y después el anillo.

Ridley sentía calma cuando lo llevaba, una calma suficientemente intensa para haber querido conservarla incluso después de admitir que debería preocuparle.

El anillo había reaccionado ante los detectores, ante determinados espacios de Mirasol y quizá durante el combate del camino.

Y a Blaid le hacía daño. O hacía daño a algo que estaba con él.

La diferencia importaba. Tomó el paño que envolvía la cuenta, la cubrió de nuevo y la guardó bajo la capa.

Después buscó otro trozo de tela. No iba a tocar el anillo.

Utilizó la punta roma de una ganzúa para empujarlo sobre el paño.

El metal raspó apenas la madera del cofre y la Presencia reaccionó con tanta violencia que Blaid perdió el aire.

Tuvo que apoyar una mano en el suelo. Por un momento, la habitación pareció inclinarse hacia el hogar.

No vio nada que no estuviera allí ni oyó una voz, pero su cuerpo recibió demasiadas impresiones a la vez: rechazo, peligro, una urgencia casi animal por apartar aquello y, debajo de todo, algo que no supo distinguir de curiosidad.

No provenía de él. Eso creyó. La certeza duró menos de un segundo.

Blaid respiró por la nariz y esperó hasta que el pulso dejó de golpearle detrás de los ojos.

El anillo seguía sobre el paño. Lo envolvió sin tocar el metal y cerró la tela hasta formar un paquete pequeño.

Después utilizó una segunda envoltura. Incluso así, cuando lo sostuvo en la palma, sintió la Presencia tirante dentro del pecho.

No era una orden. Podía ser incompatibilidad, reconocimiento o cualquier otra cosa para la que todavía no tenían nombre.

Pensó en Ridley, en la calma que experimentaba cuando llevaba el anillo y en la forma exacta en que había encajado en su dedo.

Pensó también en la flecha que había cambiado de trayectoria rodeada de luz azul y en la facilidad con que todos habían decidido no relacionar ambas cosas porque todavía no podían demostrarlo.

Aquella prudencia había sido correcta. También podía estar dejándolos ciegos.

Blaid guardó el paquete en un bolsillo interior separado de la cuenta negra.

No se engañó respecto al acto. El anillo pertenecía a Ridley en cuanto que Ridley lo había encontrado, lo llevaba y había decidido conservarlo.

Blaid acababa de cogerlo sin permiso y estaba considerando ocultárselo.

Podía llamarlo retirar una pieza peligrosa hasta comprenderla, podía decirse que era provisional o que protegía a Ridley de un objeto cuyo efecto ignoraban.

Todas aquellas formulaciones contenían una parte de verdad.

Ninguna cambiaba lo que estaba haciendo.

Lo reconoció. Y aun así no sacó el paquete.

Cerró el cofre, volvió a bloquear la cerradura y colocó tabla, ladrillo y bandeja en sus posiciones.

Miró el escondite durante unos segundos mientras calculaba qué tendría que decir cuando Ridley preguntara.

La Presencia permanecía quieta. Blaid lo odió un poco por eso.

Recogió el resto del equipo deprisa. Guardó las pertenencias útiles, dejó todo aquello que solo aumentaría el peso y cargó las alforjas de Tordo con suficiente equilibrio para que Paf Paf no tuviera motivos para insultarlo en silencio.

Antes de salir examinó otra vez la casa.

La ventana manipulada y el cajón desplazado seguían siendo reales.

Alguien había entrado. Aquello, al menos, no tendría que inventarlo.

Condujo a Tordo por la salida trasera y utilizó callejones estrechos hasta incorporarse a una vía más concurrida.

Un tiefling llevando un burro cargado llamaba la atención de una manera que ningún velo podía arreglar, así que dejó de intentar desaparecer y se concentró en parecer exactamente lo que era: un viajero con demasiadas cosas y demasiada prisa.

Encontró a los otros en el mercado occidental. Los oyó antes de verlos.

—No.

Era Paf Paf.

—El eje está bien —respondía un vendedor.

—No.

—Lo he cambiado este verano.

—La rueda.

—¿Qué le pasa a la rueda?

—Está torcida.

Blaid rodeó dos puestos de cuerda y los encontró junto a un carro pequeño de cuatro ruedas, lo bastante ancho para transportar equipo y permitir que alguien herido viajara tumbado si llegaba a ser necesario.

Ridley estaba junto al vendedor con la expresión de quien empezaba a considerar si pagar más dinero era preferible a seguir escuchando la negociación.

Fïrn sostenía las riendas de un segundo burro.

Era más claro que Tordo, con el pelo pardo ceniciento y una franja casi blanca alrededor del hocico.

El animal observaba al bardo con la misma desconfianza que este parecía sentir hacia él. Blaid se acercó.

—Veo que habéis avanzado mucho.

Ridley se volvió.

—¿Problemas?

Blaid sintió el paquete del anillo contra el interior de la ropa.

—Después.

Paf Paf señaló el carro.

—Rueda torcida.

El vendedor levantó las manos.

—No está torcida.

Blaid miró la rueda.

—Está torcida.

El hombre lo observó con abierta hostilidad.

—¿Tú también?

—No tengo ninguna inversión emocional en el asunto.

Fïrn tiró suavemente de las riendas del burro.

—Este, en cambio, parece tener opiniones.

El animal intentó morderle el extremo de la manga y Fïrn la retiró.

—Profundas.

Paf Paf fue hacia el segundo carro sin molestarse en continuar la discusión. Era más viejo y algo más estrecho, pero las ruedas estaban reforzadas y el bastidor mostraba reparaciones bien hechas. Comprobó los ejes, las uniones y el suelo antes de dar dos golpes suaves sobre una de las tablas.

—Este.

Ridley miró el precio escrito en una tablilla.

—Naturalmente es más caro.

—Dura.

Blaid recordó los toldos de Eshvar.

—Creo que eso empieza a ser una filosofía.

Compraron el carro. También el burro. El vendedor preguntó si necesitaban registrar un nombre para el recibo de propiedad y Fïrn miró al animal como si esperara que aportara una sugerencia.

—Rodado.

Ridley volvió la cabeza.

—¿Por qué?

—Tiene cara de Rodado.

Paf Paf observó al burro y, tras unos segundos, asintió.

—Sí.

Blaid decidió no preguntar qué rasgos componían una cara de Rodado. Tordo y el recién adquirido animal se olieron durante unos segundos. Tordo echó las orejas hacia atrás y Rodado hizo exactamente lo mismo.

—Prometedor —dijo Blaid.

Paf Paf empezó a revisar los arneses. Mientras terminaba de preparar el tiro, Ridley llevó a Blaid unos pasos aparte.

—¿Qué has encontrado?

El paquete del anillo seguía contra su ropa y la Presencia permanecía inmóvil.

—Habían entrado.

Ridley endureció el rostro.

—¿La Luz Púlida?

—No he encontrado nada que lo demuestre. La cerradura estaba trabajada, había una ventana manipulada y varias cosas recolocadas. Quien fuese intentó dejar la casa como estaba.

—¿Tordo?

—Ofendido, pero vivo.

Ridley ignoró la broma.

—¿El cofre?

Ahí estaba. Blaid sostuvo su mirada.

—Lo abrí.

Ridley frunció el ceño.

—¿Cómo? Yo tengo la llave.

Blaid se limitó a mirarlo. Ridley exhaló.

—Bien. Pregunta estúpida.

Blaid sacó la cuenta negra envuelta y se la mostró.

—Esto seguía dentro.

Ridley esperó.

La mentira todavía no había ocurrido. Blaid podría haber sacado el segundo paquete, explicar la reacción de la Presencia, admitir que no sabía qué significaba y dejar que Ridley decidiera qué hacer con su propio anillo. No lo hizo.

—El anillo no estaba.

La frase salió con una facilidad que lo irritó más que si hubiese tenido que esforzarse. Ridley miró hacia la calle por la que habían llegado.

—Kirel.

—Puede ser.

—Sabía dónde estaba.

—Sí.

—Y alguien entró después de que saliéramos.

—También.

Todo aquello era verdad. Blaid descubrió que una mentira sostenida entre verdades resultaba todavía más fácil de decir. Ridley se frotó la mandíbula. Fïrn se acercó con un paquete de telas dobladas bajo el brazo.

—¿Qué pasa?

Ridley respondió antes que Blaid.

—El anillo ha desaparecido.

Fïrn dejó de andar y Paf Paf levantó la cabeza desde el arnés. Blaid notó el peso del paquete oculto bajo la ropa. Fïrn lo miró.

—¿Seguro?

Blaid supo exactamente lo que estaba preguntando. Después de Mirasol, la palabra seguro ya no era una fórmula vacía entre ellos.

—El cofre estaba vacío salvo por la cuenta.

La segunda mentira fue más pequeña porque se apoyaba en la primera, pero no por eso resultó menos consciente. Paf Paf abandonó el carro y se acercó.

—¿Buscaron más cosas?

—Registraron la casa. No sé qué encontraron ni qué buscaban.

Aquello sí era verdad. Ridley miró hacia Eshvar.

—Podemos volver.

—No —dijo Fïrn.

—Todavía no han cerrado las puertas.

—Precisamente. Podemos regresar al refugio, buscar a la mujer que supuestamente tenía la otra llave, preguntar quién conocía la casa y perder las pocas horas que quizá quedan antes de que alguien encuentre cinco cadáveres debajo de la Casa de los Índices.