Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 15
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Ridley no empezó a acelerar hasta que perdieron de vista la Casa de los Índices.

Descendieron las dos primeras terrazas mezclados con escribientes, mensajeros y comerciantes que todavía llenaban las calles a aquella hora.

Mantener el paso de cualquiera de ellos resultaba más difícil de lo que debería: cada ruido detrás podía convertirse en una orden y cada funcionario que levantaba la cabeza parecía capaz de haber recibido ya la descripción de cuatro investigadores con sangre mal lavada bajo las mangas.

Nadie los detuvo, pero Blaid sabía que eso no significaba nada.

Al alcanzar una calle donde los puestos sustituían a las oficinas, dejó de mirar hacia atrás.

—Si nos siguieran desde la Casa, probablemente ya lo sabríamos.

Ridley continuó andando.

—Probablemente —admitió Ridley.

—Me alegra que la experiencia te esté enseñando prudencia.

—Me está enseñando a desconfiar de los adverbios.

Paf Paf avanzaba detrás de ellos, atento al movimiento de la gente más que a las fachadas. Fïrn llevaba el diario apretado contra el costado y no lo había vuelto a abrir desde que salieron de la Casa. Blaid entendía ambas cosas. También entendía que tenían un problema más inmediato.

El hombre que había utilizado el nombre de Kirel había preparado el refugio, presentado la garantía y conocido sus accesos.

Había sabido dónde guardaban el anillo y la cuenta negra, y afirmado que otra persona poseía una copia de la llave del cofre sin conocer lo que contenía.

Ahora sabían que buena parte de aquello podía haber sido cierto, falso o algo bastante peor: una verdad utilizada para sostener una identidad robada.

Volver los cuatro a la casa era una estupidez.

—No deberíamos regresar juntos.

Ridley lo miró.

—Tenemos que recoger a Tordo.

—Y nuestras cosas.

—Eso suele implicar regresar.

—Uno de nosotros —dijo Blaid.

Fïrn ladeó la cabeza.

—Voy a aventurar quién se ha presentado voluntario antes de que terminemos de discutirlo.

Blaid señaló una calle que descendía hacia los barrios comerciales.

—Necesitamos comida, agua, vendas y cualquier cosa que Paf Paf considere imprescindible para atravesar un bosque sin morir de una infección absurda. También necesitamos una forma menos miserable de transportar todo eso.

Paf Paf pensó un instante.

—Otro animal.

Ridley frunció el ceño.

—¿Otro burro?

—Y un carro.

Fïrn observó al goliat.

—Has esperado mucho tiempo para decirlo con esa seguridad.

—Tordo lleva demasiado.

—Nunca se ha quejado.

Paf Paf lo miró.

—Tú tampoco entiendes cuándo se queja.

Blaid esperó a que Ridley terminara de evaluar las calles, los accesos y todas las maneras en que podía decir que no.

—Vosotros compráis lo necesario. Yo regreso al refugio, compruebo si alguien lo vigila, saco a Tordo y el equipo y nos encontramos en el mercado de la terraza occidental.

—Solo —dijo Ridley.

—Esa era la parte útil del plan.

—También la estúpida.

—A veces coinciden.

Ridley sostuvo su mirada.

Blaid sabía qué estaba pensando. Su mano derecha seguía sin recuperar toda la precisión, el corte de las costillas se había abierto ligeramente durante el descenso y acababan de matar a cinco personas en una institución pública.

No era el momento ideal para separarse. Precisamente por eso, nadie esperaría que lo hicieran.

—Si ves algo raro, vuelves —dijo Ridley.

—Naturalmente.

—Blaid.

—Sí.

—No investigas. No sigues a nadie. No decides que una puerta cerrada merece una hora de tu vida. Coges las cosas y vuelves.

Fïrn levantó un dedo.

—Quisiera dejar constancia de que ese nivel de precisión demuestra aprendizaje.

Blaid ignoró al bardo.

—Recoger, salir y volver.

Ridley tardó un poco más en asentir. Se separaron dos calles después.

Blaid no tomó inmediatamente el camino hacia el refugio.

Bajó una terraza, cruzó un mercado de alfareros, regresó por una vía paralela y dedicó varios minutos a comprobar reflejos en escaparates, interrupciones en el flujo de peatones y rostros que aparecieran con demasiada frecuencia.

No detectó seguimiento. Aquello lo tranquilizó menos de lo que habría esperado.

Cuando llegó al barrio de talleres, se aproximó al refugio por detrás. La tintorería cercana seguía expulsando vapor desde una ventana alta y el olor húmedo de los pigmentos se mezclaba con madera mojada, estiércol y aceite de engranajes. La casa parecía vacía.

Blaid no se acercó a la puerta. Rodeó la manzana, cruzó un patio comunal fingiendo interés por una pila de tablones y se detuvo bajo un soportal desde el que podía observar la parte superior del muro trasero.

Esperó. Una mujer entró en la vivienda contigua con un cesto de ropa.

Dos aprendices pasaron discutiendo sobre una pieza de hierro mal templada.

Un perro salió de un callejón, olisqueó una rueda y decidió que el mundo no merecía mayor investigación.

Nada más. Blaid apoyó la espalda contra la pared y buscó el Tejido.

El acceso respondió peor de lo que le habría gustado.

La vara de la Luz Púlida había dejado una sensación desagradable detrás de sus intentos de tocarlo, como si una puerta que siempre había cedido con facilidad conservara ahora la memoria de haber sido cerrada de golpe.

No había bloqueo, pero sí resistencia. Insistió con cuidado.

La magia no llegó como un torrente ni necesitaba hacerlo.

Solo quería que la luz dejara de encontrarlo de la manera habitual, que los ojos ajenos tuvieran más dificultades para convertir su silueta en alguien digno de atención.

Cuando el velo terminó de asentarse, Blaid miró su propia mano.

Seguía allí para él. Para los demás, esperaba que bastante menos.

El esfuerzo le dejó una presión desagradable detrás de los ojos.

No era gratuito y, después de la vara de supresión, el coste apareció antes de lo habitual. Cruzó la calle.

No abrió la puerta principal. Utilizó una caja de herramientas abandonada junto al taller vecino para alcanzar el muro trasero, descendió al patio con más ruido del que le habría gustado y permaneció inmóvil hasta comprobar que nadie reaccionaba.

Tordo levantó la cabeza desde el cobertizo y olfateó el aire. Blaid se llevó un dedo a los labios.

—Ni se te ocurra.

Tordo rebuznó. Blaid cerró los ojos.

—Por supuesto.

Esperó otra vez. Nadie llamó a la puerta.

El velo se deshizo poco después. Mantenerlo mientras trabajaba con una mano que todavía no obedecía del todo era un desperdicio de concentración. Entró en la casa por la puerta del patio.

La cocina parecía igual, y precisamente por eso dedicó un momento a comprobar que no lo fuera.

Encontró la primera diferencia en menos de un minuto.

Un cajón de la habitación trasera sobresalía apenas más de lo que recordaba; la manta del piso superior estaba doblada con el borde hacia la pared cuando aquella mañana había quedado hacia fuera, y el cierre de una ventana presentaba una raya nueva junto al perno.

Alguien había entrado después de que ellos salieran. Eso explicaba muy poco.

Blaid recorrió la casa una vez sin tocar nada. No encontró sangre, mensajes ni objetos abandonados, tampoco señales de que alguien hubiese esperado allí durante mucho tiempo. Quien hubiera registrado el refugio sabía hacerlo.

El escondite bajo el hogar continuaba cerrado. Blaid se quedó mirándolo. Ridley tenía la llave. Para Blaid, aquello no suponía un obstáculo.

Se arrodilló, apartó la bandeja, presionó la unión del ladrillo y levantó la tabla. Había observado cada movimiento del falso Kirel la primera vez. Paf Paf probablemente habría dicho que mirar no era lo mismo que aprender. Paf Paf tenía razón en demasiadas cosas incómodas.

La cerradura del cofre era mejor que la de la casa. Blaid trabajó con la izquierda porque el dedo medio de la derecha seguía llegando tarde a las órdenes más precisas. El índice había mejorado, pero no lo suficiente para confiarle un mecanismo que podía bloquearse si forzaba un resorte.

Tardó más de lo habitual. El sudor empezó a acumularse bajo el cabello cuando por fin oyó ceder el último pasador. Abrió. La cuenta negra seguía dentro, envuelta en el paño. También el anillo. Blaid dejó de respirar durante un instante.

El rubí capturó la poca luz que entraba desde la cocina y la devolvió sin brillo suficiente para justificar la reacción de su cuerpo. Recordó Mirasol y a Ridley entregándole la pieza con una reticencia que ninguno había comprendido del todo. Solo voy a tocarlo.

El chasquido había sido pequeño, apenas un sonido seco entre piel y metal. Sin embargo, lo había obligado a soltar el anillo antes incluso de comprender por qué.

Blaid flexionó la mano izquierda. No había olvidado la sensación. Tampoco la Presencia.

Desde Beregost había aprendido que podía permanecer horas o días reducida a una presión difícil de separar de sí mismo. No necesitaba hablar y, a veces, ni siquiera parecía necesario que empujara. Ahora estaba despierta. Lo supo antes de poder explicar cómo.

No hubo palabras ni una orden sencilla que pudiera rechazar.

Sintió primero una contracción bajo las costillas, demasiado profunda para pertenecer al corte reciente; después llegó una aversión casi física hacia el pequeño círculo de metal, acompañada por algo contradictorio que lo obligó a mirarlo con mayor atención.

No quería acercarse y necesitaba saber por qué. Blaid apretó la mandíbula.

—Extraordinariamente útil.

La Presencia no respondió. Nunca lo hacía cuando habría resultado conveniente.