Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 14 #3
42%

14 #3

Las cámaras de procedencias sin reclamante estaban a pocos pasos.

La primera contenía cajas, pequeños muebles y objetos envueltos en telas cuyos propietarios llevaban décadas sin aparecer.

La segunda era más profunda y estaba casi vacía; al fondo había una antigua puerta contra incendios revestida de cobre y con una barra exterior todavía funcional.

Ridley entró y calculó el espacio. Cabían los cuerpos. Detestó que aquello fuese lo primero que pensara.

Trabajaron en silencio durante los primeros minutos.

Paf Paf cargó al cambiaformas sobre un hombro; pesaba menos de lo que Ridley habría esperado para la altura que había mostrado durante los últimos días y, bajo la ropa, la anatomía parecía haber perdido parte de la consistencia de aquella figura.

Nada volvió a cambiar mientras lo transportaban.

Fïrn lo observó pasar y abrió el diario. Debajo de la anotación anterior escribió: Cambiaformas que utilizaba el nombre y el rostro de Kirel Vorkos: muerto. Añadió después: No afirmar que Kirel Vorkos ha muerto. Cerró el cuaderno.

Llevaron a continuación a los miembros de la Luz Púlida. Ridley recogió las armas y Blaid cargó con los restos de la vara de supresión; dejaron todo junto a los cadáveres porque salir de la Casa con equipo inquisitorial habría exigido explicaciones que ninguno estaba en condiciones de dar.

Paf Paf cerró la puerta de incendios y colocó la barra. Después probó el mecanismo.

—No aguantará mucho si quieren abrir.

Blaid observó la superficie envejecida.

—No tiene que aguantar. Solo parecer una puerta que nadie necesita abrir.

Regresaron a la sala principal.

Fïrn encontró en un armario de conservación varios recipientes de polvo absorbente utilizado para retirar humedad e impedir que una mancha de tinta se extendiera por los documentos.

Lo vertieron sobre la sangre, esperaron hasta que cambió de tono y barrieron después la capa oscurecida.

Las manchas siguieron allí, pero dejaron de parecer recientes para cualquiera que atravesara la sala sin estar buscándolas.

Paf Paf enderezó la mesa y Blaid recogió la silla rota para dejarla en una esquina, apoyada de forma que pareciese apartada para una reparación pendiente. Ridley encontró a Fïrn recolocando documentos.

—Déjalos.

Fïrn ajustó una caja exactamente donde había estado.

—No.

—Tenemos que salir.

—Lo sé.

—Entonces…

Fïrn se volvió. Tenía el rostro cansado y una mancha seca de sangre en una manga.

—Acabamos de matar a cinco personas. Necesito que al menos los libros estén donde deben estar.

Ridley lo miró. No había argumento táctico dentro de aquella frase y tampoco necesitaba haberlo. Cerró la boca y cogió el siguiente volumen. Blaid los observó sin hacer ninguna broma.

Entre los cuatro devolvieron cuanto pudieron a su posición. La puerta secundaria había sufrido daños durante la pelea con el cambiaformas, pero Paf Paf consiguió encajar el mecanismo hasta que, vista desde el interior de la sala, parecía correctamente cerrada.

Fïrn dedicó después un tiempo que Ridley consideró excesivo a escuchar las paredes y el conducto de la campana.

—No creo que el sonido haya llegado arriba.

Ridley lo miró. Fïrn corrigió inmediatamente.

—No puedo saberlo.

—Bien.

Era mejor así.

Se lavaron en el pequeño punto de conservación del corredor anterior. Había agua fría, jabón áspero y varios paños destinados a limpiar las manos antes de manipular documentos delicados. Ridley vio sangre ajena disolverse en el agua y desaparecer por un desagüe demasiado estrecho. Apartó la mirada.

Blaid cerró la capa sobre el corte de las costillas. No era profundo, pero la tela interior empezaba a teñirse y la mano derecha le tembló al ajustar el broche. Fïrn frotó la manga hasta convertir la mancha en un parche oscuro de humedad, mientras Paf Paf limpiaba cuidadosamente el mazo.

Cuando terminaron, parecían cuatro investigadores patrocinados que llevaban demasiadas horas trabajando en un depósito incómodo. Ridley pensó que aquella descripción, de algún modo, seguía siendo cierta. Empezaron a subir.

El primer corredor estaba vacío. En el segundo reapareció el ruido normal de la Casa: ruedas pequeñas transportando cajas, pasos sin prisa, páginas moviéndose y conversaciones pronunciadas con el cuidado de quien sabe que cualquier frase podría terminar anotada en algún sitio.

A cada tramo, la normalidad recuperaba terreno.

Ridley descubrió que también resultaba cada vez más difícil caminar como una persona que no acababa de matar a un hombre rendido.

En el puesto de acceso inferior había un escribiente sentado detrás de una mesa. Levantó la cabeza cuando aparecieron y Ridley notó la tensión recorrerle la espalda. El hombre bostezó.

—¿Habéis terminado?

Fïrn respondió.

—Con ese fondo.

—¿Alguna caja abierta fuera de consulta?

—No.

El escribiente lo anotó.

—Entonces podéis subir.

Eso fue todo. Ridley habría preferido una inspección.

Cruzaron las salas públicas sin acelerar.

Había más gente que cuando habían bajado: dos estudiosos discutían ante un documento fiscal, un mensajero esperaba una firma junto a una columna y una familia entera ocupaba una mesa cubierta de genealogías.

Ninguno sabía lo que había debajo de sus pies. Ridley no conseguía dejar de pensarlo.

Neral Voss los esperaba cerca de los controles de salida. Fïrn le devolvió la placa de bronce y el anciano la hizo girar entre los dedos.

—Habéis tardado.

Ridley sintió a Blaid contener ligeramente la respiración. Fïrn no.

—Había dos cadenas de procedencia cruzadas y un fondo que llevaba diecinueve años sin consultarse.

Neral arqueó una ceja.

—Entonces habéis tardado poco.

Guardó la placa. Ridley tuvo que recordarse que todavía no estaban fuera.

Paf Paf cruzó primero el arco de cobre y los cristales permanecieron apagados.

Fïrn lo siguió sin provocar reacción alguna y después pasó Ridley.

Nada. Blaid fue el último. Tres filamentos se iluminaron con el mismo tono azul blanquecino de la entrada, reconociendo su afinidad con el Tejido sin señalar ningún cambio adicional. Neral ni siquiera levantó la cabeza.

A pocos pasos, las puertas de la Casa dejaban entrar la luz de la tarde.

Ridley las atravesó sin variar el paso y no miró atrás hasta que los cuatro alcanzaron el primer rellano de la escalinata y el flujo de escribientes comenzó a rodearlos.

Fïrn llevaba el diario apretado contra el costado. Paf Paf observaba las calles y los accesos, mientras Blaid recorría la multitud con los ojos como si aún pudiera encontrar entre aquellos rostros alguno que perteneciera al hombre que había utilizado el nombre de Kirel.

Ridley tocó bajo la ropa la llave del cofre del refugio. El anillo seguía allí. También la cuenta negra.

El cambiaformas había muerto después de advertirle sobre algo que Ridley creía que era el anillo y, en algún momento —tal vez en una hora, quizá antes—, alguien abriría una puerta en los depósitos inferiores y descubriría cinco cadáveres.

Entre ellos habría un soldado de la Luz Púlida que nunca regresaría de una rendición que nadie más había presenciado. Ridley bajó la mano.

—Tenemos que marcharnos.