14 #2
Fïrn lanzó la voz contra ella, no como una canción ni como una palabra, sino mediante una nota larga que buscó la vibración antes de que pudiera extenderse. En algún lugar del corredor, el bronce respondió y los dos sonidos se encontraron dentro de la piedra.
El tañido quedó reducido a un zumbido sordo. Fïrn apretó los dientes y necesitó una respiración completa antes de hablar.
—Eso no puedo hacerlo muchas veces.
Ridley llegó hasta el oficial antes de que pudiera probar de nuevo.
El hombre soltó la cuerda y recibió el primer ataque con una parada limpia, también el segundo.
Combatía mejor que los soldados y había comprendido algo importante: no necesitaba derrotar a Ridley, solo ganar el espacio suficiente para alcanzar otra vez la alarma. Ridley también lo entendió.
Miró de reojo al soldado inconsciente sobre la mesa, al hombre de la vara todavía aturdido junto a Blaid y a Paf Paf forcejeando con el último soldado cerca del corredor lateral.
Cuatro hombres. Cuatro testigos que conocían sus nombres, habían visto el cadáver del cambiaformas y podían describir exactamente qué documentos estaban consultando cuando los encontraron.
Aunque los derribaran sin matarlos, seguían teniendo un problema que no cabía dentro de aquella habitación.
No podían llevárselos por la Casa; atarlos solo retrasaría el momento en que alguien los encontrase.
Encerrarlos en una cámara funcionaría hasta la siguiente ronda de un archivero o hasta que el grupo no compareciera donde debía.
Después, la Luz Púlida tendría sus nombres, su ruta y probablemente las puertas de Eshvar antes de que ellos alcanzaran siquiera la terraza inferior.
El oficial percibió el cambio en el rostro de Ridley.
—Ahí está.
Ridley desvió una estocada.
—¿Qué?
—El momento en que entiendes dónde estás.
El hombre sonrió.
—Todavía puedes rendirte.
Ridley pensó en Beregost, pero no en las llamas ni en los cadáveres.
Pensó en una reja cerrándose, en Solrrak al otro lado y en hombres vestidos de blanco avanzando mientras palabras como protección, custodia o seguridad conseguían justificar casi cualquier cosa si quien las pronunciaba llevaba suficiente autoridad detrás.
El oficial atacó. Ridley dejó de contenerse.
La espada entró entre dos placas de la armadura, justo por debajo del brazo que el hombre acababa de levantar. Durante un instante, el peso entero del inquisidor descansó sobre el acero. Ridley retiró la hoja y el hombre cayó junto a la cuerda de la campana.
La música de Fïrn perdió una nota. Paf Paf y Blaid volvieron la cabeza. Ninguno preguntó si había sido un accidente. Ridley miró la puerta.
—Ninguno sale de esta sala.
No necesitó alzar la voz.
El soldado que todavía luchaba con Paf Paf entendió la frase antes de que nadie pudiera discutirla.
Hasta entonces se había defendido sabiendo que el goliat escogía los golpes: había recibido el mango, el borde del mazo y una embestida del hombro, siempre con suficiente control para seguir respirando después.
Aquello cambió. El soldado atacó con un grito.
Paf Paf absorbió el golpe del escudo con el antebrazo, retrasó un pie para recibir el peso y giró el mazo desde abajo.
La cabeza de hierro no alcanzó al hombre, sino al escudo, y la madera se abrió alrededor del agarre dejando expuesto el brazo.
Paf Paf recuperó el arma y la hizo regresar contra el peto. Esta vez el sonido fue distinto.
El soldado salió despedido contra una estantería y quedó sentado en el suelo, con la cabeza inclinada sobre el pecho. Paf Paf permaneció un instante mirándolo antes de volverse hacia el hombre que empezaba a recuperar la consciencia sobre la mesa. Blaid se encargó del portador de la vara.
El custodio también había comprendido lo ocurrido.
Miró al oficial muerto, luego al soldado junto a la estantería y finalmente hacia la puerta lateral.
Eligió el corredor por el que no habían visto pasar a nadie durante toda la mañana y echó a correr.
Blaid fue tras él, pero estaba demasiado lejos. Fïrn lo vio.
La resonancia que contenía los ecos disminuyó apenas, lo suficiente para que los pasos del fugitivo recuperaran cuerpo dentro del corredor.
El bardo encontró el miedo, pero no trabajó sobre él; buscó la vergüenza que había aparecido antes, cuando el hombre todavía dependía de su instrumento.
Seguía allí, aunque ahora tenía otra forma.
Estaba huyendo mientras sus compañeros caían. Fïrn cantó:
—¡Corre! ¡Seguro que ellos entienden por qué tú sí mereces volver a casa!
El hombre redujo el paso apenas lo suficiente para volver la cabeza. La Armonía hizo el resto únicamente porque la emoción ya existía.
Blaid lo alcanzó. Su espada entró por la espalda y el custodio se arqueó, avanzando todavía un par de pasos por pura inercia antes de caer de rodillas.
Fïrn cerró los ojos. Ridley vio cómo tragaba saliva cuando la emoción a la que estaba resonando desapareció de golpe. No hubo tiempo para preguntarle cómo estaba. Todavía quedaba uno.
El soldado que Paf Paf había dejado sobre la mesa consiguió bajar de ella con dificultad.
Tenía un brazo pegado al cuerpo y sangre en la boca, pero seguía consciente.
Miró al oficial muerto, después al hombre caído en el corredor y por último a Paf Paf junto al cuerpo del otro soldado.
Soltó la espada. El arma golpeó las losas.
—Me rindo.
Fïrn dejó que la canción descendiera hasta convertirse en un murmullo suficiente para contener los sonidos más fuertes, sin sostener ya palabras ni emociones.
Paf Paf no levantó el mazo y Blaid regresó desde el corredor con la espada baja y sangre ajena en el filo.
Ridley contempló al hombre desarmado. Parecía más joven sin el escudo delante.
—De rodillas.
El soldado obedeció.
—No diré nada.
Ridley no respondió.
—No tenéis que matarme. Podéis atarme aquí, cerrar la puerta… No gritaré.
Eran las mismas posibilidades que Ridley había estado calculando durante el combate.
—¿Cuándo deben saber de vosotros?
El joven comprendió la pregunta y el color desapareció de su rostro.
—No importa.
—¿Cuándo?
—Al terminar la consulta.
—¿Cuánto falta?
El hombre vaciló. Ridley avanzó un paso.
—Una hora. Quizá menos.
No tenían forma de saber si decía la verdad y una hora seguía siendo demasiado poco. Paf Paf miró hacia la puerta.
—Nos encontrarán.
—No. Puedo esperar. De verdad. No voy a gritar.
Blaid llegó junto a ellos.
—Hasta que nos marchemos.
El soldado levantó la mirada.
—Os doy mi palabra.
Blaid observó el símbolo blanco de su ropa.
—No significa lo que esperas que signifique para nosotros.
Fïrn había dejado de tocar con una mano.
—Podemos encerrarlo.
—Abrirán la puerta —respondió Blaid.
Fïrn miró hacia las cámaras del fondo.
—Podemos…
No terminó.
Todas las posibilidades desembocaban en el mismo punto y cada intento de formular otra hacía más evidente que ninguna resolvía realmente el problema. El soldado miró entonces a Paf Paf.
—Tú.
El goliat sostuvo su mirada.
—¿Qué?
—Tú no quieres hacerlo.
Paf Paf respondió sin vacilar.
—No.
Durante un instante apareció una esperanza pequeña en el rostro del hombre. Paf Paf añadió:
—No importa.
La esperanza desapareció.
Ridley sintió un peso frío asentarse bajo el pecho. Habría preferido rabia, porque la rabia al menos le habría permitido fingir durante unos segundos que la decisión pertenecía todavía al combate. Pero el hombre estaba desarmado y de rodillas.
Ya no había choque de escudos, ninguna espada avanzando hacia ellos ni suficiente confusión para esconder lo que significaría matarlo. Si lo hacían, sabrían exactamente qué habían hecho. Paf Paf apoyó el mazo contra la piedra.
—Yo —dijo Paf Paf.
Ridley lo miró. El goliat no explicó la oferta ni estaba defendiendo la decisión; solo se ofrecía a cargar con ella. Ridley negó.
—No.
—No tienes que…
—He decidido que ninguno salía.
Paf Paf sostuvo su mirada unos segundos. Después asintió. Ridley se acercó al soldado. La respiración del joven se aceleró.
—Por favor.
Ridley deseó que se levantara, que intentara recuperar la espada, que lo insultara o hiciera cualquier cosa que permitiera transformar aquello en otra clase de acto. El hombre no lo hizo. Cerró los ojos. Ridley utilizó la espada una sola vez. Cuando el cuerpo cayó, Fïrn dejó de tocar.
El silencio verdadero volvió a la sala y no tuvo nada de solemne. No convirtió la decisión en sacrificio ni ofreció una forma digna de contemplarla; solo dejó cinco cuerpos en unos depósitos de archivo y a cuatro personas respirando entre ellos. Ridley limpió la hoja sin mirar a nadie.
Paf Paf fue el primero en moverse. Comprobó el cuello del último soldado, hizo lo mismo con los demás miembros de la Luz Púlida y terminó junto al cadáver pálido del cambiaformas.
—Cinco.
Ridley asintió.
Blaid se agachó junto al oficial y retiró el documento que llevaba enrollado. Lo extendió sobre la mesa mientras Fïrn se acercaba. Sus nombres aparecían en la parte superior.
La orden autorizaba su detención si eran localizados, describía su participación en la fuga de Edric Thorne y permitía transferirlos a custodia inquisitorial. No decía nada sobre entrar en los depósitos inferiores de la Casa. Fïrn recorrió los sellos.
—No debían estar aquí.
Ridley envainó la espada.
—Eso nos ayuda.
—Un poco.
—Ahora mismo acepto un poco.
Blaid examinó otra vez el documento.
—Si la Casa no sabía que habían bajado, alguien tardará más en preguntarse dónde están.
Fïrn miró la habitación. La sangre empezaba a acumularse en las juntas del suelo, la mesa estaba desplazada, una silla se había roto durante el combate y dos impactos de Paf Paf habían dejado marcas imposibles de borrar de las losas.
—No podemos limpiar esto.
Ridley siguió su mirada.
—No hace falta dejarlo limpio.
Paf Paf entendió.
—Esconder.