Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 14
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La puerta terminó de abrirse y entraron cuatro miembros de la Luz Púlida.

Ridley reconoció primero la distribución y después los rostros.

El hombre que iba delante llevaba una capa blanca corta sobre una armadura ligera y un documento enrollado en la mano izquierda.

Dos soldados lo seguían con escudos estrechos y las espadas ya fuera de sus vainas, mientras que el último sostenía una vara de cobre dividida en segmentos por pequeñas piezas de cuarzo lechoso.

Ridley había visto instrumentos semejantes en Eltarion; por la reacción de Blaid, él también.

El oficial recorrió la habitación con una sola mirada y no necesitó más para entender que algo había ocurrido: vio la mesa desplazada, las marcas del mazo sobre las losas, la sangre que empezaba a buscar las juntas del suelo y el cuerpo pálido del cambiaformas junto a la puerta secundaria.

Después se detuvo en la espada de Blaid.

—Blaid de Caria.

No era una pregunta. Su mirada pasó hacia Ridley.

—Ridley Der.

Uno de los soldados cerró la puerta detrás de ellos. Ridley buscó instintivamente a algún archivero en el corredor, pero no había nadie. Aquellos cuatro habían bajado solos y, por la forma en que llevaban ya las armas preparadas, tampoco parecían haber venido a consultar registros.

El hombre de la vara clavó el extremo de cobre entre dos losas y giró una de las piezas de cuarzo. Blaid perdió el aire. El tiefling se dobló como si hubiera recibido un golpe en el estómago y la mano que sostenía la espada empezó a temblar mientras intentaba alcanzar algo que Ridley no podía ver.

—Tejido —consiguió decir.

Una luminosidad sucia apareció dentro de los cuarzos.

Ridley no sintió nada y, cuando Fïrn rozó una cuerda, el instrumento respondió con normalidad.

Aquello no anulaba toda magia ni se parecía exactamente a la red de la prisión; estaba interfiriendo con el modo en que Blaid accedía al Tejido. El oficial desenvainó.

—Entregad las armas.

Ridley miró el cadáver del cambiaformas y calculó la distancia hasta la puerta.

La campana de llamada estaba fuera de la sala.

Si conseguían reducir a aquellos cuatro antes de que alguien alcanzara el mecanismo, todavía podrían salir de los depósitos sin arrastrar medio edificio detrás. Todavía podían reducirlos sin matarlos.

—No.

El oficial hizo un gesto y los dos soldados avanzaron juntos.

La diferencia con el cambiaformas fue inmediata.

Aquel había combatido aprovechando huecos, modificando su propio cuerpo y obligándolos a perseguir posiciones que dejaban de existir; la Luz Púlida funcionaba como una unidad.

Ambos escudos se superpusieron en el centro, el oficial se mantuvo medio paso detrás esperando una apertura y el portador de la vara conservó suficiente distancia para mantener la presión sobre Blaid.

Ridley conocía aquella formación. Solrrak le había hecho repetir variantes hasta conseguir que odiara cada una de las correcciones. No mires el escudo. Mira qué está protegiendo.

Amagó contra el hombre de la izquierda. El soldado cerró la línea y Paf Paf golpeó el borde del otro escudo sin emplear toda la fuerza del mazo, solo la necesaria para obligar a su dueño a absorber el peso y corregir el apoyo.

Los dos hombres dejaron entre ellos un hueco mínimo y Ridley entró por allí.

Su espada chocó contra la protección del antebrazo y resbaló hasta encontrar la guarnición contraria.

En lugar de buscar carne, enganchó la hoja durante un instante y tiró hacia sí al mismo tiempo que Paf Paf empujaba desde el otro lado. La línea se abrió lo suficiente.

Fïrn comenzó a tocar. No lanzó una provocación ni buscó todavía una emoción concreta.

Recuperó la resonancia con la que había contenido los ecos durante la pelea anterior: las cuerdas encontraron el zumbido grave de la piedra y su voz se colocó sobre él hasta construir una segunda vibración dentro de la verdadera.

El acero, las botas y el mazo seguían sonando, pero empezó a desaparecer la forma en que la habitación devolvía aquellos ruidos hacia el corredor.

Ridley vio el esfuerzo en el cuello de Fïrn y la precisión con la que tomaba aire entre dos notas. El oficial también lo entendió.

—Al bardo.

Uno de los soldados intentó separarse de la formación, pero Ridley cerró su camino.

El hombre atacó de inmediato, esta vez con intención de herir.

Ridley detuvo el primer golpe y cedió ante el segundo, permitiendo que la tercera estocada entrara algo más de lo prudente antes de girar el cuerpo.

La hoja pasó junto a sus costillas y respondió con la guarnición contra la boca.

El soldado perdió el equilibrio y Paf Paf completó el movimiento con un golpe contenido del mango contra el peto, lanzándolo de espaldas sobre la mesa entre dos cajas de archivo.

El hombre quedó inmóvil, aunque todavía respiraba, y el goliat ya estaba volviéndose hacia el siguiente.

Blaid había dejado de intentar alcanzar el Tejido.

Cada tentativa tensaba su rostro y hacía que la mano derecha fallara más de lo habitual, como si la vara hubiera convertido un acceso conocido en una puerta que se cerraba cada vez que intentaba tocarla.

En vez de insistir, levantó la espada y fue directamente hacia el hombre que sostenía el instrumento.

El custodio esperaba enfrentarse a un brujo, pero no a un buen espadachín.

Blaid dejó pasar el primer golpe de la vara por encima del hombro, entró dentro de su alcance y cortó una de las correas que mantenían unidos dos segmentos. El cuarzo parpadeó y el tiefling inspiró con brusquedad al disminuir la presión.

El custodio retrocedió y utilizó la vara como un bastón, lanzando el extremo de cobre contra su rostro. Blaid tuvo que apartarse y el instrumento golpeó una estantería. Los cristales vibraron. Fïrn lo oyó.

Ridley reconoció el cambio en la canción antes de entender qué buscaba.

El bardo mantuvo con la voz la nota encargada de amortiguar la sala y dejó al laúd perseguir el sonido agudo del cuarzo.

Probó una frecuencia y, cuando los segmentos apenas respondieron, desplazó el tono hasta encontrar otra.

El hombre de la vara miró sus propias manos. Fïrn sonrió.

—Ahí estás.

Subió apenas la nota y la vibración recorrió el cobre hasta hacer que los fragmentos de cuarzo golpearan contra sus engarces, primero con un tintineo fino y después con violencia suficiente para que el custodio apretara los dientes.

Fïrn encontró en él algo más que miedo. Había vergüenza y una necesidad casi desesperada de conservar el control sobre un instrumento que justificaba su lugar dentro de la formación.

—¡Sujétala bien! ¡Parece que ella quiere huir antes que tú!

No necesitaba ser ingenioso. La Armonía no creó aquella emoción; la encontró donde ya existía y le dio suficiente presencia para que el hombre reaccionara contra ella.

El custodio aferró la vara con ambas manos para demostrar, quizá a sus compañeros o quizá a sí mismo, que todavía la controlaba. Aquello dejó expuesta la segunda correa y Blaid la cortó.

Los segmentos se separaron y la luz del cuarzo se apagó.

Durante un instante, el tiefling permaneció inmóvil, como alguien que vuelve a notar una extremidad después de tenerla entumecida.

Entonces alcanzó el Tejido. No hubo un estallido ni una llamarada.

Su silueta se desplazó apenas fuera de sí misma, como si la luz hubiese olvidado durante un latido dónde terminaba su cuerpo.

El custodio atacó la figura equivocada y Blaid apareció a su lado para golpearlo con el pomo detrás de la oreja. El hombre cayó de rodillas.

En el extremo opuesto de la sala, el oficial había conseguido llegar hasta Fïrn.

El bardo retrocedía alrededor de la mesa sin abandonar la resonancia que mantenía el sonido contenido, y aquello lo obligaba a tocar con menos libertad mientras la espada del inquisidor buscaba sus manos, el cuello del laúd y cualquier punto capaz de cortar de golpe la música.

Ridley intentó llegar hasta ellos, pero el segundo soldado le cerró el paso con el escudo. Respondió con un corte bajo; el hombre defendió bien y empezó a presionarlo hacia una de las estanterías. La formación se había roto, pero los hombres que la componían seguían sabiendo combatir.

Fïrn modificó otra vez la melodía. Ridley lo oyó buscar algo bajo la disciplina del oficial, que atacaba con precisión y mantenía la vista sobre el bardo, aunque cada vez que la vara perdía terreno dirigía una mirada rápida hacia el custodio que la sostenía.

Necesitaba que aquel instrumento siguiera funcionando.

No solo por utilidad; la seguridad de toda su posición parecía depender de creer que el sistema continuaba bajo control.

Fïrn encontró el orgullo que rodeaba aquella necesidad.

—Mucho blanco para alguien que necesita una piedra para sentirse valiente.

La voz hizo más que las palabras. El oficial se tensó y Fïrn recibió la respuesta.

Ridley lo vio palidecer mientras la certeza ajena de autoridad, el miedo a quedar en ridículo delante de sus subordinados y la necesidad de demostrar que no necesitaba ayuda encontraban eco dentro de él. El bardo no dejó de tocar.

El oficial atacó demasiado deprisa y Fïrn evitó la hoja por poco. El movimiento lo llevó hacia la pared, donde Ridley vio entonces la cuerda que desaparecía dentro de un conducto vertical. La cuerda de la campana. El oficial la vio al mismo tiempo y abandonó a Fïrn para correr hacia ella.

—¡La campana!

El inquisidor alcanzó la cuerda y tiró.

Ridley oyó el mecanismo entrar en movimiento dentro de la pared. Una sucesión de piezas metálicas transmitió el tirón hacia arriba, donde un bronce esperaba convertirlo en alarma. La campana intentó sonar.