13 #2
—La mezcla pertenece a la Oficina de Transferencias Extraordinarias. Sal mineral y resina endurecida. Se utiliza poco porque es más cara que la cera corriente y algunos pigmentos no fijan bien sobre ella.
Ridley volvió hacia él.
—La misma oficina que aparece en estos traslados.
—Sí.
—Y cuyo sello encontramos donde había estado el jinete.
Blaid corrigió sin levantar la voz.
—Encontramos cera compatible en un lugar por el que había pasado. No un sello unido a él.
Ridley apretó la mandíbula.
—Lo sé.
Fïrn anotó la precisión. Kirel cerró el registro.
—Ya está.
La frase no tenía nada de extraño. El modo de decirla sí.
No había cansancio ni satisfacción en su voz.
Sonaba a conclusión tomada antes de que los demás hubieran terminado de decidir si querían seguir buscando.
Blaid apoyó una mano sobre la mesa y su voz apareció dentro de las cabezas de los otros tres.
No habléis.
Fïrn mantuvo los ojos sobre el documento. La sensación ya no lo sorprendía tanto como la primera vez.
Otra vez , añadió Blaid. Acaba de decirme que no abramos la cámara del fondo.
Ridley respondió sin mover los labios.
¿Hay algo allí?
No lo sé.
Paf Paf miró hacia el corredor secundario. La última cámara tenía una placa casi oculta por el óxido.
PROCEDENCIAS SIN RECLAMANTE
Kirel empezó a recoger los documentos.
—No necesitamos nada de ahí.
Fïrn sintió cómo las piezas que había estado manteniendo separadas durante horas empezaban a buscarse unas a otras.
—¿Por qué?
Kirel señaló el encabezamiento.
—Son fondos sin cadena documental útil. Objetos, copias y depósitos cuyos responsables desaparecieron antes de completar la transferencia.
—Precisamente hemos venido siguiendo cadenas rotas.
—Y ya habéis encontrado lo que necesitabais.
Ridley no intervino. Blaid tampoco. Fïrn se dirigió hacia la cámara. Kirel dio un paso y se colocó delante. El movimiento fue pequeño, pero Paf Paf lo vio y la mano de Ridley abandonó el borde de la mesa.
—Apártate —dijo Fïrn.
Kirel sostuvo su mirada.
—No hay nada ahí que cambie lo que habéis descubierto.
La voz de Blaid regresó dentro del vínculo.
Hay una segunda puerta detrás de él.
Fïrn no miró. Ridley preguntó:
¿Una salida?
Blaid tuvo tiempo de pensar:
Puede ser.
Kirel respondió en voz alta:
—Esa puerta no conduce fuera.
Nadie se movió. Durante una fracción de segundo, Kirel pareció no entender qué acababa de hacer. Blaid fue el primero en hablar.
—Interesante.
Kirel volvió hacia él.
—Estabas observándola.
—No. Ni siquiera la estaba mirando.
Fïrn sintió que la respiración se le aceleraba.
Ya no eran pequeñas coincidencias ni información atribuible a los años que Kirel había pasado en la Casa.
Acababa de responder a una pregunta que Ridley no había pronunciado.
Paf Paf dejó de apoyarse en la mesa y Ridley modificó apenas la postura para liberar la mano de la espada.
Kirel no pareció asustado. Calculó. Fïrn reconoció la diferencia porque llevaba demasiado tiempo observándolo hacer precisamente eso.
—No conviene hacer esto aquí —dijo Kirel.
Blaid miró alrededor. Se encontraban varios niveles bajo las salas públicas, detrás de puertas diseñadas para impedir que el fuego y el ruido atravesaran la piedra. No había archiveros ni lectores, y la campana más cercana estaba en el corredor exterior.
—Curioso lugar para descubrirlo.
Kirel dejó los documentos sobre la mesa con mucho cuidado.
—Blaid.
—¿Sí?
—No entiendes lo que has sentido.
—Eso empieza a repetirse demasiado.
Ridley dio un paso.
—¿Quién eres?
Kirel lo miró.
—Ya te lo dije.
—Dijiste un nombre.
—Es el mío.
Fïrn pensó en Mirasol, donde los nombres desaparecían aunque las personas dejaran huellas; después en el desconocido del bosque, que había preferido conservar el suyo, y finalmente en un reflejo con su propia cara preguntándole cuál de dos recuerdos quería elegir.
No sabía cuál de aquellas asociaciones era útil.
Por una vez, no intentó decidirlo en el acto. Blaid mantuvo abierto el vínculo.
No puede salir.
Paf Paf respondió:
No.
Ridley no necesitó formular su decisión. Sacó lentamente la espada. Kirel siguió el movimiento con los ojos.
—No queréis atacarme.
Ridley levantó el arma.
—No sabes qué queremos.
Algo ocurrió en el rostro de Kirel. No fue todavía una transformación clara: apretó la mandíbula y la piel de una mejilla pareció acompañar el gesto una fracción demasiado tarde, como una imagen reflejada sobre agua.
Después volvió a ser él. O a parecerlo. Paf Paf tomó el mazo con ambas manos y Blaid se desplazó hacia el corredor del fondo, reduciendo la distancia hasta la segunda puerta.
Kirel los miró a los cuatro. Ya no parecía simplemente el hermano de Kellen que los había esperado en la entrada de Eshvar, aunque tampoco daba la impresión de sorprenderse de que hubieran llegado hasta allí.
—No hagáis esto.
Ridley atacó antes de que pudiera convertir aquella última advertencia en otra explicación razonable.
No buscó matarlo. Entró con la espada alta para obligarlo a atender al filo y cambió el recorrido en el último instante con intención de descargar la guarnición contra la sien.
Quería derribarlo, impedirle alcanzar cualquiera de las dos puertas y averiguar después qué clase de hombre podía escuchar conversaciones que nunca habían llegado a pronunciarse.
La sala dejaba espacio suficiente entre la mesa y las estanterías para ejecutar el movimiento, pero no mucho más.
Había sido construida para libros, no para cuatro personas intentando rodear a una quinta, y Ridley tuvo que calcular al mismo tiempo dónde podía moverse Paf Paf sin convertir una caja centenaria en parte del combate.
La guarnición no encontró la cabeza de Kirel.
El hombre se había echado hacia atrás, pero el cuello no explicaba toda la distancia.
Los hombros parecieron estrecharse bajo la chaqueta y las clavículas acercarse con una suavidad imposible, dejando que el golpe pasara junto a una mejilla que un instante antes ocupaba más espacio.
Kirel agarró la muñeca de Ridley, giró con el impulso del propio ataque y utilizó el peso del guerrero para enviarlo contra la mesa.
El canto de madera le golpeó la cadera y el enorme libro de transferencias se desplazó hasta que la cadena de cobre quedó tirante.
Antes de que Ridley recuperara la postura, Kirel ya corría hacia la puerta principal.
Paf Paf no trató de alcanzarlo con el mazo.
Golpeó la losa delante de él y la cabeza de hierro abrió una pequeña estrella en la piedra.
Kirel tuvo que corregir la zancada para no ofrecer el tobillo al golpe, apoyó demasiado pronto y aquella mínima pérdida de velocidad bastó para que Blaid cerrara el camino con la espada.
Kirel frenó. Por primera vez desde que aquello había empezado, los cuatro consiguieron mantenerlo dentro de un espacio concreto.
—No tenéis que hacer esto.
Ridley se apartó de la mesa.
—Tú nos has traído a un sitio donde nadie podía oírnos.
—Os he traído a los documentos que necesitabais.
—Las dos cosas pueden ser ciertas.
Fïrn se había colocado el laúd. Todavía no tocaba; observaba a Kirel con la atención que reservaba para aquello que no podía estudiarse únicamente con los ojos: respiración, ritmo, tensión y cualquier emoción auténtica que pudiera esconderse debajo de lo que mostraba. Paf Paf señaló la puerta con el mazo.
—Apártate.
Kirel miró primero la salida, después a Blaid y finalmente a Ridley. No había miedo evidente en su expresión, solo aquella rapidez constante con la que parecía convertir cada habitación en distancias y posibilidades.
—No.
Ridley volvió a atacar. Esta vez utilizó el filo.
Kirel giró y la anatomía que durante dos días había conseguido pasar por humana dejó de intentarlo.
El torso se estrechó lo suficiente para que la espada cortara tela en vez de carne y una pierna se alargó durante el movimiento hasta alcanzar un punto de apoyo al que ningún cuerpo normal habría llegado.
La alteración desapareció casi enseguida.
Ya no importaba. Todos la habían visto. Paf Paf levantó el mazo.
—Cambia.
Fïrn rozó una cuerda.
—De forma, sí.
Kirel le lanzó una mirada seca.
—Una descripción útil.
—Prefiero empezar por lo que puedo demostrar.
Algo se tensó alrededor de los ojos del supuesto Kirel.
Fïrn dejó salir una nota baja, casi enterrada bajo el roce de las botas y la respiración de los cinco.
No atacó al cambiaformas. Escuchó la habitación.
La piedra devolvía cada movimiento. La cadena del gran volumen seguía vibrando después del golpe contra la mesa y el sonido de las armas avanzaba hacia la bóveda en ecos pequeños que, acumulados, podían recorrer el corredor.
Fïrn encontró aquellas frecuencias y construyó una segunda capa sobre ellas.
Sostuvo una nota grave con la voz mientras los dedos trabajaban las cuerdas con una precisión casi delicada, acompañando los sonidos ya existentes hasta que empezaron a gastarse dentro de la propia sala.
Ridley seguía oyendo acero, cuero y madera. Lo que dejó de oír fue la habitación devolviéndoselos. Kirel también comprendió.
—Ingenioso.
Fïrn añadió un acorde.
—Y tú llevas dos días siendo aburridamente previsible.
El cambiaformas fue hacia él. Ridley vio la decisión y se interpuso.
Kirel entró por debajo de la espada, golpeó con dos dedos el interior de su codo y consiguió que el brazo perdiera fuerza durante un instante.
La otra mano pasó junto al cuello de Ridley y podría haber cerrado los dedos.
No lo hizo. Lo empujó en el pecho y utilizó el hueco para seguir hacia Fïrn.
Ridley registró el detalle aunque no tuvo tiempo de interpretarlo.