13
Los depósitos inferiores no se parecían al resto de la Casa de los Índices.
La escalera descendía directamente por la roca de la terraza y, conforme dejaban atrás las salas públicas, desaparecían las ventanas, los patios y aquella sensación de orden luminoso que dominaba los pisos superiores.
Los corredores se estrechaban; las paredes conservaban todavía las marcas de las herramientas que las habían abierto y, cada cierto tramo, una lámpara protegida por vidrio ardía dentro de un nicho revestido de cobre.
Fïrn tardó poco en comprender que las puertas eran demasiado gruesas para haber sido diseñadas pensando únicamente en ladrones.
Kirel llevaba la pieza de bronce entregada por Neral.
—Incendios —explicó al advertir su mirada—. Cada sección puede cerrarse de forma independiente. Si el fuego alcanza una sala, intentan condenarla antes de que llegue al siguiente fondo.
Paf Paf examinó una ranura que atravesaba la parte superior de una pared.
—¿Arena?
Kirel asintió.
—Algunos depósitos pueden llenarse desde arriba.
Fïrn contempló las toneladas de piedra que los rodeaban.
Allí abajo podía arder una habitación entera sin que una persona situada dos corredores más allá escuchara nada hasta que alguien hiciese sonar una campana.
La idea no le gustó. Tampoco le gustó reparar en lo poco que parecía incomodar a Kirel.
El primer depósito contenía documentos demasiado recientes para la referencia que buscaban.
El segundo resultó tan antiguo que incluso Kirel tuvo que detenerse varias veces ante las placas.
Los condujo después por una escalera corta hasta una galería donde las identificaciones ya no estaban grabadas directamente sobre la piedra, sino sujetas mediante tornillos, señal de que las categorías habían cambiado suficientes veces como para que nadie quisiera volver a cincelarlas.
Encontraron por fin la referencia tras una puerta de cobre oscurecido.
TRANSFERENCIAS DE CUSTODIAS EXTINTAS
Kirel introdujo la placa de acceso en el mecanismo.
Hubo un sonido pesado dentro de la pared y la puerta se abrió con lentitud suficiente para recordarles cuánto costaría moverla a mano.
Fïrn entró detrás de Ridley. La sala olía a papel seco, metal y humedad mineral.
Las estanterías alcanzaban casi la bóveda y una mesa de consulta ocupaba el centro, rodeada por atriles y pequeñas cajas de conservación.
Al fondo se abría un corredor más estrecho dividido en varias cámaras.
No había archivero ni otro lector. Habían pedido acceso precisamente a un fondo que llevaba diecinueve años sin recibir una consulta, pero saberlo no hizo que la soledad resultara más agradable.
Encontraron el volumen correcto en la segunda cámara.
Era demasiado grande para transportarlo con seguridad y permanecía sujeto a la mesa mediante una cadena de cobre.
Fïrn comprobó la encuadernación antes de tocar nada; las costuras estaban cediendo y algunas hojas se habían deformado por una humedad antigua, de modo que tuvieron que trabajar alrededor del libro en vez de moverlo.
Necesitó varios minutos para comprender el sistema. Blaid observaba desde el otro lado.
—¿Problemas?
—Estoy intentando averiguar qué consideraba evidente alguien muerto hace ciento cincuenta años.
—Una de tus aficiones más estables.
Fïrn hizo caso omiso y siguió las referencias.
La primera ruta relevante partía de Beregost. Las cuentas negras registradas después de la caída habían pasado por varios depósitos y puestos intermedios.
Los nombres civiles de los destinos desaparecían conforme avanzaba la cadena, sustituidos por códigos administrativos cuyo significado no aparecía en el volumen principal.
Varias partidas distintas acababan convergiendo en uno.
Kirel encontró el glosario antes que ninguno.
—Recepción Septentrional.
Ridley apoyó una mano sobre la mesa.
—¿Septentrional de qué?
Fïrn siguió la referencia hasta una página posterior. Allí, junto a una relación de depósitos secundarios, encontró el nombre completo.
LINDES DEL BOSQUE DE SERPIENTE
Paf Paf fue hacia el mapa colgado junto a la entrada y estudió las rutas. La franja septentrional del bosque quedaba al sur de los caminos que llevaban después hacia la Costa de Vaelmar. No estaba exactamente en su trayecto, pero tampoco exigía internarse todavía en las zonas más difíciles.
—Desvío pequeño.
Fïrn calculó las distancias.
—Dos jornadas. Quizá algo más si el camino empeora.
Blaid continuaba leyendo.
—No enviaron solo las cuentas.
Fïrn regresó a la mesa. A la misma recepción llegaban cajas de documentos confiscados, restos de artefactos, objetos sin identificar y materiales procedentes de distintos registros de la Luz Púlida.
Algunos habían pasado por Eltarion; otros provenían de lugares que ninguno de ellos conocía.
El mismo destino se repetía durante meses.
Entonces Blaid señaló una transferencia mucho más reciente. Doce días. Fïrn leyó la categoría.
CUSTODIA PERSONAL
La línea inferior estaba escrita con otra mano.
Procedencia registral: Beregost. Identidad restringida. Custodia viva. Recepción Septentrional.
Fïrn siguió mirando el texto después de terminar de leerlo. No había nombre, edad ni sexo; solo constaba que una persona viva vinculada a Beregost había sido enviada a aquel lugar doce días atrás. Aria apareció en su pensamiento con una rapidez que le produjo vergüenza. Ridley lo vio.
—No sabemos quién es.
Fïrn asintió.
—No.
Paf Paf se colocó a su lado.
—Quieres que sea ella.
Fïrn mantuvo la vista en el registro. Podría haber negado aquello, pero no habría servido de nada.
—Sí.
—No significa que sea.
Fïrn respiró despacio.
—Lo sé.
Aquello era exactamente lo que necesitaba escuchar. Abrió el diario y copió la referencia completa antes de añadir:
Persona viva. Procedencia registral vinculada a Beregost. Identidad desconocida.
No escribió el nombre de Aria. Pasó a la siguiente ruta.
El mismo volumen conservaba transferencias mucho más antiguas procedentes de custodias clausuradas durante guerras, incendios y persecuciones.
La mayoría terminaba en depósitos continentales, pero varias cadenas distintas conducían hacia la costa.
Fïrn las siguió durante casi media hora, saltando entre abreviaturas, jurisdicciones desaparecidas y nombres que habían cambiado con el tiempo. Por fin encontró uno que reconocía.
—Neraval.
Ridley levantó la cabeza.
—¿La isla?
—Sí.
Fïrn siguió la referencia hasta el destino completo.
TORRE DE ASTER. DEPÓSITO OCCIDENTAL. FONDOS DE CUSTODIA PRESERVADOS.
Había una anotación añadida décadas después: No afectado por los incendios.
Fïrn dejó el dedo sobre las palabras y después abrió el diario por la anotación de las ruinas de Mirasol.
Donde los libros no ardieron. Colocó ambas frases una junto a la otra.
No eran idénticas ni lo bastante precisas para convertir una en explicación de la otra, pero procedían de fuentes completamente independientes y apuntaban al mismo lugar.
La satisfacción que sintió fue tan inmediata como peligrosa.
Ya había aprendido cuánto podía parecerse una hipótesis deseada a una certeza. Escribió:
NERAVAL / TORRE DE ASTER. Correspondencia fuerte. Hipótesis principal.
Blaid leyó por encima de su hombro.
—Esta vez puedes permitirte un poco de entusiasmo.
—No.
—Empiezo a preocuparme.
Fïrn guardó la pluma.
—Eso sí puedes hacerlo.
Ridley se acercó al mapa. El Bosque de Serpiente estaba relativamente cerca.
Neraval exigía llegar primero a la costa y después encontrar una embarcación dispuesta a aproximarse a una isla que muchos navegantes utilizaban como referencia precisamente porque preferían no acercarse demasiado a ella.
Paf Paf señaló la linde septentrional del bosque.
—Primero aquí.
Fïrn volvió hacia el diario. Debajo de la referencia del bosque había una palabra.
PRIMERO
Tardó un instante en comprender por qué le molestaba. La letra era suya. Reconocía la forma de la p, la inclinación irregular de la m y aquella manera de cerrar la o demasiado pronto cuando escribía deprisa. No recordaba haberla escrito. La placa de cobre de la sala doctrinal regresó a su memoria.
Eso también puede servir.
Fïrn cerró el diario. Ridley vio el gesto.
—¿Qué ocurre?
Esta vez Fïrn no respondió por reflejo. Miró primero a Kirel, que estaba de espaldas consultando otra estantería.
—Ha aparecido otra cosa en mis notas.
Ridley bajó la voz.
—¿Otra discrepancia?
—Sí.
—Enséñamela.
Fïrn estuvo a punto de hacerlo. No supo por qué decidió esperar. Aquello le desagradó casi tanto como la palabra.
—Cuando salgamos de aquí.
Ridley observó brevemente a Kirel y después asintió.
Fïrn volvió hacia el mapa y obligó a su pensamiento a recorrer únicamente las razones que no dependían de aquella anotación.
Había una persona viva vinculada a Beregost en el Bosque de Serpiente; los cargamentos de cuentas negras y otros materiales terminaban en la misma recepción, y el lugar quedaba cerca de la ruta que tendrían que seguir después hacia la costa.
No necesitaba que una palabra aparecida en su propio diario escogiera por él.
—Al bosque primero.
Ridley asintió.
—Después Neraval.
Fïrn negó ligeramente.
—Si lo que encontremos en el bosque no cambia el camino.
Necesitaba que la decisión siguiera siendo condicionada. Kirel cerró el volumen que estaba consultando.
—Ya tenéis dos destinos. Diría que es suficiente para hoy.
Blaid lo miró.
—Todavía falta algo.
—¿Qué?
—La cera.
Fïrn había olvidado por un momento los fragmentos azules hallados junto al recorrido del jinete y entre las ruinas. Kirel había dicho que intentaría identificar su procedencia. El hombre abrió uno de los registros secundarios.