Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 12
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Fïrn había imaginado muchas veces cómo debía de ser un edificio construido por personas que desconfiaban de la memoria.

La Casa de los Índices resultó menos hermosa de lo esperado y bastante más interesante.

Ocupaba buena parte de la tercera terraza de Eshvar, extendida en varios cuerpos de piedra clara unidos por corredores cubiertos y patios interiores.

Las ampliaciones podían reconocerse sin necesidad de preguntar, porque cada una llevaba una placa donde constaban la fecha de construcción, el fondo documental que había obligado a levantarla y los nombres de quienes respondían legalmente de la obra.

No había estatuas de escribas célebres ni torres elevadas para recordar a la ciudad cuánto conocimiento guardaba allí.

En su lugar, las ventanas altas aprovechaban la luz sin exponer demasiado los interiores, los tejados desviaban el agua lejos de los depósitos y una red de conductos de cobre recorría las paredes con una regularidad que hacía pensar en las venas de una criatura demasiado grande para moverse.

A Fïrn le gustó inmediatamente. Blaid contempló la fachada desde el pie de la escalinata.

—Parece un almacén.

—Lo es.

—Esperaba que te ofendieras.

Fïrn empezó a subir.

—Los almacenes son excelentes cuando guardan las cosas correctas.

Kirel llevaba varios peldaños de ventaja.

—Recuérdalo después de que rechacen tu tercera solicitud.

Fïrn estuvo a punto de preguntarle cuántas veces le había ocurrido, pero dejó pasar la oportunidad.

Desde que habían abandonado el refugio observaba a Kirel de otra manera, no porque hubiese aparecido una prueba nueva contra él, sino precisamente porque continuaban acumulándose pequeñas respuestas correctas a preguntas que todavía no habían formulado.

Habían dejado a Tordo en el patio trasero junto con el anillo de Ridley y la cuenta negra de Blaid.

Solo llevaban armas ordinarias, los libros de Fïrn y lo necesario para tomar notas.

Ridley conservaba la llave del cofre oculta bajo la ropa y no había vuelto a protestar por el acuerdo, aunque de vez en cuando el pulgar rozaba el dedo donde había llevado el anillo, como si todavía esperara encontrarlo allí.

La ciudad cambiaba conforme ascendían. En las terrazas inferiores predominaban mercancías, talleres y carretas; alrededor de la Casa había más mensajeros que animales, más tubos de cuero que sacos y una cantidad extraordinaria de personas caminando deprisa con la expresión de quien llegaba tarde a algo iniciado hacía veinte años.

Incluso las escaleras estaban divididas según el motivo del tránsito.

Un carril conducía a archivos y tribunales, otro estaba reservado a mercancías registradas y un tercero descendía hacia las oficinas dedicadas a deudas, litigios y bienes cuya propiedad aún no había podido establecerse.

Por aquel último bajaban dos hombres transportando un armario bajo la supervisión de una escribana. Paf Paf siguió el mueble con la mirada.

—¿Qué ha hecho?

Fïrn necesitó un instante.

—¿El armario?

—Sí.

Leyó la tablilla que colgaba de uno de los tiradores.

—Al parecer pertenece a dos personas.

Paf Paf contempló el mueble hasta que desapareció escaleras abajo.

—No parece.

Fïrn sonrió. No volvieron a hablar hasta alcanzar la entrada.

Un anciano delgado los esperaba junto a la mesa de registro.

Llevaba el cabello blanco cortado casi al ras y tenía tinta incrustada alrededor de las uñas con la persistencia de quien había dejado de intentar quitársela hacía muchos años.

Su única insignia visible era una pequeña placa de cobre prendida al pecho.

Kirel le entregó la garantía. El anciano la leyó completa y, al terminar, volvió al principio.

—Cuatro investigadores.

Fïrn miró a Kirel antes de que este respondiera.

—Cuatro —confirmó.

El anciano levantó los ojos y recorrió el grupo, deteniéndose algo más en Paf Paf.

—Sé contar —aclaró antes de que nadie interpretara la pausa—. Neral Voss. Mientras estéis dentro, cualquier problema con los fondos terminará siendo mi problema. Procurad no proporcionarme ninguno.

Paf Paf asintió.

—Bien.

Neral lo observó durante un instante. Fïrn sospechó que acababan de entenderse. Esperó a que el anciano se alejara hacia otra mesa antes de acercarse a Kirel.

—Una cosa.

—¿Solo una?

—Nos ha llamado investigadores.

—Lo sois.

Fïrn miró a Ridley, después a Paf Paf y finalmente a Blaid.

—Uno de nosotros toca el laúd, otro rompe puertas, otro abre cerraduras y Ridley lleva dos días discutiendo con su propia pierna. No es la definición que habría utilizado.

Ridley lo miró.

—Gracias.

Kirel señaló la garantía.

—Aquí no describe vuestro oficio. Es una categoría de acceso. Un investigador patrocinado es alguien autorizado por un garante a consultar fondos con un propósito declarado.

Ridley frunció el ceño.

—¿Sin acreditar formación?

—Sin necesidad de fingir que la tenéis. Yo respondo por vuestra conducta y por el uso que hagáis de los documentos. La Casa registra qué consultáis, quién os patrocina y bajo qué motivo habéis entrado.

Blaid miró hacia las mesas.

—Así que somos investigadores porque alguien ha firmado que podemos investigar.

—Bienvenido a Eshvar.

Fïrn sonrió.

—Eso me gusta menos de lo que esperaba.

—Todavía no te han rechazado ninguna solicitud.

Los controles de acceso ocupaban el corredor siguiente.

Dos arcos de cobre ennegrecido se elevaban desde el suelo y varios filamentos de cuarzo cruzaban la parte superior.

No había plegarias, rosarios inquisitoriales ni símbolos de Vardren; tampoco sintió Fïrn la presión desagradable que había acompañado a la red de supresión de la prisión de Eltarion.

Neral explicó el procedimiento mientras un escribiente preparaba una página nueva.

La Casa no impedía utilizar magia porque supiera hacerlo; había escogido algo más sencillo y, para Fïrn, más propio de Eshvar: registrarla.

Los sistemas se habían construido siglos atrás para detectar documentos encantados, falsificaciones arcanas, sustituciones y objetos capaces de interferir con las salas.

Cada reacción quedaba anotada con hora, intensidad y, cuando era posible, una naturaleza aproximada.

—¿Y la Luz Púlida puede consultar esos registros? —preguntó Blaid.

Neral levantó ligeramente una ceja.

—Algunos.

—¿Cuáles?

—Los que un convenio firmado por personas muertas hace bastante tiempo les permite solicitar.

Blaid no pareció satisfecho. Neral tampoco pareció considerar aquello un problema.

Fïrn cruzó primero. Los filamentos permanecieron apagados y el laúd vibró ligeramente contra su espalda, aunque reconoció el movimiento como una simple resonancia de los herrajes al pasar bajo el arco.

Paf Paf no provocó reacción alguna y Ridley tampoco.

Fïrn miró los cuarzos. Ridley hizo lo mismo.

Durante un instante ambos pensaron en la flecha azul del camino sin necesidad de mencionarla.

Blaid fue el último. Tres líneas se iluminaron con un brillo blanquecino y desaparecieron casi enseguida. Neral observó la lectura.

—Afinidad activa. Ningún efecto desplegado.

El escribiente lo anotó. Blaid atravesó el arco en silencio, aunque Fïrn vio cómo dirigía una mirada hacia Ridley. Kirel también había reparado en la ausencia de reacción del guerrero. Nadie encontró una conclusión útil.

La Casa de los Índices poseía una capacidad extraordinaria para conseguir que una persona se sintiera ignorante de una manera organizada.

La primera sala contenía cientos de catálogos, pero ninguno guardaba aquello que buscaban.

Servían para localizar otros catálogos capaces de indicar qué índice debía consultarse para descubrir dónde podía encontrarse el documento que uno realmente quería leer.

Las mesas estaban llenas de investigadores y, en cada extremo de la sala, había empleados dedicados casi exclusivamente a rechazar solicitudes formuladas de manera incorrecta.

Fïrn descubrió aquella última función con una rapidez irritante.

Escribió: Registros históricos de Mirasol.

La hoja regresó con una línea roja. Probó: Registros relativos a estructuras de custodia de Mirasol.

Otra línea apareció bajo relativos. En la tercera solicitud escribió: Todo documento vinculado a… El empleado dejó de leer.

—No.

Fïrn sostuvo la hoja.

—Todavía no he terminado.

—Ya has escrito «todo documento vinculado».

—Porque quiero todos los documentos vinculados.

—¿Vinculados según qué criterio?

—Según su contenido.

—El contenido no constituye una procedencia.

Fïrn apoyó ambas manos sobre el mostrador.

—¿Qué constituye una procedencia?

El empleado señaló un cartel situado a su lado, probablemente colocado allí para responder a aquella misma pregunta sin gastar saliva: ORIGEN. CATEGORÍA. PERIODO. CADENA DE ARCHIVO. Fïrn leyó las cuatro palabras una segunda vez.

—Eso describe dónde está un documento.

El hombre negó.

—Describe de dónde viene.

—¿No es lo mismo?

—No. Puedes saber dónde está una página y no saber quién la escribió, quién la entregó, qué institución la registró ni por qué terminó aquí. En ese caso tienes un documento. No necesariamente tienes una prueba.

Fïrn bajó los ojos hacia el papel.

—Procedencia.

—Procedencia —repitió el empleado—. Si quieres preguntar a un archivo, primero demuestra de dónde procede tu pregunta.

Le tendió otra hoja.

—Cuarta solicitud.

Ridley llevaba varios minutos sentado a cierta distancia, disfrutando de la situación con una falta de discreción ofensiva. Fïrn se volvió hacia él.

—Te estás divirtiendo.

—Mucho.

—No veo por qué.

—Llevamos seis meses escuchándote explicar cómo deberían organizarse todas las bibliotecas que encontramos.

—Normalmente tengo razón.

Kirel apareció junto al mostrador y señaló una hilera de catálogos territoriales.

—Estás buscando por el nombre actual. Cuando se creó la custodia, Mirasol pertenecía a otra clasificación.

Fïrn se volvió hacia él.

—¿Cuál?