Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 11 #3
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Blaid miró la bolsa que llevaba al cinturón. Kirel también. —Todo lo que responda al Tejido se queda aquí.

Ridley negó. —No.

Kirel levantó una mano. —Todavía no he dicho qué.

—Sé por dónde va esto.

Kirel sacó una tira delgada de cobre con un cristal casi transparente engarzado en uno de los extremos. Paf Paf observó cómo la acercaba primero al laúd. No ocurrió nada. Fïrn sonrió. —Te dije que era un instrumento.

—Algunos instrumentos causan más problemas que una espada.

—Ese argumento podría llevarnos a prohibir las cucharas.

Kirel continuó con los libros. Los preceptos del Custodio no reaccionaron y los cuadernos tampoco. Paf Paf puso el mazo sobre la mesa antes de que nadie se lo pidiera. El cristal permaneció limpio. Kirel asintió.

—Bien.

Paf Paf recogió el arma. —Ya sabía.

Después llegó el turno de Blaid. El tiefling dejó su espada y varias bolsas sobre la mesa. Kirel pasó el cobre junto a ellas hasta alcanzar la pequeña cuenta negra que Blaid había retirado de la red de supresión en Eltarion. El cristal se oscureció ligeramente. Suficiente. Kirel retiró la tira.

—Eso no entra.

Blaid contempló la cuenta. —No sabemos qué es.

—La Casa tampoco. Y «no sabemos qué es» es exactamente la clase de respuesta que convierte un objeto en propiedad temporal del archivo mientras alguien redacta veinte preguntas y llama a un inquisidor.

Blaid envolvió de nuevo la cuenta. —Se queda.

No protestó. Paf Paf miró a Ridley. El guerrero ya tenía la mano cerrada sobre el anillo. Kirel acercó el cristal. La reacción fue inmediata: varias líneas azuladas aparecieron dentro de la piedra y se cerraron alrededor de un punto rojizo antes de desaparecer. Kirel retiró la tira.

—El anillo tampoco entra.

—No.

La respuesta de Ridley no sonó como una objeción. Sonó como una negativa. Kirel guardó el detector.

—Entonces tú tampoco.

Ridley se puso en pie. —Lo encontramos en unas ruinas relacionadas con mi familia. O creemos que están relacionadas. Reacciona a mí y hoy…

Se detuvo. Paf Paf sabía qué había estado a punto de decir. La flecha. Ridley cambió la frase.

—No voy a dejarlo en un lugar que no conozco.

Kirel no elevó la voz. —Puedes llevártelo. También puedes entrar con él. Cuando el umbral lo detecte quedará registrado que Ridley Der porta una reliquia capaz de producir una respuesta compleja ante un control del Tejido.

Ridley no se movió. Kirel continuó: —La Casa conservará ese registro porque esa es su función. La Luz Púlida pedirá una copia porque esa es la suya. Quizá nadie actúe mañana ni en un mes, pero tu nombre y ese anillo quedarán unidos en un documento que probablemente sobreviva a todos nosotros.

Ridley hizo girar el anillo con el pulgar. Blaid habló desde el otro lado de la mesa. —Tiene razón.

Ridley lo miró. —No te he preguntado.

—No mejora porque no lo hagas.

—A ti te rechazó.

Blaid no miró hacia la cuenta negra. —Y seguimos sin saber por qué. Otra razón para no entregárselo a una institución llena de instrumentos diseñados para interrogar objetos.

Fïrn observó el anillo. —Además, no sabemos que sea de tu familia.

Ridley lo miró mal. Fïrn no retrocedió. —Sabemos que estaba en una cámara con un símbolo que reconociste de una hebilla de Solrrak. Sabemos que te afecta y que encaja. Lo demás todavía no.

Ridley apretó la mandíbula. Paf Paf reconoció el razonamiento. Mirasol. No afirmar más. Kirel se levantó. —No voy a guardarlo yo.

Fue hacia el hogar, retiró una bandeja de hierro y presionó uno de los ladrillos. Algo cedió bajo el suelo. Blaid se acercó inmediatamente. Kirel levantó una tabla estrecha y dejó al descubierto un cofre empotrado entre las vigas, con la cerradura oculta dentro del hueco cuando permanecía cerrado.

—Cada persona que utiliza esta casa tiene derecho a no confiar en quien la trajo —dijo Kirel—. El cofre funciona por la misma razón.

Sacó una llave de una repisa y se la tendió a Ridley.

—Solo abre con esta.

Ridley examinó la llave. —¿Tienes copia?

—Sí.

Ridley levantó la mirada. Kirel continuó antes de que protestara.

—Está depositada con una mujer que no conoce tu nombre, no sabe qué guardaremos dentro y cree que el cofre contiene dinero para sobornos.

Si desaparezco, alguien podrá abrirlo. Si prefieres una mentira más tranquilizadora, puedo inventarla.

Ridley soltó aire por la nariz. Paf Paf aprobó la respuesta. Las mentiras útiles seguían siendo mentiras.

Ridley se quitó el anillo y lo sostuvo un momento sobre la palma.

Paf Paf vio cómo se endurecía ligeramente su expresión cuando desapareció la calma que el objeto le producía, pero no comentó nada.

El anillo terminó dentro del cofre. Blaid añadió la cuenta negra, todavía envuelta.

Kirel cerró la tapa. Ridley utilizó la llave y después la guardó bajo la ropa.

Paf Paf vio a Blaid observar cada parte del mecanismo mientras Kirel lo ocultaba de nuevo: cofre, tabla, ladrillo y bandeja.

Blaid miraba cerraduras. Siempre lo hacía.

Cuando terminaron, Kirel regresó a la mesa.

—Mañana entraremos en la Casa de los Índices como investigadores patrocinados por mi garantía. No como fugitivos, practicantes clandestinos ni supervivientes de Beregost. Procurad no corregir esa versión delante de nadie.

Ridley miró el hogar. —¿Qué buscamos primero?

—Mirasol y las custodias. Después la marca Der.

Fïrn levantó un dedo. —La frase de los libros.

—Si tenemos tiempo.

—Encontraremos tiempo.

Kirel lo miró. —Eso también decía mi hermano antes de entrar en una prisión.

Paf Paf negó. —Él no entró.

Kirel tardó un instante. —Es verdad.

—Mal ejemplo.

Blaid se sentó finalmente. —Empiezo a entender por qué Kellen preferiría no negociar contigo.

Paf Paf no respondió. Salió al patio para comprobar a Tordo antes de que oscureciera.

El burro estaba comiendo con tranquilidad. Había empujado parte del heno fuera del pesebre y ahora lo pisaba mientras escogía únicamente las briznas que parecían interesarle. Paf Paf recogió el que todavía estaba limpio y volvió a meterlo.

—Desperdicias.

Tordo siguió masticando.

Desde el interior llegaba la voz de Fïrn preguntando por los horarios de consulta.

Ridley intervino poco después. Blaid no hablaba.

Paf Paf pasó una mano por el cuello del burro.

A unas calles de allí, un hombre había sido castigado por utilizar magia para impedir que una viga aplastara a una niña.

Más arriba, una casa llena de documentos podía conservar los nombres que Mirasol había perdido, mientras bajo el suelo del refugio descansaban una cuenta que nadie comprendía y un anillo que hacía algo con Ridley que ninguno sabía explicar todavía.

Había cosas capaces de hacer daño sin parecer peligrosas y cosas peligrosas a las que alguien había decidido llamar protección. Tordo intentó morderle la manga. Paf Paf apartó el brazo.

—Tú eres más sencillo.

El burro volvió al heno y Paf Paf permaneció un rato con él antes de regresar a la casa.