11 #2
Ridley giró la cabeza. Fïrn lo vio al mismo tiempo. Kirel también. El hombre continuó sin saber quién tenía delante. —Una ciudad llena de practicantes, almacenes de objetos arcanos y gente jugando con cosas que no comprendía. ¿Cuántos murieron cuando aquello se vino abajo?
—¿Estuviste allí? —preguntó la vendedora.
—No necesito haber estado.
Ridley abrió la boca, pero Kirel habló primero. —No.
Ridley se volvió hacia él. —No me des órdenes.
—Entonces considéralo una petición bien informada.
—Está mintiendo —dijo Ridley.
Fïrn negó. —No.
Ridley lo miró. Fïrn mantenía los ojos sobre el hombre de la plaza. —No está mintiendo. Está repitiendo lo que cree que ocurrió.
—Es lo mismo.
—No.
Fïrn habló más despacio y Paf Paf ya sabía que aquello significaba que estaba enfadado. —Ese es el problema. Probablemente quien se lo contó también lo creía. Dentro de unos años nadie necesitará mentir sobre Beregost si suficientes personas recuerdan la mentira por ellos.
Ridley volvió hacia la tarima. El custodio levantaba otra vez la vara. Paf Paf dejó de mirar. No quería contar los golpes. Miró a la niña. —Nos vamos.
Ridley tardó unos segundos, pero terminó asintiendo. Continuaron por el borde de la plaza y el sonido de la vara los acompañó durante media calle. Nadie habló hasta dejar de oírlo. Fue Blaid quien rompió el silencio.
—Dijiste que la Luz Púlida no controla Eshvar.
—No la controla.
—Acabo de ver a un hombre sangrar en una plaza.
—Y has visto a un funcionario impedir que entren en su casa.
Blaid lo miró. —Qué consuelo.
Kirel no intentó defender la situación. —Eshvar empezó a concederles prerrogativas después de Vardhenn.
Las amplió tras Lythara, volvió a hacerlo después de Aurenthal y otra vez cuando llegaron noticias de Caldris.
Cada catástrofe les dio una razón nueva y a la ciudad una excusa nueva para creer que podía limitar la siguiente concesión.
Fïrn caminaba con el diario cerrado entre las manos. —Y ahora Beregost.
—Ahora Beregost.
Ridley caminaba unos pasos delante. —Aunque ellos la atacaron.
Kirel observó su espalda. —Eso lo sabéis vosotros.
Ridley se detuvo. —Lo vio media ciudad.
—Media ciudad está muerta, dispersa, detenida o intentando que nadie pregunte de dónde viene. La Luz Púlida conserva registros, funcionarios y púlpitos. Las versiones de los hechos también necesitan infraestructura.
Fïrn se llevó una mano al diario, pero no lo abrió.
Paf Paf pensó en Mirasol. Allí un nombre podía desaparecer aunque siguieran quedando botas, marcas en una puerta y una canción alojada dentro de alguien.
En Eshvar ocurría lo contrario: había palabras por todas partes.
Eso tampoco garantizaba que fueran verdad.
Kirel abandonó las avenidas principales y los condujo hacia una zona de talleres, pequeños almacenes y viviendas construidas alrededor de patios comunes.
Pasaron junto a un sellador que removía cera en una olla de hierro y un taller donde tres aprendices cortaban pergamino sobre una mesa tan larga como una carreta.
Finalmente entraron en un callejón estrecho entre una tintorería y una casa con todas las ventanas cerradas.
Kirel se detuvo ante una puerta sin distintivo.
Paf Paf examinó las bisagras. Eran nuevas, aunque la madera no; la cerradura tampoco parecía antigua.
Kirel golpeó dos veces, esperó y presionó la parte inferior del marco con la punta de la bota antes de girar el picaporte.
Blaid observó todo el proceso. La puerta se abrió.
—Dentro.
La casa olía a ruda, aceite y madera seca.
Paf Paf fue el último en entrar y no necesitó recorrerla entera para saber que Kirel no vivía allí.
Había seis cuencos y ninguna vajilla completa, tres tamaños distintos de botas bajo un banco, mantas dobladas en un armario y prendas que no pertenecían a una misma persona.
En la cocina había harina, legumbres, sal y dos ollas resistentes, pero ninguna especia salvo una bolsa de hojas amargas que alguien utilizaría como medicina.
El hogar estaba limpio y la leña cortada en piezas iguales.
No había retratos, adornos ni recuerdos, tampoco una silla desgastada por el mismo cuerpo.
Solo cosas útiles. Kirel dejó pan, queso y una jarra sobre la mesa.
Paf Paf abrió otro armario y encontró vendas, herramientas, dos capas sin insignias y un juego de botas nuevas.
—No vives aquí.
Kirel estaba sirviendo agua. —No.
Paf Paf cerró el armario. —Escondes gente.
—A veces.
—¿Cuánta?
Kirel dejó la jarra. —No conozco a todas las personas que han utilizado esta casa.
—¿Ellas te conocen?
—Espero que no.
Paf Paf volvió a mirar la habitación. —Buen refugio.
Kirel levantó una ceja. —Hace un momento parecía que ibas a decir lo contrario.
—Mala casa.
Kirel sonrió y, por primera vez, se pareció de verdad a su hermano. —Eso también.
Tordo quedó instalado en un cobertizo trasero con agua y heno.
Paf Paf comprobó la cerca, el suelo y el pesebre antes de volver.
Cuando regresó, Kirel había retirado la comida y extendido un plano de Eshvar sobre la mesa.
Ridley ocupaba un lado, Blaid permanecía de pie y Fïrn estaba sentado junto a una esquina con el diario abierto, aunque todavía no había escrito nada. Kirel señaló las terrazas superiores.
—La Casa de los Índices conserva bastante más que genealogías: nacimientos, propiedades, confiscaciones, inventarios de escuelas antiguas, licencias de practicantes, catálogos de objetos recuperados después de incidentes arcanos…
Fïrn cogió un trozo de pan. —Eso ya lo sabíamos.
—No sabíais que la Luz Púlida lleva semanas requisando parte de ellos.
El pan quedó a medio camino. Ridley se inclinó sobre el plano.
—¿Qué documentos?
—Los que pueden relacionar familias con el Tejido: nacimientos, herencias, propiedades de antiguos maestros, escuelas cerradas, depósitos de objetos confiscados. Oficialmente buscan material peligroso.
Blaid se acercó. —¿Y oficiosamente?
—Algunos registros terminan en depósitos inquisitoriales. Otros se destruyen y algunos desaparecen antes de llegar a ninguno de los dos.
—¿Robados?
—Quizá.
—¿Por quién?
Kirel negó. —Esa es una de las preguntas.
Desplazó el dedo hacia el ala oriental del edificio.
—Hace siete semanas alguien solicitó todos los registros relacionados con custodias trasladadas desde Mirasol y varias fortalezas antiguas del sur.
Fïrn dejó el pan. Ridley levantó la cabeza. Paf Paf recordó los nombres raspados de las ruinas. —¿Custodias de qué?
—El catálogo principal ya no está.
Paf Paf esperó. Kirel entendió la objeción. —No sé qué custodiaban.
El goliat asintió. Era mejor respuesta. Kirel continuó. —La petición llevaba un sello válido de la Luz Púlida. El archivero que gestionó la consulta desapareció dos días después. El registro solicitado ya no está en su depósito y la copia de traslado tampoco.
Fïrn había empezado a escribir. —Pero sabes que existía.
—Porque Eshvar está construida por gente incapaz de mover un papel sin producir otros tres.
Blaid miró el plano. —Los índices.
Fïrn levantó la cabeza. —Conservan la ausencia.
Kirel señaló al bardo. —Exactamente. Alguien puede sacar un libro, destruirlo o robarlo. Es más difícil eliminar todos los documentos que indican que ese libro estuvo allí, quién lo pidió, dónde debía devolverse y qué otros registros lo citaban.
Ridley apoyó las manos sobre la mesa. —¿Y quieres que encontremos esas referencias?
—Quiero saber qué salió de Mirasol, adónde fue y por qué alguien está borrando el rastro ahora.
Fïrn buscó entre sus papeles. —Nosotros queremos saber qué eran las ruinas.
Sacó el calco del emblema asociado por Ridley con Solrrak.
—Y esto.
Kirel no tocó el papel. Lo observó durante varios segundos. —No lo conozco.
Ridley no consiguió ocultar del todo la decepción. —¿Puede estar en la Casa?
—Si perteneció a una familia con propiedades, servicio militar, derechos de custodia, deudas o cualquier obligación registrada, es posible.
Paf Paf señaló las palabras copiadas de las ruinas. —Sangre. Puerta. Custodia.
Kirel las leyó. —Eso aumenta las posibilidades.
Blaid dejó sobre la mesa el envoltorio de la cera azul. —También tenemos esto.
Kirel abrió la tela y examinó la pequeña escama sin tocarla. —Cera de sello.
Blaid lo miró. —Hasta ahí habíamos llegado.
Kirel acercó la lámpara. —Azul de sal mineral. No parece pigmento vegetal. Algunas oficinas la utilizan porque resiste mejor la humedad.
—¿Puedes saber cuáles?
—Puedo intentar localizar quién compra esta mezcla.
Ridley preguntó: —¿Cuánto?
—Si el proveedor es local, poco. Si la traen de otra ciudad, más.
Fïrn giró el diario. —También tenemos una frase.
Kirel leyó: Donde los libros no ardieron. No mostró reconocimiento. —Puede significar demasiados lugares.
Fïrn sonrió. —Eso mismo dije.
—Entonces uno de los dos sobra.
Blaid miró a Fïrn. —Yo voto por él.
La conversación siguió durante un rato sin producir ninguna respuesta definitiva. Paf Paf empezó a confiar un poco más en Kirel precisamente por eso. Quienes sabían demasiado casi siempre querían algo; Kirel quería cosas concretas y admitía cuándo no tenía una respuesta. Era mejor.
Cuando terminaron de comer, Kirel recogió parte del plano y dejó visible únicamente la zona de la Casa de los Índices.
—Hay otro problema antes de que entréis mañana.
Blaid cruzó los brazos. —Empezaba a preocuparme que nos permitieran consultar documentos sin amenazarnos.
—La Casa tiene controles propios. Son anteriores a la presencia de la Luz Púlida en Eshvar y están diseñados para impedir que alguien altere registros mediante el Tejido, introduzca objetos capaces de modificar textos o saque ciertos documentos sin autorización.
Fïrn cerró el diario. —Eso parece razonable.
—Lo es. Por eso funciona.
Ridley comprendió primero. —La Luz Púlida puede consultar las alertas.
—No todas. Eshvar protege sus archivos de interferencias externas, pero cualquier reacción importante queda registrada. Los observadores inquisitoriales pueden solicitar parte de esos registros.