11
Paf Paf decidió que Kirel Vorkos no se parecía a su hermano antes de que el hombre hubiese terminado de cruzar la calle.
Apenas llevaban una parte de la mañana dentro de Eshvar.
Kellen sonreía incluso cuando esperaba que alguien descubriera una mentira.
Utilizaba la expresión como otros utilizaban una capa: podía ocultar nervios, cálculo o una salida preparada de antemano.
El hombre que avanzaba hacia ellos desde el otro extremo de la avenida parecía considerar la sonrisa una herramienta bastante menos necesaria.
Caminaba sin prisa, vestido con una chaqueta gris de buen corte que no llamaba la atención entre comerciantes y escribanos, y llevaba las manos vacías a la vista.
Paf Paf se fijó primero en las botas. Tenían barro seco en los bordes, pero no el polvo claro que cubría la calzada exterior.
No había salido a recibirlos; los había esperado dentro.
Ridley sostenía todavía la copia de la garantía que les había permitido atravesar el control.
Cuando el hombre llegó hasta ellos, comparó el nombre escrito con el rostro que tenía delante.
—Kirel Vorkos.
—Sí.
—Has respondido por cuatro desconocidos.
Kirel miró las fichas que llevaban. —Cinco, según el registro. Vuestro burro tiene documentación propia.
Paf Paf comprobó la pequeña tarjeta sujeta a la cabezada de Tordo. —La escribieron mal.
Kirel siguió su mirada. —¿Qué tiene?
—Pusieron Torno.
—Entonces procuraré que no lo detengan por falsificación de identidad.
Paf Paf no supo si hablaba en serio y tampoco le pareció importante. Blaid permanecía algo apartado, observando a Kirel con la atención que reservaba para cerraduras, salidas y personas que afirmaban conocer más de lo que decían.
—¿Nos conoces?
—Todavía no.
—Sabías nuestros nombres.
—Eso es distinto.
Ridley dobló la garantía. —¿Y Kellen?
La expresión de Kirel cambió apenas. —Mi hermano.
Fïrn levantó las cejas. —Nunca mencionó que tuviera uno.
—Yo tampoco suelo mencionarlo.
—Una relación entrañable.
Kirel aceptó el comentario sin responder. Ridley no parecía dispuesto a concederle nada. —Demuéstralo.
Kirel lo observó durante unos segundos. —Ochenta soles y transporte fuera de Eltarion. Kellen intentó considerar el carro parte del transporte ya acordado, pero Paf Paf insistió en que el transporte formaba parte del pago y no de la fuga.
El goliat frunció ligeramente el ceño. —Cinco soles.
Kirel asintió. —Acabó pagando cinco más.
Blaid miró a Paf Paf. —Eso reduce bastante el número de personas que podrían conocer la historia.
—Kellen estaba allí —dijo Paf Paf.
Fïrn empezó a contar con los dedos. —Nosotros cuatro, Kellen…
—Edric —añadió Blaid.
Paf Paf negó. —Estaba vomitando.
—Seguía teniendo oídos.
El goliat aceptó la corrección. Ridley guardó la garantía bajo el jubón. —Eso demuestra que has hablado con Kellen.
—Era la intención.
—No demuestra que podamos confiar en ti.
—Tampoco pretendía tanto.
Paf Paf volvió a mirar a Kirel. Quizá sí se parecía un poco a su hermano. Kirel señaló una calle que ascendía hacia la segunda terraza. —Podemos continuar aquí si queréis, pero el Mercado de las Garantías tiene más testigos que compradores y algunos cobran por recordar conversaciones ajenas.
Fïrn echó un vistazo hacia los toldos. —Ya hemos visto las tarifas.
—Los baratos son poco fiables.
—¿Y los caros?
—Mienten con mejor caligrafía.
Fïrn pareció considerar aquello útil. Echaron a andar.
Eshvar resultaba más ruidosa por dentro de lo que parecía desde las puertas.
No por pregoneros ni animales, sino por el roce constante de papel, sellos, tablillas y conversaciones que terminaban convertidas en cifras.
Paf Paf vio a un hombre discutir con dos escribanos porque pretendía anular una deuda que aseguraba haber pagado a un acreedor muerto.
En otro puesto, una mujer vendía copias certificadas de cartas familiares; algo más adelante, dos comerciantes habían contratado a una anciana para que confirmara que ambos habían llegado a una reunión a la misma hora.
Nadie parecía considerar extraño pagar a alguien únicamente para que hubiera estado presente. Kirel caminaba sin detenerse.
Ridley lo alcanzó. —¿Cómo supiste que llegaríamos hoy?
—No lo sabía.
—Presentaste la garantía esta mañana.
—Presenté varias.
Fïrn se volvió. —¿Varias para nosotros?
—Varias posibilidades de entrada. La orden de búsqueda llegó antes que vosotros y la dirección general era evidente. Si seguíais vivos, Eshvar era una opción razonable.
Blaid acercó una mano a la bolsa donde guardaba la cuenta negra. —¿También sabías lo de la patrulla?
Kirel torció por una calle más estrecha. —Un carretero encontró a un soldado de la Luz Púlida atado junto al camino antes del amanecer. Lo ayudó a soltarse, escuchó una versión bastante heroica de lo ocurrido y vendió la historia en la primera posta.
Ridley frunció el ceño. —Cavren no podía liberarse tan deprisa.
Paf Paf respondió sin mirarlo. —Era impaciente.
Kirel volvió ligeramente la cabeza. —¿Se lo dijiste?
—Sí.
—El carretero mencionó que estaba muy enfadado con un goliat.
Paf Paf asintió. —Era él.
La calle desembocó en una plaza y Paf Paf supo que algo ocurría antes de distinguir qué era. La gente no cruzaba por el centro: comerciantes, aprendices y carreteros continuaban con sus asuntos, pero todos rodeaban el espacio.
Junto a una fuente seca se alzaba una tarima y, en dos de las entradas de la plaza, soldados de Eshvar mantenían posiciones sin intervenir.
La Luz Púlida ocupaba el centro. Sus capas blancas destacaban demasiado entre la piedra, el polvo y las ropas de trabajo.
Un hombre estaba sujeto por las muñecas a una estructura de madera.
Le habían retirado la camisa hasta la cintura y varias marcas recientes le cruzaban la espalda.
A un lado de la tarima esperaban una mujer y una niña de unos diez años. La mujer miraba al suelo. La niña no.
Un funcionario de Eshvar sostenía una carpeta. No parecía cómodo, pero tampoco se marchaba. Ridley redujo el paso. Kirel no.
—Seguid caminando.
—¿Qué ha hecho? —preguntó Fïrn.
Kirel tardó un momento. —Según el edicto, uso no registrado del Tejido y resistencia a una orden de confiscación.
Ridley miró al hombre. —¿Eso merece esto?
—Para ellos, sí.
El inquisidor que leía la condena tenía una voz entrenada para atravesar la plaza sin necesidad de gritar.
Explicaba que el acusado había utilizado prácticas arcanas sin licencia durante un incendio doméstico, que después se había negado a entregar el objeto implicado y que había ocultado información a los examinadores. Paf Paf volvió la vista hacia la niña.
—¿Qué objeto?
Kirel negó. —No lo sé. La historia que circula dice que hizo caer una viga antes de que aplastara a su hija.
Paf Paf miró de nuevo al hombre. —Funcionó.
—Parece que sí.
—¿Y lo castigan?
Kirel señaló discretamente al inquisidor. —Lo castigan por cómo lo hizo.
El funcionario de Eshvar dio un paso adelante cuando terminó la lectura y consultó la carpeta.
—La sentencia inquisitorial queda autorizada dentro de los límites del Convenio de Custodia. La confiscación de bienes deberá tramitarse por separado ante el registro de distrito. Ningún miembro de la Luz Púlida podrá entrar en la vivienda sin un agente municipal presente.
El inquisidor lo miró.
—La vivienda contiene objetos sospechosos.
El funcionario cerró la carpeta.
—Entonces sospechad desde la calle hasta que tengáis una orden.
Un murmullo recorrió parte de la plaza. Paf Paf comprendió qué estaba viendo. Los soldados de Eshvar no estaban allí para impedir el castigo; estaban allí para limitarlo.
Uno de los custodios levantó una vara y el primer golpe hizo que la niña cerrara los ojos. Ridley avanzó medio paso. Kirel le agarró el antebrazo, sin fuerza, solo lo suficiente para obligarlo a reparar en el movimiento. Ridley lo miró.
—Suéltame.
Kirel obedeció. —Si cruzas esa línea, pasarás de fugitivo reclamado por Eltarion a detenido legal en Eshvar.
—Están azotándolo por salvar a su hija.
—Lo sé.
Ridley no avanzó.
Cerca de ellos, un hombre de barba gris negó con la cabeza.
—Después preguntarán por qué cada ciudad acaba igual.
Una mujer que vendía plumas desde un puesto próximo se volvió hacia él.
—¿Igual que qué?
El hombre extendió una mano hacia la plaza.
—Vardhenn. Lythara. Aurenthal. Caldris. Beregost. Cinco veces y todavía hay quien piensa que cualquiera debería tocar el Tejido cuando le apetezca.
La mujer apoyó las manos sobre el mostrador.
—En Aurenthal ni siquiera fueron arcanistas.
—Peor —replicó él—. Allí falló hasta la sanación.
Otro espectador intervino desde detrás de un carro de telas.
—Y en Caldris no había nadie controlando los Ecohechizos cuando empezaron a repetirse. Un conjuro pequeño terminó apareciendo donde ya no quedaba nadie que lo hubiera lanzado.
El hombre de barba gris señaló la tarima.
—¿Y cómo crees que empieza? Siempre hay una buena razón antes de que deje de haberla.
Fïrn había dejado de mirar el castigo. Escuchaba.
La vendedora respondió: —Mi hermana tenía clientes en Lythara cuando las sombras empezaron a separarse de la gente.
No necesito que me expliquen qué puede hacer la magia cuando algo sale mal.
También sé que azotar a un carpintero delante de su hija no arregla Vardhenn ni devuelve a nadie a Caldris.
El hombre del carro asintió.
—Registro, sí. Confiscación si hace falta. Pero esto…
El siguiente golpe hizo innecesario el resto. Una anciana situada junto a la fuente habló sin dirigirse a nadie en particular.
—Mi sobrina estuvo en Aurenthal durante la Aflicción. Entró en un templo para que le cerraran una herida y salió sin sentir la pierna durante dos días. El sanador tampoco sabía por qué.
No había satisfacción en su voz. Solo cansancio. El hombre de barba gris volvió a hablar.
—Y Beregost. ¿También vamos a fingir que no ocurrió?