Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 10 #4
32%

10 #4

Por primera vez, el funcionario levantó los ojos.

—Del animal.

—Sí.

El hombre escribió.

—Propietario. —Paf Paf miró a Tordo.

—Él mismo. —La pluma se detuvo.

Blaid cerró los ojos durante un instante. Ridley intervino. —Está a nuestro cargo.

El funcionario tachó algo y Fïrn observó la corrección. —Has dejado el error visible.

El hombre lo miró. —Es un registro.

La sonrisa de Fïrn apareció inmediatamente. —Me gusta esta ciudad.

—Todavía no has entrado.

La sonrisa perdió algo de entusiasmo.

El interrogatorio continuó con nombres, procedencias declaradas, ocupaciones, duración estimada de la estancia y motivo de entrada.

Cuando Fïrn explicó que querían consultar la Casa de los Índices, el funcionario solicitó una referencia de investigador o una garantía local.

No tenían ninguna. El hombre dejó la pluma.

—Podéis acceder a la terraza baja durante una jornada.

Para subir a las terrazas de archivo necesitáis una casa registrada, una institución responsable o una garantía individual válida.

Ridley apoyó los dedos sobre la mesa. —¿Dónde conseguimos una?

—Solicitando patrocinio.

—¿Cuánto tarda?

—Entre una hora y seis semanas. —Ridley lo miró.

—Eso no es un intervalo útil.

Blaid empezaba a comprender por qué Eshvar había conservado cierta independencia incluso frente a la Luz Púlida. Conquistarla quizá fuera más sencillo que justificarlo por escrito. Fïrn señaló hacia la ciudad. —¿Podemos encontrar dentro a alguien que responda por nosotros?

—En la terraza baja.

—¿Y volver después?

—Con una garantía válida.

El funcionario ya buscaba cuatro fichas provisionales cuando una mujer salió de la pequeña oficina situada detrás de la mesa.

—Espera. Llevaba un rollo de papel cerrado con dos sellos.

Se lo entregó al funcionario y le dijo algo al oído.

El cambio en su expresión fue mínimo. Leyó el encabezamiento, miró a Ridley, después a Blaid y volvió al documento.

—Parece que ya tenéis garantía.

Ninguno respondió. Ridley fue el primero.

—¿De quién?

—Un residente registrado.

—Eso no es un nombre.

El funcionario siguió leyendo.

—Kirel Vorkos.

Blaid repasó el nombre sin encontrar nada que reconocer. Fïrn tampoco reaccionó y Paf Paf observó el documento como si esperase que la respuesta estuviera escrita en la forma del papel. Ridley volvió a hablar. —No conozco a ningún Kirel Vorkos.

—No es requisito conocer al garante.

—¿Él nos conoce?

El funcionario examinó las cuatro descripciones adjuntas.

—Lo suficiente para haber presentado vuestros nombres.

Blaid sintió una incomodidad muy familiar.

—¿Cuándo?

El hombre buscó la marca de registro.

—Esta mañana. Primera campana. —A esa hora todavía estaban a varias horas de la ciudad.

Fïrn se acercó. —¿Estás seguro?

El funcionario lo miró como si acabara de insultar a su profesión. —Está registrado.

Ridley extendió la mano. —Quiero leerlo.

—Podrás consultar una copia cuando termine el registro. El original pertenece al archivo de entrada. —Blaid dejó escapar aire por la nariz.

—Naturalmente.

Ridley tuvo que firmar la aceptación de la garantía y los otros tres quedaron registrados como integrantes del mismo grupo.

Después el funcionario estampó un sello sobre cuatro tarjetas de papel endurecido y preparó una quinta para Tordo.

Paf Paf la examinó. —Está mal. —El hombre miró la ficha.

Había escrito Torno. Tomó la tarjeta, trazó una línea sobre el error y escribió Tordo al lado.

Fïrn contempló la corrección sin decir nada. Blaid pudo ver que estaba encantado.

Las puertas interiores se abrieron. Más allá comenzaba una avenida ancha flanqueada por escribanías, almacenes y casas cuyas fachadas estaban cubiertas de pequeñas placas.

Algunas indicaban propietarios; otras registraban denominaciones anteriores del edificio o litigios todavía pendientes.

Sobre el primer puente que ascendía hacia la segunda terraza podían leerse tres nombres distintos, cada uno acompañado por las fechas durante las que había sido oficialmente válido.

Después de Mirasol, aquella abundancia resultaba casi agresiva.

Allí parecía imposible que algo desapareciera sin dejar una copia, una firma o al menos una disputa pendiente.

Fïrn contemplaba exactamente lo mismo. —Me gustaría quedarme un mes.

Ridley guardó la copia de la garantía. —No.

—Una semana.

—No.

—Tres días.

Ridley echó a andar.

—Ya veremos.

Blaid levantó la mirada hacia las terrazas superiores, donde varias banderas blancas ondeaban entre las torres administrativas.

No pertenecían a Eshvar y el disco pálido era visible incluso desde la puerta.

Cavren había dicho la verdad: la Luz Púlida estaba dentro.

Después volvió la atención al documento que Ridley acababa de guardar.

Habían decidido dirigirse a Eshvar apenas tres noches atrás y, sin embargo, aquella misma mañana alguien llamado Kirel Vorkos había presentado una garantía a su nombre antes incluso de que alcanzaran las murallas.