10 #3
Ridley observó un árbol al otro lado del camino, introdujo otra flecha, tensó y disparó. El proyectil golpeó el tronco sin que ocurriera nada. Paf Paf, que estaba atando al prisionero, levantó la vista. —Normal.
Ridley bajó el arco. —Gracias.
—De nada. —Ridley rozó el anillo de rubí con el pulgar.
Blaid lo vio, pero no preguntó. El anillo podía haber reaccionado antes o no tener absolutamente nada que ver.
Mirasol les había enseñado bastante sobre el precio de llenar demasiado pronto los huecos.
Fïrn se había sentado en una parte caída del muro y se frotaba una mano contra el pantalón. Blaid se acercó. —¿Qué ocurre?
—El soldado.
—¿Cuál?
—El que dudaba. —Fïrn respiró lentamente.
—Sé que la sensación era suya, pero durante unos segundos he pensado que no sabía qué debía hacer con el laúd. Como si necesitara mirar a alguien para saber cuál era la siguiente nota.
Blaid comprendió. La Armonía no había creado la duda; había permitido que Fïrn la encontrara, y una parte había regresado con él. —Entonces deja que se vaya.
Fïrn levantó la cabeza. —Qué solución tan sofisticada.
—No cobro por ella.
La respuesta consiguió una sonrisa pequeña, aunque no solucionó nada.
Ridley se había colocado frente al prisionero. —Nombre. El hombre dudó.
—Cavren.
Fïrn abrió el diario. —¿Apellido?
Cavren lo miró. —¿También vas a escribir eso?
—Hoy tengo especial interés por los nombres.
El soldado pareció decidir que no quería saber por qué.
—Teral.
Fïrn anotó el nombre.
Ridley se agachó frente a él. —¿Quién era el hombre de negro?
Cavren negó. —No lo sé.
—Habéis obedecido sus órdenes.
—Nos ordenaron obedecerlas.
—¿Quién?
—El capitán de puesto.
—Nombre.
—Hadrik Vel. —Fïrn volvió a escribir.
Ridley señaló el camino. —¿Cuándo se unió a vosotros?
—Esta mañana. Nos esperaba en el mojón de Salner.
—¿Con insignias?
—No.
—¿Credenciales? Cavren dudó.
—Llevaba una orden cerrada.
—¿La viste?
—Vi el sello.
—¿De quién?
—Del mando de Eltarion.
Aquello explicaba la obediencia.
No explicaba al hombre. Blaid tomó el relevo. —¿Qué sabéis de nosotros?
Cavren volvió la cabeza hacia él. —Que sacasteis a Edric Thorne de una prisión, alterasteis una red de supresión y huisteis hacia el norte.
Fïrn levantó los ojos del diario. —¿Mirasol?
El soldado frunció el ceño. —¿Qué pasa con Mirasol? Fïrn intercambió una mirada con Blaid.
—Nada. —Aquello sí era información: la Luz Púlida sabía por dónde habían abandonado Eltarion, pero no necesariamente adónde habían ido después.
Ridley continuó. —¿Hay presencia de la Luz Púlida en Eshvar?
—Una delegación.
—¿Cuántos?
—No llevo la cuenta. —Ridley lo miró.
Cavren cedió. —Más que el mes pasado. Menos que en Eltarion.
—¿Controlan la ciudad? —El soldado soltó una risa seca.
—Nadie controla Eshvar. Allí necesitas tres firmas para mover una caja si alguien ha discutido alguna vez quién es el dueño.
Blaid recordó la cabra.
—Entonces no podéis detenernos dentro.
—Si tenemos una orden reconocida, sí.
—¿La tenéis? —Cavren guardó silencio.
Blaid sonrió ligeramente. —Todavía no. —Ridley se incorporó.
—¿Esperan que vayamos allí?
El soldado miró el camino. —Ahora sí.
No obtuvieron mucho más. Le dejaron agua, parte del pan y las manos atadas por delante. Paf Paf rehízo el nudo de manera que pudiera aflojarlo con suficiente paciencia. Cavren observó el trabajo. —¿Cuánto tardaré?
—Depende.
—¿De qué?
—De si eres paciente.
—No lo soy. —Paf Paf comprobó el último nudo.
—Entonces más. —Recogieron el equipo.
Blaid fue el último en alejarse. Antes de regresar a la calzada miró el lugar donde había caído el jinete negro; la hierba seguía aplastada y la flecha partida continuaba en manos de Ridley.
Ridley no sabía utilizar el Tejido, de eso Blaid estaba seguro.
También estaba seguro de lo que había visto.
Ambas cosas podían ser ciertas al mismo tiempo.
Eshvar apareció a media mañana del día siguiente.
La ciudad ascendía en terrazas sobre una ladera de piedra clara, dividida por muros interiores y escaleras que desde la distancia parecían líneas trazadas con regla.
La zona baja se extendía alrededor de la calzada y los grandes almacenes; más arriba sobresalían torres administrativas, cúpulas de cobre y edificios unidos por pasarelas cubiertas.
En lo alto, sin necesidad de fortaleza ni aguja, se alzaba la Casa de los Índices.
Fïrn la reconoció antes de que nadie preguntara. —Esa es. —Blaid siguió su mirada.
El edificio era ancho, escalonado y poco elegante; parecía diseñado por alguien que desconfiara de las habitaciones sin una función demostrable. —Esperaba algo más impresionante.
—Guarda documentos.
—Precisamente. —Paf Paf observó la construcción.
—Pocas ventanas. —Fïrn volvió hacia él.
—Sí.
—Mejor para el papel.
Fïrn consideró la observación.
—En realidad, esta vez creo que tienes razón. —Paf Paf asintió sin parecer sorprendido.
La cultura de Eshvar había empezado varios kilómetros antes de las murallas, pero junto a la puerta se volvía imposible ignorarla.
Había escribientes sentados bajo toldos ofreciendo declaraciones de entrada, contratos de alquiler y copias certificadas.
Dos hombres anunciaban su disponibilidad como testigos profesionales y una mujer vendía tubos impermeables de cuero junto a un cartel que prometía protección contra lluvia, barro, aceite y «negaciones posteriores de la existencia del documento».
Fïrn redujo el paso. Blaid lo agarró de la mochila. —No.
—Solo quiero leerlo.
—Llevamos tres días leyendo el camino. —Fïrn señaló los puestos.
—Es una profesión entera basada en demostrar que las cosas ocurrieron. —Blaid lo soltó. Después de Mirasol entendía perfectamente por qué aquello fascinaba al bardo.
—Puedes enamorarte de la burocracia después de encontrar alojamiento.
Junto a la fila de entrada había otro cartel:
TESTIGOS DISPONIBLES. MEDIA JORNADA / JORNADA COMPLETA. DISPUTAS DE PROPIEDAD, NACIMIENTOS, PAGOS Y ENTREGA DE MERCANCÍAS. Debajo alguien había añadido a mano: NO TESTIFICAMOS DUELOS. Paf Paf leyó lentamente. —¿Se paga por mirar?
—Por poder demostrar después que miraste —respondió Blaid.
El goliat frunció el ceño.
—Raro.
—Muchísimo.
La fila avanzaba con una lentitud que ninguna amenaza parecía capaz de acelerar.
Cada viajero llegaba a una mesa de piedra situada bajo el arco, respondía preguntas y recibía una ficha de metal o era enviado hacia una segunda fila donde las preguntas parecían multiplicarse.
Cuando les llegó el turno, el funcionario ni siquiera levantó la vista. —Número de personas.
—Cuatro —respondió Ridley.
El hombre miró a Tordo.
—Personas.
—Cuatro.
—Animales. —Paf Paf habló.
—Uno.
—Especie.
—Burro.
—Nombre. —Paf Paf parpadeó.
—Tordo.