10 #2
Blaid obedeció. La lanza cruzó el lugar que acababa de abandonar y, durante una fracción de segundo, su sombra pareció permanecer sobre la piedra en la postura anterior.
El soldado reaccionó contra aquella posición equivocada y Blaid entró por el interior de su guardia para cortar una de las correas del antebrazo.
El hombre perdió la lanza y Blaid podría haber continuado hasta la garganta, pero cambió el filo por el pomo y lo hizo caer de la silla.
A su derecha, el jefe de patrulla había desmontado y trataba de alcanzar a Fïrn.
El bardo retrocedió alrededor de la antigua casa de peaje sin dejar de tocar y, cuando el hombre levantó la espada, vio cómo miraba de reojo al jinete negro antes de decidir el siguiente movimiento.
Fïrn sonrió. —¡Vamos, maestro del coraje prestado!
¡Si vas a obedecerle, al menos procura no mirarlo cada vez que respiras!
La provocación no tenía nada de mágico por sí misma.
La Armonía, en cambio, encontró la duda que ya estaba allí y la hizo más evidente.
El jefe de patrulla volvió a mirar al jinete y vaciló apenas un latido, suficiente para que Ridley llegara desde un costado y golpeara la espada con el escudo, desviándola lo necesario para que Fïrn saliera de su alcance.
La duda del soldado atravesó también al bardo.
Fïrn perdió una nota y pestañeó, sorprendido por una emoción que no era del todo suya, pero recuperó el ritmo en el siguiente compás. No había tiempo para examinar nada más.
El jinete negro empezó a moverse. No cargó de frente.
Hizo avanzar el caballo aprovechando los huecos entre sus propios hombres y el muro, sin desperdiciar un solo movimiento.
Ridley abandonó el arco y recuperó el escudo; la espada del jinete permanecía baja, parcialmente oculta por el cuello de la montura, y Ridley levantó la defensa demasiado pronto.
El arma cambió de trayectoria, golpeó el borde superior del escudo y resbaló hacia el costado.
Blaid vio el hueco antes de que Ridley pudiera cerrarlo: el filo debería haber entrado bajo su brazo, pero Ridley giró de una manera extraña, como si hubiera reaccionado una fracción antes de percibir el ataque. La espada pasó rozando la protección.
El rubí del anillo emitió un destello tan breve que Blaid no habría jurado haberlo visto. Ridley retrocedió sorprendido mientras el jinete completaba el giro. Fue aquella forma de controlar la montura, más que la estocada, lo que cambió su expresión. —Otra vez. Blaid lo oyó.
—¿Qué?
Ridley no respondió. El caballo regresó.
Ridley recibió el siguiente golpe sobre el escudo y contestó con la espada.
El jinete parecía anticipar sus ataques no porque conociera el arma, sino porque reconocía el cuerpo que iba a producirlos.
Ridley empezó entonces a cambiar su forma de combatir: dejó de seguir el filo y observó los hombros, la cadera y la rodilla que gobernaba la montura.
Blaid conocía aquella corrección. La había visto durante los entrenamientos en Beregost, cuando Ridley todavía creía que cualquier problema podía resolverse utilizando más fuerza.
El jinete también pareció advertirlo y sus siguientes movimientos fueron más rápidos.
Al otro lado del camino, Paf Paf había conseguido sacar de la silla al segundo soldado sin utilizar la cabeza del mazo.
Golpeó el peto con el extremo inferior del mango cuando el caballo pasó junto a él y aprovechó el impulso de la montura para hacerlo caer de espaldas.
El cuarto soldado levantó una ballesta hacia Fïrn. Blaid lo vio tarde. —¡Fïrn!
El bardo giró justo cuando salía la saeta.
Golpeó las cuerdas con toda la mano y lanzó una nota áspera; el sonido encontró la madera de la ballesta, la hebilla del soldado y el metal del virote.
La resonancia no detuvo el proyectil, pero alteró lo suficiente su vibración para desviarlo apenas.
La saeta pasó junto al cuello de Fïrn y se clavó en el poste.
El bardo la miró un instante. —¡Ahora tú, hijo de una vihuela mal afinada!
No había tenido tiempo para algo más elaborado.
Paf Paf llegó hasta el ballestero antes de que pudiera recargar y terminó la pelea para él.
Blaid obligó al suyo a retroceder contra el muro y apartó de una patada la espada que intentaba recuperar.
El jefe de patrulla volvía hacia Fïrn cuando el jinete negro cambió de dirección.
Blaid lo vio primero. Ya no iba hacia Ridley.
Fïrn estaba de espaldas y Ridley se encontraba demasiado lejos para interceptar al caballo.
Blaid abrió la boca para avisarlo, pero Ridley ya se movía.
Soltó la espada, recogió el arco del suelo y arrancó una flecha del carcaj mientras giraba.
No tenía tiempo para apuntar con calma. Tensó.
Blaid conocía los gestos del Tejido. Había estudiado durante años las Ocho Hebras, aprendido posiciones de dedos, modos de acceso, construcciones capaces de modificar una trayectoria y formas de sostener una intención hasta que la corriente correcta respondiera.
Ridley no hizo nada de aquello. No trazó un signo, no pronunció una palabra y ni siquiera pareció saber que algo estaba a punto de suceder.
Soltó. La flecha salió del arco como cualquier otra, pero la luz apareció en pleno vuelo.
Filamentos azul blanquecinos se enroscaron alrededor del asta durante apenas un instante y Blaid creyó ver varias trayectorias superpuestas convergiendo en el mismo punto.
El jinete reaccionó y alzó la espada para interceptar el proyectil, pero la flecha se desvió unos centímetros en pleno vuelo.
Lo suficiente. La hoja falló y el proyectil golpeó el centro de la coraza.
Una vibración profunda recorrió el camino hasta llegar al muro donde Blaid apoyaba un pie, mientras la luz se contraía alrededor del asta y desaparecía con el impacto.
El jinete salió despedido de la silla. Ridley permaneció con el arco extendido, mirando sus propias manos.
—¿Qué…? El jefe de patrulla aprovechó la distracción y se lanzó hacia él, pero Ridley soltó el arco y levantó el escudo por instinto.
El golpe chocó contra el metal y Paf Paf llegó desde un costado para descargar el mango del mazo sobre la muñeca del soldado. La espada cayó.
Fïrn recuperó el ritmo del laúd sin intentar otra provocación.
—¡Juntos! ¡Que no nos rompan la línea! —La Armonía recorrió el enfrentamiento sin convertirlos en una sola voluntad.
Blaid supo que Ridley estaba a su derecha sin necesidad de mirarlo, Paf Paf cerró el hueco izquierdo y Fïrn se mantuvo a suficiente distancia para no convertirse otra vez en objetivo fácil.
No obedecían una orden invisible; reconocían, con una claridad casi física, la manera en que habían aprendido a pelear juntos.
Los hombres de la Luz Púlida también percibieron el cambio.
El jinete negro se incorporó apoyando una rodilla en tierra.
En el centro de la coraza había una hendidura nueva rodeada por finísimas marcas azuladas que se apagaban poco a poco.
Ridley lo vio levantarse. —No. Aquella palabra no llevaba sorpresa. Parecía rechazo. El jinete recuperó la espada y Blaid creyó durante unos segundos que volvería a atacar, pero en lugar de hacerlo levantó dos dedos. El jefe de patrulla reaccionó inmediatamente.
—¡Retirada!
Los soldados que podían montar giraron sus caballos y otro ayudó al jefe a recuperar el suyo.
El hombre que Paf Paf había derribado intentó incorporarse, pero una pierna cedió y volvió a caer.
Nadie regresó por él. El caballo negro se había detenido unos treinta pasos más adelante.
El jinete silbó una vez y la montura volvió.
Ridley tenía otra flecha preparada, pero no disparó.
El hombre subió a la silla y lo miró desde debajo del casco.
Ridley avanzó un paso. —¿Quién eres? —No recibió respuesta. El jinete hizo girar el caballo y siguió a los demás.
Ridley avanzó tras él hasta que Paf Paf se interpuso lo suficiente para obligarlo a decidir si quería apartarlo. —No.
—Se va.
—Sí. —Ridley señaló el camino.
—Podemos seguirlo.
Paf Paf miró la distancia que ya habían ganado los jinetes y después la pierna del guerrero. —No podemos alcanzarlos.
Ridley mantuvo el arco levantado unos segundos más. —Podemos intentarlo.
—Y perderíamos a Tordo, al prisionero y el camino a Eshvar.
Aquello era más explicación de la que Paf Paf acostumbraba a ofrecer.
Ridley bajó lentamente el arco. Blaid agradeció que la discusión terminara ahí.
El soldado abandonado junto al muro intentaba incorporarse.
Paf Paf apartó su espada con el pie y le ofreció una mano.
—Puedes levantarte o puedo atarte ahí. —El hombre lo miró con desconfianza antes de aceptar la ayuda.
Fïrn dejó de tocar. El silencio posterior al combate quedó lleno de caballos alejándose, respiraciones demasiado rápidas y el rumor del arroyo bajo el puente. Ridley seguía mirando el arco.
Blaid se acercó. —¿Qué has hecho?
—Disparar.
—Esa parte la he visto. —Ridley levantó la vista.
—Entonces sabes tanto como yo.
Fïrn se aproximó con el laúd todavía sujeto contra el pecho.
—Había magia. —Ridley lo miró.
—No sé usar el Tejido.
—También lo sabemos. —Blaid negó despacio.
—No hiciste nada que yo reconociera como un acceso al Tejido.
—¿Eso ayuda?
—En absoluto.
Se agachó junto al lugar donde había caído el jinete y encontró la mitad trasera de la flecha entre la hierba. El asta estaba marcada alrededor de la fractura por líneas oscuras que no olían a quemado. Se la entregó a Ridley. —Inténtalo otra vez.
Fïrn lo miró. —¿Aquí?
—Preferiría descubrir si puede repetirlo cuando nadie intenta abrirnos la garganta.