Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 10
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El tercer día de camino hacia Eshvar, Blaid descubrió que allí hasta los puentes necesitaban testigos.

La calzada cruzaba un arroyo sobre tres arcos bajos de piedra gris.

No tenía nada de extraordinario salvo por una placa de cobre clavada junto al pretil, demasiado grande para limitarse a indicar quién había pagado la obra.

Fïrn se detuvo a leerla y Ridley continuó unos pasos antes de darse cuenta. —¿De verdad?

—Seis líneas —respondió Fïrn—. Sería grosero ignorarlas.

Blaid se acercó lo suficiente para leer por encima de su hombro.

—¿Qué merece seis líneas en un puente de veinte pasos? —Fïrn recorrió el texto con un dedo.

—El maestro Teren Val certifica la piedra. La Casa Olven responde por el mortero durante treinta años. Dos vecinos atestiguan que el cauce no fue desviado durante las obras y una tercera persona certifica que los dos primeros testigos existían. —Blaid observó los tres arcos.

—Me tranquiliza saber que no acabamos de cruzar sobre una estructura imaginaria. —Ridley había llegado hasta un poste del otro extremo.

—Aquí hay más.

Una tabla protegida por una pequeña cubierta acumulaba anuncios, reclamaciones y copias de contratos clavadas unas sobre otras.

Había ofertas de trabajo, avisos de deudas, dos recompensas por herramientas robadas y una disputa escrita con letra enorme acerca de una cabra parda.

Fïrn se acercó. —El propietario sostiene que la cabra regresa todas las noches a su establo y que eso demuestra que la venta nunca llegó a completarse.

Paf Paf, que llevaba a Tordo de las riendas, observó el documento. —Vuelve porque le dan de comer.

—Eso argumenta la otra parte.

—Entonces tiene razón.

Fïrn siguió leyendo.

—Hay tres testigos. —Paf Paf señaló el papel.

—¿La cabra? —Fïrn comprobó las firmas.

—No. Eshvar todavía no parece reconocer plena capacidad jurídica a las cabras.

Paf Paf aceptó la información sin mostrar especial sorpresa y continuó andando.

La conversación habría terminado ahí si Tordo no hubiese vuelto las orejas hacia el camino por el que habían llegado.

Repitió el movimiento un instante después.

Paf Paf se detuvo. Blaid también. Durante los últimos meses había aprendido que el burro tenía un repertorio bastante claro de disgustos y aquel gesto no pertenecía a ninguno.

Paf Paf dejó las riendas flojas y se agachó junto al borde de la calzada.

El terreno estaba más seco que la jornada anterior, pero entre las rodadas de los carros todavía podían distinguirse marcas recientes.

—Cuatro caballos. —Ridley regresó.

—Este camino lleva a Eshvar. No somos los únicos que lo usan.

Paf Paf señaló una segunda serie de huellas que salía de un sendero lateral para incorporarse más adelante a la ruta principal.

—También ahí. —Blaid recordó el cruce anterior.

Había visto marcas semejantes junto a una acequia y las había descartado porque, en una vía comercial, cuatro caballos no significaban gran cosa.

Que aparecieran de nuevo tras incorporarse desde otro camino cambiaba la cuestión.

—Nos siguen desde hace un rato. —Fïrn guardó el documento de la cabra con visible pesar.

—¿Por qué no acercarse?

Ridley contempló la carretera.

—Porque todavía no han decidido dónde les conviene hacerlo.

La calzada continuaba entre campos cercados por muros bajos.

A menos de una hora se veía una antigua casa de peaje sin techo, abandonada después de que una ruta nueva volviera innecesario el puesto.

Blaid estudió el terreno mientras avanzaban: el edificio ofrecía cobertura, pero también podía encerrarlos; a la derecha, un pequeño huerto descendía hasta el arroyo; a la izquierda, el terreno subía suavemente entre matorrales.

Ridley llegó a la misma conclusión. —No entraremos en la casa.

Paf Paf condujo a Tordo hacia una parte elevada del muro del huerto.

—Aquí.

No necesitaron repartir posiciones. Seis meses atrás habrían hablado demasiado; ahora Fïrn escogió un lugar desde el que podía ver el camino sin quedar aislado, Blaid se situó junto al muro lateral, donde la piedra y los árboles rompían la línea de una carga, y Paf Paf dejó a Tordo protegido detrás del cercado antes de regresar con el mazo.

Ridley comprobó el arco y dejó el escudo al alcance de la mano.

Los jinetes aparecieron poco después. Eran cuatro y llevaban capas de viaje de un gris sucio sobre las armaduras.

Desde lejos no parecían distintos de una patrulla cualquiera, pero el primero se acercó lo suficiente para que Blaid distinguiera el disco blanco cosido bajo el cuello.

La Luz Púlida había aprendido a viajar sin anunciarse.

El hombre que encabezaba la patrulla levantó una mano y los otros tres separaron ligeramente las monturas hasta ocupar casi todo el ancho del camino.

—Buenos días. Ridley no devolvió el saludo.

—Depende.

La mirada del soldado pasó por los cuatro y acabó en Tordo. Después sacó de un tubo de cuero una tira de papel protegida contra la humedad.

—Blaid de Caria. Ridley Der. Fïrn. Paf Paf.

Nadie respondió, pero Blaid sintió que el grupo entero cambiaba de postura de una forma casi imperceptible.

El hombre desplegó el documento. —Se os requiere para responder por la liberación ilegal de Edric Thorne, agresión a miembros de la custodia de Eltarion y manipulación de una red consagrada de supresión.

Fïrn miró a Blaid. Aquello último era demasiado específico.

Ridley apoyó una mano sobre el borde del escudo. —Estamos fuera de Eltarion.

—La orden de comparecencia ha sido distribuida a custodias colaboradoras.

—Eso no responde a mi pregunta. ¿Qué autoridad tienes aquí? El soldado mostró parcialmente el documento.

—La suficiente para pediros que entreguéis las armas y vengáis con nosotros. —Ridley sostuvo su mirada.

—Pedir no es obligar. —El hombre parecía haber esperado aquella respuesta.

—Preferiría que siguiera siendo una petición.

Blaid recorrió la patrulla. Los cuatro trabajaban juntos con demasiada comodidad para ser hombres reunidos por una orden reciente.

El segundo llevaba una caja de cobre sujeta a la silla y, cuando cambió de postura, dejó ver varios cuarzos lechosos y dos abrazaderas metálicas en el interior.

No eran esposas normales. Fïrn también las había visto. —No pienso ponerme eso.

El soldado de la caja sonrió sin humor. —No se te ha preguntado.

Ridley avanzó medio paso. —Entonces hemos terminado.

El jefe de patrulla suspiró. —Esperaba más sentido común de alguien que fue guardia.

Ridley sostuvo su mirada. —Yo también.

Un caballo apareció entonces detrás de la antigua casa de peaje.

Blaid reconoció primero la montura: negra, grande, entrenada para avanzar sin pelear contra la mano que sostenía las riendas.

El hombre que la montaba vestía igual que en las ruinas, con armadura oscura sin insignias visibles, capa corta y casco cerrado.

Ridley dejó de mirar al jefe de patrulla durante apenas un instante.

Blaid lo vio. El jinete negro avanzó hasta situarse detrás de los otros cuatro.

No dio ninguna orden; simplemente detuvo la montura.

El jefe de patrulla volvió la cabeza hacia él y esperó una confirmación.

Blaid comprendió entonces que los soldados no se habían encontrado con aquel hombre por casualidad.

Ridley también. —Tú. Estabas en las ruinas. El jinete no respondió.

El jefe de patrulla volvió hacia Ridley. —Entregad las armas.

Blaid observó al soldado de la caja, que ya estaba abriéndola. —No.

El jefe hizo un gesto y los dos primeros caballos avanzaron a la vez.

Uno cargó hacia Ridley; el segundo tomó el lateral del muro donde se encontraba Fïrn.

Paf Paf interceptó este último sin intentar detener de frente a la montura: esperó hasta que la lanza entró en su alcance y descargó el mango del mazo contra el asta, desviándola hacia la piedra.

El caballo continuó la carga y la punta se clavó entre dos bloques del muro, arrancando el arma de las manos del jinete.

Fïrn ya había empezado a tocar. Dos golpes sobre la caja del laúd recogieron el ritmo de los cascos y las cuerdas lo devolvieron convertido en una melodía rápida que Blaid había oído muchas noches junto al fuego, aunque nunca con aquella intención.

La voz del bardo se elevó sobre el combate.

—¡Vamos, hijos de la mala fortuna! ¡Si esta noche hacen versos sobre nosotros, que al menos tengan que rimar algo indecente!

—Blaid habría protestado por la métrica si hubiera tenido tiempo.

La Armonía llegó antes. No añadió información ni empujó sus cuerpos hacia ningún movimiento; encontró algo que llevaba meses existiendo entre ellos y lo hizo más fácil de reconocer: la confianza suficiente para anticipar dónde estaría el otro cuando llegara el siguiente golpe.

Ridley giró mientras Paf Paf terminaba de apartar al primer caballo.

El goliat comprendió el movimiento sin mirarlo y abrió el espacio necesario para que Ridley pudiera disparar.

La flecha pasó entre ambos y golpeó al soldado de las abrazaderas en la hombrera, obligándolo a retroceder antes de cerrar el mecanismo sobre el brazo de Fïrn. Blaid desenvainó con la izquierda.

El tercer soldado entró contra él con la lanza baja y la Presencia que llevaba consigo desde Beregost rozó el borde de su atención. No pronunció una palabra ni le mostró una imagen completa; simplemente hizo que una posibilidad destacara con demasiada claridad.

Derecha.