Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 9 #4
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—Entonces respóndeme. —La tranquilidad del desconocido cambió apenas. No parecía miedo ni diversión, sino cuidado.

—No puedo darte una respuesta que conviertas en certeza cuando no lo es. —Ridley sostuvo su mirada.

—Eso sigue siendo una evasiva.

—Sí.

No hubo ingenio en la admisión y aquello dejó al enfado de Ridley sin un lugar sencillo donde asentarse. Blaid intervino. — Ya que parece que todos hemos recibido nuestra frase particular, quizá puedas explicar qué esperas que hagamos con ellas.

—Nada que no fuerais a hacer ya.

—Entonces podrías haberte ahorrado el viaje.

—Podría. —Blaid frunció el ceño.

Paf Paf habló por primera vez desde el contacto. —¿Nos ayudas? El semielfo lo miró.

—A veces.

—¿Ahora?

El hombre pensó.

—Eso dependerá de lo que hagáis después.

Paf Paf aceptó la respuesta sin añadir nada.

Fïrn no sabía cómo lo conseguía. El desconocido retiró el bastón de la tierra y Ridley reaccionó. —Espera. No has dicho tu nombre.

—No.

—¿Por qué? —La sonrisa que apareció esta vez fue pequeña.

—Porque lo recordaríais. Después de Mirasol, las palabras cayeron de otra manera.

Fïrn lo miró con atención y el semielfo debió de comprenderlo. —No es lo mismo que lo que habéis visto allí.

—Sabes dónde hemos estado.

—Sí.

—¿Sabes qué ocurre?

—Sé algunas cosas. —La frustración llegó deprisa.

—Entonces dínoslas.

—No.

—¿Por qué? —El desconocido bajó brevemente la mirada hacia el diario de Fïrn.

—Porque si os doy una explicación antes de que tengáis con qué comprobarla, correréis el riesgo de convertirla en la forma de todo lo demás.

Fïrn recordó inmediatamente las dos palabras escritas aquella tarde: No afirmar más.

Aquello no consiguió que la negativa le gustara, solo hizo más difícil rechazarla. —Podrías estar utilizando exactamente eso para evitar responder.

—Podría. —Fïrn lo observó.

—Eres irritante.

—Eso parece.

Aquella respuesta, al menos, sonó humana.

El semielfo se volvió hacia el bosque y Paf Paf hizo una última pregunta.

—¿Volveremos a verte? —El hombre se detuvo de espaldas.

—Es posible.

—Eso no es sí. —El desconocido miró por encima del hombro.

—No.

Después se internó entre los árboles. No desapareció ni hubo luz, humo o una ruptura visible del espacio; simplemente caminó hasta que los troncos lo ocultaron.

Ridley esperó unos segundos antes de hablar.

—Vamos. Paf Paf llegó primero al límite del bosque y Fïrn recogió el laúd antes de seguirlo con Blaid.

Encontraron dos marcas de la punta metálica del bastón en la tierra húmeda, una cerca del campamento y la segunda unos pasos más adelante. Después no encontraron ninguna.

Paf Paf recorrió el terreno con paciencia, apartó hojas, examinó el barro junto a varias raíces y buscó ramas desplazadas. —No hay más.

Ridley señaló entre los árboles. —Ha pasado por ahí.

—Sí.

—Entonces debería haberlas. —Paf Paf volvió a estudiar el suelo.

—Debería. —Blaid observó la oscuridad entre los robles.

—Eso me preocupa más que si hubiera desaparecido delante de nosotros.

Fïrn entendió por qué. Un prodigio al menos admitía que había ocurrido algo extraordinario; aquello parecía simplemente un hombre caminando por un bosque en el que el suelo había decidido no registrar su paso.

Regresaron al fuego y nadie retomó inmediatamente la cena ni las notas. Ridley permaneció de pie durante un rato mirando hacia los árboles, hasta que Paf Paf volvió a sentarse junto a la correa de Tordo. Fïrn cogió el diario.

—Quiero escribir lo que os ha dicho. —Ridley se sentó al otro lado del fuego.

—Empieza por lo tuyo.

—Puedo recordarlo. —Ridley lo miró y Fïrn entendió.

—Sí. Mirasol. Abrió una página nueva y copió exactamente la frase:

Lo escrito puede mentir. Lo recordado también. No dejes que eso te enseñe a despreciar la verdad.

Después levantó la pluma. —Ridley. El guerrero permaneció unos segundos callado. —«No confundas lo que reconoces con lo que deseas reconocer». Fïrn escribió.

—¿Exactamente? —Ridley pensó.

—Pon que creo que sí. Fïrn añadió la precisión. Paf Paf ofreció la suya sin que se la pidieran. —«Lo que cuidas puede necesitarte aunque no puedas verlo».

Fïrn levantó la mirada. —¿Exactamente?

—Sí.

Lo escribió.

Blaid seguía mirando el fuego. Fïrn esperó hasta que el tiefling terminó hablando.

—«Una voz puede mostrar un camino sin decirte adónde lleva».

La pluma de Fïrn permaneció suspendida durante un instante.

La primera asociación que le vino a la cabeza fue obvia, pero no la escribió. —¿Exactamente así?

—Exactamente.

Fïrn dejó espacio debajo y empezó una nueva sección con aquello que podía observar sin depender de la memoria de nadie:

Semielfo. Varón. Aproximadamente treinta años. Muy alto. Cabello oscuro, ondulado. Barba corta. Vestimenta burdeos. Bastón de madera negra con remate metálico. Colgante de madera tallado en forma de llama.

Pensó en escribir hechicero, pero no tenía pruebas suficientes. Añadió en su lugar:

Comunicación mental confirmada. Interacción consciente con Armonía. Método desconocido.

Después inició otra línea:

Nombre:

La pluma se detuvo. Durante los últimos días había hablado con personas incapaces de pronunciar nombres que una vez habían conocido.

Había visto a un niño saber que tenía un hermano sin poder llamarlo de ninguna manera y a una madre recuperar el espacio de un hijo sin encontrar la palabra que debía ocuparlo.

Aquello era distinto. El desconocido sabía quién era; simplemente había decidido no decírselo. Fïrn terminó la anotación:

Nombre: desconocido.

Después volvió unas páginas atrás y comprobó la lista que había escrito en Mirasol.

No necesitaba hacerlo, y precisamente por eso lo hizo.

Ridley Der. Blaid de Caria. Fïrn. Paf Paf.

Tordo. Cada nombre seguía unido a un rostro, una voz y una historia que reconocía como propia.

Cerró el diario y lo dejó junto a Los preceptos del Custodio.

Eshvar los esperaba al final del camino y el hombre vestido de burdeos, fuera quien fuese, no les había dicho que fueran allí.

Fïrn agradeció que aquella decisión siguiera perteneciendo a ellos.