9 #3
Encontraron un lugar de acampada junto a un bosquecillo cuando empezaba a faltar luz.
El sitio había sido utilizado antes por viajeros: las piedras del hogar formaban un círculo ennegrecido y, en el tronco de un roble cercano, alguien había clavado hacía años una pequeña tablilla con el símbolo de Eirath.
El musgo cubría parte de la figura, pero todavía se distinguían el bastón de viaje y la mano extendida.
Paf Paf dejó una piedra junto a las raíces. Fïrn lo vio y no preguntó.
Prepararon una cena sencilla y, cuando terminaron, extendieron una manta junto al fuego para revisar lo que habían sacado de Mirasol. Ridley contempló el pequeño conjunto. —Es menos de lo que parecía cuando estábamos allí.
—Porque casi todo son relaciones entre cosas —dijo Fïrn—.
Las flores aparecen en las ruinas y el establo.
Las piedras, en las ruinas, el pilón y la plaza tapiada.
Los nombres han sido borrados de las tumbas y la gente de Mirasol tiene problemas para recuperarlos.
Sabemos eso. No sabemos qué es causa, consecuencia o simple coincidencia.
Blaid señaló la cera.
—También sabemos que alguien ha utilizado las ruinas hace poco.
—La hoguera, las huellas y esto —añadió Ridley.
Fïrn abrió el diario. Había copiado las palabras supervivientes de la inscripción dejando suficiente espacio entre ellas para no fingir una continuidad que la piedra ya no conservaba.
CUSTODIA
SANGRE
PUERTA
REGRESO
Más abajo: «LANZA»: lectura probable. Ridley observó el texto. —Y lo que dijo el eco. Fïrn buscó la página correspondiente. Había mantenido la frase separada de cualquier comentario:
Donde los libros no ardieron.
Blaid leyó por encima de su hombro. —¿Has pensado en algo?
—En demasiadas cosas. Hay monasterios conocidos porque salvaron sus colecciones durante guerras, archivos trasladados antes de incendios, bibliotecas privadas que cambiaron de ciudad sin admitirlo y edificios que sobrevivieron cuando todo alrededor ardió.
También puede ser una expresión que no conozco.
—Ridley apoyó un dedo cerca de las palabras.
—¿Eshvar?
—Podría ser, pero hemos escogido Eshvar porque necesitamos sus archivos. Eso no convierte esta frase en una referencia a Eshvar. —Fïrn cogió la pluma y escribió debajo:
Referencia desconocida. No asumir destino.
Blaid observó la anotación. —Tu madre aprobaría eso.
Fïrn levantó la mirada. —¿Mi madre?
—El margen de esta mañana. Lo de los testigos. La respuesta lo sorprendió.
—Probablemente añadiría que incluso los escribas que intentan ser prudentes pueden equivocarse.
—Parece agotadora.
—Lo era. —Fïrn sonrió mientras guardaba la pluma.
Ridley seguía mirando el calco de la marca que había asociado con Solrrak, pero no dijo nada y Fïrn tampoco preguntó. Después de Mirasol empezaba a comprender mejor el valor de dejar algunas preguntas quietas.
Paf Paf estaba reparando una de las correas de Tordo cuando Fïrn oyó una nota.
No procedía de su laúd. Levantó la cabeza y Blaid vio el movimiento.
—¿Qué pasa? —Fïrn hizo un gesto para que esperara.
El bosque sonaba como debía: insectos entre la hierba, un ave acomodándose en las ramas y el fuego consumiendo una veta húmeda de la madera.
Fïrn pasó un dedo por una cuerda del laúd y dejó que la nota permaneciera en el aire.
Desde los árboles respondió otra. Se incorporó.
—Eso no ha sido un eco.
Ridley se volvió hacia el bosque. —¿Hay alguien?
Fïrn tocó dos notas, separadas esta vez por un intervalo mayor. La respuesta llegó con una tercera que no pertenecía al instrumento. Blaid acercó la mano a la espada. —No me gusta.
Paf Paf dejó la correa. —No. —Una voz surgió desde el límite de los árboles.
—Entonces empezamos con una opinión compartida.
El hombre apareció entre dos robles sin intentar ocultarse.
Era un semielfo alto, cercano al metro noventa, de complexión ligera pero hombros anchos.
El cabello oscuro y ondulado le caía hasta la nuca y llevaba una barba corta, cuidada sin parecer recién recortada.
Las puntas de las orejas asomaron cuando apartó una rama.
Vestía de burdeos oscuro. La ropa de viaje estaba reforzada con cuero en las zonas de mayor desgaste y las botas llevaban bastante camino encima.
En la mano derecha sostenía un bastón de madera negra terminado en una pieza metálica estrecha, demasiado trabajada para parecer una simple contera.
Del cuello le colgaba una pequeña pieza de madera tallada con forma de llama.
Se detuvo a una distancia prudente del fuego. Ridley se puso en pie. —Quédate ahí. El desconocido obedeció.
—Eso pensaba hacer.
—¿Nos estabas siguiendo?
—No. —Ridley esperó algo más y, al ver que no llegaba, endureció el gesto.
—Entonces, ¿qué haces aquí? —El semielfo miró a los cuatro.
—Os he encontrado. —Blaid se levantó con más calma.
—Ridley intenta averiguar si ha sido por casualidad.
—No.
La respuesta cambió el tono de la conversación.
Ridley frunció el ceño. —¿Nos buscabas? El hombre pensó antes de contestar.
—Quería veros.
—¿Por qué?
—Porque sois vosotros. —Ridley lo miró sin paciencia.
—Eso no explica nada.
—No.
La aceptación desconcertó más que otra evasiva.
Ridley señaló con la barbilla. —Empieza por quién eres. —El semielfo sostuvo su mirada.
—No voy a decírtelo. —Blaid arqueó una ceja.
—Al menos es una negativa clara. —Fïrn seguía pensando en las notas.
—¿Cómo has hecho eso? —El desconocido lo miró.
—¿Responderte?
—Sin instrumento. —Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Funcionó.
—Eso tampoco es una respuesta.
—No.
Fïrn abrió la boca para insistir, pero entonces sintió algo rozar el borde de su pensamiento.
No fue una palabra ni una imagen; se pareció más a descubrir que alguien apoyaba una mano en una puerta que Fïrn creía cerrada.
Ridley se tensó, Blaid inhaló con brusquedad y Paf Paf volvió la cabeza hacia los otros tres. Todos lo habían sentido.
Fïrn reaccionó antes de pensar. Agarró el laúd y formó un acorde firme; la voz le salió casi al mismo tiempo, sostenida sobre una progresión breve que conocía desde sus primeros años de aprendizaje.
No era una canción creada para expulsar una presencia ni una barrera contra intrusiones, sino una melodía nacida para impedir que el miedo de un grupo terminara convirtiéndose en el miedo de todos.
Adaptó las palabras al ritmo. —Aquí está mi voz.
Aquí está mi nombre. Aquí está mi voluntad.
Repitió la fórmula y dejó que cada línea encontrara una nota distinta.
La Armonía respondió a aquello que ya existía.
Fïrn encontró primero su propia respiración y sostuvo el sonido sobre ella; después percibió a sus compañeros sin mezclarlos consigo: la concentración de Ridley, el peso estable de Paf Paf, la tensión contenida de Blaid.
No intentó unirlos. Les recordó que seguían siendo cuatro voluntades distintas.
Cuando el último acorde se asentó, mantuvo los dedos sobre las cuerdas.
El desconocido lo observaba con interés. —Bien hecho. Fïrn no aceptó el elogio.
—No vuelvas a hacer eso sin preguntar.
—No pretendía controlaros.
—No he dicho que lo hicieras. —El semielfo inclinó ligeramente la cabeza.
—Es una distinción importante.
Ridley dio un paso.
—La importante para nosotros es que te mantengas fuera.
El hombre lo miró y después volvió los ojos hacia Fïrn.
Esta vez el contacto fue distinto: no empujó, sino que se detuvo donde la Armonía había establecido el límite.
Fïrn sintió con claridad que podía cerrarlo y no lo hizo, no porque confiara en el desconocido, sino porque ahora la decisión era suya.
La primera frase fue para Ridley. Fïrn no oyó las palabras, solo vio que la mandíbula del guerrero se tensaba.
Después llegó el turno de Paf Paf, que permaneció inmóvil aunque sus ojos se desviaron un instante hacia Tordo y después hacia el camino que habían dejado atrás.
Blaid fue el tercero y su expresión apenas cambió.
Por último, la presencia llegó hasta Fïrn.
Esta vez las palabras aparecieron con una claridad absoluta:
Lo escrito puede mentir. Lo recordado también. No dejes que eso te enseñe a despreciar la verdad.
Una nota descendió ligeramente bajo sus dedos y Fïrn la corrigió. No le gustaba la frase, precisamente porque entendía por qué podía llegar a necesitarla. Dejó morir el acorde. —¿Qué les has dicho?
—A cada uno, algo distinto.
Ridley llevó la mano hacia la espada.
—Ya basta.
—Sí.
Ridley pareció desconcertado.
—¿Sí?
—He terminado.
Fïrn se puso en pie.
—No. Has venido a buscarnos, sabes quiénes somos y acabas de hablar dentro de nuestras cabezas. Que hayas terminado de hacerlo no significa que hayamos terminado nosotros. —El semielfo apoyó ambas manos sobre el bastón.
Fïrn sostuvo su mirada. —¿Por qué nosotros?
—Porque todavía os hacéis preguntas antes de elegir las respuestas.
Blaid ladeó la cabeza.
—No parece una cualidad tan excepcional.
—Ojalá. —Ridley intervino.
—¿Nos conoces?
—Lo suficiente para saber que habéis sobrevivido a cosas que todavía no comprendéis.
—Eso podría decirlo cualquiera que hubiera oído hablar de Beregost.
—Sí.
Ridley lo observó unos segundos. —Fïrn pudo ver cómo decidía qué pregunta hacer primero.
—¿Qué te ha dicho? —preguntó.
Ridley no respondió inmediatamente; sus ojos seguían sobre el semielfo.
—«No confundas lo que reconoces con lo que deseas reconocer». —Fïrn pensó en el jinete de las ruinas.
No hizo falta decirlo. Ridley dio un paso hacia el desconocido. —¿Por qué me has dicho eso?
—Porque reconocer algo no demuestra que sea aquello que esperas encontrar.
Ridley se quedó quieto y después pronunció el nombre.
—¿Has visto a Solrrak? —El semielfo no fingió desconocerlo, pero tampoco respondió enseguida.
—He visto a muchos hombres que alguien busca.
Ridley endureció el gesto.
—No te he preguntado eso.
—Lo sé.