Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 9 #2
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Fïrn sostuvo el acorde. Ella buscaba algo más; se veía en la tensión del rostro, en la manera en que sus labios iniciaban una palabra y se detenían antes del primer sonido.

El nombre. Fïrn cambió ligeramente la progresión, intentando seguir la asociación desde otro punto de la canción, y la reacción fue inmediata.

La mujer dejó escapar un sonido ahogado y se dobló sobre sí misma.

Fïrn soltó las cuerdas. La música terminó y no intentó recuperarla. El niño seguía agarrado a su madre.

—¿Lo recuerdas?

La mujer miró hacia el interior de la casa mientras se llevaba los dedos a la frente.

—Recuerdo… no sé qué recuerdo.

Fïrn dejó el laúd a un lado. Todavía llevaba dentro parte de aquello: una ternura incómodamente íntima hacia alguien cuyo rostro no conocía y una pérdida que no le pertenecía. La tentación de explicarle a la mujer lo que había sentido era fuerte, y precisamente por eso decidió no hacerlo.

Ella entró unos pasos en la casa y empezó a mirar alrededor.

Su atención se detuvo en el marco de una puerta interior, donde había marcas de altura que Fïrn no había visto desde fuera: pequeñas líneas de carbón e incisiones en la madera, acumuladas durante años.

Dos series distintas ascendían por el marco; una terminaba aproximadamente a la altura actual del niño y la segunda llegaba bastante más arriba.

La mujer pasó los dedos por una de ellas.

—Esto… —El pequeño volvió a llorar.

—Era él.

Su madre no respondió, pero tampoco volvió a decir que nunca había existido.

Fïrn recogió el laúd y se acercó a Ridley. —¿Puedes hacer algo más? —preguntó el guerrero en voz baja.

Fïrn miró a la mujer. —Quizá. Y no debería.

—¿Por qué?

—Porque no sé qué estoy tocando exactamente. He conseguido que algunas asociaciones vuelvan a encontrarse durante unos instantes, nada más. No sé qué les ha ocurrido ni qué mantiene el hueco. Si intento empujar más y me equivoco, podría poner algo donde antes no había nada. —Ridley asintió.

El niño había oído suficiente para acercarse.

—¿Puedes arreglarla?

Fïrn se agachó hasta quedar a su altura.

—No todavía. Pero voy a escribir lo que me contaste, también lo que ella ha recordado y lo que podemos comprobar aquí. Así, aunque mañana alguno de vosotros vuelva a perderlo, quedará algo fuera de vuestra memoria. Miró a la madre.

—Si me permites hacerlo. —Ella seguía junto al marco y, al cabo de unos segundos, asintió.

Fïrn abrió el diario y escribió despacio: Hijo mayor de la casa junto a la acequia oriental.

Existencia recordada por el hermano. La madre recupera mediante una canción la certeza emocional de haber tenido dos hijos.

Las marcas del marco muestran dos secuencias distintas de crecimiento.

Nombre desconocido. Releyó cada frase y añadió debajo:

No afirmar más.

Cuando salieron, cruzaron la acequia antes de que nadie hablara. Ridley fue el primero. —¿Cómo estás? Fïrn tuvo que pensar la respuesta.

—Como si echara de menos a alguien que no he conocido.

Blaid lo estudió.

—¿La emoción era de ella?

—Creo que sí.

—¿Y se irá?

Fïrn estuvo a punto de responder que sí, pero recordó el margen escrito por su madre en Los preceptos del Custodio.

—No lo sé. Supongo que sí, pero ahora mismo no distingo del todo dónde termina.

—Blaid aceptó la precisión con un pequeño movimiento de cabeza.

Paf Paf había vuelto la mirada hacia la casa.

—El hermano volvió.

Ridley respondió antes de que aquella frase se convirtiera en algo más. —Eso recuerda el niño.

Paf Paf asintió. —Puede seguir aquí.

Fïrn miró a la gente que cruzaba las calles.

Un muchacho transportaba leña hacia una casa cercana; otro descargaba sacos junto al mercado.

El hermano podía ser cualquiera de ellos, e incluso podía entrar cada noche en aquella misma vivienda y ocupar un lugar que los demás hubieran aprendido a rodear sin saber que lo hacían.

Era una posibilidad, nada más. Regresaron a la posada sin detener a nadie.

La mujer que la atendía les preguntó si pensaban quedarse para la cena y aceptó sin interés especial que todavía no lo hubieran decidido. Paf Paf fue directamente al establo.

Fïrn lo encontró frente a los tablones del fondo. El goliat sostenía una de las flores secas recogidas en las ruinas, la olió, la acercó a la rendija y volvió a comprobarla antes de hablar.

—Es la misma. —Ridley se acercó.

—Ayer dijiste que olían igual.

—Ayer creía que sí. Ahora estoy seguro.

Blaid introdujo con cuidado la punta de un cuchillo entre dos tablones y separó apenas la madera, sin ejercer suficiente fuerza para arrancar los clavos.

—Hay algo en el suelo. —Fïrn tuvo que cambiar de posición para verlo.

Junto al cubo tumbado había una pequeña mancha blanca cubierta parcialmente por polvo.

Paf Paf intentó alcanzarla por debajo del tablón inferior, pero no llegaba.

Blaid buscó entre las herramientas del establo, encontró una varilla delgada y consiguió arrastrar el objeto hacia ellos.

La piedra salió rodando despacio. Era plana, blanca y tenía una raya negra atravesando uno de sus lados. Ridley se agachó.

—Como en las ruinas.

—Y el pilón —añadió Fïrn.

Blaid miró el cerramiento.

—Podemos abrirlo. —Paf Paf negó.

—No ahora.

—¿Por qué? —El goliat señaló con la barbilla los tablones.

—No sabemos por qué está cerrado. —Blaid permaneció unos segundos mirando la madera antes de guardar el cuchillo.

Fïrn volvió a observar por la rendija. Flores iguales a las de las ruinas, una piedra como las del pilón y la colina, y una plaza utilizada por animales que la posadera no había podido mantener dentro de una conversación.

Aquello no explicaba quién había ocupado el espacio ni demostraba que alguien hubiera sido borrado de él. Anotó los hechos. Nada más.

Se reunieron en la sala común mientras Paf Paf terminaba de preparar a Tordo.

Ridley extendió sobre una mesa una copia del calco de las ruinas y colocó junto a ella la piedra marcada; Blaid dejó a un lado la cera azul, todavía envuelta en el mismo trozo de tela, y Fïrn añadió una de las flores.

Durante un momento, el conjunto pareció mucho menos impresionante de lo que había parecido cada hallazgo por separado.

—No podemos resolver esto aquí —dijo Ridley.

Fïrn sabía que tenía razón y quizá por eso la frase le molestó.

—Podemos averiguar más.

—Seguro. Pero ¿con qué lo comparamos? Podemos encontrar otra familia que no recuerde un nombre, otra persona que no vea las ruinas o más piedras. Eso nos dará más casos dentro del mismo problema. —Fïrn apoyó una mano sobre el diario.

—Hay pruebas que no dependen de los recuerdos.

—Sí. Y necesitamos saber qué significaban antes de que esto empezara. —Blaid se inclinó hacia el calco.

—Mapas, propiedades, genealogías, registros antiguos del pueblo. Cualquier documento que permita comprobar qué debería existir aquí aunque Mirasol haya dejado de reconocerlo. —Ridley asintió.

—Y necesitamos dejar copia de lo que sabemos fuera del pueblo. —Fïrn miró hacia la plaza.

—Marcharnos tampoco los ayuda.

Paf Paf acababa de regresar del establo.

—No lo dejamos. —Fïrn volvió hacia él.

—¿Qué propones? —El goliat señaló las pruebas extendidas sobre la mesa.

—Averiguamos cómo pararlo. Después volvemos.

No era una promesa de que fueran a conseguirlo, y a Fïrn le sirvió precisamente por eso. Blaid tocó el borde del calco. —Necesitamos una ciudad con mejores archivos.

—Genealogías, propiedades, censos, copias anteriores a lo que esté ocurriendo aquí —añadió Fïrn.

La atención de Ridley bajó hacia la marca que había reconocido en las ruinas.

—Eshvar.

Fïrn pensó inmediatamente en la Casa de los Índices. Nunca había entrado, pero conocía su reputación: contratos, herencias, censos, confiscaciones, genealogías y copias de documentos tan antiguos que algunas familias podían discutir durante generaciones por la interpretación de una sola línea.

—Pueden reconocer el emblema —dijo—. O tener referencias a las ruinas anteriores a que alguien raspase las inscripciones.

Blaid señaló la cera azul.

—Y los sellos dejan registros. Si esa mezcla pertenecía a alguna institución, allí tendremos más posibilidades de identificarla.

Ridley miró a Paf Paf.

—¿Cuánto?

El goliat pensó.

—Depende del camino.

—Unos cuatro días —calculó Fïrn—. Algo menos si encontramos una ruta seca.

Paf Paf asintió y la decisión quedó tomada sin ceremonia.

A Fïrn le pareció apropiado. Antes de marcharse volvió solo hasta la casa del niño. No llamó; no quería obligar a aquella familia a repetir lo ocurrido ni sabía qué podría decirles que fuera útil. Dejó una hoja doblada bajo una piedra junto a la puerta, en la que había escrito únicamente:

Había dos hijos.

No conocemos todavía el nombre del mayor.

No significa que no lo tuviera.

Después regresó con los demás. Mirasol desapareció detrás de las colinas antes del anochecer.

Fïrn volvió la cabeza una vez durante el camino y alcanzó a distinguir la parte superior del campanario y un fragmento de las ruinas entre los árboles.

Cuando miró más tarde, ya no había nada que diferenciara aquel horizonte de cualquier otro paisaje agrícola.

Tordo aceptó la salida con bastante menos dificultad.

Avanzaba detrás de Paf Paf y aprovechaba cada pausa para arrancar hierba de los márgenes.

Los campos fueron quedando atrás, sustituidos por terreno más quebrado y pequeños bosques de robles.

En un cruce encontraron un poste de camino cuya madera había sido sustituida al menos tres veces.

Las direcciones más recientes estaban pintadas, mientras que debajo todavía podían verse letras antiguas talladas directamente en la tabla.

Eshvar aparecía en ambas, aunque la distancia no coincidía.

Fïrn se acercó. —Una dice tres jornadas y media. La otra, cuatro.

Ridley observó el camino. —¿Cuál es la nueva?

—La de tres y media.

Paf Paf miró a Tordo.

—Cuatro. —Nadie discutió.