Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 9
27%

9

Fïrn había dejado un espacio vacío en el diario donde debería haber escrito el nombre del niño.

Mientras descendían de las ruinas hacia Mirasol, aquella línea incompleta empezó a incomodarlo más que muchas de las anotaciones tomadas bajo tierra.

Llevaba los calcos guardados entre dos páginas para que el carbón no se emborronara, la piedra blanca envuelta en un trozo de tela y varias hojas llenas de observaciones que había procurado separar de sus propias conjeturas.

Todo aquello podía ordenarse, compararse y quizá entenderse algún día; el hueco donde debería haber un nombre era distinto.

Mirasol se extendía bajo ellos con la misma apariencia tranquila de la víspera.

Las acequias dividían los cultivos en franjas irregulares y la gente trabajaba entre ellas mientras la mañana terminaba de avanzar hacia el mediodía.

Una campanada sonó durante el descenso y, poco después, varios agricultores cambiaron las pequeñas compuertas que regulaban el riego.

El agua abandonó unas parcelas para entrar en otras siguiendo un orden que nadie parecía necesitar discutir.

Las ruinas continuaban visibles a sus espaldas, aunque bastó bajar unos metros para que los árboles empezaran a ocultarlas.

Fïrn observó a una mujer que recogía verduras junto a una acequia y comprobó que no levantaba los ojos hacia la colina ni una sola vez.

—Quiero encontrar al niño antes de que nos marchemos. —Ridley se detuvo.

—¿El del pilón?

—Dijo que su hermano había vuelto. Quiero saber si alguien más en su casa lo recuerda.

Blaid se situó junto a ellos.

—Su madre podría reaccionar peor que él.

—Lo sé.

—Y no parece que eso vaya a detenerte. —Fïrn se guardó el diario bajo el brazo.

—No quiero interrogarla. Solo comprobar una cosa. —Paf Paf, que había continuado unos pasos, volvió la cabeza.

—El hermano existe para el niño.

—Ayer existía para él —respondió Fïrn—. No sabemos qué recordará hoy.

El goliat consideró aquello y regresó con los demás. Ridley miró la posición del sol antes de asentir. —Vamos. Después recogemos a Tordo y decidimos. No dijo que fueran a marcharse aquella misma tarde, pero la posibilidad estaba dentro de la frase. Fïrn decidió no discutirla todavía.

Encontró la casa sin dificultad. Era una vivienda estrecha levantada junto a una acequia secundaria, con las jambas pintadas de un azul casi borrado y una parra seca extendida sobre parte de la fachada.

Junto a la puerta, una de las piedras utilizadas para regular los turnos de riego mostraba la marca de la familia: una media luna atravesada por dos líneas.

Fïrn se preguntó si aquella señal tendría un nombre que sus habitantes aún pudieran recordar. Llamó.

La mujer que abrió tendría poco más de treinta años. Llevaba el cabello recogido sin demasiado cuidado y harina en los antebrazos. Miró primero a Fïrn y después a los otros tres, que se habían quedado unos pasos atrás.

—¿Sí?

Fïrn había preparado una explicación durante el descenso, pero ante ella sonó demasiado parecida a un interrogatorio. —Ayer estuve hablando con tu hijo junto al pilón. —La mujer frunció el ceño.

—¿Ha hecho algo?

—No. Nada malo. Me contó una cosa y quería preguntarte por ella. —Ella abrió algo más la puerta.

—¿Qué cosa?

—Habló de su hermano. —La respuesta llegó con absoluta naturalidad.

—No tiene hermanos.

Fïrn la observó. No parecía confundida ni asustada; había respondido como habría negado tener un caballo en la cocina. —¿Estás segura? La expresión de ella se endureció.

—Claro que estoy segura. —Fïrn iba a disculparse cuando una voz surgió del interior.

—Sí tengo.

El niño apareció detrás de su madre. Llevaba el cabello húmedo, una camisa limpia y los mismos pantalones con una vieja mancha de barro en una rodilla. La mujer cerró los ojos un instante.

—No empieces otra vez.

—Pero sí tengo.

—Ya hablamos de esto. —El pequeño avanzó hasta situarse junto a ella.

—Está aquí.

—Aquí no hay nadie.

—Sí.

—¿Dónde? —El niño señaló hacia el interior.

—Con nosotros.

La discusión tenía algo terriblemente corriente.

Fïrn había oído a madres y niños enfrentarse de aquella misma manera por juguetes perdidos, animales que nadie había prometido comprar o tareas que uno juraba haber terminado.

La mujer no parecía luchar contra una maldición, sino estar cansada de una historia que su hijo llevaba repitiendo desde la noche anterior.

El niño, en cambio, empezaba a contener las lágrimas. Fïrn intervino.

—No hace falta que discutáis por nosotros. —La madre volvió hacia él.

—No sé qué hablaste con él ayer, pero desde entonces insiste con esto.

—No le dije que tuviera un hermano. —Fïrn miró al pequeño.

—¿Lo recuerdas todavía?

—Sí.

—¿Cómo es?

El niño se secó la nariz con la manga.

—Más alto que yo.

La mujer hizo un gesto de impaciencia.

—Eso puede ser cualquiera.

—Tiene el pelo como tú —añadió él—. Y canta mal.

Fïrn recordó la conversación junto al pilón.

—Eso también me lo dijiste ayer. —La madre miró a su hijo.

—¿Qué canta?

El pequeño pensó.

—La del soldado que pierde el caballo.

—Esa canción es una ordinariez.

La mujer tardó un instante en comprender que había respondido demasiado deprisa. Fïrn no dijo nada, pero el niño sí.

—¿Ves?

—Todo el mundo conoce canciones malas —replicó ella, aunque ya no sonaba tan segura.

—Él la canta.

Fïrn miró hacia el interior de la casa. Desde la entrada distinguía una mesa pequeña, tres taburetes y una escalera que ascendía al piso superior.

Junto a la pared había cuatro ganchos para ropa, dos de ellos colocados mucho más bajos que los demás.

De uno colgaba una chaqueta de la talla del niño; el otro estaba vacío.

—¿Ese gancho de quién es? —preguntó.

La mujer siguió su mirada.

—De casa.

—¿Lo utilizaba alguien? —Ella tardó lo suficiente para que Fïrn pensara que había encontrado algo.

—No sé. Siempre ha estado ahí. —Blaid se acercó un poco por detrás.

—Fïrn.

No necesitó añadir nada. Fïrn asintió y estaba a punto de despedirse cuando el niño tiró suavemente de la manga de su madre. —Cántala.

—¿Qué?

—La canción. —Ella negó.

—No voy a cantar ahora.

—Solo un poco.

El niño empezó a tararearla por su cuenta.

Encontró tres notas, falló la cuarta y volvió al principio.

Fïrn reconoció la melodía antes del segundo intento.

Los soldados la cantaban con frecuencia, aunque llamarla canción de guerra era generoso: trataba de un hombre que despertaba después de una noche de bebida sin caballo, sin botas y, en las versiones menos apropiadas, con dudas bastante urgentes sobre el paradero de sus pantalones.

El niño volvió a empezar y Fïrn dejó de escuchar la afinación.

La primera nota llevaba una sonrisa; en la segunda aparecía la vergüenza de saberse observado por adultos; la tercera llegaba con una calidez distinta, más asentada, como si la canción perteneciera a un recuerdo compartido aunque no supiera contar cuál.

Ahí había algo verdadero. Fïrn llevó una mano al laúd. —¿Te importa si pruebo una cosa?

La mujer bajó los ojos hacia el instrumento.

—¿Qué cosa?

—No estoy completamente seguro. —Ridley hizo un pequeño movimiento detrás de él y Fïrn volvió la cabeza.

—Si noto que está haciendo daño, paro. —Ridley no pareció considerar aquello una garantía extraordinaria, aunque asintió de todos modos.

Fïrn se sentó en el borde de piedra junto a la puerta y pidió al niño que repitiera el fragmento.

Lo hizo tres veces y, entonces, Fïrn tocó.

El primer acorde fue sencillo, sin intención de llevar la canción a ninguna parte; solo ofreció al niño un punto estable al que aferrarse.

En el segundo corrigió una de sus notas y, cuando empezó a cantar, mantuvo la voz baja para que la melodía siguiera perteneciendo a aquella casa.

La Armonía no podía crear un recuerdo que no estuviera allí y tampoco debía intentarlo.

Fïrn siguió la emoción que el niño ya sostenía: el afecto, la familiaridad, la pequeña vergüenza de una canción ridícula repetida demasiadas veces. No buscó más.

La primera estrofa no produjo nada visible.

Al llegar al estribillo, la mujer movió los labios, cantó dos palabras y se interrumpió.

Fïrn mantuvo el ritmo sin mirarla directamente; la frase siguiente llegó al final y ella la completó con él casi por costumbre.

Esta vez oyó su propia voz y se quedó inmóvil.

—Yo… —El niño la agarró del brazo.

—¿Ves? —Fïrn continuó.

La resonancia era tenue, pero estaba ahí: vínculos que seguían existiendo aunque hubieran perdido la forma de encontrarse.

La canción era uno; el cariño del niño, otro.

Fïrn no necesitaba decidir qué significaban, bastaba con sostener el lugar donde coincidían.

La madre cerró los ojos. Primero llegó la emoción: cansancio, irritación, un cariño tan cotidiano que no necesitaba anunciarse.

Después, adherida a aquello, apareció una impresión más confusa: una cocina, una mesa, dos niños discutiendo por el último pedazo de pan y una mujer amenazando a ambos con un cucharón hasta que la disputa terminaba en risas.

Fïrn recibió todo aquello a través de la resonancia, no como un recuerdo propio. No podía saber cuánto pertenecía a una imagen real, cuánto a la emoción y cuánto a las asociaciones que la canción había vuelto a acercar, de modo que no intentó completar nada. La mujer se llevó una mano a la boca.

—Había…

El niño apretó los dedos alrededor de su brazo.

—Mamá. —La mujer abrió los ojos.

—Había dos.