Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 8 #4
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—¿Por qué? —El tiefling señaló las otras cuatro tumbas.

—Alguien abrió todas esas y dejó esta intacta. Puede no significar nada, pero no veo necesidad de comprobarlo sin saber más.

Paf Paf se agachó junto al sarcófago y examinó el polvo acumulado alrededor del borde.

—Nunca lo abrieron.

Ridley retiró la mano.

No le gustaba dejar una posible respuesta bajo una tapa de piedra, pero ambos tenían razón. Fïrn recorría la pared cercana con la luz.

—Aquí hay algo. —Una pequeña placa, casi indistinguible del resto de la mampostería, ocultaba una cavidad lateral.

Ridley la retiró con cuidado. Dentro había un paquete envuelto en tela ennegrecida.

El tejido crujió al sacarlo y parte se deshizo cuando intentó abrirlo.

Contenía un anillo de oro sencillo, con un pequeño rubí engastado en la parte superior.

Ridley lo sostuvo entre los dedos. La sensación llegó antes de que pudiera preguntarse qué era.

Calma. La herida siguió doliendo. El cansancio no desapareció y Beregost continuó existiendo dentro de su memoria, con sus campanas, el humo y la última imagen de Solrrak junto al rastrillo.

Nada había sido borrado ni disminuido. Solo había adquirido distancia.

Era como descubrir que llevaba seis meses rodeado de demasiado ruido y que alguien acababa de cerrar una puerta. Ridley respiró más despacio. Paf Paf lo observaba.

—¿Qué hace?

Ridley tardó demasiado en responder.

—No lo sé. —Fïrn extendió la mano.

—¿Puedo verlo?

Ridley descubrió que no quería entregárselo.

Aquello lo inquietó lo suficiente para obligarse a hacerlo. En cuanto el anillo abandonó su piel, la calma desapareció. Fïrn lo hizo girar bajo la luz, examinó el rubí y esperó unos segundos.

—No noto nada. —Paf Paf lo tomó después.

—Nada. Se lo devolvió a Ridley.

Blaid extendió la mano izquierda. Ridley vaciló. El tiefling seguía llevando consigo la cuenta negra que había arrancado de la red de la prisión. Blaid lo vio.

—Solo voy a tocarlo.

Ridley se lo entregó.

El chasquido fue pequeño. Blaid soltó el anillo de inmediato y la pieza golpeó la piedra. Ridley la recogió antes de que pudiera rodar bajo el sarcófago.

—¿Qué ha sido eso? —Blaid abrió y cerró los dedos.

—No lo sé. —Ridley miró el anillo.

—A mí no me ha hecho nada.

—Ya me había dado cuenta. —Fïrn se acercó.

—¿Puede ser la cuenta?

—Puede ser —respondió Blaid—. También puede no tener absolutamente nada que ver. Tenemos un objeto que solo parece reaccionar a Ridley, otro objeto que reaccionó conmigo y ninguna base para decidir que ambas cosas están relacionadas.

Fïrn asintió.

—Eso es molesto.

—Muchísimo. —Paf Paf miró a Ridley.

—Póntelo. —Ridley frunció el ceño.

—¿Por qué?

—A ti no te hace daño.

Era un argumento difícil de discutir.

Ridley deslizó el aro en un dedo. Encajó exactamente. La calma regresó. Fïrn observó su rostro.

—¿Y?

Ridley movió los dedos.

—Nada. —Blaid negó.

—Eso no es verdad. —Ridley sostuvo su mirada unos segundos.

—Me calma. —Fïrn bajó los ojos al rubí.

—¿Como un efecto mágico?

—No sé. No me obliga a nada. No cambia lo que pienso. Buscó una comparación.

—Es como llegar a un sitio que conozco. —Paf Paf miró alrededor de la cámara.

—No lo conoces. —Ridley observó el anillo.

—Ya.

Un movimiento en la entrada interrumpió la conversación.

Ridley levantó el escudo. El guardia de la lanza estaba allí otra vez.

Detrás aparecieron la mujer de la puerta inexistente y un tercer eco con restos de una capa sobre los hombros.

Ridley preparó el cuerpo para recibir el impacto.

No llegó. El guardia avanzó con su secuencia de cinco pasos y se detuvo.

El rubí se calentó ligeramente contra el dedo de Ridley.

La figura volvió la cabeza hacia él. Ridley no bajó el escudo.

El eco reanudó su recorrido y pasó a su lado sin atacar. La mujer hizo lo mismo.

La tercera figura se detuvo a varios pasos, como si algo en Ridley le resultara familiar y al mismo tiempo imposible de colocar.

Fïrn permaneció en silencio. Esta vez no cantó.

El rostro del tercer eco ganó definición poco a poco.

Era un hombre anciano, agotado, con profundas arrugas alrededor de los ojos. Sus labios se abrieron.

—No dejéis que…

La voz se perdió.

Fïrn ya tenía el diario abierto.

—¿Qué?

La figura volvió a intentarlo.

—Los nombres… Su cuerpo perdió parte de la forma.

Ridley avanzó un paso.

—¿Qué ocurre con los nombres? —El eco lo miró a él o al anillo; Ridley no consiguió distinguir cuál de las dos cosas.

—Custodia…

La palabra apenas salió.

Después:

—Puerta…

Fïrn escribía sin apartar los ojos.

Ridley se acercó un poco más.

—¿Qué puerta?

Durante un momento pareció que no obtendrían nada más. El rostro del anciano perdía definición cada vez que intentaba hablar y su cuerpo se deshacía en los bordes. Finalmente consiguió decir:

—Donde los libros no ardieron. Y desapareció.

El espacio que ocupaba quedó vacío sin destello ni sonido. Fïrn continuó escribiendo unos segundos. Ridley lo miró.

—¿Sabes qué significa?

—No. —La respuesta llegó sin vacilación.

Ridley casi sonrió.

—Bien. —Fïrn levantó la vista.

—¿Bien?

—Empiezo a acostumbrarme.

No encontraron nada más que justificara permanecer allí.

Recogieron los calcos, las anotaciones y la piedra blanca.

Ridley mantuvo el anillo puesto con la excusa de comprobar si los ecos seguían ignorándolo durante la salida.

No dijo en voz alta que tampoco quería perder aquella calma todavía.

En la cámara circular no apareció ninguna figura.

Llegaron a la escalera. Ridley volvió a contar. El ascenso resultó peor para la pierna que la bajada. Cada peldaño obligaba al muslo a tensarse y, cerca de la mitad, tuvo que apoyar una mano contra la pared. Siguió con la cuenta. Cuando salió a la sala superior, dijo:

—Veinticuatro. —Paf Paf llegó detrás.

—Veinticuatro. —Fïrn apareció poco después, respirando algo más deprisa por el esfuerzo.

Ridley lo miró.

—¿Tú?

Fïrn tardó un instante en entender.

—Veinticuatro. Abrió el diario.

—Al bajar escribí veintitrés para nosotros dos y veinticuatro para Paf Paf.

Blaid salió el último.

—¿Tenemos intención de bajar otra vez para resolverlo? —Los tres lo miraron.

El tiefling observó la escalera.

—Era una pregunta.

Ridley se alejó de la entrada.

Después del aire frío de las cámaras, la luz exterior resultaba excesiva.

Desde la colina, Mirasol seguía extendido bajo ellos con una normalidad que parecía equivocada: casas amarillentas, campos divididos por acequias, el campanario y pequeñas columnas de humo exactamente donde debían estar.

Fïrn comprobó que llevaba los calcos, las notas y la piedra marcada.

Blaid palpó la bolsa donde había guardado la cera azul.

Paf Paf recorrió con la mirada los árboles por donde se había marchado el jinete.

Ridley también miró hacia allí. Solo un momento. Después empezaron a bajar.

Habían recorrido poco más de la primera parte de la pendiente cuando Ridley se detuvo. Fïrn, que caminaba detrás, estuvo a punto de chocarse con él.

—¿La pierna? —Ridley negó.

Repasó mentalmente los nombres. Fïrn. Blaid.

Paf Paf. Tordo. Todos llegaron sin esfuerzo, unidos a un rostro, una voz y seis meses de recuerdos que seguían siendo suyos.

Ridley reanudó la marcha hacia Mirasol sin explicar por qué se había detenido.

Por la altura del sol todavía llegarían al pueblo antes de que terminara la mañana.